¿Cuestión de límites?
Javier Marcial
Ana, antes que nada, quiero agradecerte toda la información seria que brindas a través de tu revista sobre este tema. Tengo una consulta que puede resumirse de la siguiente manera: soy sumiso, pero no todo el tiempo. Voy a explicarme mejor: soy sumiso todo el tiempo, deseo serlo, pero no con el grado de severidad o entrega que veo en comentarios en esta pagina y que mi pareja desea.
Mi relación con Carla empezó normal. Ella un poco mandona. Pero lenta y naturalmente evolucionamos hacia una dominación más profunda, reconociendo el hecho innegable de la superioridad femenina. Y ahí esta el problema: los límites.
¿Qué he aceptado yo? Que asiduamente cumpla con su máximo placer: sodomizarme y feminizarme. Muchas veces he salido a trabajar con ropa interior femenina, y tengo que decir que lo he disfrutado; aunque primordialmente por ver la cara de placer de ella al humillarme de esa manera.
Igualmente he aceptado que ella proceda a saciar sus “impulsos sexuales naturales” –propios de la mujer, según ella y yo acordamos– con otros machos. He compartido fiestas y almuerzos con compañeros de trabajo de ella que sé que se la cogen, y muy bien. Disimulamos frente al mundo, como si yo no supiera nada, y me avergüenza imaginar como se reirán de mi. Pero hay un dejo no menor de excitación y gozo en esa humillación. Lo mejor para ambos –creo– es cuando ella vuelve de sus aventuras y me mira con carita de satisfacción, agradeciéndome. Sí, agradeciéndome. Porque el placer sexual, la cuestión carnal, se la soluciona otro; pero soy yo en quien ha encontrado el “combo”: amor, comprensión, cuidados, entrega y sexo libre. Soy yo el que posibilita su verdadero gozo, que excede las barbaridades (sí, barbaridades) que algunos amantes de turno le hacen.
Hasta ahí todo bien. Pero ella quiere más.
Quiere –por ejemplo– que yo vea cuando otro la posee. Si bien la imagen de ella disfrutando con otro me excita mucho (hasta he visto un video en que me la sodomizan), la realidad es que no quiero humillarme frente a otro hombre, me parece demasiado. Yo quiero darle placer a ella, no a otro hombre, por más que eso le de también placer a ella.
Otro de sus requerimientos es que yo no tenga sexo con ella sino en situaciones muy especiales. Nosotros sí tenemos sexo, y del bueno. Tal vez no tan asiduamente porque ella viene cansada de sus “sesiones” con alguno de sus amantes (Esteban la deja muy cansada). Yo respeto su agotamiento y no le pido sexo, ahí nomás. Nos abrazamos. A veces me cuenta lo sucedido y otras compartimos aquel espectacular momento abrazados.
Sin embargo, yo sí necesito actividad sexual, y permito que ella elija el momento y qué se hace y qué no. Pero no soportaría no evacuar periódicamente. Es que tengo miedo de que su deseo no provenga tanto de su necesidad de someterme y humillarme, sino que esté tan satisfecha con sus amantes, que estos sean mucho mejor en la cama y que, por lo tanto, ya no me necesite.
Claro que sé que hay hombres que le dan cosas que yo no puedo darle. A ella le encanta salir con hombres diferentes a mi –extrovertidos, fuertes y algo guarangos–, por lo que es obvio que con ellos llena un vacío que yo no le doy. Y cuando hablo de llenar un “vacío” que yo no lleno, lo digo también literalmente. Me refiero al ano. Ella no me lo da. Dice que para el sexo anal hace falta alguien más rudo, más imponente, con más control. Por eso ella me sodomiza a mi, pero yo no a ella.
Pero todo esto simplemente significa que otros hombres la satisfacen en modos que yo no, y ello es lógico. Pero directamente no tener sexo conmigo significa que ya no me necesita, y me parece mucho.
