Mi primera experiencia
Carlota Hill
Mi experiencia con la dominación femenina comenzó teñida de tragedia. Yo tenía entonces veintisiete años y una relación normal con un chico, al que llamaré O. Generalmente salíamos con mi hermana y su novio, R., un chico estupendo, bastante guapo e inteligente, muy servicial, aunque tímido. Siempre pensé que mi hermana, de carácter difícil, había tenido mucha suerte al encontrar un joven así. Los cuatro solíamos ir juntos de cena o de excursión, nuestra vida social transcurría siempre en común.
Mi hermana murió en un accidente de circulación cuando se dirigía a trabajar. Fue para mí un mazazo, pero más aún lo fue para R; la quería mucho. El caso es que desde su muerte me consideré un poco responsable de R. Verle tan triste provocó en mí una especie de instinto maternal que desconocía. A veces quedaba con él a solas. Le preguntaba qué tal se encontraba, le consolaba, intentaba darle ánimos. Desde el accidente se había encerrado en su casa, y como por su carácter tímido no tenía muchos amigos, yo era prácticamente su único apoyo. Poco a poco fuimos cogiendo confianza, y no negaré que entre los dos existía una indudable atracción.
Un día le pregunté, un tanto en broma, qué tal llevaba la abstinencia sexual. Él me miró con ojos temblorosos y titubeó antes de decirme:
–Quiero pedirte una cosa hace tiempo.
Me intrigó. Pero bajo ningún concepto habría imaginado lo que iba a escuchar.
–Quiero que me dejes chuparte el coño de vez en cuando.
La frase me resultó tan insultante que le di una bofetada. Me levanté del banco en el que estábamos sentados. Recuerdo a la perfección la mirada divertida de un anciano. Él empezó a lloriquear. Incluso se agarró a mis piernas para suplicarme:
–Sólo cuando tú quieras y como tú quieras. No te pido nada para mí, sólo quiero darte placer de vez en cuando. Y si no quieres, olvida mis palabras y nunca más te lo propondré.
Su explicación me resultó aún más repugnante que la petición inicial, y le dejé ahí, como hacen en las películas. No le volví a ver durante cuatro meses; tiempo durante el que mi propia existencia sufrió grandes cambios. El más importante fue descubrir que, desde que salíamos juntos, O. me había sido infiel con dos mujeres. Evidentemente, rompí mis relaciones con él. Eso me hizo pensar en la propuesta de R. Al recordar lo ocurrido me avergonzaba de mi reacción, que ahora veía propia de una niña pija educada en un colegio de monjas. A fin de cuentas, era lógico que un hombre como él tuviera sus necesidades, y en ningún momento me había faltado al respeto. Sólo me había pedido, suplicado, darme placer.
Así que le llamé y volvimos a quedar. Ni él ni yo mencionamos nuestra última conversación. Al contrario, nos saludamos con unos cariñosos besos en la mejilla y nos pusimos al tanto de nuestras vidas como los viejos amigos que éramos. Así como la mía había experimentado varios cambios, la suya seguía igual. Tomamos un par de cervezas en un bar y luego le propuse enseñarle mi pequeño apartamento, que era otra de las novedades de mi vida. Nada más entrar, sin enseñarle la casa ni darle tiempo a reaccionar, le dije “aquí”. Ahora era él el que no entendía, pero yo se lo expliqué sin pronunciar palabra. Me quité el ligero vestido que llevaba puesto, me senté en la butaca que me habían regalado mis padres y coloqué su cabeza entre mis piernas.
Como esto no es un relato erótico, no entraré en demasiados detalles. Baste decir que me pareció un auténtico artista, un virtuoso entregado a su vocación. Cuando terminamos, bastantes minutos más tarde, él jadeaba, como si estuviera preso de la ansiedad o una agitación excesiva. Me lavé, me volví a vestir y serví un par de gin tonics. Él ni probó el suyo. Yo saboreé el mío. La cálida noche de verano entraba por la puerta de la terraza.
