Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

A falta de una conversación

José Vázquez

Antes de nada, felicitarte por la excelente labor que realizas en tu página. Con ella he llegado a comprenderme a mí mismo hasta entrar en ese espacio de aceptación y reconciliación con uno mismo (con el uno mismo masculino), que es lo que Elise Sutton llama “zona de sumisión”. Zona donde la identidad masculina, siempre precaria, acepta sus propios límites y el placer de la pasivización en vez de proyectarlo de forma agresiva sobre el género femenino, como hasta ahora ha sucedido siempre; con la excepción de las sociedades matriarcales, cuya historia y posibilidad ha sido sistemáticamente silenciada. Ojalá tengas razón cuando afirmas la llegada de una época marcada por la dominación femenina y la aceptación sumisa del hombre. Por muchas razones, no creo que la dominación femenina sea equiparable a la masculina. Pero por ahora no puedo extenderme mucho en eso, siendo además una cuestión que mujeres feministas ya han tratado por extenso y mejor de lo que yo (y quizás cualquier hombre) pudiera hacerlo.

En fin, paso a relatar mi experiencia. Antes que nada buscando consejo, pues el largo camino del sumiso se encuentra asaltado por todas partes por la duda y los obstáculos, sean psicológicos o sociales. Soy un hombre que lleva ya cinco años de relación con una mujer 16 años mayor que él, siendo ella muy femenina y, sin duda, la amante más dulce y tierna que se pueda encontrar al tiempo que, en ocasiones, la más cruel y fría de las compañeras. Mi chica y yo provenimos de estratos sociales diferentes. No lo presento como una muestra de mi clasismo, sino de las diferencias sociales que permanecen en nuestra sociedad. Ella, culta e inteligente pero sin ninguna suerte y yo con una buena posición en el momento de conocerla.

Inmediatamente nos enamoramos, hasta el punto de que abandone todo (no doy más datos por si algún conocido leyera esto) para poder dedicarle todo el tiempo y la atención disponible (en ese momento ella lo necesitaba, sin duda). Y también para ayudarla económicamente pasando inmediatamente a trabajar aunque fuera –como así ha sido– en trabajos mal remunerados, de carácter temporal y sin cualificación alguna. Es cierto que mi decisión de romper con todos mis proyectos de futuro me ha dejado en una situación laboral inestable (en el mejor de los casos, aunque ahora se presentan oportunidades de mejorarla) y que he pagado un alto precio personal bajo la forma de periódicas depresiones y una tremenda frustración (etapa que ya he pasado).

Sin embargo, sé que la satisfacción que he encontrado con ella no la hubiera podido vivir de ninguna otra forma. Si digo esto es porque durante mucho tiempo dicha frustración fue producida por haberme mantenido en la idea de que lo hacía por ella, pero ahora –con tus páginas– he comprendido que jamás buscaba otra cosa que encaminarme hacia la sumisión, guiado por el deseo inconsciente de sentirme dominado por una mujer fuerte, como ella lo es, pese a su imagen frágil y normativamente femenina. De lo único que me arrepiento ahora es de no haberme comprendido antes y haber malgastado buena parte de nuestra relación en lamentos de plañidera y quejas victimistas. Es cierto que la relación no fue así siempre, sino que los primeros años yo me mostré como el lado dominante de la pareja y hasta insensible a sus atenciones en muchas ocasiones, hasta que ella tomo la acertada decisión de lanzar el órdago de irse a vivir con otro durante unos meses, a condición de volver conmigo si estaba dispuesto a dar un giro de 180 grados y pasar yo de dominante a dominado. Esto nunca fue explicitado así, pero todo lo que ella me pedía como pruebas de mi “transformación” conducían a eso.

