Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

No me atrevo a decírselo

Hola, quiero presentarme, mi nombre es Arturo Carmona, soy profesional de la informática y acabo de cumplir los 32, soy lector asiduo de su excelente revista desde hace algún tiempo, y debo agregar que ha arrojado mucha luz sobre mi condición como hombre y que me ha ayudado mucho a comprender que estoy en el camino correcto, estoy cumpliendo la función natural del hombre: servir, complacer y dar felicidad a la mujer; lo que sea que esto implique. Quiero comentarles mi experiencia para obtener alguna orientación de ustedes.

Resulta que somos una pareja joven que llevamos 8 años de casados. Tuve con mi esposa un noviazgo muy largo, de 7 años, ya que ella es una persona muy segura y liberada y siempre pensó que no necesitaba un hombre para resolver su vida. Así que realmente me siento dichoso de haber conseguido al fin que se casara conmigo. Durante todo nuestro noviazgo tuvimos una vida sexual muy interesante, ya que mi esposa siempre ha sido una mujer muy sensual y creo que siempre disfrutó del juego de mantenerme excitado y deleitarse con mis atenciones, siempre le gustó provocarme y sentirse deseada.

Cada día de los siete años durante los que fuimos novios fueron excitantes. Sin embargo, al casarnos las cosas cambiaron mucho: el sexo paso a ser rutina, yo perdí interés por ella y nuestra relación se deterioro mucho. Fue así como descubrí sorpresivamente mi predisposición a la sumisión, ya que de común acuerdo decidimos que quizás, para mejorar nuestra relación, seria bueno darnos nuestro espacio, fue así como, por un tiempo, cada uno tomo su propio camino.

Al principio, pues fue cosa de salir, de disfrutar cada uno por su cuenta: yo con mis amigos, el deporte, etc. Pero de pronto pasaron los días, y siguieron pasando, y yo ya estaba más que listo para reiniciar nuestra relación nuevamente. Estaba ya harto de noches de fútbol y amigos, realmente anhelaba tener de nuevo una noche de pasión y buen sexo con mi esposa. Sin embargo, ella seguía como si nada; cuando le planteé mi deseo de abordar nuevamente nuestra relación, me dijo: “No estoy lista todavía, no sé si podremos continuar juntos”. Eso me sacudió profundamente, con cada día que pasaba mi desesperación se hacia más y más grande; finalmente, me dispuse a recuperar a la mujer que adoro, comencé a mimarla, complacerla: regalos, mensajes, mimos, flores, desayuno en la cama… De pronto, estaba sumido en la atención a ella: sorpresivamente, la pasión revivió.

Ella, por su parte, seguía con su actitud de no ceder, creo que en este punto ya se había dado cuenta de lo que ocurría, y lo estaba disfrutando; y yo, sin darme cuenta, estaba casi suplicando. Comencé a hacer cosas que nunca pensé que podía hacer, y que ella ni siquiera estaba pidiéndome. Lo mas curioso es que nunca pensé que podría disfrutarlas: de pronto, me encontré bañándola en la tina, pasando una esponja por su hermoso cuerpo, disfrutando al repasar con la esponja cada curva, cada pliegue de su piel; incluso comencé a descubrir detalles que no conocía de su cuerpo: cuántos lunares tiene su cuello, lo hermosos que son sus pies, tantas cosas que me habían pasado desapercibidas durante tantos años de noviazgo y matrimonio. Poco a poco me fui haciendo más atento y más servicial: después del baño, cepillo su cabello mientras veo en el espejo sus hermosos ojos y la línea perfecta de su nariz. Incluso aprendí a pintar las uñas de sus pies, que se convirtió en mi labor favorita: me encanta arrodillarme en el suelo a pintar cada uno de sus hermosos pies, mientras trato de prolongar lo mas posible ese momento; la sensación de estar a sus pies y verla desde abajo, tan imponente, tan hermosa, me hizo sentir un hormigueo en el vientre, y ocasionalmente durante esa labor le doy uno que otro beso en sus pies (nada muy exagerado como lamerlos o algo así para no asustarla).

A partir de ese “receso” en nuestra relación, nunca volvimos a ser los mismos. Ahora, no disfruto tan frecuentemente del sexo con ella, es mas bien un regalo ocasional que ella me da siempre y cuando considere que ha sido cortejada y atendida lo suficiente. Ahora, a nuestro matrimonio no le falta pasión, mucho menos amor, ella sabe que la adoro, que beso el suelo por donde camina.

