Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

Crecerá la demanda de dominación femenina

Voy a utilizar en este artículo los términos más típicos de la economía: la oferta y la demanda. A día de hoy, resulta una realidad la existencia de una oferta masculina de sumisión muy superior a la demanda femenina de dominación. ¿Tenderá la demanda a acercarse o igualar la oferta con el tiempo? ¿Crecerá el número de relaciones de pareja basadas en la dominación femenina? Mi opinión es que sí; trataré explicar por qué.

Empezaré por lo más sencillo, por la oferta. Es sabido que ser dominado por una mujer poderosa constituye la principal fantasía erótica de los hombres, y así les sucede a la mayoría de ellos. Esta realidad –que la mayoría de los hombres desean ser dominados por una mujer– no sufrirá variaciones importantes con el paso del tiempo. Sin embargo, si resulta previsible esperar una diferencia con el paso del tiempo: que les resulte más sencillo expresar ese deseo cuanto más se extiendan y se “normalicen” las relaciones de dominación femenina en la sociedad. Por lo tanto, desde el punto de vista de la oferta, la cuestión parece clara: va a seguir existiendo una oferta numerosa a disposición de las mujeres, y esa oferta será más explícita o pública según se extienda este estilo de vida.

Vayamos ahora al lado de la demanda, el más interesante para las mujeres, y el menos obvio si nos atenemos a los deseos eróticos expresados por las personas. En primer lugar, deberíamos pensar si el hecho de que las mujeres expresen menos su deseo de relaciones de dominación femenina que los hombres obedece a alguna causa “natural” o la cuestión es social. Soy de la opinión de que no hay nada en la “naturaleza” de las mujeres que las predisponga contra el ejercicio de una posición preeminente, contra el ejercicio del poder sobre el hombre. De hecho, lo han ejercido en muchísimas ocasiones a lo largo de la historia, aunque en la mayoría de ellas haya sido de forma encubierta.

Creo que la timidez o el reparo que muestran muchas mujeres a dominar a un hombre proviene de la educación, de los roles sociales que han jugado durante siglos, de su discriminación en una sociedad patriarcal. Pero esa sociedad patriarcal se está yendo al garete –al menos en las sociedades más desarrolladas–, y las mujeres se liberan a un ritmo que, desde el punto de vista histórico, resulta vertiginoso. Las mujeres se están acostumbrando muy rápidamente a disfrutar del poder, y a ejercerlo con una transparencia y una normalidad que hubiera parecido increíble a cualquier persona que viviera tan sólo unas décadas atrás. Las mujeres constituyen el género emergente en la sociedad actual, y para comprobarlo basta con acudir a su muy superior cualificación académica, básica siempre para obtener poder o preeminencia, pero aún más importante en la actual sociedad de la información. Así que el poder creciente de las mujeres en la sociedad parece más que garantizado.

Una vez que disfruten de ese poder, ¿es previsible que crezcan las mujeres que deseen establecer relaciones de dominación? Si la respuesta es afirmativa, como en mi caso, se trata de analizar las razones por las que las mujeres buscarían cada vez más este tipo de relaciones. Trataré de bosquejar algunos criterios sobre los que puede sustentarse esta opinión.

El mundo de la sexualidad. El hundimiento del patriarcado, que comenzó a producirse abiertamente en la década de los sesenta del pasado siglo, ha provocado una auténtica revolución sexual. Las mujeres dejamos de ver nuestra sexualidad como pecaminosa y dependiente de los hombres. Muchas de las mujeres de hoy en día ya viven su sexualidad en función, en primer término, de ellas mismas, de sus deseos y disfrutes. Y una vez que se vive así, resulta lógico que se vayan imponiendo paulatinamente esos deseos en las relaciones. Ha dejado de ser excepcional que las mujeres aborden las relaciones sexuales buscando en primer lugar su placer, aunque no menosprecien el de su pareja. El propio deseo constituye una herramienta imprescindible para ejercer el poder en una relación sexual. Y son ya bastantes las mujeres que lo ejercen: las más, sin dominar explícitamente; las menos, haciéndolo. El despertar y la liberación de la sexualidad femenina nos facilita o nos prepara para asumir el control de la pareja, y la experiencia nos muestra que en este terreno está claro que para las mujeres querer es poder. Y la manera perfecta de ejercer el poder la encontrarán cada vez más mujeres en las relaciones de dominación femenina.

