Historia de un fracaso
Ricardo Bermúdez
Cuando leo vuestra revista u otras páginas sobre dominación en Internet, parece que vale con tener una relación de dominación femenina para que todo salga perfecto. Así que os voy a contar mi historia para que veáis que no todo es tan fácil.
Empecé a salir con Raquel cuando los dos teníamos 19 años. Nos fuimos a vivir juntos cuando nos casamos a los 27. Todo iba más o menos normal, pero a los dos años estábamos un poco aburridos. Yo había tenido desde siempre fantasías sobre ser esclavizado por una mujer, pero nunca le había dicho nada a Raquel. Entonces fue cuando se lo comenté, pensando que así nuestro matrimonio podría ir mejor. A ella le pareció raro, y tuvimos que tener unas cuantas conversaciones hasta que me dijo que estaba dispuesta a probar.
Yo navegaba de vez en cuando por Internet buscando páginas sobre esto, así que tenía unas cuantas ideas. Le conté algunas, y le dije que ella sería quien más se beneficiaría, porque la dominación trataba de que yo me dedicara a atender sus necesidades, que pondría sus deseos por delante de los míos. Cuando se decidió, me dijo que haríamos una prueba con una sola de las cosas que le proponía, para ver si era verdad eso de que iba a hacer lo que ella quisiera. Me dijo que uno de los motivos más importantes de nuestras discusiones era que yo no pegaba ni golpe en la casa. Entonces, probaríamos durante dos meses a ver si era capaz de hacer todas las tareas de la casa para ella, y después de ese tiempo nos podríamos plantear otra cosa.
Pensé que era una forma de quitarse el problema de encima, que no se creía que yo fuera capaz de hacerlo, y me empeñé en hacerlo lo mejor que pude. No lo hice a la perfección, pero le demostré que era capaz de hacerlo, y esperaba que cambiara de opinión y le viera las ventajas a convertirme en su esclavo.
Cuando pasaron los dos meses, le pregunté si se había convencido de que podía cambiar, y de que la dominación femenina podía ser un chollo para ella. Me dijo que estaba muy contenta con lo que había hecho, pero que dos meses era poco tiempo para estar segura. Me dijo que como había salido bien, ahora añadiríamos otra cosa, pero no iba a ser ninguna de las que yo quería. Me dijo que tendría que dejar de fumar, y que haríamos otra cosa más si a los dos meses seguía sin fumar. Yo le contesté que eso no tenía nada que ver con la dominación, pero ella me dijo que si lo que intentábamos era que yo hiciera lo que ella quisiese, pues que eso era lo quería, porque estaba harta de mi tabaco y llevaba años soportándolo. Me advirtió que no me estaba hablando de dejar de fumar delante de ella, sino de dejarlo del todo, que si descubría que me había fumado algún pitillo por ahí, no habría pasado la prueba.
Me pareció una pasada, y me costó un montón, pero estuve dos meses sin fumar, y seguí haciéndole todo el trabajo de la casa. A los dos meses volvimos a hablar, y le dije que ya podíamos probar algo más erótico. Me contestó que bien, que entre las cosas que yo proponía, la que escogía era la de que el sexo tenía que servir para que la mujer tuviera placer. Me dejó helado cuando me comentó que nunca había tenido un orgasmo mientras follábamos, y que los fingía. Me dijo que probaríamos a tener el sexo como a ella le gustaba, pero que para eso dos meses era poco tiempo. Tendrían que pasar cuatro meses hasta que decidiéramos probar otra cosa. Le dije que bien, que lo que ella quisiera.
Tuve que aprender a lamerla muy bien, para que estuviera contenta. Y me gustaba, era verdad que me sentía a su servicio, y que ella tenía unos orgasmos de película. Pero lo que no habíamos hablado era que yo me quedaría sin llegar. Se desentendió de que yo llegara. Protesté, y me dijo que lo que le había propuesto era que los dos nos íbamos a dedicar a su placer, y que a ella lo que le daba placer no era que llegara yo, si no hacerlo ella. Y no me dejó continuar la discusión, dijo que cuando pasaran los cuatro meses le dijera lo que quisiera. Como estaba como una moto, durante todo ese tiempo me hice más pajas que en toda mi vida.
