Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

El aprendizaje de la servidumbre

Justin F

Querida Elise Sutton, soy un gran admirador suyo. Estoy en mi último año de universidad, y espero graduarme este próximo mes de mayo. Mi razón para escribirle esta carta es contarle cómo está impactando su sitio web en mi generación. Sus páginas web han abierto realmente la puerta a mi primera experiencia de dominación femenina y, aunque no fue sexual, fue enriquecedora y ejemplificadora sobre la supremacía femenina.

En el otoño del 2002, en el boletín del sindicato de estudiantes de la universidad, entre cientos de anuncios de todo tipo (de libros a apartamentos, de fiestas a acontecimientos universitarios), un anuncio atrajo mi atención, porque decía: “¿Has leído a Elise Sutton? La oportunidad de su vida para un hombre con inclinaciones domésticas. Interesados llamara al 555-5555”.

Había estado leyendo su sitio durante al menos un año, y pensé que era sólo una coincidencia, y que el anuncio del boletín se referiría a los escritos de otra Elise Sutton. Pero la frase “con inclinaciones domésticas” continuaba sonando en mi cabeza; así que marqué el número. Un chica contestó al teléfono, y acordamos una entrevista. Intenté hacerle preguntas acerca del puesto y de la referencia a Elise Sutton; todo lo que me dijo es que era un puesto voluntario sin compensación alguna, y que incluiría la realización de trabajo doméstico para un respetable grupo de personas. Pensé que estaba refiriéndose a algún tipo de trabajo de caridad cuando hablaba de “un respetable grupo de personas”, pero su actitud en la conversación telefónica y la risilla cuando pregunté por la referencia a Elise Sutton incitó mi curiosidad. Así que acepté el encuentro.

La entrevista tuvo lugar en la trasera de un pabellón del campus, donde fui entrevistado por tres colegas femeninas. Dos de las chicas vestían como mujeres de negocios y tenían una pinta muy profesional. La tercera llevaba un chándal, y acababa de terminar un partido de jockey sobre hierba. Ninguna de las tres era lo que yo describiría como una belleza fuera de lo común, y dudo de que les hubiera pedido una cita a cualquiera de ellas por su hermosura. Por favor, entienda lo que digo como producto de la primera impresión. No eran feas en ningún sentido de la palabra, pero sólo soy honesto cuando digo que no las consideraría como el tipo de mujer que me atraería sexualmente. Encontré a la chica del jockey la más atractiva de las tres; su nombre era Karen y las otras dos se llamaban Jaime y Kate. Las primeras impresiones pueden engañar, y, una vez que comenzó la entrevista, no pasó mucho tiempo para que cambiara mi opinión sobre las tres mujeres. Eran inteligentes, seguras de sí mismas y un pelín autoritarias, y me fui sintiendo atraído por las tres.

No tengo ni idea de a cuántos hombres habían entrevistado, pero sus ordenadores portátiles, y lo que escribían, me dejó claro que no había sido el único en solicitar el puesto. Me aclararon que la Elise Sutton del anuncio era la misma que dirigía el popular sitio web sobre superioridad femenina. Me dijeron que no conocían personalmente a Elise Sutton, pero que Jaime le había escrito en un par de ocasiones y ella le había contestado. De acuerdo con Jaime, era usted de lo más amable.

Lo que aquellas tres chicas estaban buscando era un hombre que creyera en la superioridad de la mujer, y que estuviera deseando servir a tres chicas exigentes. Ellas estaban muy ocupadas con sus estudios y sus actividades al margen de la universidad, y necesitaban un sirviente que pudiera hacer la limpieza, la colada y encargarse de los recados, como hacer la compra o cualquier otra cosa. Vivían juntas en apartamento fuera del campus. Dejaron perfectamente claro que todo lo que recibiría por mis servicios sería el honor de servir a tres mujeres superiores; no habría recompensa financiera o sexual. Si me motivaba, podría contemplarse un régimen de castigo para cuando no cubriera sus expectativas, pero no habría recompensas aunque el servicio fuera excelente. Era lo que se esperaba de mí.