El mundo de la educación. También el saber es poder; se ha dicho siempre, y es verdad. El saber ha sido casi siempre un privilegio masculino, y un territorio en el que se ha discriminado a las mujeres. Hoy, como decíamos, esta situación está cambiando con rapidez. En casi todos los países desarrollados, la proporción de titulados universitarios se está invirtiendo desde el punto de vista del género. De las universidades salen ya, o se acercan a esa cifra, dos mujeres tituladas por cada hombre. Y quien tiene el poder que proporciona el conocimiento será más proclive a utilizarlo. Las mujeres no lo tenían; ahora que lo tienen, es lógico pensar que tenderán a usarlo con frecuencia creciente. Especialmente, porque a ese poder creciente le acompaña una disminución del masculino a causa de su futura desventaja en el terreno del conocimiento.

El mundo del trabajo. La cualificación académica tendrá consecuencias directas sobre el mercado de trabajo. Ya las está teniendo. La mayor cualificación académica comporta cualificación profesional y, en consecuencia, las mujeres disfrutaremos cada vez más de puestos de mayor responsabilidad en las empresas y en las administraciones públicas. Las mujeres nos estamos acostumbrando ya a la novedad que ha supuesto dirigir la actividad laboral de los hombres. Y esa transformación será fundamental para enseñarnos a ejercer el poder y el control que lleva aparejado. La actividad laboral ha constituido siempre un componente fundamental en las relaciones sociales, en el prestigio y el poder de cada uno de los miembros de la sociedad. Y cuando una se acostumbra a mandar en el trabajo, que a nadie le quepa duda de que le resultará mucho más fácil, más “natural”, mandar en casa. Y si una quiere construirse una carrera profesional, y necesita tiempo y dedicación para ello, que mejor que un amo de casa que se convierta en su soporte, en el descanso de la guerrera.

El mundo de la familia. La familia que hemos conocido hasta hace poco ha estado basada en el trabajo fuera de casa de los hombres y dentro de las mujeres. La preeminencia masculina ha estado directamente ligada a sus muy superiores ingresos laborales. La transformación del mercado de trabajo colabora a la correlativa de las relaciones en el seno de la familia. Cuando, en no mucho tiempo, haya más mujeres con ingresos superiores a los de los hombres, las cosas tenderán a invertirse –aunque desconozcamos en qué grado–.

Ya existen estudios que demuestran un cambio radical del estatus en las mujeres norteamericanas de alta cualificación profesional. Ante las cargas familiares que suponen la casa y los hijos, son ya muchas las mujeres que han revertido la situación tradicional, es decir, que son ya bastantes los maridos que se han convertido en amos de casa. Esta situación ha resultado funcional por la misma causa que lo fue hasta ahora, cuando un cónyuge gana bastante más que el otro, resulta lógico que sea ella la que continúa activa laboralmente y él quien deja su empleo menos lucrativo para hacerse cargo de las tareas domésticas. Quizá haya a quien le extrañe, pero no sólo no es un fenómeno aislado en EE. UU., sino que está creciendo a buen ritmo. Comienzan a ser significativas ya las mujeres que disfrutan de la mayor porción del poder económico de la familia, y ese poder va trasladándose al conjunto de la relación.

En los próximos años las mujeres que controlen sus familias van a constituir un número creciente, y la dominación femenina les resultará completamente funcional tanto para enseñar a sus parejas lo que tienen que hacer para la buena marcha de la familia como para liberarse ellas de las tareas más pesadas. Pero la dominación será funcional no sólo porque les permita obligar a sus compañeros a hacer los trabajos que ellas consideren oportunos, sino porque este tipo de relación les permitirá hacerlo de tal manera que ellos estén encantados. La dominación femenina no sólo permite poner a tu hombre a realizar los trabajos domésticos, sino que te proporciona las herramientas para que esté encantado con la función que le asignas y el cumplimiento que le exiges.