La experiencia se repitió en varias ocasiones. Era maravilloso: mi vida se erotizó por completo, me sentía libre, como una niña con un juguete nuevo. Me gustaba verle casi fuera de sí por la excitación, aunque no le permitía demostrármelo una vez que yo había alcanzado el orgasmo. Me gustaba también buscar momentos imprevistos en los que pedirle satisfacción. Generalmente era yo la que me desnudaba, y a él le obligaba a permanecer vestido, aunque a veces buscábamos lugares un tanto incómodos y también yo permanecía vestida en la medida de lo posible (recuerdo por ejemplo la boda de un amigo común).
No solíamos hablar sobre nuestra atípica relación, pero a veces él me informaba sobre la dominación femenina, que según él estaba en pleno auge en Estados Unidos. Me decía que había chicos que se sometían a procesos de feminización forzosa, que numerosas mujeres tenían a sus hombres como sirvientes. Al principio no me lo creí. La idea me escandalizaba un poco. Pero con el tiempo acepté que hay gente para todo y, simplemente, R. era uno de ellos. Según él pensaba, los hombres tenían inscrito en su naturaleza el deber de obedecer a las mujeres. La prueba de ello era la erección. Contra las opiniones dominantes sobre el patriarcado y el machismo, R. opinaba que toda la historia de la humanidad demostraba una sempiterna sumisión de los hombres a las mujeres. Es una opinión más que discutible, que aun así no deja de tener sus puntos de razón. Por un lado, está el ejemplo de todos los cuadros, poemas y canciones que los hombres han dedicado a las mujeres (¡qué pocos ejemplos hay en sentido contrario!), la caballerosidad, el amor cortés y los seres de fábula como las hadas. Por otro lado, R. veía los siglos de dominio masculino como un repliegue de las mujeres en momentos de crisis. En periodos de guerra, incertidumbre y dolor, las mujeres se habían refugiado en la medida de la posible dejando que sus hombres las defendieran.
Volviendo a nosotros, R. me pedía que le aceptara como sumiso a tiempo completo. Decía que me haría la comida, limpiaría mi casa, me lavaría; quería ser mi esclavo. Yo siempre rechacé su petición. Prefería tenerlo como amigo y confidente, aunque por culpa de su insistencia esos papeles se relegaron a un segundo lugar frente al de juguete sexual. Una vez le pregunté si no le resultaba frustrante atender mis deseos sin encontrar nunca su propio placer. Él me dijo que su placer era el mío. No lo entendí (sigo sin entenderlo aunque he comprobado que les ocurre a muchos hombres) pero lo acepté como una más de sus rarezas. A fin de cuentas yo lo prefería así.
Con el tiempo, nuestro repertorio de juegos aumentó. Fue un mundo que fui descubriendo yo sola, él obedecía. Mis fantasías eran cada vez más audaces, me sorprendían a mí misma. Además, en cuanto comprobé que él hacía realmente todo lo que yo quería, perdí el miedo a llevarlas a la práctica. Por ejemplo, me excitaba sobremanera la idea de pasearle desnudo, atado a una correa, como si fuera mi animal de compañía. Aunque pueda parecer increíble, lo hice. Eso sí, en una playa de Las Landas, en Francia, donde nadie podría reconocerme. La poca gente que se cruzaba en nuestro camino nos miraba con asombro. Una mujer que tomaba el sol junto a una amiga le dijo a ésta en francés que le parecía una buena manera de tratar a los hombres. Otro día le até al cabecero de la cama y afeité por entero su cuerpo. Observé mi obra durante un rato, era un bonito cuerpo. Le dije que a partir de ese momento quería verle siempre así. Su erección era enorme, y le masturbé. Él se avergonzó mucho, se le notaba en la cara. Solía decirme que él no era digno de que yo tocara su miembro, y aunque a mí eso me sonaba un tanto teatral, en cierta medida me agradaba. Aquel día, mientras sacudía su pene, me pareció divertido hacerle repetir un juramento que improvisé sobre la marcha. Eran frases como “siempre te obedeceré”, “soy tuyo”, “eres mi reina”, etc. Cuando eyaculó sentí una gran ternura hacia él y le di un beso en la boca. Fue la primera vez; me lo agradeció. Yo me quedé callada. De pronto comprendí que, sin darme cuenta, le había admitido como mi siervo, esclavo o cualquiera que fuera la palabra.