Decir que me excité sería un eufemismo. Estaba tan excitado que me avergonzaba incorporarme cuando terminara la entrevista, por el miedo a que notarán el abultamiento que había provocado la excitación en mis pantalones. Mi cabeza me decía que esto era una mala idea, porque yo tenía mi propios compromisos universitarios, y ese puesto se comería mucho de mi valioso tiempo. Aquellas mujeres no eran supermodelos, y me daba cuenta de que iban muy en serio con sus demandas y con la advertencia de no proporcionarme ninguna recompensa sexual. Mi mente me dijo inmediatamente que me olvidara del asunto, pero en mi interior estaba excitado y quería hacerlo. Sabía que no se me presentarían muchas oportunidades como esta en mi vida; y decidí aceptarla. Les dije que me interesaba su oferta.

Examinaron mi cualificación y mi experiencia con las tareas de la casa, y fui honesto con ellas al decirles que era una persona pulcra que mantenía mi casa limpia y ordenada. Sabía cómo hacer la mayoría de las tareas domésticas. También fui honesto cuando les dije que les diría sinceramente cuando no tuviera práctica en alguna cosa. Les comenté que había leído su sitio web y que creía en la superioridad de las mujeres. Apenas mostraron reacciones significativas, y me dijeron que se pondrían en contacto conmigo para hacerme saber su decisión.

Dos semanas después, me llamaron y me ofrecieron el puesto. Estaría una semana a prueba, tras esa semana decidirían si continuaba y yo podría decidir si quería seguir. Nunca pregunté, pero me dio la impresión de que se lo debían haber ofrecido a otro tío, y que después de su semana de prueba decidieron (o decidió él) que no funcionaba. realmente daba igual, porque yo estaba feliz de disfrutar de la oportunidad. Me gusta pensar que yo fui su segunda opción, y que la primera fue despedida por que no estuvo a la altura de sus demandas. Esta imagen en mi mente me motiva para esforzarme.

Mi semana de prueba fue un desafío, y estaba muy nervioso. Como me habían advertido, fueron tres mujeres exigentes. En aquella semana se aseguraron de que alguna de ellas estuviera siempre presente mientras yo estuviera allí. Asumí que querían asegurarse de que era digno de confianza y que no les sustraería nada o estropearía su apartamento. Mis tareas incluían aspirar, limpiar el polvo, limpiar los dos baños, barrer y fregar el suelo de la cocina, hacer la compra para mantener las provisiones con la lista de la compra que me proporcionaron, traer y llevar cosas a la tintorería y lavar y secar su ropa en la lavandería del edificio.

Después de que se terminara mi agotadora semana, me informaron de que aprobaban la calidad del servicio y que el puesto era mío si podía mantener ese nivel. Debo admitir que pensé en dejarlo, pero una parte de mí estaba disfrutando y acepté continuar con una sola condición. Ellas me miraron contrariadas por que pusiera una condición (como si no tuviera derecho a hacerlo), pero una vez que les recordé lo que habían mencionado en la entrevista, parecieron complacidas con mi requerimiento. Les dije que creía que necesitaría la motivación extra de la amenaza del castigo si fallaba al complacerlas. Hablaron entre ellas, y me preguntaron qué clase de castigo tenía en mente. Les dije que, como fiel lector de su web, pensaba que estaría motivado con una sesión semanal de castigo corporal.

A Jaime y Kate no les gustaba la idea, y me dijeron que quizá yo no era el indicado. Pero Karen saltó y me dijo que estaba dispuesta a administrarme una sesión semanal de disciplina con la que calificaría mi comportamiento. Jaime y Katie estuvieron de acuerdo, así que celebramos nuestra nueva relación abriendo una botella de vino, que yo les serví mientras ellas bebían y brindaban por su devoto sirviente. Debería mencionar que no viví con ellas, y que nunca me lo ofrecieron. Acudía a su casa cada día para cumplir con mis obligaciones y conducía de vuelta a mi residencia para estudiar y dormir.

