La superioridad femenina en esta revista
Este editorial surge a raíz del artículo de Carlota Hill “Por una dominación femenina sin folclore”. Y está destinado a esclarecer una confusión importante, que señala el artículo, y que es absolutamente achacable a esta revista.
Sostiene Carlota Hill que es un error “relacionar la dominación de la mujer con el hombre con una supuesta superioridad”. Quiere ello decir que piensa que es eso precisamente lo que defiende esta revista. Y parece de lo más lógico que Carlota lo piense, si tenemos en cuenta que se publican aquí artículos sobre la superioridad de la mujer. Sin embargo, no es así. Queremos aclarar esta confusión (que es, como decíamos, achacable exclusivamente a la revista): DominacionFemenina.net no defiende que las mujeres sean superiores a los hombres, ni lo niega, ni sostiene, desde luego, lo contrario. ¿Por qué entonces publicar textos sobre la superioridad de las mujeres? Porque hay muchas personas que practican la dominación femenina que sí lo creen y, en consecuencia, escriben sobre esa supremacía femenina. Ese fue el criterio que nos llevó a incluirlos, pero no pretendemos que nadie, siquiera la propia revista, comparta esa creencia. Publicamos las opiniones de quienes sí creen que las mujeres son superiores, sin juzgarlas y sin defenderlas ni atacarlas.
La revista y el modo de vida que en ella se describe, la dominación femenina, pueden existir, y abordarse de igual modo, sin necesidad de acudir a la superioridad de la mujer. Porque la dominación no requiere de la asunción de esa superioridad ni tiene por qué basarse en ella. La dominación femenina se sustenta básicamente (y en esto estamos de acuerdo con Carlota; aunque no en otras cosas) en las diferencias en la sexualidad de mujeres y hombres, en la fascinación sexual, como dice Carlota, que ejerce la mujer sobre el hombre. Esa sexualidad es más que suficiente a la hora de explicar el papel dominante de la mujer y el sumiso del hombre.
El hombre depende de la mujer, y se somete a ella, porque en esa dirección le encamina su sexualidad; y lo hará igualmente si la considera superior o, simplemente, diferente. Es en el terreno sexual donde nace esta relación, porque en este campo encontramos una sexualidad autónoma, la de la mujer, que puede controlar sus pasiones y amoldarla al conjunto de sus intereses en la vida, y una sexualidad dependiente, la del varón, que no hace sino anhelar continuamente a la mujer y que, por lo tanto, acaba dependiendo de su propio deseo, de ella, que es la encarnación de ese deseo.
Y esta realidad tiene un innegable sustento biológico: en la especie humana la relación sexual entre el macho y la hembra es muy diferente a la del resto de los mamíferos. De hecho, sólo en una clase de primates, los babuinos, ocurre lo mismo: no encontramos el conocido período de celo que caracteriza a la mayoría de los mamíferos. La mujer tiene un tiempo de ovulación muy corto, tan sólo de tres o cuatro días en el ciclo de veintiocho, y no emite señal alguna que delate al varón el período de fertilidad. Así que para que los humanos se reproduzcan, los varones tienen una sexualidad que se basa en el deseo permanente de relacionarse sexualmente con las mujeres.
Ese es el motivo fundamental que explica el fundamento de que algunas veces lleguemos a decir que los hombres piensan más con el pito que con el cerebro. No es cierto, pero resulta explicable: los hombres piensan con el cerebro, pero su pene está continuamente influyendo en ellos porque su propia naturaleza sustenta su permanente deseo sexual. Hay quien puede pensar que esa diferencia entre la sexualidad les convierte en inferiores a las mujeres, pero probablemente la mayoría pensará que les convierte sólo en diferentes. Aunque también, y esto sí lo compartimos, en dependientes de las mujeres, y así se explica su incapacidad para resistirse a una mujer que decida utilizar su sexualidad para dominarles.
Por mucho que algunos lo duden, no pueden resistirse a una mujer que actúe de tal modo, que imponga su dominio. Como mucho, lo harán en un momento puntual, pero no resistirán muchos asaltos si la mujer ha tomado la decisión de someter al varón. De hecho, lo más frecuente es lo contrario: que el hombre se empeñe en someterse a la mujer aunque ella ni siquiera hubiera pensado en ello. El deseo de sumisión en el varón es muy fuerte, y radica en su propia naturaleza biológica, por eso resulta tan fácil para la mujer someterle; basta con que conozca las auténticas inclinaciones de su compañero y decida tanto complacerlas como aprovecharlas en beneficio de ambos.
Es en la sexualidad donde se encuentra el terreno abonado en el que germina la dominación femenina, y donde se halla la explicación que sustenta ese modo de vida. Ese es el criterio que guía esta publicación, y no implica necesariamente que ninguno de los dos sexos sea superior al otro. Es cierto, insistimos, que hay personas que piensan que sí conlleva la superioridad o la supremacía de las mujeres sobre los hombres. Ni lo discutimos, ni lo apoyamos, nos limitamos a dar cuenta de dar cuenta de las opiniones que nos llegan a esta revista. Aclarado queda, y en nada cambia nuestra opinión de que, aunque no sea la única, la mejor forma de relacionarse entre un hombre y una mujer es aquella en la que el primero obedece y se somete a la guía y al control de la segunda.


Sobre la superioridad femenina I | Blog de Ana Serantes:
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8:07 | 30 Marzo 2008