Llevábamos ya ocho meses cuando volvimos a hablar. Le dije que además de incluir alguna otra cosa, teníamos que hablar de mis orgasmos, que tenía que controlar ella de alguna manera. Me respondió, que mis orgasmos no eran cosa suya, que me las arreglara como quisiera, pero que eso seguiría igual y que no podría masturbarme delante de ella, como había pasado alguna vez. La discusión fue inútil, estaba completamente firme, y la verdad es que esa autoridad me ponía cachondo. Entonces le propuse lo del castigo físico, le dije que era muy importante que me azotara, que así la serviría mucho mejor. No lo tenía nada claro, pero al final aceptó. Yo tendría que comprar el instrumento que prefiriera y ella me castigaría una vez en semana. Pero como eso le resultaba raro, el siguiente paso tendría que esperar hasta que hubieran pasado seis meses.
Compré una fusta, y al principio me daba poco, pero con el paso del tiempo me arreaba unas zurras que me dejaba el culo molido para un par de días. Lo hacía con ganas. Lo demás seguía igual. Yo estaba casi siempre excitado, y me masturbaba en el baño. Ella se acostumbró de tal manera a no hacer nada en casa que acabó por no hacer ni la comida. Yo estaba hasta arriba de trabajo. Y seguía sin fumar.
A los seis meses le propuse nuevas cosas: ataduras, aparato de castidad, llamarla Ama y tener que arrodillarme, e incluso hablé como sin darle importancia de la posibilidad de que pudiera relacionarse con otro hombre). Pero su postura era diferente, me dijo que la dominación femenina estaba funcionando bastante bien, que estaba sorprendida, pero reconocía que tenía razón, que nuestra relación había mejorado mucho, y también nuestro sexo. Pero también me dijo que las cosas tenían que cambiar, que ya no se trataba de que ella tuviera que hacer algo de lo que yo quisiera cada cierto tiempo, que ahora se trataba de que hiciéramos lo que ella quisiera y cuando le surgieran las ganas. Me dijo que en ese momento, no le surgían ganas de hacer ninguna de las cosas que le proponía, así que seguiríamos como estábamos. Intenté protestar, pero me cortó, me dijo eso no significaba que un día no le apetecieran, pero ahora no, y por lo tanto íbamos a seguir igual, porque era lo que ella quería, y como le había dicho un montón de veces, yo iba a obedecerla en todo. Así se quedó la discusión.
Seguimos igual, aunque se notaba que ella era más independiente y más exigente conmigo. Los dos estábamos de acuerdo en que nuestra relación había mejorado. Ella estaba más contenta; y yo también, aunque echaba de menos algo más de “perversión”. Pero tenía esperanzas de que con el tiempo habría algo más. Lo que era verdad era que ya me sentía suyo, no como si fuera un esclavo, pero cada vez la obedecía más sin rechistar, y me daba cuenta de que me iba dominando. Repito que estaba contento.
Como a los dos años de haber empezado aquella historia, una noche sacó a relucir el asunto de tener relaciones con otro hombre. Yo le dije que la cosa dependía mucho de cómo se hiciera, que tenía que ser de acuerdo a las necesidades de los dos. Pero ella me preguntó muy directamente, que si no le había dicho que tenía el derecho a hacer lo que quisiera, que si ese derecho no incluía este tema. Le tuve que decir que sí. Ella desvió la conversación, y me quedé con la impresión de que no era más que una conversación, quizá para provocarme; no me la imaginaba echándose un amante.
Pero como cuatro o cinco meses después, me soltó que lo de tener relaciones con otro hombre estaba bastante bien, por lo menos por la prueba que había hecho. No me podía creer lo que me estaba diciendo, le dije que así no se hacían las cosas y que estaba poniendo en peligro nuestro matrimonio. Me preguntó si no era eso lo que yo le había propuesto, le dije que no de esa forma. Completamente fría, me contestó que estaría de acuerdo que la forma de hacerlo debería ser la que le apeteciera a ella, no a mí. Me preguntó si la dominación femenina implicaba que tenía que pactar conmigo la forma de hacer las cosas o si se trataba de que las hiciera como a ella le parecieran. Tuve que darle la razón, porque además terminó la conversación señalándome su vagina para que la lamiera, que es lo que me puse a hacer. Después de que llegara, le pedí perdón por haberme cabreado, y le dije que sí, que tenía todo el derecho a relacionarse con otro hombre.