Pero mi problema es el siguiente: mis atenciones, mis mimos y mi dedicación despiertan en ella el romanticismo y el amor. Por mi parte, he descubierto en esta página que realmente mis atenciones y caballerosidad no son sólo eso, son muestras de mi sumisión hacia ella, el reconocimiento de que es un ser divino que, por su belleza y su forma de ser, merece ser tratada así, ser adorada y complacida. Y peor aún, he descubierto que tengo deseos ocultos de cosas que quizás a ella no le gusten: no puedo decirle simplemente que quiero ser su esclavo, que quizás de vez en cuando, si se irrita conmigo, además de gritarme me gustaría que me diera un par de azotes. ¿Cómo saber si tal cosa le gustaría?

La verdad es que ella disfruta nuestra relación como es ahora. No sé si es conveniente declararle lo que realmente siento, tengo miedo de echarlo todo a perder; pero tampoco puedo estar en paz pensando que quizás ella disfrutaría junto a mi dando un paso mas allá en nuestra relación, que pasara a ser directamente una relación entre dominante y sumiso. No quiero que ella piense que soy un depravado o un loco. Sospecho que, por sus tendencias, quizás lo disfrutaría, pero y si no es así. Por otra parte, yo sé que ella disfruta del sexo tanto como yo, pero por la mala experiencia que anteriormente tuvimos en nuestro matrimonio, prefiere tener sexo sólo ocasionalmente, porque se dio cuenta que es la manera de mantener mi atención centrada en ella.

Yo quisiera complacerla, demostrarle que puedo satisfacerla oralmente, o penetrarla y contener mi eyaculación hasta que ella quiera, que no es necesario que limite su placer por el bien de nuestra relación. Pero intentar introducir esta conducta resultaría un poco “extraño” si antes no le pongo en claro lo que está pasando. Por favor, ayúdenme y díganme cómo puedo proceder.

DominaciónFemenina.net (Ana Serantes):

Arturo, no es usted el primer hombre, ni será el último, que nos escribe para contarnos un problema que se puede resumir con facilidad: tengo dificultades para comunicarme con mi mujer, no me atrevo a decirle lo que me ocurre y lo que siento por miedo a que piense que soy un “depravado”; sin embargo, vivo torturado porque ese es mi principal deseo.

Lo primero que hay que hacer es desdramatizar un poco las cosas y, sobre todo, asumir que usted no es un “depravado”, porque muchas veces ese miedo de los sumisos al qué dirán sus mujeres comienza por las dudas que despierta su deseo de sumisión en ellos mismos. Arturo, el deseo de sumisión constituye la fantasía erótica número uno del género masculino, dos tercios de los hombres reconocen en las encuestas tener esas fantasías (seguro que son algunos más los que no se atreven a reconocerlo), así que estamos hablando de algo muy normal. Por otra parte, como casaría esa duda con alguien que dice “comprender que estoy en el camino correcto, estoy cumpliendo la función natural del hombre: servir, complacer y dar felicidad a la mujer”. Insistimos en lo de desdramatizar: Arturo, aquí no hay función natural, lo que hay es el habitual deseo de “servir, complacer y dar felicidad a la mujer”. Es su deseo, dejemos aparte a la naturaleza. Afortunadamente, todo esto es mucho más normal de lo que cree la mayoría, así que empecemos por asumirlo quienes practicamos o queremos practicar la dominación femenina.

El problema es más sencillo: usted es el que cree que lo que le ocurre es raro, y por eso le avergüenza decírselo a su mujer. Así que comience por asumir lo que le pasa. Después, no pretenda que además a su mujer le tenga pasar lo mismo y de la misma manera. En una relación de pareja, en cualquiera, no siempre se está de acuerdo en todo, por eso las cosas se hablan y se llega a acuerdos que permiten funcionar a la pareja. Por lo tanto, no piense en términos absolutos, la relación no será, ni debe ni puede serlo, como a usted le gustaría exactamente. Pero igual de cierto es que la relación no terminará de funcionar suficientemente bien si su mujer no tiene en cuenta algo tan fundamental en su personalidad como es el deseo de sumisión.