Un aspecto que tiene su importancia es el que se refiere a la familia en un sentido más amplio que el de la pareja. Las mujeres hemos sido el soporte no sólo para los hijos sino también para nuestros padres mayores, muchas veces además para los de él. La dominación femenina nos permite realizar nuestra actividad profesional y trasladar buena parte de esta carga a nuestros sumisos. Aunque ahora parezca extraño, en poco tiempo veremos como algunas mujeres no sólo ponen a sus compañeros a hacerse cargo de la mayor parte del trabajo que provocan los hijos, sino también del que generan los familiares de más edad. De hecho, conozco a una dominante cuyo marido se encarga de ir a la casa de la madre de ella para atenderla, incluso la ayuda en las tareas domésticas. Sin llegar a lo que cuenta Mistress Wife en su diario, cuya madre ha llegado a disfrutar también de las atenciones sexuales de su marido. Pero bueno, ¿por qué no, si una se lleva tan bien con su madre?

El mundo del amor. Está claro que la esfera del amor se ha transformado, se acabaron las relaciones para toda la vida. El amor hay que cultivarlo o se desvanece. En la sociedad actual exigimos más amor, y cuando no lo tenemos… llega la separación. Pero aquí hay que remarcar un hecho, que no es cultural ni social, que es biológico: la sexualidad masculina convierte a los hombres en menos constantes y perseverantes que las mujeres en el terreno del amor. Los hombres abandonan antes si la relación se deteriora o, simplemente, les deslumbra la posibilidad de una nueva relación. Esa inconstancia de los hombres está complicando la vida de las mujeres. Y si bien resulta imposible garantizar hoy que una relación sea de por vida, no menos cierto es que la dominación femenina, el intercambio de poder que proporciona, permite a las mujeres un control de la relación y de su pareja que puede jugar un papel muy importante en la duración y la intensidad de las relaciones de pareja.

No es aventurado defender que una relación de dominación es más estable, porque la dirige la mujer, cuyos sentimientos y preocupaciones son más estables que los del hombre. Podemos convenir en que un hombre sometido, y cuyo deseo está estimulado, es un hombre mucho más fiel y más constante en su amor por su pareja. Así que también para la estabilidad de la pareja resultará funcional la dominación femenina para las mujeres; amén de mejorar la vida de los hombres al limitarles las posibilidades de frívolos devaneos que, a la postre, no contribuyen más que a complicársela. La experiencia nos muestra que, normalmente, una vez que una pareja vive la dominación femenina, es la mujer quien suele tener la llave que indica el fin o la continuidad de la relación.

Pero la dominación no sólo facilita la permanencia de las relaciones, sino también la intensidad. Cómo no va a resulta funcional para las mujeres un estilo de vida en el que existen mecanismos y herramientas para que tu pareja esté buena parte del tiempo adorándote y ansioso por complacerte. La intensidad que facilita la dominación es difícil de alcanzar con otro tipo de relaciones, y aún más de mantener. Y además, la dominación permite que la mujer sepa cómo estimular y someter a su hombre en los momentos bajos de una relación. Para una dominante mínimamente experimentada resulta sencillo elevar el deseo y la atracción que su pareja siente por ella, lo que le permite remontar con mayor facilidad cualquier conflicto en la pareja.

Por otra parte, las mujeres tendemos naturalmente a preocuparnos más que los hombres por el bienestar de nuestra pareja, nuestro bienestar propio depende más del bienestar de él que a la inversa. Desde este punto de vista, la dominación femenina es un auténtico chollo para nosotras: podemos ser “egoístas”, mirar por nosotras mismas, sin que se resienta la felicidad de nuestra pareja, que como hombre sumiso está encantado de servirnos y trabajar por nuestro bienestar. La dominación nos resulta aún más funcional porque lo es también para él, porque consigue estimular a nuestra pareja cuando nos centramos en nuestras prioridades y deseos más personales.