Yo sabía que se veía con otro hombre, aunque casi nunca hablaba de ello, y cuando yo le preguntaba me soltaba que ese no era asunto mío. Pero pensaba que nuestra relación iba bien, que había mejorado mucho con la dominación femenina. Sin embargo, después de un poco más de tres años de aquella historia, Raquel se separó de mi y me pidió el divorcio.
Intenté evitarlo y discutir con ella, pero todo se resumía, me dijo, en que en realidad no estaba enamorada de mí. Llevábamos muchos años, y me quería, me dijo, pero realmente enamorada no había estado nunca, aunque no se había dado cuenta hasta entonces, hasta que se había enamorado de otro. Me dijo que no me torturara, que no era culpa mía, que tenía razón en que la dominación femenina había mejorado la relación, pero que sencillamente se había enamorado de otro. No hubo nada que hacer, nuestro matrimonio se terminó, y un año y pico después se hizo oficial el divorcio.
Han pasado tres años desde la separación. Estuve hecho polvo durante mucho tiempo. Ahora ya se me ha ido pasando, aunque sigo pensando que la dominación femenina sólo sirvió para que Raquel se aprovechara de mí. Se aprovechó de mis fantasías y acabó con otro, sé que vive con el, aunque no sé si le dominará o no, pero me imagino que no. Continúo teniendo fantasías sobre ser esclavo de una mujer, pero no se me ocurre volver a plantearme una relación de dominación femenina en serio. He ligado alguna vez, pero no he vuelto a emparejarme con nadie. A veces pienso que tengo que intentarlo, que a mis treinta y cinco años me gustaría tener una pareja y un hijo, pero aquella historia me ha dejado marcado.
La dominación femenina no asegura que todo vaya a ir bien en una pareja, espero que mi experiencia sirva para que algunos dejen de pensar que eso lo arregla todo.
DominacionFemenina.net (Ana Serantes):
Para empezar, Ricardo, sentimos mucho el fracaso de tu relación de pareja, y el dolor que ello te ha producido. Y estamos de acuerdo contigo en que la dominación femenina no garantiza el éxito de una relación por sí misma. Es cierto que esa sensación se produce al leer muchos de los textos que circulan por Internet sobre la cuestión, pero si también se extrae esa conclusión leyendo nuestra revista, quiere decir que no estamos haciéndolo bien, porque no es esa, desde luego, nuestra intención.
Sí creemos que la dominación femenina contribuye a que las relaciones funcionen mejor, y tu caso no contradice esta creencia: nos escribes que tu relación mejoró sustancialmente. Pero, en efecto, la dominación no lo arregla todo. En una pareja, la dominación es una parte de cómo se construye la relación, pero tiene que estar sustentada también en otros pilares, que son además los mismos que en cualquier tipo de relación. Y el principal es el amor que se profesen los dos integrantes de la pareja, que no puede ser sustituido por la dominación femenina.
Y eso parece ser lo que ocurrió entre Raquel y tú. La dominación femenina no pudo sustituir el amor que le faltaba a Raquel. Porque aunque te cueste aceptarlo, la ruptura de tu relación con ella no se debe a las bondades o a los inconvenientes que pueda acarrear la dominación femenina, sino como bien te dijo Raquel a que no estaba realmente enamorada de ti. Cuesta aceptarlo, pero no es raro en parejas que se han comprometido a tan temprana edad (19 años) y que carecen de experiencias suficientes como para saber si están realmente enamorados. Y tampoco había ayudado una vida sexual que debía tener unas limitaciones significativas para que, después de tantos años, te reconociera que nunca había tenido un orgasmo mientras hacíais el amor. Tú mismo admites esa carencia, implícitamente, cuando cuentas que gracias al sexo oral “tenía unos orgasmos de película”. Alguna responsabilidad tendrías tú en que no los hubiera tenido hasta entonces.
Por otra parte, tu experiencia, tal y como la cuentas, deja una impresión bastante clara: todo el tiempo hablas de lo que te hubiera gustado que ocurriera, de que deseabas convertirte en su esclavo, de que tenías “esperanzas de que con el tiempo habría más”, y de que estabas contento, pero no “como si fueras su esclavo”, en fin, que “echabas de menos algo más de perversión”. Hablas de ti y de lo que deseabas, pero apenas hay ninguna referencia a que pensaras de verdad en los deseos y en las necesidades de la persona a la que pretendías someterte.