Aunque me gusta el sexo clásico, pocas veces le dejé penetrarme. Tenía miedo de que eso le diera ideas erróneas sobre el compromiso entre los dos. Además, el coito sin más me parecía ya mortalmente aburrido.
En ocasiones él se permitía hacer propuestas. Así ocurrió por ejemplo cuando me compró un consolador, cuando me suplicó que le castigara con una azotaina o cuando me sugirió que me relacionara con otras mujeres. Tenía la teoría de que todas las mujeres somos un poco lesbianas. El pobre no sabía lo confundido que estaba en mi caso. En aquel entonces yo ya había asumido nuestra relación, y estaba acostumbrada a que mi voluntad se hiciera realidad. Esa propuesta me disgustó bastante, sobre todo por lo que tenía de pura fantasía masculina. La primera vez me sonreí y no le hice ni caso. La segunda le pedí que no volviera a planteármela. La tercera vez le dije: “Ya que así lo quieres, te castigaré”.
Le até de nuevo a la cama, boca abajo, y le cerré la boca con cinta de embalar. Antes de comenzar le hice darse la vuelta. Tenía una enorme erección, estaba claro que aquello le excitaba.
–Nada de esto es por ti o por tu placer, sino por el mío. No me gustan las mujeres y no pienso permitirte que me digas qué debo hacer. Lo de ahora será un castigo, no un juego para complacerte. Conviene que lo sepas.
Le azoté con un cinturón de cuero doblado, sin demasiada convicción. Pronto sus nalgas enrojecieron y R. se puso a protestar mediante gemidos. Le azoté más fuerte y él protestó más aún. Poco después, su erección desapareció. Sus gritos ahogados eran cada vez más molestos. “Cállate”, le ordenaba yo, pero él era incapaz de obedecer. Le dolía demasiado. Eso me enfureció y le golpeé sin piedad, sacando de mi interior una ira insospechada. Él se revolvía e intentaba liberarse de sus ataduras. Se agitaba tan enérgicamente que el colchón saltaba sobre el somier y yo no acertaba a apuntar correctamente mis golpes, que a menudo caían sobre partes que en principio no habría querido tocar. Todo su esfuerzo fue inútil, sólo logró que siguiera pegándole un buen rato, hasta que sangró.
Cuando finalmente paré, estaba agotada. Él lloraba como un niño. Tiré el cinturón al suelo con asco y abandoné la habitación dejándole atado sobre la cama. No comprendía lo que acababa de hacer. Me sentía horriblemente mal, arrepentida y culpable. No me atrevía a volver a verle. Me daba vergüenza. Estaba tan nerviosa que incluso salí a la calle, necesitaba tomar el aire. Tardé tiempo en reunir fuerzas para regresar y, finalmente, desatarle y quitarle la cinta de la boca.
–Perdóname –le dije –no sé lo que me ha ocurrido.
-No hay nada que perdonar, sólo has hecho lo que debías.
Esa frase servil fue la que nos separó para siempre. Soy incapaz de comprender una actitud tan estúpida. Ya no podía admirarle ni quererle. El aprecio que seguía sintiendo hacia él se parecía más a la compasión. De nada servía que sus ojos me veneraran, la imagen que hasta entonces yo había tenido de él se había esfumado. Imaginé un futuro en el que tendría que llevar a cabo todo tipo de acciones aberrantes para hacerle feliz y me dije que no aceptaría.
Nuestra relación acabó ahí. Hubo sin embargo un epílogo. Yo tenía una amiga, M., que se lamentaba constantemente por su falta de éxito con los hombres. Se pasaba la vida haciendo chistes sexuales y quejándose de su nula vida íntima. La llamé y le dije que tenía algo para ella.
–¿No será una cita a ciegas? –me preguntó –¡Las odio!