A estas ventajas hay que añadir que el amor se vivirá en los términos que la mujer desee y, por lo tanto, imponga. Quiere decir ello que la mujer está poco obligada por la propia dominación, es cierto que tiene que preocuparse por el bienestar de su pareja, pero lo puede hacer eligiendo la manera en la que se vivirá esa relación. Puede vivir si le place una relación monógama, en la que la fidelidad se considere obligada; pero también puede elegir, como hacen algunas mujeres dominantes, una vida que no excluya otras relaciones sexuales. Es decir, que puede disfrutar de otros hombres y, además, con la aquiescencia o incluso el beneplácito de su compañero. Más aún, como ocurre con algunas mujeres, puede llegar a compartir su vida con más de un hombre que viva para adorarla y servirla. Así que en el terreno amoroso la dominación femenina se irá descubriendo cada día más funcional para las nuevas mujeres liberadas.

El mundo de quien cumple años. Hasta ahora, el pasar de los años ha sido una cruz mayor para las mujeres que para los hombres, especialmente por el culto al físico que ha afectado sobre todo a las mujeres. Esta situación permanece, aunque atenuada: ya no son insólitos los casos de mujeres que se relacionan con hombres más jóvenes. Si antes esta posibilidad era potestad casi exclusiva de los hombres era porque el poder y los medios económicos se lo permitían. La situación cambia en el momento en que las mujeres comienzan a disfrutar de ese poder y esos medios económicos. La sociedad empieza a cambiar también en este aspecto.

Pero la dominación femenina permite no sólo acelerar ese cambio para una mujer concreta, sino incluso hacerlo sin disponer de poder social y medios económicos. Y este es quizá uno de los aspectos que más destacan en las experiencias de las mujeres dominantes: han aprendido a utilizar su poder erótico sobre los hombres para relacionarse y dominar a los más jóvenes. Son muchas las experiencias de mujeres dominantes que someten a hombres diez, quince e incluso veinte años más jóvenes que ellas. Algunas llegan a casarse con ellos sin que les preocupe excesivamente el qué dirán. Estas mujeres dominantes saben que la dominación femenina les permite subyugar al hombre que quieren pese a que sus encantos físicos hayan dejado de ser lo que eran o no lo hayan sido nunca. Desde este punto de vista, la dominación femenina está siendo una bendición para las mujeres, y según se incremente el envejecimiento de la población que se avecina, este tipo de relación abrirá notablemente las posibilidades de las mujeres mayores.

El mundo de la juventud. Aunque las ventajas de la dominación femenina parezcan más relevantes para las mujeres maduras no son despreciables para las jóvenes. Las mujeres dominantes jóvenes están ya disfrutando de esas ventajas, y los ejemplos son crecientes; pese a que la mayoría de los que tenemos noticias provenga de EE. UU., esas experiencias se expanden por otros lugares, y lo harán cada vez más. Las jóvenes comienzan a dominar a sus compañeros masculinos, y a entrenarles para que la relación sexual se centre en el placer femenino. Con el añadido de que, en muchos casos, resuelven el problema de los embarazos no deseados y el miedo al sida por medio de la dominación.

Comienza a extenderse entre esas jóvenes la costumbre de disfrutar del sexo sin permitirles a sus compañeros la penetración. Pueden disfrutar del sexo y de las relaciones de pareja con la alegría de esos años, pueden disfrutar de los cambios de pareja que deseen hasta encontrar a un compañero más estable sin sentirse en peligro ni en la obligación de someterse, como tradicionalmente, a los imperativos de la sexualidad masculina. Y en esa búsqueda de pareja, entrenan y descubren las aptitudes de sus compañeros para una posterior opción: la vida en común. Las ventajas para las jóvenes son tantas que no extrañan las noticias que nos llegan de EE. UU. sobre el importante crecimiento de las relaciones de dominación femenina en los campus universitarios. Ese crecimiento no hará más que crecer en el futuro, más cuanto más descubran las jóvenes esta manera de relacionarse con los varones.