Si de verdad te hubieras comportado como un auténtico sumiso, habrías tenido en mente, y se habría reflejado en tu escrito, la necesidad de explorar los deseos de Raquel, para poder esforzarte en contribuir a enriquecer su vida. Porque aunque no negamos que también tu propuesta la hicieras “pensando que así vuestro matrimonio podría ir mejor”, lo cierto es que no pensabas en Raquel cuando te dedicabas a navegar por Internet buscando páginas que te excitaran. En tu escrito, se observa la pretensión de convertir tu relación en una carrera de obstáculos, que la dominante tiene que ir cubriendo para dar satisfacción a los deseos del sumiso: cada par de meses, un nuevo salto. No es raro, está muy extendida esta postura entre los varones sumisos. Muchos creen estar ofreciéndose, sometiéndose a los deseos de la mujer, cuando en realidad lo que pretenden es que sea ella quien se dedique a satisfacer sus fantasías. Si la naturaleza dominante de la mujer florece, el problema no es grave, porque ella se encargará de colocar al varón en el sitio que le corresponde, y pondrá sus propios deseos y necesidades en el centro de la relación; pero si no se produce ese florecimiento, la mujer intentará ir complaciendo lo que en realidad no son más que exigencias del sumiso, y será en vano muchas veces porque esas exigencias pueden ser inacabables, y difícilmente podremos hablar de dominación femenina.
Y contemplando así las cosas, hay algo en tu escrito que no compartimos en absoluto: “Raquel se aprovechó de mí”. No es cierto, Raquel no se aprovechó de ti. Por el contrario, Raquel se plegó a una situación que tu proponías, porque ella sí lo hacía exclusivamente para intentar salvar o mejorar vuestra relación. ¿Por qué habría aceptado si no involucrarse en un comportamiento que ni deseaba a priori ni le llamaba la atención? Fuiste tú, recuérdalo, el que lo propusiste todo. Todo menos dejar de fumar; que bien te habrá venido. Tú le propusiste hacer el trabajo de la casa, tú le propusiste que el sexo fuera para su disfrute, tú le propusiste que te castigara y tú le propusiste, incluso, que tuviera relaciones con otros hombres. ¿En que se aprovechó de ti?
Hizo lo que le pediste, pero no fue suficiente para que ocurriera lo que no había ocurrido durante muchos años: que se enamorara de ti. Es posible que en vuestra relación, el surgimiento de la naturaleza dominante de la mujer haya operado al revés que en otras: el poder del que disfrutaba hizo que Raquel se diera cuenta de que no estaba enamorada de ti, y de que quería construir otra relación. Tu pones en duda que realmente brotara su personalidad dominante, porque aventuras que no estará dominando al hombre con el que ahora convive. Pero parece mucho suponer; nuestra sensación nos llevaría por el camino opuesto. Como lo desconocemos todo sobre Raquel, no podemos hacer ninguna afirmación tajante, pero nos extraña que una mujer que pone fin a una discusión señalándote su vagina, para que la adores como se merece, sea la misma que antes de descubrir la dominación femenina.
Ricardo, no interpretes nuestra respuesta como una regañina, tan sólo intentamos aclarar lo más posible las situaciones (desde nuestro punto de vista, desde luego). No creemos que tenga sentido halagar a quienes nos envían sus colaboraciones. Las agradecemos, como agradecemos la tuya, pero pensamos que esta revista tendrá mucho más interés para todos si intenta descubrir el fondo de las cosas, en lo que se pueda, que si trata de obviar los desacuerdos.
En cualquier caso, anímate Ricardo, aunque entendemos que “aquella historia te marcara”, con 35 años tienes mucho tiempo por delante para construir tu vida. Y no te engañes con frases como esta: “no se me ocurre volver a plantearme una relación de dominación femenina en serio”. Porque como sumiso que eres (aunque tengas mucho que aprender aún), si se te planta delante una mujer dominante, no te plantearás nada… más que adorarla y entregarte a ella. Y como te deseamos lo mejor, deseamos que sea eso lo que te ocurra un día. Aunque cierto es que para que las cosas ocurran suele ser necesario trabajárselas. Un saludo, Ricardo.


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