Es más, desde aquello, su misma actitud social conmigo también cambió completamente. Así, no solo sus exigencias se hacían más imperativas en público y en privado sino que, además, pasó a coquetear abiertamente con otros hombres, dejándose tocar o besar (un poco) por desconocidos, incluso delante de amigos nuestros y en mi propia cara, pese a mi personalidad –anteriormente– celosa, sin el menor temor a estar haciéndome daño (como así era al principio) y a humillarme (pues ella sabía que así me sentía). En resumen poco a poco (y sin haber leído a Sutton, solo por nuestra propia dinámica de pareja) se fue haciendo cada vez más dominante y yo cada vez más dominado. Lo que me costo un trabajo de tres años aceptar: tres años en los que he aprendido el placer que siento al verla gozar aun a costa de mi sumisión completa, incluso en los actos más cotidianos como hacer las tareas domésticas (tiendo a hacerlas todas por ella a diario) mientras ella se relaja viendo la televisión o darle frecuentes y largos masajes, estar dispuesto a renunciar a cualquier plan que haya hecho si ella me requiere, aun a costa de no ver a mis amigos, o dejar que se desahogue conmigo (gritándome o enfadándose por cualquier cosa) de problemas que haya tenido por ahí, etcétera.

Poco a poco, el dolor inicial (bien real) ha ido dejando paso a un horizonte nuevo de placeres y satisfacción como no había imaginado. Así, lo que otros hombres considerarían “intolerable” o un ataque a su dignidad es para mí una fuente de satisfacción moral, psicológica y sexual. Como por ejemplo, que ella me hable de otros hombres (vecinos, compañeros de trabajo) por los que se siente atraída sexualmente y que me deje animarla a que mantenga relaciones con ellos y a vestirse de forma más sexy (por cierto, aún no me cree, pero tengo paciencia y sé que debo demostrarle mucho para desandar mis errores del pasado), llegando incluso a masturbarla hablándole de ellos. Es una situación difícil, pero ahora me hallo dispuesto a soportarla (y a disfrutarla), porque estoy seguro de sus sentimientos hacia mi. Por supuesto, no excluyo el riesgo de que encontrara a otro hombre si decidiera serme “infiel”, pero también es cierto que no sólo me excita la idea de que este con otro, sino que me siento a veces culpable, como si la hubiera “condenado” a la monogamia (habiendo tenido ella un carácter liberal y hasta promiscuo en el pasado) y a sólo disponer de mi cuerpo, cuando sé que, aunque yo le guste (de lo que le estoy agradecido, porque ella es muy guapa y podría tener a cualquiera, mientras que yo soy bastante vulgar físicamente), se siente fuertemente atraída por los hombres de físico poderoso, musculado y masculino.

Si me surgen dudas es porque, aunque me gustaría hacer mi papel de sumiso más explícito en la relación, no me atrevo a ofenderla con ello, limitándome a dar pequeños pasos como decirle que quiero que me haga cornudo, etc. En el tema del control del orgasmo varonil, bien, ése es más difícil, pues disfruta mucho del coito vaginal con eyaculación (dice que sentir ésta dentro de ella le proporciona un gran placer), si bien es cierto que como precalentamiento para su orgasmo clitorídeo con mi boca. También es refractaria a todo lo que implique la utilización de juguetes, entre los que yo desearía sin duda un arnés de strap-on (es sin embargo frecuente que me penetre analmente con sus dedos, a iniciativa suya) o un cinturón de castidad masculino. En concreto, desde que descubrí el tema de la Dominación Femenina, he ido entrenando mi capacidad para retener la eyaculación evitando la masturbación hasta el orgasmo. Ya sólo me corro con ella, nunca solo, y sólo porque ella así lo desea (verme eyacular). Yo estaría dispuesto a aceptar incluso un régimen (cinturón de castidad incluido, que uno no es de piedra) de control de mis eyaculaciones hasta reducirlas al mínimo: el placer que obtengo con el orgasmo no es nada comparado con el hecho de mantenerme siempre excitado y dispuesto para ella, lo que además le excita sobremanera y la hace sentirse más deseada. Es más reconozco que tras “llegar” experimento un breve desinterés (que disimulo lo mejor posible) por sus necesidades que me hace sentirme muy culpable. Así que sólo alcanzo el orgasmo cuando ella me lo pide claramente y cuando me asalta la excitación sexual y consumo pornografía (es algo que a ella no le disgusta): me ato una cuerda fuerte a los genitales, casi estrangulándolos y puedo pasar horas así (para mi es un gran logro) apenas acariciando mi pene mientras me excito y se me pone roja de dolor. Es más, soy capaz de salir a la calle así en verano, al igual que algunas mujeres salen a la calle con bolas chinas o vibradores introducidas en la vagina (he conocido algún caso entre mis amigas, lo que me hace sentir menos culpable por excitarme viendo alguna chica, mientras mi pene sufre una hinchazón que no me permito que sea calmada).