Hay otros requerimientos, como que beba mi propio semen, o que haga de perrito para ella (lama las botas, etc.), que no me gustan, pero a los que accedería.
El problema entonces está en que ella quiere cortar la relación si no accedo a todo eso. Dice que no soy un autentico sumisillo, como ella me llama. Yo creo que si lo soy, pero con limites. ¿No es una contradicción un sumiso con límites?, ¿no debería ser la entrega incondicional?
Yo la amo y no quiero perderla. Yo sé que ella me ama también, tal vez no tanto como yo, pero sé que lo hace. No sé si ceder (de lo que hay vuelta atrás), o arriesgarme a perderla.
Besos y gracias.
Ana Serantes:
Javier, comenzaré por aclarar un par de cuestiones previas. La primera tiene que ver con “hechos innegables” e “impulsos sexuales naturales”. Comienzo por tu primera afirmación: “el hecho innegable de la superioridad femenina”. No debe resultar tan innegable cuando la inmensa mayoría de las personas –en la que me incluyo– niegan el hecho. Algo parecido ocurre con tu opinión de que entre los “impulsos sexuales naturales de la mujer” esté el acostarse “con otros machos”. Otra vez no. Mujeres hay que gustan de tener relaciones sexuales fuera de la pareja, como mujeres hay que no muestran mayor interés en tenerlos; así que de “impulsos naturales” nada, porque nadie ha demostrado que lo sean ni que no lo sean, por lo tanto, lo dejamos en opciones o preferencias personales. No obstante, si tú crees estas cosas, o si te excita creerlas, pues perfecto, pero de ahí a convertirlas en “hechos innegables” o “impulsos naturales” va un trecho, y es largo.
La segunda cuestión es que me tu carta me ha generado algunas dudas sobre la realidad de la experiencia que nos cuentas. Te pondré un par de ejemplos: me extraña que el “máximo placer” de tu compañera resida en sodomizarte y feminizarte. Sí, me extraña que el “máximo placer” de una mujer dominante sea hacer cosas para ti en lugar de que tú las hagas para ella. No discuto que una mujer encuentre placer emocional al poner de manifiesto su poder sobre su hombre sodomizándole y feminizándole. En efecto, sé por experiencia que esa sensación puede resultar placentera. Sin embargo, sorprende que su “máximo placer” no esté relacionado con prácticas que le proporcionen placer físico directo además del emocional. El otro ejemplo: “Dice que para el sexo anal hace falta alguien más rudo”. La verdad, también me extraña que una mujer ponga el acento en la rudeza cuando de sexo anal se trata. Voy a suponer que sean cosas que te diga para excitarte o conclusiones tuyas algo exageradas.
Y ahora al problema central que planteas en tu carta: el de los límites. En realidad, un asunto siempre presente y relevante tanto en la dominación femenina en particular como en el BDSM en general, pero en muchas ocasiones ligado al establecimiento de los límites a la hora de recibir castigo físico que marca el cliente de una dómina profesional o quien participa en una ocasional sesión de dominación. Sin embargo, tu apelación a los límites se enmarca en un contexto distinto, en el de una relación de pareja, no es por lo tanto una cuestión de detalle, sino que está afectando al fondo de la relación. Y así es como te lo preguntas: “¿No es una contradicción un sumiso con límites?, ¿no debería ser la entrega incondicional?”.
Pues no, no es una contradicción ser un sumiso con límites, como la entrega no es tampoco nunca incondicional. La ausencia de límites y la incondicionalidad absoluta solamente se producirían si habláramos de auténtica esclavitud. Y aquí no hay esclavos de verdad, la utilización del término “esclavo” en la dominación femenina es en realidad un recurso que podemos llamar literario. En consecuencia, si eres libre para relacionarte con tu compañera, o para dejar de hacerlo, significa que estás en condiciones de marcarte los límites que no estás dispuesto a traspasar.
