La vida misma
José Luis
Soy un ya veterano investigador del mundo de la dominación femenina. Empecé muy joven a descubrir mi tendencia sumisa con respecto a la Mujer. Y puntualizo ese singular, pues he buscado siempre una, y solo una, mujer a la que entregarme. No he entendido nunca a esos sumisos que en cuanto ven a una señora, se lanzan a sus pies para besarlos y dicen que la pertenecen de por vida (mucho menos los puedo entender cuando cinco minutos después de haber hecho eso, hacen lo mismo pero ante otra mujer).
Me casé muy joven –los motivos no vienen al caso–, y le expliqué a mi también joven esposa lo que me atraía. Pero, fatalmente, a ella no le interesó lo más mínimo. Años después me enamoré como un colegial –pasé la etapa del acné casi a los 40 años, al parecer–, pero tampoco mi “amour fou” estaba por la labor de dominar (consideraba desviados a las/los dominantes y sumisas/os).
Lógicamente, he tenido experiencias. Enseguida de llegar a la adolescencia ya “busqué” algo que pudiera colmar mis deseos; aunque, claro, pagando. Lo único que saqué en conclusión es que yo debía de ser mucho más raro aún que los esclavos y Amas que veía en las revistas, entonces aún importadas.
El caso, es que por mi profesión, escribí bastante sobre el tema SM (antes de llevar el BD delante) en revistas especializadas –por fin había algo sobre el tema en España– y tuve acceso a Amas profesionales con las que conversé mucho y variado, sin querer pertenecer a ninguna.
Todo ello me condujo a unas conclusiones: no me interesaba, básicamente, nada de la parafernalia sadomasoquista al uso. Me parece mucho más excitante que una mujer dominante castigue a Su sumiso dándole con una libreta de espiral vertical que con una fusta, dado que está última rara vez se encuentra en un domicilio corriente. Y, sobre todo, me importa un pito el físico de la mujer que me domine. Pero eso sí, que sepa hacerlo. Que consiga que no sólo la adore sino que la admire por su inteligencia y por su manera de proceder. O sea, que está todo ahí arriba, en el cerebro (sí, ya se que estoy descubriendo la sopa de ajo, pero hay mucho personal por ahí que no la ha descubierto todavía, y quizás si no se lo dicen no lo descubra nunca).
No diré que no me gustan unas piernas bonitas o unos pies cuidados (aunque de esto último debería encargarse el sumiso, que para eso le gustan tanto). Pero si la mujer me conquista mentalmente, sus piernas y sus pies, sean como sean, serán para mí lo más divino del mundo y, además, los únicos.
En una ocasión, invitado a una fiesta fetish en un local de mi ciudad, un Ama se acercó a mí, y sonriendo (con cara de “Ama”, o sea, con una mueca extraña que la emparentaba mucho con Humphrey Bogart) me dijo: “Arrodíllate y bésame los pies, esclavo”. La miré con cierta pena y le dije que “no, gracias, pero yo no me voy arrodillando por ahí delante de la primera persona que se me presenta”.
Me ha ocurrido a veces que, al margen de sumiso soy educado, confundan la velocidad con el tocino. No hablo del mundo BDSM sino del “normal” –hay que ver a lo que llamamos normal–, en el que muchas veces, al contratarme para un trabajo, mi forma de ser educada les hacía pensar que podían explotarme a conciencia. Con esto vengo a decir que a veces las apariencias engañan. Y que, a lo mejor, la mujer más dominante (segura de sí, inteligente y convencida de lo que desea) puede aparecer bajo una apariencia educada, con clase y que además resulte que no grite como un oficial de las SS en plena instrucción ni ponga caras de tener úlcera de duodeno.
Bueno, por último diré que he encontrado alguna de esas mujeres maravillosas que buscaba. Pero –debo ser lento o haber nacido en mala fecha– estaban ya en pareja. Con lo que sólo me ha quedado sentir eso que llaman “envidia sana” de sus aparejados (o sea, envidia pura y llana, de sana nada), pero he disfrutado y disfruto de su amistad. En algún caso, alguna de estas maravillas me propuso avanzar en nuestra amistad y tener una pequeña relación de dominación-sumisión. Se lo agradecí mucho. Pero la amistad, anterior a la proposición, que tenía ya con quienes eran parejas suyas, me impidió aceptar. Probablemente en el caso de que no hubiera conocido aún a su pareja, hubiera aceptado agradecido.
Tuve una relación extraordinaria, por fin, con otra de esas mujeres. Y era genial. Inteligente, y por tanto atractivísima, culta, elegante y con un sentido del humor extraordinario, con ella disfruté los mejores momentos de mi vida y compartimos nuestras tendencias, nuestras pasiones (musicales, literarias, etc..), y éramos amigos por encima de todo. Aunque, de pronto, ella dijera la palabra mágica y yo ya no pudiera estar de igual a igual. Pero… ¡qué fantástico estar así, expuesto a que, en cualquier momento, Ella ordene que me ponga en mi lugar.
Bueno… acabó porque ella volvió a su país por motivos familiares. No tuve el valor de dejarlo todo y largarme detrás. La edad, el idioma… en fin, la cobardía tiene muchas razones.
¡Uf! veo que se acaba la página del correo. Vaya rollo he largado. Y eso que tengo fama de hablar poco. En fin, gracias por leerme (si alguien llega a hacerlo) y felicidades por el blog.
El guerrero del antifaz (por lo antiguo y por lo feo). También me llaman, aunque casi nadie, José Luis.


Amaltiva:
Ciertamente, Ana, merecía la pena leerlo. Se parece mucho a la manera en que yo entiendo una relación de este tipo, y estoy de acuerdo con José Luis en que la parafernalia no es estrictamente necesaria, pero a veces, añade un punto de excitación, que no es desdeñable…. Ana, sigo leyendo y disfrutando mucho con tu blog.
16:17 | 17 Abril 2008
limpiabotas-fran:
Yo también creo en la dominación psiquica, pero quizas sea porque me siento sumi y rechazo el mundo masoca.
Coincido con Amaitiva en no desdeñar un poquito de parafernalia que añada picante a la relación.
Te tengo envidia José Luis por tu disposición proactiva para introducirte en este ambiente, por tus vivencias reales sin profesionales, por saber lo que buscas sin ofrecerte alegremente y por exponer tu vida publicamente.
El devoto seguidor
16:52 | 17 Abril 2008