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Hola a todos, muy agradecido por publicar mi pregunta [“Una pregunta sin respuesta posible”] y lamento no haber escrito con más detalles, pero lo haré ahora. Mi nombre es Fabio, tengo 39 años y mi pareja, con la que pronto me casaré, tiene 33. Nos conocimos por e-mail en una de esas páginas de parejas.
Desde el principio, ella me decía que era una mujer distinta, muy independiente y profesional, y que había tenido sólo una pareja estable (dos años), pero cuando era mucho más joven. Luego, sólo tuvo aventuras y encuentros porque, según ella, era mas cómodo y no le daban problemas; pero que ahora se había planteado tener una relación duradera. Es una profesional titulada, tiene un buen trabajo y un buen sueldo, y también escribe columnas un tanto feministas en una revista. Desde el principio, mostró ser dominante, decidida y un tanto feminista (siempre dijo que nunca se doblegaría ante un hombre ni quiere que la mantengan) y siempre comandó la relación. Al principio, no fue fácil, pero me gusta que me mande y decida por sí misma. Siempre hace chistes feministas (dice que a los hombres habría que tenerlos bajo tierra y sacarlos sólo para servir a las mujeres). Su mejor amistad es una mujer aún mas radical en su pensamiento y muy pero muy autoritaria. También tiene pareja a la que mi mujer le dice el esclavito.
Yo dejé mi trabajo porque me llevaba mucho tiempo y ahora doy clases sobre mi profesión para tener más tiempo. Soy divorciado y siempre quise que una mujer me dominara, aunque siempre intenté suprimir tal deseo. En este momento yo cuido de la casa, o sea, hago la rutina doméstica, como cocinar, lavar, limpiar, y ella me deja cosas para hacer mientras está fuera. Por ejemplo, ayer mis tareas fueron lavar su ropa, tenderla, cocinarle para cuando venga y, luego, limpiar el baño y después fregar los platos. Como está a dieta, preparo sus comidas especialmente como ella lo decida y, claro, me sumo a la dieta. Por las noches, la masajeo pies y piernas largo rato, a veces con cremas, aunque no le gusta que le bese los pies pero sí que los toque y acaricie. La discusiones se han superado, ya que se hace su voluntad.
En el tema sexual, siempre exigió el uso del preservativo (jamás la penetré sin uno) y disfruta el sexo oral (casi siempre se lo hago yo a ella), aunque tampoco somos atletas sexuales. La introduje en el trono de la reina, mi práctica preferida; ahora, también ella lo disfruta mucho aunque no estaba acostumbrada. Practicamos yoga, y un día me dijo que le gustaba el sexo tántrico: me puse inmediatamente a buscar sobre el tema, y estoy de acuerdo en la no eyaculación masculina y en buscar siempre el orgasmo femenino. Creo que la denegación del orgasmo en el hombre es fundamental en la relación de dominación. Pero creo ella que no se anima en el tema sexual a decirme esto o exigirme las cosas que quiere, sea por miedo a una reacción adversa mía o porque no lo desea.
Quisiera encontrar las palabras para expresarle que puede disponer de mí como quiera y sin inhibiciones de ningún tipo, pero temo no encontrar las palabras adecuadas. Mujeres y hombres nos expresamos distinto y podemos ser malinterpretados. En el plano doméstico, las cosas están muy bien, creo que hallé la relación de sumisión que quería sin dificultades, pero creo que nos falta bastante en el plano sexual; sí claro, es más difícil. También habla libremente de sus ex-parejas, inclusive de cómo era su sexo.
Siento muchos deseos de ser sometido a sus voluntades, cualesquiera que sean, estoy dispuesto a vivir esto de la forma mas plena para hacerla feliz. Y su felicidad es la mía. Me gustaría ser asesorado desde el punto de vista femenino, que otra mujer dominante me asesore sobre cómo encontrar las palabras adecuadas.
Me gustaría aplicar la castidad o denegación del orgasmo, hacer del trono de la reina una práctica diaria o normal, no me opondría a que use el arnés consolador, adorar sus pies, etc. Pero son asuntos difíciles, y también quiero estar seguro de que ella disfruta eso más que yo; si no lo disfruta, no es dominación, seria mi voluntad solamente. Comentando una vez el tema, pero no directamente, me dijo como en broma que si quería me penetraría con los dedos o me haría una “lluvia dorada”, pero sólo ella a mí, ella no recibiría jamás. Pero todo queda como en broma. Obviamente la relación de dominación no es solo sexo, pero es una parte muy importante.
