De cómo floreció la dominación III
Me costaba encontrar la relación entre la dominación femenina y el juego que me había propuesto Soledad, pero allí estaba, frente al espejo, preparada para jugarlo: chaqueta de traje, camisa blanca y, desde ahí, todo el negro de la falda de cuero, las medias y los zapatos de tacón alto. Mi primera impresión se limitaba a la pequeña extrañeza que me causaba verme a mí misma vestida de una manera tan formal: una seria ejecutiva parecía haber sustituido a la Ana informal y de más alegre atuendo a la que yo estaba acostumbrada. Me sentí de algún modo disfrazada. Y me fui para el trabajo con el disfraz de jugadora de una partida de la que desconocía hasta las reglas.
Pasé el primer día en la oficina oteando cualquier mirada que se dirigiera a esa Ana disfrazada de ejecutiva y a la que le habían anunciado ojeadas de un cariz hasta entonces desconocido. Miradas hubo, pero me sentía incapaz de discernir si se debían a la novedad del vestuario o a la novedad de que fuera yo quien lo lucía. En realidad, no lograba aclararme ni sobre la cantidad ni sobre la calidad de esas miradas: ¿me miraban más?, ¿me miraban de otra forma?, ¿o eran miradas que fabricaba mi propia búsqueda de miradas?
Había transcurrido más de una semana cuando Soledad me telefoneó para ver cómo me iba. Y yo iba de interrogante en interrogante. No había sido capaz de recoger ni una certeza. Le dije que no quería hablar del asunto, que prefería ir sacando mis propias conclusiones antes de compartirlas con ella. La realidad es que me veía como una cazadora de miradas sin trofeo o presa de los que enorgullecerme. Comenzaba a tener la sensación de que algo había cambiado, no sabía si en mí o en los hombres que me dirigían sus miradas, pero no era suficiente, el juego no podía haber hecho más empezar. Y así era, porque yo estaba jugando, y no le veía aún el final a la partida.
Tan pendiente estaba de la partida que durante la tercera semana decidí que necesitaba nuevas cartas: sólo disponía de la falda de cuero recién comprada y de unas botas sin tacón para alternar con los zapatos. Para la cuarta semana tenía recambio y subí la apuesta: me había comprado una minifalda de cuero y unas botas de tacón alto, aunque de un alto razonable, que remataban varias hebillas.
Para entonces, había ganado la primera mano de aquella partida: la conciencia de que mi cuerpo me proporcionaba ventaja a la hora de jugar con los hombres. Yo sabía que no era fea, pero fue a partir de aquellos momentos cuando llegué a la conclusión de que era una mujer guapa… o lo suficientemente guapa para los hombres. Creo que sí, que la primera baza que gané en aquel juego fue la de la seguridad en mí misma desde el punto vista físico; afortunadamente, no fue la última, llegaron más triunfos.


Gloria:
Ana,
Es una maravilla leer la experiencia de una mujer y cómo se va abriendo a la dominación de forma natural y femenina, y no como todas esas historias que parecen escritas por hombres para excitar a otros hombres sobre mujeres que se convierten en superdominantes de la noche a la mañana. Espero con ganas el siguiente capítulo y un saludo muy cordial y otra vez mi felicitación por tu blog.
14:11 | 25 Febrero 2008
Ana Serantes:
Encantada de que te estén gustando los artículos sobre este episodio de mi vida, Gloria. Y es verdad, como dices, que en la Red hay muchos textos sobre la dominación femenina firmados por mujeres que parecen escritos por hombres. De hecho, estoy segura de que bastantes de ellos no es que lo parezcan, sino que están efectivamente escritos por hombres que se hacen pasar por mujeres. El anonimato que permite Internet tiene sus ventajas y sus inconvenientes, aunque es cierto que en el terreno de la dominación femenina han sido muchas más las primeras que los segundos.
Gracias por tu felicitación. Un beso,
Ana
20:03 | 25 Febrero 2008
ivan:
Coincido en la sensación de que la mayoría de historias sobre dominación femenina que se encuentran en internet, están escritas o bien por hombres, o bien por mujeres que quieren complacer a sus lectores sumisos. Se agradece leer un testimonio sincero como el tuyo, Ana.
Seguiré visitando tu blog y leeré gustoso la continuación.
1:12 | 26 Febrero 2008
lam:
Sería muy interesante llegar a definir cuales son esas diferencias entre hombres y mujeres a la hora de escribir relatos sobre femdom.
Pero es que casi todo lo relacionado con la sexualidad en nuestra cultura está enfocado casi siempre desde el punto de vista masculino. Solo basta con ver las revistas eróticas o las películas porno.
Y, evidentemente, así somos todos mucho mas pobres, porque la sexualidad es algo esencialmente femenino.
3:04 | 26 Febrero 2008
j:
Uff, aún quedan resabios de aquel odio hacia lo masculino que generó la estupidez de un hombre, ay, aunque a decir verdad, más en los lectores y posteadores que en la autora. Lo malo es malo y lo bueno es bueno. Da igual que juegues con blancas que con negras. Porque si hay una palabra en la que Ana insista en este tercer post es “juego”. El ajedrez no es un juego exclusivo de fichas negras… o… vestidas de ese color para la ocasión, ja ja ja ja ja.
9:38 | 26 Febrero 2008
ivan:
Es una paradoja interesante la que sugiere el comentario de lam: casi todo lo relacionado con sexualidad está enfocado desde el punto de vista masculino, si bien la sexualidad es algo esencialmente femenino. Estoy de acuerdo en buena medida. Yo diría que el hombre define los argumentos y los fetiches debido a su líbido indiscutiblemente superior. Ellas son protagonistas, ya que la feminidad es el eje de la humanidad por su importante rol reproductivo, maternal y cohesionador de la familia. Pero los que marcan las tendencias sexuales son los hombres. Ellos definen las pautas. Véase el caso de Ana. Se volvió dominante al presentir los anhelos sumisos de algunos hombres. Ellos marcan, por su líbido, que siempre va un paso más allá, ellas se adaptan. Ellos quieren a una mujer que tenga un comportamiento sexual determinado. Ellas sencillamente quieren tener al hombre a su lado. Los gustos sexuales de ellas se moldean por contacto con el género masculino. Los de ellos, bueno, existen en virtud de la testosterona.
En suma, yo creo que en sexualidad ganan los hombres, mientras que en sensualidad, ellas nos superan con creces.
22:28 | 26 Febrero 2008