En fin, seguramente te parecerá una historia bastante light, aunque mi postura de sumiso (¡que por fin acepto conscientemente!) me ha llevado a tomar decisiones vitales más fuertes que las de aquellos que apenas se comprometen a unos juegos de cama. En la cama ella disfruta en ocasiones del papel de sumisa y a mí me complace hacer incluso el de dominante, solo para hacerla a ella feliz, aunque no tengo ningunos deseos de dominarla. Por supuesto me gustaría que aceptara su rol dominante allí también, como ya lo ha hecho en otros aspectos de nuestra vida cotidiana porque a parte de mi propio placer quizás redundaría en el suyo pudiendo gozar de mi como dominante y de otro hombre como dominada (como fantasea según me ha dicho con algún macho alpha que conocemos).

No sé, en fin, desde luego no quiero presionarla y si esto ha de seguir siendo un secreto mío estoy dispuesto a aceptarlo, para no ofenderla o molestarla y si he de renunciar a contárselo estoy dispuesto. Sin embargo, por como se encamina la relación bien podría ser que se estuviera decantando del lado de la D/S – 24/7, y que el atrevimiento de decírselo pudiera abrir para ella unas perspectivas nuevas de las que disfrutaría. ¿Qué opinas?

Muchas gracias.

Ana Serantes:

Empezaré por aclarar un par de cosas de la introducción que haces en tu texto, José. La primera: “las sociedades matriarcales, cuya historia y posibilidad ha sido sistemáticamente silenciada”. Yo no creo que esa historia haya sido sistemáticamente silenciada, porque la realidad es que esa historia no ha existido. Las sociedades matriarcales son un mito que nunca ha podido ser constatado por la Historia. El hecho de que hace más de cuatro milenios surgiera la sociedad patriarcal en Mesopotamia no significa, ni mucho menos, que hubiera antes sociedades matriarcales. Como digo, un mito, deseado por algunas y algunos, pero un mito al fin y al cabo.

Y la segunda cosa de tu introducción: “Ojalá tengas razón cuando afirmas la llegada de una época marcada por la dominación femenina y la aceptación sumisa del hombre”. Yo no afirmo éso, José, porque no lo pienso. Creo, como he escrito, que “Crecerá la demanda de dominación femenina” en el futuro, pero no que esta forma de relación se vaya a convertir en mayoritaria y, por lo tanto, vaya a llegar una “época marcada por la dominación femenina y la aceptación sumisa del hombre”. Lo creen y lo desean algunas mujeres como Elise Sutton y unos cuantos sumisos que fantasean con esa idea, pero no es mi caso.

Dicho eso, José, paso a tratar lo que en realidad planteas. Y me centraré en el final, porque me parece lo más relevante de tu escrito. Dices: “aunque me gustaría hacer mi papel de sumiso más explícito en la relación, [...] no quiero presionarla y si esto ha de seguir siendo un secreto mío estoy dispuesto a aceptarlo, para no ofenderla o molestarla y si he de renunciar a contárselo estoy dispuesto”.

Acostumbro a recomendar a los hombres sumisos que no agobien a sus mujeres con sus ansías por ser dominados, por hacer que la dominación se explicite de la forma que ellos desean. Y lo hago tan repetidamente que no descarto que haya quien, cuando me lea, piense: “Ya está ésta otra vez con lo mismo”. Sin embargo, tengo la impresión de que tu caso es diferente.

Para mí que lo vuestro es una relación de dominación. Tal y como lo cuentas, así lo parece: “desde aquello [desde que volvió de convivir con otro hombre], su misma actitud social conmigo también cambió completamente. Así, no solo sus exigencias se hacían más imperativas en público y en privado sino que, además, pasó a coquetear abiertamente con otros hombres, dejándose tocar o besar (un poco) por desconocidos, incluso delante de amigos nuestros y en mi propia cara”. “Poco a poco se fue haciendo cada vez más dominante y yo cada vez más dominado”. “He aprendido el placer que siento al verla gozar aun a costa de mi sumisión completa, incluso en los actos más cotidianos como hacer las tareas domésticas (tiendo a hacerlas todas por ella a diario) mientras ella se relaja viendo la televisión o darle frecuentes y largos masajes, estar dispuesto a renunciar a cualquier plan que haya hecho si ella me requiere, aun a costa de no ver a mis amigos, o dejar que se desahogue conmigo (gritándome o enfadándose por cualquier cosa) de problemas que haya tenido por ahí, etcétera.”. Si a todo esto le añadimos que hayas trabajado para ayudarla económicamente y el detalle de que ella tenga 16 años más que tú, no creo que nadie dude ni por un momento que lo vuestro es una relación de dominación.