Bueno, creo que ahora tienen un panorama un poco mas claro, y cualquier pregunta es bienvenida. Muchas gracias, Fabio Ramires.
DominacionFemenina.net (Ana Serantes):
Bueno, Fabio, la cosa es ahora distinta: titulábamos el primer texto en el que incluíamos nuestra contestación “Una pregunta sin respuesta posible”; una vez leído lo que nos cuenta, sí es posible dar una respuesta.
Empezamos por confirmar lo que intuíamos de su primera carta: “por muy tibia que le resulte, parece que está ya inmerso en una relación de dominación femenina”. Así que ahora podemos eliminar el “parece” y dar por hecho que es así. Y tenemos la impresión que esa relación se debe fundamentalmente a dos factores: uno, que usted ha hecho un buen trabajo; el otro, que su compañera parece de natural dominante.
Y parece ser que de tan natural ni siquiera considera que lo que tiene es una relación de dominación femenina, que para ella es simplemente así como debe ser una relación en la que le merezca la pena sumergirse. Y ello puede confirmarse por lo que nos dice, Fabio, no sólo por la naturalidad con la que acepta que usted se dedique a servirla, sino por la personalidad que se trasluce en su texto: “me decía que era una mujer distinta, muy independiente y profesional”; “desde el principio, mostró ser dominante, decidida y un tanto feminista”; “siempre dijo que nunca se doblegaría ante un hombre”; “su mejor amiga es una mujer aún más radical en su pensamiento y muy pero que muy autoritaria, también tiene pareja a la que mi mujer le dice el esclavito”. No parece haber muchas dudas de que su compañera es una mujer dominante.
Pasemos al terreno de la sexualidad. Escribe Fabio que “obviamente la relación de dominación no es sólo sexo, pero es una parte importante”. Completamente de acuerdo. Según usted, “en el plano doméstico las cosas están muy bien…, pero creo que nos falta bastante en el plano sexual”. En nuestra opinión, también en el plano sexual parece mostrar su compañera indicios de su naturaleza dominante: “siempre exigió el uso del preservativo (jamás la penetré sin uno) y disfruta del sexo oral”; “la introduje en el trono de la reina y ahora también ella lo disfruta mucho”; “un día me dijo que le gustaba el sexo tántrico, y estoy de acuerdo en la no eyaculación masculina”; “me dijo como en broma que si quería me penetraría con los dedos o me haría una lluvia dorada”.
Por lo que vemos, su compañera nos parece una mujer dominante, pero probablemente no sea consciente de que la relación entre ustedes es dominación femenina e, incluso, no quiera ni oír hablar de un término como ése que le resulta raro o muestra de sexualidad poco “normal”. Visto así, sería entonces simplemente un problema de términos, de cómo se denomina a la relación. Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué escribe Fabio si su relación es ya claramente de dominación femenina?, ¿cuál es su problema, si se va a casar con una mujer que muestra su dominio con toda naturalidad?
Sin embargo, entendemos que Fabio escriba a la revista: su problema está, en buena parte, precisamente en esa “naturalidad” con la que se ejerce la dominación. Lo que Fabio echa de menos es un poco más de “artificialidad”, dicho de otro modo, un poco más de explicitud en la dominación y un poco más de escenificación del dominio en el terreno sexual. Y lo que Fabio nos plantea nos introduce en un ámbito importante y que a veces parece conflictivo, y que seguro que será de interés para la mayoría de los lectores.
Podemos acercarnos a la cuestión por medio de una pregunta: ¿si Fabio quiere una relación de dominación femenina, no debería limitarse a complacer con su sumisión ese dominio que su compañera ejerce con tanta naturalidad? ¿No deja de ser dominación femenina si introducimos los cambios que sólo el sumiso quiere que se produzcan? Quizá a alguien le sorprenda, pero nuestra respuesta a estas preguntas es negativa. La dominación femenina, es verdad, trata de construir relaciones en las que sumiso se someta y sirva a las necesidades y deseos de la mujer que le domina; pero la dominación femenina es una relación, es decir, cosa de dos, como cualquier relación. Y ese sometimiento y servicio del sumiso cumple dos funciones: satisfacer a la dominante y al propio sumiso. Nunca funcionará bien una relación de la que ambas partes no se encuentren satisfechas.