Claro está que también ella es igualmente libre de marcar sus límites y de establecer aquellos que considera imprescindible que tú traspases para mantener la relación que tiene contigo. Cuando hablamos de límites y de dominación femenina parecería que nos refiriéramos a un asunto muy especial, pero no es así, en realidad, estamos ante una situación que se produce en todas las relaciones de pareja: buscar la manera de conciliar los deseos y las necesidades de cada uno de los integrantes de la pareja. Y en las relaciones de dominación femenina, estas desavenencias se resuelven básicamente de la misma forma que en todas las parejas: tirando de negociación, y utilizando en ella el poder y la capacidad de persuasión que cada uno tiene para imponer o convencer al otro de la conveniencia de satisfacer sus deseos.
La diferencia en las relaciones de dominación femenina estriba en el muy distinto poder que tienen los dos miembros de la pareja, en que la mujer que domina es consciente de que su poder es muy superior al del hombre que se somete, porque se ha producido un intercambio de poder en favor de ella que constituye, precisamente, la característica diferencial de este tipo de relación (además, ese poder se ve acrecentado por la desigual relación que existe entre el número de mujeres dominantes y el de hombres sumisos).
Y ahí reside en realidad el problema al que tienes que hacer frente. Ella está negociando las condiciones por las que se va a regir vuestra relación con todo el poder que tiene, que es mucho. Mientras que tú tienes un límite, el verdadero límite: el escaso poder del que puedes hacer uso en la negociación. La prueba de que eso es lo que está sucediendo se encuentra en tu propio texto. Hay quien negocia con tanta fuerza que prácticamente llega a imponer: “ella quiere cortar la relación si no accedo a todo eso”. Y hay quien se encuentra en una posición tan débil que… casi se encuentra ya perdido: “Yo la amo y no quiero perderla”. “No sé si ceder o arriesgarme a perderla”. En realidad, Javier, en la primera frase está la respuesta a la duda que plantea la segunda: cederás, porque la amas y no quieres perderla. Y yo añado otro par de razones por las que cederás: porque te resulta muy difícil resistirte a su dominio, y porque eres consciente del privilegio que para ti supone que te domine, osea, de la dificultad para encontrar otra mujer que te domine de ese modo.
Lo que digo no significa, ni mucho menos, que tú no tengas vela en este entierro, que tengas que limitarte a acatar sus decisiones. La cuestión es negociar con inteligencia, y no me parece que lo sea centrar esa negociación en los términos en los que lo haces. Porque si de tus límites se trata, es posible que no estés haciendo otra cosa que impulsarla a traspasarlos. Si bien lo piensas, le estás planteando un reto casi de manual para una dominante: “Puesto que esos son tus límites, mi dominio sobre ti no será todo lo completo que quiero hasta que te haya llevado más allá de esos límites”. ¿No será precisamente eso lo que está ocurriendo cuando dices: “Hasta ahí todo bien. Pero ella quiere más”?
Quizá tu problema, Javier, como el de tantos sumisos, es que piensas mucho en la dominación y poco en la relación de pareja. Quizá la mejor forma de abordar el miedo que te provoca lo que te pide sea desde la relación más que desde el intercambio de poder. Son dos tus temores: que te obligue a presenciar, o incluso a participar, en su relación sexual con otros hombres, y que te prive, según lo dices, de tener sexo con ella. Pues habla con ella de esos temores, dile que te da miedo tener que participar en sus aventuras sexuales, que no sabes cómo te puede afectar psicológicamente, en fin, hazle partícipe a tu pareja del miedo que te embarga en lugar de plantearle límites que ella puede considerar perfectamente traspasables. Dale muestras de tu inquietud o de tu angustia, ríndele tu corazón, pero bien abierto. No conseguirás una buena relación si no eres capaz de comunicarle bien lo que sientes.