No era eso, no. Mi idea era mucho más sencilla, pensaba regalarle a R. Aunque pretendía que fuera una sorpresa para ella, a él no se lo escondí, fui todo lo franca que pude.
–Durante este tiempo lo he pasado bien contigo, pero no puedo seguir así. Por otro lado, tampoco quiero dejarte solo, he comprendido que tú necesitas una mujer a la que servir. Te voy a regalar a una amiga mía.
Él protestó un poco, con el argumento de que era a mí a quien quería servir.
–Si quieres servirme correctamente, aceptarás.
Él se calló de inmediato.
Esa tarde M. vino a mi casa. R. estaba de pie en el salón, completamente depilado, con su cuerpo moreno y hermoso. Yo ya me había acostumbrado a ver cómo en situaciones igualmente humillantes la respuesta de R. era la erección. M. no ocultó su asombro al verle así. Se conocían de antes, pero M. nunca había sabido la forma en la que él y yo nos relacionábamos. Se lo expliqué con la mayor brevedad posible. M. se sonrojó levemente. Le pregunté si R. le gustaba. Ella me dijo que sí, pero que nunca había pensado mantener una relación de ese tipo con ningún hombre y que no sabía qué hacer.
–Lo que quieras. Todo lo que quieras. Te juro que obedecerá, ¿verdad, R?
R. asintió con un golpe de cabeza.
El gesto de sorpresa no se iba de la cara de M. Sin embargo, la sorprendida fui yo cuando vi qué era lo que quería hacer con él. Tras sobar con urgencia el miembro duro de R. se agachó y lo introdujo en su boca. Yo me fui a la cocina y les dejé con aquella felación, tan poco apropiada para el pobre R.
No duraron mucho juntos, creo que no eran personas compatibles. No por eso volví a salir con R. Yo había encontrado ya a otra persona con la que establecer una relación más completa, con la que me fue de ayuda inestimable todo lo aprendido junto a R. Aunque esa es otra historia y prefiero contarla en otro momento.
DominaciónFemenina.net (Ana Serantes):
La primera e interesante experiencia de Carlota contiene varios asuntos que nos pueden permitir pensar en algunos aspectos importantes de la dominación femenina y extraer conclusiones que resultarán relevantes para nuestros lectores. Quizá podemos comenzar por poner de manifiesto que probablemente la más exitosa contribución de R a su vida fue ayudar a liberar su naturaleza dominante. Como suele ocurrir (aunque esto cambiará según se vaya extendiendo la dominación femenina), hizo falta la expresión del carácter sumiso de un hombre para que Carlota descubriera su naturaleza dominante. Y ciertamente su vida se enriqueció: “Era maravilloso, me sentía libre”, nos dice. No parecen caber dudas de que asumió ese recién descubierto carácter dominante como una parte importante de su personalidad, hasta el punto de pagar su enfado con una paliza, que a ella misma le pareció excesiva, o imaginar y realizar la idea de deshacerse de R regalándoselo a una amiga (no obstante, este acto no puede ser interpretado únicamente por su carácter dominante, sino también como un acto de comprensión: tuvo presentes e intento complacer las necesidades del sumiso a quien abandonaba, es decir, también lo hizo por él).
Es cierto que las afirmaciones de que era maravilloso o de que sentía libre estaban estrechamente ligadas a la relación sexual. Aquí residiría la otra contribución importante de R a la vida de Carlota: la ayudó a ampliar su visión y su disfrute de la sexualidad. El abanico de posibilidades se le abrió, y así, una persona que gustaba del “sexo clásico”, terminó por disfrutar de nuevas posibilidades, hasta el punto de reconocer que, en adelante, “el coito sin más me parecía mortalmente aburrido”. Seguro que la sexualidad de Carlota nunca volvió a ser la misma; fue mejor a partir de entonces, del momento en que su “vida se erotizó por completo”, del momento en que sus “fantasías eran cada vez más audaces, y perdió el miedo a llevarlas a la práctica”. Estupendo; gracias R.