La conclusión parece obvia: olvídese por un momento de fantasías eróticas, si usted quiere colaborar al buen funcionamiento de la relación está obligado a plantearle a su mujer una cuestión que se revela vital en su pareja, porque es vital para usted. Si no lo hace, Arturo, renuncia usted a intentar que la relación con su mujer pueda desarrollarse y mejorar. Por lo tanto, la comunicación con su pareja es su primera necesidad a día de hoy.

Obviamente, no podemos decirle cómo tiene usted que hablar con su mujer. Pero sí podemos explicarle que las mujeres son bastante más compresivas e inteligentes de lo que revelan angustias como las suyas, que suelen reaccionar con mucha empatía ante planteamientos claros y normales de lo que les sucede a sus parejas cuando éstas se lo explican con honestidad. Incluso podemos decirle que es una característica bastante más femenina que masculina el intento de ponerse en el lugar de la persona que se ama, de comprenderla sin tener que juzgarla sobre lo que es “normal” o lo que no es “normal”. Ese miedo al qué dirán sus parejas suele ser mucho más frecuente en los hombres que en las mujeres.

Por otro lado, y por lo que nos cuenta, su mujer parece bastante capaz. De hecho, se podría decir que resolvió muy bien su petición de volver al redil, y lo hizo, Arturo, dominándole por la vía usual en la que se suele hacer: utilizando su deseo sexual. El sexo se ha convertido para usted en una prerrogativa que sólo su mujer decide si le concede o no, dependiendo de cómo se haya comportado usted. Además, su mujer lo decide mientras recibe atenciones por su parte típicas de un sumiso (baños, cepillado del pelo, pedicura).

A nuestro entender, Arturo, ustedes resolvieron su crisis de pareja por la vía de iniciar la construcción de una relación de dominación femenina. Aunque se han abstenido de hablarlo con claridad. Y en el malentendido que sigue siempre a la falta de comunicación en una pareja es donde reside ahora su problema: su mujer disfruta de su sumisión y del “amor y el romanticismo” como principales beneficios de su nueva situación; pero usted considera que eso nada tiene que ver con la dominación, que consistiría en que le llamarán “esclavo” y le dieran unos buenos “azotes”. Creo que no es difícil concluir que parece más inteligente la postura de su mujer que la suya, más enriquecedora para ella y para la relación, más amplia de miras.

Arturo, nos parece que usted y su mujer han hecho bastante bien las cosas. Ahora el problema es que usted quiere más. Bien, inténtelo; pero no le proponga a su mujer conseguir menos. Porque lo del “esclavo” y los “azotes” es mucho menos que lo que ella tiene ahora, el “amor y el romanticismo”, una base para cualquier relación, incluida la de dominación femenina, mucho más potente e importante que sus fantasías eróticas.

Así que nos parece que debería partir de ahí, no obsesionarse con parafernalias de dominación, pero que debería, y ya mismo, afrontar que tiene que abrir de verdad la vía de comunicación con su mujer. Y el objetivo tiene que ser proponerle cambios en la relación que la satisfagan también a ella. Piense en cuáles pueden ser, pero vaya olvidándose de lo del esclavo y los azotes, porque ¿qué beneficio ve usted que podría obtener ella de hacer algo que no le interesa lo más mínimo? Lo más probable es que su mujer reaccione mucho mejor de lo que usted se imagina a sus propuestas de sumisión si están de verdad dirigidas a hacer mejor su vida. Insistimos en que debe hacer el esfuerzo de ponerse en su lugar para descubrir cuáles deben ser esas propuestas. En la vida cotidiana siempre hay unas cuantas posibilidades.

El otro terreno en el que puede pensar es en el de la relación sexual. Antes de hablar de dominación femenina, de esclavitud o de lo que sea, plantéese una propuesta lógica en este sentido: nos dice que sabe que ella disfruta del sexo tanto como usted, pero que se está retrayendo para mantenerle centrado en ella. Y además nos cuenta que usted quisiera complacerla, demostrarle que puede satisfacerla sin tener que eyacular y sin que disminuya su atención. Pues bien, por aquí puede empezar: explíquele con claridad que esa manera de tener relaciones sexuales le resulta a usted más que deseable, que le gustaría que sus relaciones fueran siempre así, que a partir de la crisis se ha dado cuenta de que eso es lo que más le apetece, que le gustaría que centraran su sexualidad en el placer de ella y, en suma, que no se preocupe por su falta de atención una vez saciado porque a usted le parece perfecto que le deje sin saciar. Trate de explicitar esa relación sexual que ya están teniendo pero que no se cuentan, conviértala en “normal” y comience a introducir por ahí su deseo de ser dominado por ella. Dígale que no sólo le gusta que la sexualidad sea así, sino que aún le gusta más cuando se siente a su merced, cuando es ella quien le marca el camino, dígale que ha descubierto que le encanta someterse a su voluntad.