Ahora bien, ¿estamos ante una amorosa relación de dominación femenina o ante una mujer que acepta la evidente tendencia sumisa de su hombre y se aprovecha de ella? No garantiza que sea lo primero el hecho de que sepas “que la satisfacción que he encontrado con ella no la hubiera podido vivir de ninguna otra forma”, porque esa satisfacción podría estar fundamentalmente alimentada por tu propia sumisión, o sea, que fuera más la sumisión que la relación amorosa la que la produjera. No sería la primera vez, porque el deseo de sumisión es muy fuerte en bastantes hombres, hasta el punto de que puedan encontrar satisfacción al someterse a una mujer que no les ama. No obstante, tengo que guiarme por lo que escribes: “estoy seguro de sus sentimientos hacia mi”. En consecuencia, supongo que entre vosotros, además de dominación, hay amor.

En ese caso, José, y siendo claro que dominación hay, no termino de entender que pienses que hablar de vuestra relación tal cual es signifique “presionarla” o que pueda “ofenderla o molestarla”, ni que estés dispuesto a “renunciar a contárselo”. José, no se puede renunciar a tener una conversación sobre algo tan vital para ti con la mujer que amas y con la que compartes tu vida. Algo que, por otra parte, no es más que llamar a las cosas por su nombre, asumir que vuestra relación es como es.

Si ella te quiere, José, no puede sentirse ofendida o molesta por el hecho de que tu intentes que ambos hagáis explícito lo que es ya una realidad. Puedo entender que a ella, por viejas ideas o prejuicios, le cueste aceptar que la vuestra es una relación “diferente”, que es de dominación femenina, pero creo que está obligada a superar esos prejuicios –si los hubiera– y a aceptar que eso es lo que hay. Además, debería aceptar también la necesidad que tú tienes de que la situación se explicite, es decir, se aclare. No me parece mucho pedir pedirle a la mujer que te domina que reconozca que eso es lo que hace y que tú necesitas que el dominio no se dé por sobreentendido, sino que sea algo que los dos tenéis hablado y asumido.

Porque sólo de esa forma encontrarás lo que buscas: una auténtica relación de dominación femenina. Como yo la entiendo, esa relación solamente existe cuando la sumisión y los servicios del varón son recibidos por la mujer desde una posición de dominio. Puede existir una relación en la que el hombre se somete y sirve sin que la mujer lo exija –y a veces es el mejor comienzo para obtener el tipo de relación de la que hablamos–, pero únicamente cuando la mujer asume su posición dominante, y recibe las “ofrendas” de su sumiso desde el poder que le confiere el intercambio de poder, podemos hablar de verdad de una relación de dominación femenina establecida libremente por las dos partes.

Y aunque se parezca, no es esa la relación que tienes con tu compañera, José. Sin embargo, es ésa la que buscas. Y creo que haces bien en buscarla, porque estoy convencida de que siempre funcionará mejor una relación que se sustente sobre criterios conocidos y aceptados por ambos que una que se mantenga a base de sobreentendidos. Es cierto que cualquier relación está llena de cosas que se dan por sobreentendidas, pero suelen ser cuestiones no tan fundamentales como ésta.

Así que mi consejo es que busques la mejor manera de afrontar esta conversación con tu pareja, que no renuncies, porque una buena relación no puede construirse si se cierra la comunicación ella en una cuestión tan trascendental para ti. Y no te engañes, aunque puedas dejar pasar el tiempo, no podrás evitar la frustración de no haber conseguido lo que más deseas: una franca y explícita relación de dominación femenina con tu pareja.