Desde finales de septiembre del 2002 hasta febrero de este año, fui el sirviente doméstico y su chico de los recados durante el curso universitario. Fue difícil a veces, y gratificante otras, pero sobre todo fue una maravillosa experiencia que recordaré siempre. Me sentí cercano a las tres mujeres y siempre hubo un respeto mutuo. Me dirigían como una aristócrata hubiera mandado a su doncella o a su mayordomo, pero nunca abusaron de mí. Fue un honor servir a estas tres damas.

Mis servicios para Jaime y Kate fueron enteramente domésticos, y provocaron un vínculo especial con ellas. Sin embargo, mi relación con Karen fue más especial, y lo atribuí a nuestras sesión semanal de disciplina. Se inició con una cierta torpeza, pero ambos llegamos a sentirnos cómodos con el asunto. Tenía que quedarme en calzoncillos e incrustarlos bien en la raja del culo, para que mis nalgas quedaran bien expuestas, entonces me colocaba sobre un cojín. Karen me azotaba con un cinturón de cuero durante los primeros tres o cuatro meses. Al segundo mes, me dejaba el culo lleno de cardenales. Acabó por hacerse con una vara y una fusta, y comenzó a disciplinarme con ellas. Mi servicio era normalmente satisfactorio, pero pese a ello me castigaba por mi propio bien. Las sesiones eran dolorosas, y hubo veces que me castigo tan duramente que apenas podía sentarme al día siguiente. Pero los dos aprendimos, yo a soportar el dolor para una mujer, y ella cómo disciplinar a un hombre. Fue torpe al principio, pero a los pocos meses era como una profesional. Desarrollamos una cierta química, que hizo que pudiera leer mi mente y mi cuerpo. Sabía si podía aguantar más y cuándo detenerse. Aquellas sesiones nos unieron, aunque nunca intimamos, me abrazaba al terminar y me permitía que le besara los pies.

Me di cuenta de los sentimientos que había desarrollado hacia ella, pero los mantuve en secreto hasta el último mes. Había salido con un par chicas el pasado años, pero nada serio. Por una razón: no tenía mucho tiempo libre para mí. Hace alrededor de un año, descubrí que estaba enamorado de Karen. Al principio, pensé que quizá estas tres chicas eran lesbianas, pero con el tiempo descubría que las tres salían con chicos. Karen era la que más ligaba, y tenía un medio novio en su ciudad de origen. Nunca le dije nada sobre lo que sentía por ella, hasta el último mes. Durante nuestra última sesión de disciplina, le dije que la quería, y que me desesperaba que al graduarnos cada uno siguiera su camino.

Karen me abrazó y me dijo que ella también sentía algo especial por mí, pero que no me amaba en el sentido romántico del término. Me reconfortó diciéndome que probablemente habría desarrollado esos sentimientos porque le gustaba, pero que tenía planes para después de la graduación y que no quería complicar sus objetivos saliendo conmigo. Yo le ofrecí seguirla y continuar siendo su sirviente, pero ella tenía la sensación de que lo mejor era finalizar la relación en ese momento. Karen y las otras chicas habían pactado que cuando sintieran tentaciones habría llegado el momento de liberarme. No sé si era verdad o fue su manera de despedirse sin decirles a las otras dos que me había enamorado de ella.

El caso es que terminaron conmigo y me agasajaron con una cena especial en mi última noche como su sirviente. Fue duro dejarlas, pero ahora, después de que haya pasado un mes, me doy cuenta de que fue una experiencia positiva. Con quien quiera que termine, estaré entrenado para servir a cualquier mujer. Aquellas tres mujeres eran muy exigentes, y me tuvieron en danza, pero fue una experiencia gratificante. Quiero darle las gracias, Ms Sutton, porque fue su sitio web el que me facilitó esa experiencia y por ello le estaré siempre agradecido.