El mundo de la apariencia. La apariencia física constituye la mayor servidumbre para las mujeres a la hora de relacionarse con el mundo masculino. Las mujeres somos prisioneras de esa servidumbre; y no podemos pensar, sabiendo lo muy visualmente orientada que está la sexualidad masculina, que vaya a desaparecer o disminuir significativamente la importancia de la apariencia física. Esta apariencia, y las maneras de realzarla, continuarán teniendo una importancia notable para las mujeres: se terminó el sueño irreal de las feministas radicales de los sesenta que despreciaban el aspecto físico o, incluso, que denunciaban a las mujeres que lo cuidaban como sujetas a los dictados masculinos. Hemos aprendido que cuidar la apariencia física, vestirnos y acicalarnos para gustar a los demás –hombres y mujeres–, es algo que forma parte de nuestra forma de ser y que, además, nos gusta.

Resulta obligado aceptar que, con dominación o sin ella, las mujeres más agraciadas continuarán teniendo más éxito. No obstante, esas mujeres aprenderán –ya están aprendiendo– a utilizar su belleza física de forma mucho más productiva y beneficiosa para ellas. Y la dominación femenina les servirá para ser más conscientes del poder que tienen y de la mejor forma de utilizarlo. Es decir, para que su belleza constituya un arma que puede usarse de forma directa y sin subterfugios, sin las limitaciones de la hipocresía a las que obligaba la sociedad patriarcal. La belleza da poder y, como lo da con cualquier hombre, no depende de ninguno en particular que pueda limitarlo.

Pero la dominación femenina resulta aún más funcional para las mujeres que no sobresalen por esa belleza física, para las mujeres que se encuentran en desventaja a causa de una apariencia física que no destaca. La dominación femenina permite a las mujeres menos agraciadas disminuir notablemente las consecuencias de esa limitación. Una dominante con experiencia sabe perfectamente que su resolución de someter a un hombre, y la explicitación de esa decisión, constituye un arma más poderosa incluso que la belleza física para el varón sumiso. Los sumisos se derriten ante una mujer resuelta y autoritaria, son incapaces de resistirse a ella. El poder de una mujer sobre el hombre se convierte en un arma poderosísima simplemente con la mera decisión de ejercerlo con resolución.

Además, la dominación femenina ofrece a la mujer decidida otra herramienta que sustituye ventajosamente la carencia de hermosura: los fetiches del varón sumiso. Una mujer dominante, por poco agraciada que sea, sabe cómo vestirse o qué ponerse para transformarse en la fantasía de cualquier sumiso, para que el deseo del hombre por ella alcance cotas impensables en una relación tradicional. Darán igual unos kilos de más o unos rasgos de menos, el varón sumiso elegirá antes a esa mujer decidida que utiliza sus fetiches en su propio beneficio que a cualquier belleza que no lo haga. Por mucho que a algunas les extrañe, casi todos los hombres sumisos elegirán siempre a esa mujer dominante, decidida y poco agraciada, que de vez en cuando se adorna de forma fetichista, antes que a cualquier top-model. Y lo que es mejor para ella: la elegirán encantados.

Conclusión. Creo haber proporcionado indicios y certezas suficientes para avalar mi opinión de que en un futuro próximo la demanda de relaciones de dominación femenina por parte de las mujeres no hará otra cosa que crecer. Son muchas las ventajas que las mujeres disfrutan en esta forma de vivir las relaciones de pareja, tantas que parece difícil pensar que, conociéndolas, vayan a dejarlas pasar de largo. A medida que se conozca más, la dominación femenina irá resultando funcional cada vez a un número mayor de mujeres. Mujeres que, además, irán adoptándola de forma cada vez más natural según se extienda y se profundice el proceso de liberación femenina que caracteriza a las sociedades desarrolladas actuales.

Como decíamos, la oferta masculina está ahí, y es enorme. No obstante, aún crecerá más según se popularice esta opción de vida al ir perdiendo el componente de “rareza” y “perversión” que siempre caracteriza a lo oculto o prohibido. La extensión de la dominación femenina permitirá que más varones sean conscientes de sus tendencias sumisas y que, en lugar de avergonzarse, descubran la satisfacción de asumirlas, la satisfacción que pueden encontrar al someterse a una mujer dominante. Parece lógico pensar que, con el tiempo, vivir para servir y complacer a una mujer constituya una opción cada vez más “presentable”.

