Más sobre el servicio doméstico
Lalo López
En primer lugar, agradecer públicamente la deferencia que tuvisteis al enviarme vuestra editorial antes de ser publicada, “Discrepancias sobre el servicio doméstico”, dándome la oportunidad de rebatirla en el mismo número que salía; mis obligaciones laborales me impidieron hacerlo, mas es un detalle gentil que hay que reconocer como se merece. Ahora, con tiempo para responderos, vamos a ello:
Evidentemente, hablo desde mi experiencia. Con ello no quiero decir que mis circunstancias sean universales, ni aplicables a todos los casos, y entiendo perfectamente el razonamiento de que para muchos hombres sea una lata realizar las tareas domésticas. Sin embargo, es igualmente cierto que existen muchos hombres que, al igual que yo, disfrutan realizándolas. Antes de vivir con mi actual pareja, he vivido durante muchos años sólo, y aprendí a descansar la mente, a alejarme de mis preocupaciones cotidianas, mientras barría, pintaba el piso o fregaba los platos. Muchas veces, despreciamos a la ligera el lado positivo de los trabajos rutinarios, la energía que nos entregan. Para mí no representan una molestia, aunque sí un esfuerzo. Ese esfuerzo se ve recompensado de varias formas: me transmite tranquilidad de espíritu, libera a mi Señora de hacerlas y fortalece mi cuerpo.
Aquí pasamos a la segunda discrepancia de la editorial con mi primer artículo: básicamente, según entendí, se me censura que vea a la mujer como elemento pasivo, incapaz de realizar trabajo físico… Bien, no pienso así, pero si soy de la opinión que el hombre está más capacitado –desde la Prehistoria– para realizar esos trabajos. ¿Representa una desventaja para las mujeres? Pienso que no, antes subraya su superioridad. Una mujer –por norma general, por supuesto– es más frágil que un hombre físicamente, y la dominación femenina no se sustenta sobre un predominio físico, como hace el patriarcado, sino intelectual; una mujer nos perfecciona, elimina nuestra agresividad innecesaria, nos hace crecer y madurar (aunque igual, aquí también se piensa que hago de la necesidad virtud…)
Además, creo firmemente que aquí entramos en un subjetivo campo de gustos o criterios personales. Me reconozco un hombre profundamente sumiso, y nada más lejos de mi gusto que las mujeres musculosas y las peleas entre mujeres. Me gusta la mujer tal y como es, no deseo masculinizarla. El valor más profundo de una mujer es su sentido común, no el desarrollo de los bíceps. Tampoco es el del hombre, pero es cierto que el cuerpo del hombre se desarrolla y armoniza con el trabajo físico. Por supuesto que también la mujer, pero tenemos anatomías distintas y necesidades distintas. Quien acuda a un gimnasio conoce de sobra que las tablas de ejercicios son distintas para cada sexo, y en ello no existe nada malo, es simplemente reconocer la realidad. El trabajo doméstico es útil a nuestro cuerpo, el cuerpo de la mujer lo lleva peor. Todo lo antedicho no quita que reconozca que haya quien se sienta atraído por mujeres fuertes físicamente y vean en ellas una belleza especial.
Me atrevo aquí a hacer una digresión histórica: tradicionalmente, el “sexo fuerte” de cada época de la humanidad es quien más se ha servido de la belleza y los cuidados estéticos. Un vistazo a cualquier libro de la historia del traje nos descubrirá que, por ejemplo, los hombres en la Edad Media y el Renacimiento, lucían trajes más vistosos, provocativos y llamativos que las mujeres. De hecho, a fines de la Edad Media fue un gran escándalo la moda masculina de enseñar las piernas, hasta entonces inédita en Europa. Esta moda –que produjo un revuelo similar al acaecido en los años 60 del siglo pasado con la minifalda femenina– tenía por objetivo atraer más a las mujeres, seducirlas mediante la vista. Ha pasado mucho tiempo, y ahora son ellas las que tienen una enorme variedad de armas para seducirnos y manejarnos; dudo que una mujer quiera prescindir de ellas. Los cuidados, dedicar tiempo a la belleza y a la apariencia exterior, denotan su superioridad, no su fragilidad. Nosotros somos los escogidos, ellas las que escogen. Pero, amigos míos, no siempre ha sido así; ponerse guapas les ayuda mucho.
Finalmente, se habla sobre la cuestión de sacar la relación de dominación del dormitorio. Quizás aquí me expliqué mal. En lo que, tanto mi pareja como yo, estamos de acuerdo es en no dejar que nuestra relación invada todas las facetas de nuestra vida. No gustamos de exteriorizar delante de amigos o familiares nuestra decisión de vivir nuestra intimidad de esta forma, simplemente porque es algo nuestro; disfrutamos y gozamos de esta forma, y a nadie le importa y a nadie queremos convencer (¡bastante me costó ya convencer a mi pareja de las ventajas de ser dominante!). Y estoy de acuerdo en que hacer las tareas domésticas u otras obligaciones por deseo o capricho de tu Señora es un auténtico placer, que añade un brillo especial a las cosas.
Muchas gracias por concederme este espacio. Espero seguir colaborando con vosotros. Por cierto, una sugerencia; echo de menos un foro donde las personas que visitan la web pudieran dejar su opinión en unas pocas líneas. Creo que sería muy estimulante.


limpiabotas-fran:
Aclarada la referencia al dormitorio, vuelvo a reiterarte mi coincidencia con tu pensamiento… aunque lo más, es la envidia que me das por tener Domina y poder llevar a la práctica ese servicio domestico para su bienestar.
El devoto seguidor de este blog en donde, a lo mejor, un chat a modo de foro podría tener cabida.
23:47 | 23 Abril 2008
Dómina Norma:
El servicio doméstico es un elemento esencial de la sumisión del esclavo a su Dueña. Y como la relación entre ambos se basa en un fuerte contenido sexual-emocional, el servicio doméstico en este marco debe también ser un ritual cargado de una especial clase de sexualidad, la de la sumisión.
En tal sentido hago que mis esclavos trabajen desnudos, decuiden hay calefacción en casa. Pienso además que resulta más perverso y excitante para ambos, Ama-esclavo, dificultar la tarea en cierto grado, por ejemplo, para fregar los pisos que lo hagan en 4 patas y con un cepillo sin mango.
Parte importante en este tema es la estricta supervisión que la Superiora hará y la eventualidad de la imposición de medidas de disciplina comforme sea el desempeño del siervo.
No se piense que disfruto de una relación tipo Gestapo, mis esclavos son personas inteligentes y muy felices de vivir bajo un dominio severo pero ético y humano. Se arrastran a mis piés cuando así lo ordeno, pero también disfruto de ir al teatro con ellos y otras salidas, o de un fin de tarde como el de cualquier trío donde dos adoran y una se deja adorar.
0:33 | 18 Julio 2009