No me atrevo a decírselo
Arturo, no es usted el primer hombre, ni será el último, que nos escribe para contarnos un problema que se puede resumir con facilidad: tengo dificultades para comunicarme con mi mujer, no me atrevo a decirle lo que me ocurre y lo que siento por miedo a que piense que soy un “depravado”; sin embargo, vivo torturado porque ese es mi principal deseo.