Elise Sutton:

Justin, fue efectivamente una experiencia positiva en tu vida, y eres uno de los afortunados hombres que han experimentado la profunda satisfacción que provoca la auténtica servidumbre al sexo femenino. Debo decir que estoy impresionada contigo, porque la mayoría de los hombres (incluso aquellos que se describen a sí mismos como sumisos) no habrían estado dispuestos a sacrificarse hasta ese grado por el honor de servir a tres mujeres por las que no se sintieran físicamente atraídos. Todas las mujeres son bellas en cuerpo y espíritu; todas las mujeres son obras maestras creadas por Dios. La auténtica belleza femenina reside en el interior, pero la mayoría de los hombres nunca se toman el tiempo para adorar la totalidad de la mujer, y efectúan juicios superficiales basados tan sólo en el aspecto exterior.

La belleza y el aspecto exterior de la mujer seduce y domina rápidamente al hombre, porque el sexo masculino se orienta visualmente por lo que respecta a la sexualidad, y la mayoría de los hombres permiten, en efecto, que sus órganos inferiores prevalezcan sobre lo que dictan sus mentes. Pero el auténtico hombre sumiso es más profundo, un verdadero sumiso desea adorar a la mujer de una forma profunda y con mayor significado. Su sexualidad no se basa exclusivamente el físico externo, sino que es atraído por esa naturaleza interior de la mujer y cautivado no sólo por su apariencia, sino también por su voz, su sonrisa, sus maneras, su inteligencia y esa naturaleza profunda que está enraizada en la amorosa autoridad femenina.

Tu primera impresión fue externa, y te decepcionó que esas mujeres no se ajustaran a las imágenes de tu mente sobre cómo es la belleza física de la mujer. Pero una vez que hablaron contigo y que tú interactuaste con ellas, te sentiste atraído hacia ellas, por su auténtica belleza femenina, que se expresaba en sus voces, en su inteligencia y en su autoridad. Te distinguiste de la mayoría al reconocer que estabas en presencia de tres Diosas terrenales, y viste que te estaban ofreciendo la oportunidad de tu vida. La mayoría de los hombres habrían pasado, porque habrían pensado: ¿qué hay en este asunto para mí? Tú mantuviste tu fe, y cuando después serviste a esas mujeres, te diste cuenta de la honda satisfacción que extraías por tu sacrificio.

Hiciste bien en reclamar las sesiones de disciplina, porque todos necesitamos motivación en la vida, y una sesión regular de disciplina ayudará al sumiso a sobresalir en su servidumbre. Habrías disfrutado la realización de la sumisión sin las sesiones de disciplina, pero convirtieron la experiencia en más íntima y más enriquecedora en tanto que pudiste experimentar el poder de la autoridad femenina en un mayor nivel. Naturalmente, con la intimidad vienen los lazos emocionales, y eso es lo que ocurrió entre Karen y tú. Estoy segura de que cualquiera que hubiera sido la mujer que te disciplinara, habrías desarrollado esos especiales sentimientos hacia ella.

Eres juicioso para aprender de esta experiencia, y para verla no como una pérdida personal, sino como una experiencia de crecimiento que te ha hecho mejor hombre. Has tenido el honor de servir a tres mujeres maravillosas, que te trataron con el respeto que te merecías. Alguien leerá esta historia y concluirá que lo que hicieron fue aprovecharse de ti; pero tú sabes que no fue el caso, porque incluso aunque su motivación inicial no fuera muy honesta (y sólo ellas la conocen), tu motivación si era pura, por lo que la experiencia fue beneficiosa para todos los que estaban envueltos en ella. Afortunadamente, estas tres mujeres continuaran desarrollando grandes cosas en la vida, y tú habrás jugado un papel vital al haberlas ayudado sirviéndolas. Ahora, puedes continuar y también realizar grandes cosas en la vida, armado con el conocimiento de cuál es el sentido de la auténtica sumisión. Tu futura esposa será una mujer afortunada, porque tendrá un marido que sabrá como apoyarla y servirla.

2 Comentarios
  1. Excelente historia la que acabo de leer.

    1:21 | 31 Enero 2009

  2. Está bién el relato, pero pienso que Justin entregó demasiado para recibir casi nada a cambio. Solo sesiones de golpes y nada de sexo. Ni siquiera podría imaginar como sería su vida en pareja.

    0:40 | 23 Marzo 2009

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