Sobre la necesidad de que el sumiso se entregue, y con devoción, al servicio de su dominante se escribe a menudo. Sin embargo, se hace mucho menos sobre la conveniencia de que la mujer dominante contemple las necesidades de su hombre. Pero sólo si se produce también ese hecho podremos hablar de una relación exitosa. Ahora bien, no es lo mismo contemplar las necesidades del sumiso que plegarse exactamente a las formas y maneras en las que al sumiso le gustaría que se satisficieran.
Volvamos a lo que Fabio echa de menos, a eso que hemos llamado “artificialidad”. Lo que a usted le gustaría es que su mujer explicitara su dominación en la vida cotidiana, recibir de ella órdenes claras de vez en cuando; es normal, Fabio, casi todos los sumisos lo desean. Pero en este deseo se confunden dos aspectos: el primero, razonable, que sólo estamos ante una relación de dominación cuando las dos partes de la relación tienen asumido que el servicio del sumiso se recibe desde una posición de dominio por parte de la mujer. De no ser así, estaríamos hablando de caballerosidad o cosa por el estilo, pero no de dominio y sumisión. Pero el segundo aspecto de este deseo de ser mandados de los sumisos esconde una faceta menos razonable: resulta poco sensato pensar que la explicitación de la dominación, o las órdenes, puede producirse continuamente, porque eso supondría un trabajo excesivo para la mujer, que debería estar pendiente continuamente de satisfacer ese deseo de del sumiso, que perdería además parte de la necesaria iniciativa, imprescindible para contribuir a que la vida de su dominante sea más fácil.
Algo parecido le ocurre, Fabio, en lo que llama el plano sexual. A usted le gustaría que la dominación se explicitara en este aspecto por medio de las prácticas que usted desea: castidad, trono de la reina, arnés-consolador, adoración de sus pies, etc. Pero aquí se plantea usted un problema tan serio como habitual: “quiero estar seguro de que ella disfruta eso más que yo; si no lo disfruta no es dominación, sería mi voluntad solamente”. Y su problema, que es el mismo de muchos sumisos, se vuelve de difícil solución con ese planteamiento, por no decir de imposible solución: para usted sólo funciona si ella disfruta dominándole con unas prácticas de las que ella no extrae mayor disfrute. No es descartable que un día llegara a disfrutar de alguna de esas prácticas (de hecho, les pasa a unas cuantas mujeres; a su compañera le ha ocurrido con el trono de la reina), pero lo cierto es que a día de hoy no las disfruta. Así que su planteamiento, Fabio, le conduce a un callejón sin salida.
Esa contradicción en la que se encuentra proviene de confundir dos campos que a los sumisos suele costarles diferenciar: el espacio propio de la dominación y el de la relación. Lo que usted desea que ocurra en el terreno sexual (y también en cosas de la vida cotidiana) no es parte de la dominación, porque no puede ser dominación que ella se ponga a hacer las cosas que a usted le gustan y que a ella no (Ms Rika ha escrito sobre esta cuestión con mucho acierto: “Aplicar y entender los atributos de una relación D/s”; “El comienzo o el impulso de tu relación de D/s”). No puede descartarse que con el tiempo a su mujer puedan acabar gustándole algunas de esas prácticas, pero a día de hoy eso no es así; por lo tanto, si tiene que disfrutar con ello para que a usted le funcione, podemos asegurarle que no va a funcionar.