Lo demás, José, son detalles sin mayor importancia. El que ella fantasee “con algún macho alpha”, o el que parezca que eres tú quien está deseando promover esa fantasía. Lo mismo ocurre con “el tema del control del orgasmo varonil”, que eres tú el principal interesado. Como deseando estás que un día utilice contigo un arnés-consolador y te “enjaule” en un “cinturón de castidad masculino”. Como te digo, son detalles que sólo pueden encontrar su momento después de que se haya explicitado el tipo de relación que tenéis… y que no son imprescindibles para su buen funcionamiento.

Y otro detalle para terminar: cuidado con el “me ato una cuerda fuerte a los genitales, casi estrangulándolos y puedo pasar horas así”. No creo que “pasar horas así” sea lo más adecuado para tus genitales y, si el estrangulamiento es excesivo, puede resultar peligroso.

Bueno, José, espero saber de ti y que las noticias sean buenas.

5 Comentarios
  1. Decía ayer Jos2 que le sorprendía la cantidad de comentarios que se hacen en el blog. Sin embargo, y no sé por qué razón, en general se hacen en el Diario, pero mucho menos en la Revista. La prueba es que, pese a llevar dos días publicado, nadie ha opinado nada aún sobre lo que nos cuenta José Vázquez.

    10:59 | 17 Septiembre 2008

  2. no es porque no se lea, sino porque a lo mejor no suscita el interés que otras entradas si tienen, y es debido a que se espera más las entradas en donde sean las mujeres las que cuenten sus experiencias que las de hombres, como por ejemplo la más reciente en tu diario, por ser, creo yo, mayor el número de hombres sobre el de mujeres que intervienen con sus opiniones en esta página.

    aún así me he dado cuenta que, aunque se pudiese tomar coo idealista, no podría concibir una dominación sin cariño, y me da la sensación de que hay gente que haría lo que fuese para someterse a una mujer, importando poco el sentimiento de la que domina respecto a él.

    18:12 | 17 Septiembre 2008

  3. edito: me da la sensación de que hay gente que haría lo que fuese para someterse a una mujer, importando muy poco el sentimiento de la que domina pudiese tener respecto a él.

    18:14 | 17 Septiembre 2008

  4. Yo creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y que una relación de dominación femenina de la cual solo está enterado uno de sus componentes – casi siempre el hombre – no es tal. Para mi, se tiene que hablar, se tienen que plantear los sentimientos verdaderos, decir las cosas como son y correr con todo el riesgo que ello implica.

    Me pregunto entonces de que vale tanto renunciamiento, tanta victimización, tanto autocondenarse a vivir escondiendole a su pareja la verdadera naturaleza de sus sentimientos. ¿Será realmente satisfactorio vivir en una mentira, una que se le hace al ser que -se supone- uno ama?

    Renunciar a decírselo es entrar en la cómoda, la vía fácil, seguir disfrutando egoístamente de lo que falsamente se asume como sumisión. Pero el ser sumiso es otra cosa, hacen falta cojones para mas que aguantarse unos dias en castidad ó unos azotes, los hacen falta para sincerarse con la mujer que se dice amar y asumir el riesgo que viene detrás. Si, puede no gustarle, puede molestarse y ofenderse pero habrás sido tu mismo.

    Saludos!

    PD: Totalmente de acuerdo con Ana, atarse los testículos fuertemente como se ha descripto aquí es extremadamente peligroso.

    7:20 | 18 Septiembre 2008

  5. Yo creo que las experiencias personales se merecen respeto, independientemente de que esto es completamente anónimo, contar lo que vives y lo que sientes al vivirlo es difícilmente comentable. Primero porque si sacas lo positivo y los comentarios se convierten en puras alabanzas queda todo como una chupipandi que se pelotea mutuamente y si se critica se puede herir a esa persona que está implicada en la situación y para la que es importante la situación. Tu función en la revista es diferente, tú aconsejas desde tu experiencia y tus conocimientos porque ellos te lo solicitan, a los demás no nos están solicitando nada y sería, según mi punto de vista, entrometido decir algo inconveniente.

    Sin embargo, en la parte de tu diario, se debaten más que experiencias, ideas y las ideas no se ofenden, ni se les puede hacer daño, es más crecen y se desarrollan con la aportación de más pensamientos.

    16:42 | 18 Septiembre 2008

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