Además, las dos cuestiones no revisten la misma gravedad. Obligar a un hombre a participar en la relación sexual con otro puede, en efecto, tener consecuencias psicológicas que no son de despreciar. Hay hombres que lo afrontarán sin grandes problemas, mientras que a otros les puede resultar verdaderamente difícil de asumir. Creo que tu mujer se equivocaría gravemente si te obligara a participar con ella en una relación sexual con otro hombre contra tu voluntad.
No obstante, también en esta cuestión hay grados y tiempos. Un primer grado podría ser el de permanecer en otra habitación mientras ella hace el amor con otro hombre. Un segundo grado consistiría en ser visto por su amante. Mientras que el último sería tener que participar en la relación sexual con él. Puesto que tú mismo reconoces que la idea te excita, no creo que supusiera un grave problema para ti que ella te obligara a aceptar el primer grado. Pienso que para que fueras capaz de sobrellevar medio bien el segundo requerirías tu tiempo. Y es posible, aunque no pueda saberlo sin conocerte, que nunca estuvieras en las condiciones psicológicas apropiadas para alcanzar el tercer grado.
Estoy convencida, Javier, si como dices se trata de una relación en la que los dos os amáis, que ella no puede ignorar tu bienestar, que será receptiva a tus razonamientos sobre tus miedos y angustias. Por lo tanto, habla con ella de ellos, y háblale como se habla a tu pareja, es decir, a la persona que está comprometida contigo. No pienses en ella exclusivamente como la mujer que te domina, sino también como tu compañera de fatigas. Y no te obceques con el asunto de los límites, que seguro que algunos de los que ahora tanto te preocupan te pueden parecer en un tiempo muros de arena.
Tu otro temor, Javier, que pretenda negarte el privilegio de penetrarla, me parece bastante menos serio. Por supuesto que necesitas “actividad sexual” y que no “soportarías no evacuar periódicamente”. Pero la actividad sexual no se reduce exclusivamente al coito, ni esa es la única manera de “evacuar periódicamente”. En esta cuestión sí que te debería ser sencillo pedirle que se lo plantee como un proceso, que la cosa vaya de poco a poco, y que se vea cómo va funcionando. Sobre tu miedo a que “esté tan satisfecha con sus amantes” y que eso signifique que “ya no te necesite”, sólo puedo decirte que probablemente ese miedo no desaparecerá nunca del todo, que constituye el precio de la práctica de la infidelidad. Y el riesgo, porque ¿quién puede descartar que tu mujer acabe por enamorarse de uno de sus amantes? Nadie puede descartarlo, Javier, así que conviene saber que, cuando se juega con fuego, puede uno terminar abrasado.
En fin, Javier, agudiza el ingenio, apela a la comprensión y a la complicidad de tu pareja y, claro está, prepárate para asistir a la voladura de alguno de tus límites, porque estáis construyendo vuestra relación desde posiciones bastante diferentes: ella desde el poder; tú desde el sometimiento a su poder. En eso consiste precisamente la dominación femenina, en la desigualdad consentida que supone el intercambio de poder en la relación. Espero que de algo te valga lo que escribo, y te deseo lo mejor.


Adrian:
Un sumiso con límites no es una contradicción, un sumiso con límites es un hombre con dignidad y autorrespeto.
Creo que esta chica esta equivocada al tratar de manipular a su pareja por medio del miedo que le impone a terminar la relación, asi no se hacen las cosas.
Javier tiene sus límites y por algo los tiene, si alguna vez decide romper con alguno de ellos debe ser porque esta convencido de que es lo mejor para ambos, no romperlo porque teme la reacción de su ama si no lo hace. El miedo es un malísimo consejero.
Por otro lado, Javier asegura estar convencido de que ella lo ama, pero no me termino de explicar como, si es asi, ella se da el lujo de amenazarlo con terminar la relación si el no acepta algo tan nimio como una determinada práctica sexual.
Saludos.
