Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

Cena con Ian

Nuestro contertulio J introdujo un comentario en la primera entrada que escribí sobre Ian, “Me pasé de lista”, y después en su blog repite la idea y me incluye entre las “Juguetonas”. Acierta. No lo era mucho hace años. Pero he acabado siéndolo. Y es que la dominación femenina fue para mí también un juego desde el principio, del que disfruto, tanto como en la relación sexual, en algunas de las oportunidades que tengo a mi alcance para montar escenas que pueden tener un componente tan teatral como la que preparé el viernes por la noche tras “El regreso de Ian”.

Sorpresa y consternación es lo que se produjo cuando comenzó la escena: Ian llegó a casa a eso de las nueve, como habíamos quedado, esperando una cena a solas conmigo que imaginaba preludio amoroso. Sin embargo, se quedó atónito cuando se encontró allí con mi chico y constató que allí iba a continuar. Miguel había preparado una cena para dos, y para nota, y se había vestido para la ocasión, como yo le había pedido; esperaba también una cena a solas conmigo –nada le había dicho que lo desmintiera–, y se las prometía felices al ver cómo me había vestido yo (traje de chaqueta de falda corta, medias negras y mis buenos tacones en los zapatos). Se le demudó la cara cuando apareció Ian y se dio cuenta de que no estaba invitado a la cena, que tenía otros papeles adjudicados: el de cocinero, el de camarero y el de freganchín.

Estaban los dos más que tensos, y no sabían qué decir. Me tocaba a mí: les cerré el paso comportándome como si fuera la cosa más natural del mundo y, muy desenvuelta, expliqué que, como es lógico en esta casa, mi hombre prepara y sirve la cena a la que yo he invitado a quien me ha venido en gana… y lo acepta sin la más mínima protesta. Y a Ian no le quedaba más que asumirlo y quedarse a cenar, o coger la puerta y dejarse dentro todas sus esperanzas de llegar a algo más conmigo.

No es que se disipara la tensión, pero comenzó la velada: Miguel nos sirvió dos copas de jerez con un par de canapés en el salón. Después nos fue sirviendo la cena –el vino, los dos platos y el postre– y, cuando terminamos, volvió a servirnos en el salón: esta vez, un par de copas… y él se puso a hacer lo que le tocaba: recogerlo todo y dejar la cocina como si nadie hubiera pasado por allí.

Si digo que la conversación entre Ian y yo transcurrió fluida, no se lo creería nadie. No lo fue: el pobre no sabía a veces ni qué decir ni a dónde mirar. Pero se comprenderá que diga que yo disfruté de la escena –y de la cena–: acechaba los gestos de uno y otro, trataba de adivinar sus pensamientos y me dedicaba a ir despejando la incógnita de qué hacer con Ian.

Antes de terminar la cena ya había decidido, aunque sin concretarlo del todo, qué hacer con mi invitado. Por supuesto, no se lo dije ni a él ni a mi chico. Me limité a ordenarle a Miguel –porque esta vez fue claramente una orden– que nos sirviera la segunda copa y que se fuera a su cuarto. No quería que viera nada; aunque sabía que pasaría su buen rato cavilando y pendiente de lo que pudiera escuchar desde su habitación.

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Miguel desapareció. Y la charla entre Ian y yo se fue haciendo haciendo más explícita. Era hora de borrar la expresión de total incredulidad que se le dibujaba en el rostro: le dije que su sorpresa no era más que una muestra de su desconocimiento de lo que podía llegar a ser una relación de dominación femenina. Y se la resumí: “En esta casa se hace siempre lo que yo quiero, y se hace como yo quiero”. Asentía… y poco más. Parecía que no terminaba de situarse, así que, con mi mejor y más insinuante sonrisa, tuve que situarle yo: “Si quieres pasar la noche aquí, ya conoces la regla de la casa”. Y me dijo que sí, que quería, y que en efecto estaba dispuesto a hacer lo que yo quisiera. Y me lo dijo como si me contara algo que yo no supiera, como si no fuera mi prisionero, como si no hubiera sido yo la que se había encargado de alimentar el deseo que le tenía cautivo.