Y, por supuesto, olvídese de decirle que quiere que le llame esclavo y le arree con un látigo. No ofenda la inteligencia de su mujer proponiéndole lo bien que le vendría a ella empuñar el látigo y representar el papel de ama. Esas son cosas que sólo quiere usted, así que a lo mejor un día, si ha sido lo suficientemente inteligente y hábil, consigue que ella se las regale. Pero no confunda los regalos que puede hacer una mujer a su marido con la dominación femenina.

No podemos ofrecerle mucho más, Arturo. Pero para terminar, queremos decirle a usted, y a tantos hombres sumisos en situación parecida a la suya que leen esta revista, que hay que agudizar el ingenio para encontrar las vías y los detalles para que la relación camine en la dirección que les interesa. Pero que el primer obstáculo que hay despejar de las vías es la falta de comunicación con sus mujeres, porque resulta verdaderamente paradójico que haya tantos hombres sumisos que estén deseosos de entregarse a mujeres en las que confían tan poco que ni siquiera se atreven a contarles su anhelo más profundo. Es verdad que esta paradoja debe verse junto a las dificultades que añaden las costumbres de la sociedad en la que vivimos, pero no estará demás que los hombres asuman que lo que plantean no deja de ser una paradoja. Bueno, Arturo, nos despedimos de usted deseándole que tenga éxito, y aquí están los comentarios de la revista por si quiere añadir algo, o por si alguien tiene algún consejo para usted.

2 Comentarios
  1. Hace años descubri entre otros muchos articulos de dominacion los de dominacion femenina.net, desde entonces he tenido claro mi condicion de sumiso y mi realizacion sexual va encaminada a ser dirigida y controlada por alguien superior
    y siempre pense: quien mejor que mi esposa?.

    Mi problema ha sido el de siempre, como decirselo?.
    Bien es verdad que durante este tiempo he avanzado mucho, me he hecho servicial, hago la gran mayoria de las tareas de la casa, he aprendido a ser un gran experto en masajear sus pies y su cuerpo…etc
    Ella lo acepta, le gusta, e incluso lo exige..pero jamas hemos puesto los puntos sobre la ies y nunca hemos hablado claramente de su superioridad, de mi sumison…simplemente lo practicamos y dejamos estar…..

    Me gustaria ser valiente y ser capaz de plantearlo, sentirme aun mas sumiso, poder hacer mis tareas sabiendo que soy su chacha pq ella lo desea asi, tener collar..esas cosas…pero no me atrevo, me gustaria me ayudaseis a conseguirlo. Gracias.

    7:25 | 2 Junio 2008

  2. Llevo saliendo con mi novia un año y cuatro meses; tengo claro que mi sexualidad va asociada a la sumisión, es lo que más me excita desde muy niño. En nuestro caso tampoco hemos hablado abiertamente todo ésto, aunque sabe que me excita que me dominen por ejemplo y sabe que me encanta hacerle masajes en los pies y hacerle sexo oral y a ella le encanta que me encante. Mi “estrategia” es ir poco a poco, por la vía de los hechos; sabe que hay más cosas “más fuertes” que me excitan y que no me atrevo a contar. No me he atrevido a contarle que lo que más me vuelve loco es la lluvia dorada o que sería feliz siendo su esclavo absoluto, haciendo yo todas las tareas de la casa y viviendo para ella. Pero sabe, que tengo algo en la recámara que le contaré y que me pongo rojo si estoy cerca de decirselo. Ella es inteligente y no fuerza. Tampoco yo fuerzo la situación. Lo que sí tengo claro es que antes de plantearme el casarme, ella debe conocer todas las claves de mi sexualidad, y si luego ella desea tocar esa música, dispondrá de ese teclado.
    No estaría de más, desde luego conocer otras experiencias y formas de comunicar estas cosas a alguien que no necesariamente conoce esta sexualidad y puede rechazar los arquetipos que pueden existir

    14:49 | 3 Junio 2008

 

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