Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

De cómo floreció la dominación I

Como había anunciado, voy a escribir también algo sobre mi vida. Y creo que lo mejor para empezar será ir contando mi descubrimiento de la dominación femenina. Al contrario que la mayoría de las mujeres dominantes, yo no desarrollé esa faceta de mi personalidad a raíz de que un hombre me animara a someterle. De hecho, ese camino se abrió ante mí precisamente cuando me encontré sola, después de que me abandonara mi marido a principios del verano de 1995.

Ya he mencionado que tenía en ese momento 29 años, una hija de 9 y que estaba emocionalmente destrozada. Durante los primeros meses, hice poco más que guardar el luto como mujer abandonada, refugiarme en el cuidado de mi hija e incubar un resentimiento que iba más allá del hombre que me había dejado. Era un resentimiento, podemos decir, de género: mi rencor abarcaba entonces a todo el género masculino. A todos esos hombres incapaces de comprometerse durante un largo período de tiempo, a todos esos hombres incapaces de resistirse a la novedad de otra mujer. En resumen, a todos esos hombres incapaces de amar en la adversidad. Y creía en aquel momento, en mi depresión, que eran prácticamente todos los hombres. Hoy no lo creo; aunque sí pienso que esos hombres pueriles constituyen mayoría.

Ese rencor producido por la pérdida se vio incrementado al comprobar cómo acudían a “consolar” a la mujer abandonada unos cuantos de los amigos de mi ex-marido y míos. Llegué a decirme entonces que los hombres parecían tener la capacidad de oler a distancia a una hembra joven sin macho al que tener que enfrentarse. El olor de la carne que se presume fácil.

Sin embargo, mi resentimiento me convirtió en carne muy difícil de obtener. De hecho, no hubo manera: estuve cerca de dos años sin compartir una cama con varón. Mi rabia se fue concretando con el discurrir de los meses en una forma de tratar a los hombres, hasta donde me lo podía permitir, poco amigable: con distancia, en los primeros momentos; después, se fue incrementando mi acritud hasta transformarme paulatinamente en una auténtica borde con ellos: soberbia y despectiva incluso en algunas ocasiones.

Nada tenían que ver estos excesos en mi conducta con ninguna conciencia de mujer dominante. Para mí, la dominación femenina no era entonces más que algo que conocía de oídas por mis estudios de psicología y por vagas referencias de películas y novelas, pero a las que no prestaba ninguna atención, porque ninguna atención me llamaban.

Pero estoy segura ahora de que esos excesos, porque así los considero hoy, vinieron provocados también por lo que entonces me pareció un curioso fenómeno, y del que al principio ni cuenta me daba: cuanto peor los trataba, más parecían suspirar por ese “maltrato” muchos de ellos. Así era, y no lo entendía: en mi pretensión de alejarles de mí, no conseguía más que un sorprendente “éxito” con ellos. Y lo pongo entrecomillas porque no lo consideraba ningún éxito, sino algo que ni buscaba ni me agradaba en aquellos momentos. ¡Quién me iba a decir a mí entonces que ese “curioso fenómeno” me abriría las puertas de un mundo y una sexualidad maravillosos!

4 Comentarios
  1. Uff! qué bueno tu post. Se te entiende todo, ja ja ja.
    Hay una frase que me gusta mucho: “la del compromiso por un largo periodo de tiempo”. Lo digo porque el “compromiso” social (antes religioso) siempre se ha dicho de por vida, y creo que seguimos aún en las mismas. Si dejásemos claro que el compromiso tiene el plazo de la “crianza” (14, 18 años…) algunos se lo pensarían un poco más antes de dejar embarazadas a sus apasionados amores de temporada.
    Seguiré leyéndote Ana y, en lo posible, dejando mi tarjeta de visita.
    Un beso.
    j

    12:47 | 18 Febrero 2008

  2. Gracias, J, por cómo calificas mi post de hoy. Encantada de seguir recibiéndote por aquí, y gracias por el enlace a este sitio que has puesto en el tuyo, así que remarco tu tarjeta de visita por si alguien quiere ir a hacerte una visita.
    Un saludo,
    Ana

    20:26 | 18 Febrero 2008

  3. Me parece curioso: mis fantasías de dominación femenina se acentuaron después de una relación fallida con una mujer que me ignoraba y que me lo hizo pasar muy mal. Me sentí muy maltratado. Y aunque a raíz de aquello pasé por una etapa de fuerte misoginia, ésta coexistía con fantasías de dominación femenina. La mente humana es muy contradictoria.

    Muy interesante, paso a leer la segunda parte ahora mismo.

    1:02 | 26 Febrero 2008

  4. [...] mis pies y, además, suponía un riesgo para ellos. Así fue hasta hace once años, hasta que “floreció la dominación”. Desde entonces, abonados por un fetichismo tan corriente entre los hombres como provechoso para [...]

    7:02 | 26 Marzo 2008

 

Su comentario



Close