Pero las posibilidades de crecimiento de la oferta no son nada si las comparamos con las de la demanda femenina. Por lo que a las mujeres respecta, la dominación femenina constituye un estilo de vida tan preñado de ventajas para ellas, y tan funcional con su nuevo papel en la sociedad, que parece obligado aceptar que el número de mujeres que optarán por relaciones de este tipo no va a hacer más que crecer sin pausa en los próximos años.

[Este artículo lo publiqué en el año 2005 en mi anterior página web, DominacionFemenina.net, con el seudónimo de María Salazar]

5 Comentarios
  1. [...] cambiando”. Hace tres años, escribía un “sesudo” artículo en el que aventuraba que “Crecerá la demanda de dominación femenina”; hoy, puedo argumentar que está creciendo sin necesidad de escribir, simplemente acudiendo a [...]

    2:17 | 9 Marzo 2008

  2. Chica, hablas como un libro. Pero me parece que la realidad es más compleja. Quizás no tienes en cuenta del todo la psicología masculina. El hombre ama su libertad, tiene una dignidad; en el fondo detesta los asuntos domésticos; le aburren, se cansa de tanto sexo y cosas parecidas. Me estoy refiriendo a la mayoría de los hombres. Para mí el enigma es la psicología del sumiso, del verdadero sumiso. Eso sí me gustaría que me lo aclarases. Y no creo que sean tantos como se dice. Tampoco me parece que la inmensa mayoría de las mujeres se avendría a ese tipo de vida. La mujer quiere otra cosa: seguridad, cariño, ternura, etc. Y una vida normal. En fin, creo que tú has leído también a Elise Sutton. Saludos.

    19:00 | 28 Junio 2008

  3. Que manera mas realista, directa y seductora de expresar, por una Mujer superior e inteligente, el fin del patetico patriarcado, ¿tendra que ver con la era de Piscis que termina? ojala vengan ahora por lo menos dos mil años de Acuario y de dominacion femenina. Venus se mueve mucho mas rapidamente que Marte, lo digo porque a mi me alucina como esta “barriendo” la Mujer al hombre en el siglo XXI, sobretodo en las universidades (creo que los hombres aun no hemos salido del XX). El hombre es demasiado rigido para adaptarse tan rapidamente como la Mujer y esta claro que vivimos en un cambio continuo. Pero según este articulo ¿que pasara cuando la demanda de sumisos este cubierta? ¿crecera el numero de sumisos?.

    Me he fijado que en la pagina de contactos sm http://www.someteme.com hay el triple de hombres dominantes que de sumisos y mas o menos el triple de sumisas que de mujeres dominantes. ¿Quiere decir esto que tiene que ver con la educación social? Desde mi punto de vista no es asi, lo que pasa es que un hombre dominante parece que se encuentra “como pez en el agua” cuando se da cuente de sus tendencias sexuales y lo mismo para una mujer sumisa. Es muy difícil para un hombre sumiso aceptar que lo es y creo que esto sera lo que cambiara pero nada mas, las relaciones se expresaran mas libremente. Ahora le toca a la Mujer escribir la historia y al hombre leerla. Muchas gracias Ana por dejar que exprese mi opinión.

    23:55 | 28 Junio 2008

  4. Esto pregunta sonará quizás irremediablemente prepontente e incluso ofensivo, pero me gustaría de corazón que no fuera así.
    Cúando dice cosas cómo: “la mayoría de los hombres desean ser dominados por una mujer”; “De las universidades salen ya, o se acercan a esa cifra, dos mujeres tituladas por cada hombre”; “Comienza a extenderse entre esas jóvenes la costumbre de disfrutar del sexo sin permitirles a sus compañeros la penetración”…
    ¿Tiene algún indicio o son simplemente invenciones?

    18:09 | 3 Julio 2008

  5. En ni opinion hay momentos en que deseo dominar a una mujer y otros en que deseo ser dominado por ella, no se si viviria ciempre con una mujer que m domine creo que no aguantaria, eso si la domina tiene que ser muy bonita para que yo sea sumiso.
    saludos.

    17:07 | 2 Julio 2009

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