Con toda la ingenuidad que me posible fingir, le pregunté si quería otra copa o si prefería que nos fuéramos ya a mi habitación. Imagino que la respuesta sobra. Pero yo había tomado una decisión… y le volvió a coger de sorpresa: “Me apetece otra copa”. Nada como la espera, nada como la postergación del placer cuando el deseo aprieta.

Seguimos hablando un rato: sobre mí, sobre mi relación de pareja, sobre la dominación femenina y, al final, sobre lo mucho que le gustaría estar en el lugar de mi chico. Y cuando me terminé la copa, me levanté y le dejé en el salón. Le hice esperar un rato: fui al baño, me desnudé, me quité las pinturas de guerra de la cara y me lavé los dientes. Cuando volví al salón, llevaba puesto el albornoz y en el brazo… su abrigo. Le dije que estaba cansada y que la noche había terminado. Me pareció que su cara comenzaba a desfigurarse. Me acerqué a ella y besé sus labios: primero, suavemente; después, apasionadamente. Le llevé hasta la puerta de entrada, y le dije que mañana le llamaría. Y que le vería… pero sólo si guardaba para mí todo lo que ahora quería descargar (le aseguré, como si fuera posible, que me daría cuenta de si se había masturbado). Y le puse en la calle.

No era el de Ian, sobra decirlo, el único deseo que había alimentado: el mío estaba bien crecido. Golpeé la puerta de la habitación de Miguel y dije: “Te espero en mi cuarto”.

7 Comentarios
  1. ya me está dando cosa por este pobre hombre. me pongo en su lugar y es que estaría que me subiría por las paredes. y me da también una envidia que no veas.

    11:52 | 14 Abril 2008

  2. jajajajaja me parece reconocer ciertos patrones sumamente abundantes en las anteriomente fantasiosas historias contadas
    U_U Pero solo parece, no me vayan a linchar.

    15:53 | 14 Abril 2008

  3. A mi quien me da envidia es Miguel.
    La noche de Ian debio ser guapa… fantasias sin masturbación… jejeje… ¡que comida de tarro!, solateras.
    ¿Juguetona?… SI, sin duda, pero hay que saber jugar y leida la serie, hasta ahora, Ud., Ana es una Master del Juego y una Doctora en la exposición de los hechos… como me molaría ser victima de una Jugada similar, solo de visualizarme en el puesto de Ian me estoy poniendo cachondo…jeje.
    Y al dia siguiente…¿que paso?
    Su devoto seguidor.

    16:05 | 14 Abril 2008

  4. Me lo enseñaron de niño y no creo haberlo aprendido bien del todo: quienes más disfrutan del juego son los inmunes a la derrota.
    Y no sólo pienso en el Ian sino en ti, Ana, y es que si Ian no vuelve, por muy dominante que sea tu papel… aceptarás haber perdido ¿no?
    En todo caso, el juego (¿o era jugueteo?) es lo que queda.

    0:37 | 15 Abril 2008

  5. [...] le había anunciado (“Cena con Ian”), llamé a Ian el sábado por la mañana, y quedé con él en un sitio de tapas del barrio que [...]

    7:14 | 15 Abril 2008

  6. De lo que has escrito, quisiera remarcar la aptitud de Miguel. No es nada sencillo para un sumiso saber estar en tales circunstancias. Lo has educado muy bien.

    19:10 | 15 Abril 2008

  7. Lo mejor de todo el relato para mí: es la última frase: “Te espero en mi cuarto”. Como se debío sentir en ese momento su esclavo después de toda la tarde/noche de humillación. Luego iba a servir a su Diosa y Señora. GENIAL

    19:50 | 17 Abril 2008

 

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