Sin embargo, en una relación, también en las de dominación, tiene todo el sentido que la mujer haga regalos a su hombre para complacerle, por el gusto de hacérselos. Y creemos que eso debe suceder, y que además tiene la virtud de añadir explicitación a la dominación (también sobre esto puede leerse otro artículo de Ms. Rika: “Regalos prácticos”). Por supuesto que esos regalos no tienen por qué ser exactamente los que prefiera el varón, porque entonces no serían regalos discrecionales que la dominante concede. De todas formas, Fabio, su compañera se declaraba dispuesta a obsequiarle con una penetración con los dedos o con una “lluvia dorada”, pero usted lo rechaza porque ella no lo disfruta, porque no serían muestra de dominación. Claro que no, en realidad, está rechazando un regalo… y no es un buen camino. Fabio, se priva de un regalo que le resultaría bien placentero, le priva a ella del placer de obsequiárselo, y pierde la posibilidad de que experimente con prácticas que, aunque comiencen como regalos, pueden acabar haciéndola disfrutar, que un día sí pueden terminar realizándose desde la posición dominante.
¿Qué hacer? Fabio, lo que no podemos hacer es lo que nos pide: “asesorarle sobre cómo encontrar las palabras adecuadas”. Porque “las palabras adecuadas”, afortunadamente, sólo usted las puede encontrar, sólo usted conoce a la mujer que ama y se conoce a sí mismo, sólo de usted pueden brotar esas palabras. Desde aquí, nos limitaremos a aconsejarle, de forma mucho más modesta, que empiece por leerse esos tres artículos de Ms. Rika que hemos citado, para que comprenda bien la diferencia entre los atributos de su relación que pertenecen a la dominación y los que no. Y después, y lo más importante, que se esfuerce por comunicarle a su mujer de la mejor forma posible cuáles son sus sentimientos y sus deseos. No la deje al margen de cuestiones tan trascendentales para su bienestar y para su relación.
Por supuesto, que eso puede hacerse poco a poco. Le propondríamos que comience por decirle, por ejemplo, que su principal placer y su mayor deseo es hacerla feliz, pero que le gustaría que ella, de vez en cuando, le expresara con claridad alguna de las cosas que desea que haga para ella. Dígale que le vuelve loco sentirse en sus manos, que le encanta tener la sensación de que vive para ella y de que ella lo sabe y lo utiliza para bien de los dos, que su amor y su deseo alcanzan la mayor expresión cuando ella le manda algo, cuando se da cuenta de que depende de ella. Dígale que, aunque le extrañe, para usted cualquier tarea doméstica se convierte en un placer cuando se lo ordena.
Algo parecido podría contarle con relación al plano sexual. Dígale que no hay nada más excitante para usted, ni que le haga sentirse tan próximo a ella, que el jugar el papel de su sirviente sexual, que le vuelve loco hacerlo cuando se centran en el placer de ella, que le gusta convertirse en su juguete erótico. Y póngale como ejemplo algunas de las prácticas en las que está pensando; alguna, no todas. Pero preocúpese de que todo lo que le cuente la haga sentirse amada y deseada, que todo sea una manera de amarla, y no de utilizarla para su propia satisfacción sexual. Y preocúpese de que todo lo que le diga sea verdad.
Pero hable con ella, Fabio, por lo que nos escribe nos da la impresión de que su mujer está mucho más preparada para entenderle de lo que usted piensa. Hasta el punto de que no creemos que pueda descartarse del todo otro tipo de conversación: contarle cómo es usted, que su faceta sumisa forma parte de su más profunda personalidad y que su mayor anhelo sería desarrollarla con ella y con su ayuda. En ese caso, podría pensar incluso en darle a leer este texto, y explicarle, porque es cierto, que no hay engaño en haberlo enviado a esta revista, sino tan sólo miedo a que no le acepte tal cual es, que lo ha hecho para que le ayudáramos a encontrar el mejor camino para llegar hasta ella. De todas formas, sólo usted sabe si debe dar este paso o si resulta más conveniente ir más pausadamente, si una conversación tan abierta requiere de otras preparatorias y de un mayor recorrido en el camino. Si decide ir más lentamente, piense que lo hace porque cree que es lo mejor, no piense que es más valiente quien pretende correr más. Pero no se olvide de confiar en su mujer y su buen juicio a la hora de tomar la decisión.
Fabio, le deseamos lo mejor. Y creemos que lo conseguirá, porque lo que nos ha contado nos indica que está haciéndolo bien, así que tenga también confianza en usted y sea consciente de que todo requiere su tiempo. Esperamos haberle sido de más ayuda esta vez.


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