De cómo floreció la dominación II
La animadversión hacia los hombres que se instaló en mí tras ser abandonada por mi marido no produjo ningún cambio significativo en mi manera de entender las relaciones con ellos hasta que no transcurrió bastante tiempo. Y la mecha que inició la transformación, que luego sí fue ciertamente más rápida, no la encendió un hombre, sino una mujer.
Había conocido a Soledad en la Universidad y, aunque no mucho, nos habíamos seguido viendo desde los tiempos de estudiantes. Si no intimé más con ella con los años fue por la estúpida prevención que provocaba en mí el hecho de que fuera lesbiana… y que yo percibiera su interés por mí. El caso es que al día siguiente de la cena con la que había celebrado mi 31 cumpleaños, y en la que ella estuvo, me llamó para hablar conmigo. Quedamos a cenar unos días después, y allí tuve la primera conversación seria en la que se relacionaron dos cosas que nunca me había parecido que tuvieran relación: la dominación femenina y yo.
Soledad me había visto mal y, simplemente, quería saber cómo estaba y consolarme o, mejor, confortarme. En la conversación surgió, como es natural, mi actitud hacia los hombres y la ausencia de relación íntima con ellos desde hacía algo más de año y medio. Tras contarle el “curioso fenómeno”: que tenía la impresión de que la hiel que destilaba para ellos les resultaba a algunos de los “osos” pura miel, escuché por primera vez en mi vida el adjetivo “dominante” aplicado a mí.
Mi primera respuesta fue negar que yo fuera una “mandona”, una mujer dominante, como sostenía Soledad. Cierto es que estaba acostumbrada a escuchar desde pequeña calificativos que se pueden considerar muy cercanos, pero que para mí nada tenían que ver en aquel momento con lo que imaginaba como una mujer dominante. Desde niña me habían dicho que era cabezota, que siempre me empeñaba en salirme con la mía, que las cosas se tenían hacer como a mí me gustaba que se hicieran, etc. Pero eso me parecía normal; lo de dominante, no.
La conversación fue larga y no fue fácil. Soledad se empeñaba, con suavidad, pero sin soltar el presa, en que yo era una mujer dominante y que esos “osos” que acudían a la “miel”, como yo decía, eran el resultado de la actitud dominante que mantenía con ellos. Pero en lo que más insistía, y lo que más me asombraba, era en que la dominación femenina era un mundo que me interesaba descubrir y del que muy probablemente sacaría buenos réditos.
Después fui consciente de que Soledad sabía mucho más de lo que contaba, de que trataba de vencer mis reparos con delicadeza, más con insinuaciones que con descripciones de la dominación femenina. Pero no había manera: me ofrecía información y algunas lecturas para que me hiciera una composición de lugar, pero yo me negaba en rotundo. Presumía de liberal, y le decía que sencillamente no me estimulaba lo que me planteaba, que no es que me cerrara en banda a aceptar otras formas de relacionarse con los “osos”; pero la realidad es que estaba cerrada a cal y canto.
Pese a todo, Soledad fue lo suficientemente inteligente para terminar por proponerme un pequeño desafío, un juego en el que nada tenía que perder. Como era algo sin complicación ni riesgo, y me lo planteó como un reto, acepté jugar la partida. Lo que me propuso era muy sencillo: comprarme una falda de cuero negro, que no tenía, y utilizarla a menudo durante una temporada con medias y zapatos de tacón alto o, mejor, con botas, todo negro, y después prestar atención a ver si se producía algún cambio en el comportamiento de los “osos” y, claro está, quedar las dos para ver en qué habían consistido esos cambios.
Me pareció una tontería, pero le dije que sí. Era fácil. Me compré la falda de cuero negro –nada espectacular, enseñaba la rodilla, pero no era una minifalda–, y la llevé con frecuencia, con zapatos de tacón o botas, durante una temporada. ¡Una temporada que cambió mi vida!


j:
Qué buenoooo. Y es gracioso porque si Soledad era lesbi, ja ja ja, podría ser como otro de esos cuervos que veían en tí una pieza propicia. Pero no, en la narración todo se hace muy delicado: es muy bonito que alguien te llame para “confortarte” y que no trate de darte consejos sino dejar señales con delicadeza. Pero el bombazo de la historia es el final. Lo de la falda de cuero para ver si pasa algo, es memorable.
Gracias Ana, por tu historia.
(Ah! hay una cosa que no me convence, pero eso es un asunto subjetivo y personal: no tengo nada que ver con quienes confunden la hiel con la miel).
9:43 | 20 Febrero 2008
pedro:
es muy bonito comprobar como se forja la personalidad de una Dómina… cuyo rol siempre ha estado ahí, pero termina saliendo fuera… para siempre
saludos y enhorabuena por el blog
9:45 | 20 Febrero 2008
limpiabotas-fran:
Admiro la habilidad de Soledad para vencer asperezas y reticencias.
Estoy encantado, como pedro, en descubrir la forja de una Domina, contado con una claridad y profundidad tan de mi gusto.
Espero impaciente la tercera entrega
Beso sus pies
devoto seguidor
21:59 | 20 Febrero 2008
Leinad:
Veo con agrado que no haya sido un hombre como en la mayoria de los casos quien la introdujo en este mundo de dominacion, pero para el caso si lo fue, en eso discrepo con Ud, ya que por la experiancia con un hombre no puede Ud juzgar a mas de 4000 millones que habitamos este planeta, lo mismo pasa con las relaciones negativas que se producen en hombres de buena fe y mujeres que no lo son, no creo que la humanidad sea tan sencilla como para dividirla en dos generos, de cualquier forma lo que tengo claro es que nada bueno puede surgir del rencor. De una forma u otra nos necesitamos mutumamente, y ya ve que una lesbiana no colmo sus expectativas y por ultimo usted cayo en una forma mas de atraer al macho, falda de cuero y botas, otras usan jean o minifladas con sandalias, muestran sus pechos, en fin exhiben sus virtudes como para seducir y el macho acepta y se tienta, no es nada nuevo, y es la naturaleza humana en general y no en particular de una domina.
3:53 | 29 Febrero 2008