Sin embargo, lo que nos cuenta Carlota es también la historia de un fracaso: el de R. Su ejemplo nos sirve para ilustrar un conflicto muy común: el del sumiso que piensa que su mayor deseo en la vida es servir a una mujer que le domine y cuyas actitudes le impiden o dificultan seriamente conseguir el objetivo que persigue. No nos extraña que a Carlota le resultara “insultante” la primera aproximación de R: “Quiero que me dejes chuparte el coño”. ¡Que falta de tacto! ¡Que muestra de egoísmo! Resulta prácticamente imposible pensar que una mujer se hubiera sentido atraída por tanta simpleza. Y además basada en una falsedad: “No te pido nada para mí, sólo quiero darte placer de vez en cuando”. Porque esa frase, en la que se reflejarán muchos sumisos, es falsa; lo significa es bien distinto: “Lo que te pido es para mí, porque mi placer y mi deseo se consuman de esa forma. Y es mi deseo el que estoy contemplando, por eso no intento imaginar o complacer el tuyo, que podría realizarse de manera bien distinta”. Habrá que continuar insistiendo en que una relación de dominación se construye, como todas, para satisfacer a las dos partes que la integran, y terminar con el mito de que se trata exclusivamente de complacer a la parte dominante. Si no, sería inexplicable que hubiera tal cantidad de sumisos en busca de este tipo de relación. Lo único cierto es que en las relaciones de dominación la satisfacción de las partes se realiza de manera desigual, pero no por ello menos deseable y satisfactoria para ambos.
Por lo tanto, Carlota, no había ningún motivo para que te avergonzaras de tu reacción negativa ante aquella proposición, ni para que la consideraras “propia de una niña pija educada en un colegio de monjas”. Era la reacción apropiada de una mujer a la que no se le ha ofrecido compartir una experiencia o un aprendizaje, de una mujer a la que no se le había ofrecido una prueba de amor, ni siquiera de sumisión. En suma, fue la reacción de una mujer que, sin ser consciente, supo ver que lo que se le ofrecía era convertirse en el instrumento que realizara las fantasías eróticas que obsesionaban a R.
Este criterio se revela, quizá inconscientemente, incluso cuando Carlota nos cuenta la dedicación de R a complacerla oralmente: “Me pareció un auténtico artista, un virtuoso entregado a su vocación”. Nos parece reseñable el acierto, en el fondo y en la forma, con el que Carlota nos describe el comportamiento de R en la relación sexual. “Un artista entregado a su vocación”, es decir, dedicado y concentrado en su propia satisfacción, como hace cualquier artista. Por lo tanto, no se retrata a un auténtico sumiso, tratando de conocer y complacer los deseos de la mujer a que dice querer satisfacer. Lo que no quita que algunas de sus fantasías o deseos eróticos puedan resultar después estimulantes y excitantes también para la mujer; ocurre a menudo, pero no siempre y, desde luego, no puede darse por descontado.
En esta actitud, que estamos describiendo, encontramos el principal problema de R para consumar una relación de dominación femenina. Esta obsesión por uno mismo y por sus fantasías, esta dificultad por centrarse de verdad en las necesidades y deseos de la otra parte, es la que dificulta a muchos sumisos percibir cuáles son los auténticos fundamentos de una relación, de cualquier relación de pareja. Algunos llegan a tener la idea de que una relación funcionará con cualquier mujer que esté dispuesta a dominarles… en la manera en que quieren ser dominados. Y si es cualquier mujer, no es extraño que la mujer que en ese momento tienen enfrente se sienta insultada. Las mujeres comprenden mejor que una relación no puede basarse exclusivamente en una fantasía erótica. Si no hay más cosas, amor, amistad, comunicación, compromiso, etc., la relación no funcionará, por muy bueno que resulte el sexo.
Esa fue la razón, consciente o inconsciente, qué más da, por la que Carlota rechazó la petición de R de que le aceptara como esclavo. Una mujer necesita mucho más que eso; como ella dice, “prefería tenerlo como amigo y confidente”, y nos explica con acierto que “por culpa de su insistencia [en sus fantasías] esos papeles se relegaron a un segundo lugar frente al de juguete sexual”. Y un juguete sexual resultó divertido para Carlota, pero no se puede construir una relación con un juguete sexual, hace falta una persona con la que compartir muchas más cosas.