8:49 | 13 Octubre 2008
frankie:
Quizá, esto es lo que pasa cuando la sensación placentera que te entra cuando te domina ella quieres prolongarla para siempre en el tiempo, persiguiendo un absoluto y un imposible. Está claro que la sumisión podrá ser una receta para el placer erótico, pero desde luego no para la felicidad ni para el equilibrio emocional, a no ser que sea la felicidad de las mascotas y de los canarios en sus jaulas, contentos por tener alpiste…
Aquí hay una parte que ama, Javier y, luego, una parte que depreda, que es su pareja. Le importan un comino los sentimientos de el, tal y como a muchos hombres machistas tampoco les han importado, a través de la historia, los sentimientos de sus mujeres con las que vivían. El usar todo el “poder” que tienes cuando negocias está bien, precísamente, en los negocios y en la política, pero es algo horrible en una pareja.
Supone avasallar al otro desde una postura de fuerza. Que haya alguien que necesite que le hagan esto, hace que den ganas de llamar al psicoanalista de guardia, buuf, dicho sea con el máximo respeto por Javier, lo digo de verdad.
12:33 | 13 Octubre 2008
frankie:
Solo añadir que esto deja de ser un problema de “pareja” desde el momento en que hay terceros implicados, esos otros hombres que ella busca, como mínimo ya hay un trío o un cuarteto, caray
12:37 | 13 Octubre 2008
Pasaba por aquí:
Si la dominante no quiere respetra los límites del sumiso lo más razonabkle es que el sumiso rompa la relación. Ahora son estos límiotes pero no se sabe cuales serán lo siguientyes que el,la quiera romper, se puede entrar cen un espiral peligrosa sin ningún fin.
La coacción nunca es amor.
16:22 | 14 Octubre 2008
deMarte:
“Pues no, no es una contradicción ser un sumiso con límites, como la entrega no es tampoco nunca incondicional. La ausencia de límites y la incondicionalidad absoluta solamente se producirían si habláramos de auténtica esclavitud. Y aquí no hay esclavos de verdad, la utilización del término “esclavo” en la dominación femenina es en realidad un recurso que podemos llamar literario.”
Ana, me parece muy bien que escribas esto porque se puede perder perspectiva de esto (sobre todo por parte del sumiso o esclavo). Bueno, en realidad me parece muy razonable toda la respuesta.
“estas desavenencias se resuelven básicamente de la misma forma que en todas las parejas: tirando de negociación”
Efectivamente, estoy de acuerdo. Cuando se piensa en negociación mucha gente piensa en hombres de chaqueta y corbata y mujeres alrededor de una mesa discutiendo los términos de un acuerdo político o empresarial, pero lo cierto es que la convivencia entre personas se basa en buena parte, o debería, en la negociación, porque sino en el mejor de los casos no hay proyecto común ni compromiso (no hay nada serio ni perdurable en el tiempo) o en el peor hay imposición o coacción de una parte sobre otra. No hay que pensar que el mundo de la dominacion femenina como en un mundo a parte…. al final hablamos de relaciones humanas….
“No conseguirás una buena relación si no eres capaz de comunicarle bien lo que sientes.”
Esto sería un buen consejo para cualquier persona con pareja (quizás más aún para los hombres heteros…). Aunque también quisiera añadir que hay que aprender a hacerlo de manera adecuada con cada persona diferente…
Ana, creo que estas de acuerdo conmigo que al final “cada palo aguanta su vela” y que el exito de una relación depende sobre todo de la habilidad de las personas para relacionarse, de las circunstancias que la rodean y desgraciadamente también un poco de la diosa fortuna, y que con lo que sabes haces lo que puedes.
Pero seguro que tu punto de vista (el de alguien inteligente, con experiencia y con deseos sinceros de ayudar), es muy valioso. Maxime considerando que por ser un tema tabu no se habla mucho de él y las personas carecen de otros puntos de vista constructivos. Siempre y cuando no te agote hacerlo…
También estoy bastante de acuerdo con el que ha dicho que el amor no es coacción.
Saludos.
11:28 | 15 Octubre 2008