Harían bien los sumisos que leen estas páginas en aprender de lo que sintió Carlota: “Esa frase servil fue la que nos separó para siempre. Soy incapaz de comprender una actitud tan estúpida. Ya no podía admirarle ni quererle”. Son bastantes los sumisos que acaban encontrando tanto placer en su propia sumisión que se regodean en ella y terminan por olvidar el objeto fundamental de la sumisión: servir a las necesidades y deseos de la mujer a la que se someten. Y en ese proceso se transforman en personas pasivas a la espera de que se les ordenen todo lo que tienen que hacer, perdiendo, claro está, casi todo su atractivo para la mujer, y perdiéndose también el placer que se encuentra en servir de verdad a la persona amada. Porque una mujer, por muy dominante y exigente que sea, no quiere un pelele que se limite a acatar sus órdenes, quiere un hombre que la ame y la desee, pero también que la estimule en el sentido más amplio de la palabra, que contribuya a hacer su vida más rica. Es decir, quiere alguien que aporte, un sumiso activo, no pasivo, que participe en ese enriquecimiento de su vida, aunque si es dominante también quiera que la obedezcan y se sometan a sus deseos y decisiones. Pero no es posible una verdadera relación si no se producen ambas cosas, la dominación no puede suplir los cimientos que sustentan a cualquier relación de pareja. La dominación enriquece una relación, pero no la sustituye.
Probablemente, estas fueron las razones del nuevo fracaso de R con M: “No duraron mucho juntos, creo que no eran personas compatibles”. Y fueron también las que hicieron que Carlota desapareciera de su vida: “Yo había encontrado ya a otra persona con la que establecer una relación más completa”. Porque, en realidad, si no fuera más completa, no podría ser una relación enriquecedora y duradera. Y a ella, de visión más amplia, si le fue “de ayuda inestimable todo lo aprendido junto a R” para construir esa relación “más completa”, más auténtica. Carlota, “aunque esa sea otra historia, y prefieras contarla en otro momento”, que sepas que estamos deseando que nos la cuentes.
Bueno, queda claro que la experiencia de Carlota nos ha parecido interesante, y que de ella se podían extraer conclusiones importantes. Así que le damos las gracias por su aportación a esta revista (que no es la primera), y le deseamos lo mejor.


limpiabotas-fran:
Cuan cierto es que “… la dominación enriquece una relación… no la sustituye”. Normalmente los sumís olvidamos que para establecer una Relación debemos tener iniciativa y ser atractivos para la Mujer que amamos. Mantener esa Relación exige dinamismo y preocupación por enriquecer la vida del Ama (seguir siendo atractivos para Ella).
La afirmación de Ana sobre los sumisos “… que acaban encontrando tanto placer en su propia sumisión que se regodean en ella y terminan por olvidar el objeto fundamental de la sumisión: servir a las necesidades y deseos de la mujer a la que se someten. Y en ese proceso se transforman en personas pasivas a la espera de que se les ordenen todo lo que tienen que hacer, perdiendo, claro está, casi todo su atractivo para la mujer,…” es un peligro latente y evidente que hay que intentar evitar.
En lo referente a la brusquedad de R en su presentación a Carlota es incuestionable pero entendible… el hombre estaba desesperao, por encontrar a alguien con quien apagar su fuego,… ¿qué estaba equivocado?, los errores son parte del ser humano,… ¿qué su objetivo era satisfacerse a sí mismo?, aquel sumiso que este libre de pecado que tire la primera piedra… la educación exige tiempo y una Guía que muestre el camino.
El devoto seguidor de la Guía de este blog
20:25 | 28 Abril 2008
No siempre sale bien | Blog de Ana Serantes:
[...] de la extraña relación que había mantenido con R [publicada en esta revista con el título “Mi primera experiencia”]. No buscaba convencerle de nada, sino estimularle. Por ello no obvié ningún detalle, ni [...]
7:01 | 13 Mayo 2008