Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

Notas sobre la superioridad de las mujeres

Miguel Vilar

Comenzamos estas notas de la misma forma que lo hacía el libro de Enrique Gil Calvo El nuevo sexo débil (del que se extraeremos otros cuantos apuntes a lo largo del texto): En su número del 28 de septiembre de 1996, el que pasa por ser uno de los semanarios mundiales de referencia, el británico The Economist, daba la señal de alarma con su apertura de portada: The trouble with men, titulaba de forma casi sensacionalista (lo que podría traducirse como Problemas con los hombres o El malestar masculino). El contenido del artículo de fondo, desplegado con gran lujo de detalles gráficos y aparato estadístico ad hoc, se centraba en analizar ciertos datos que alertaban sobre una presunta decadencia masculina, al verse progresivamente sobrepasados los hombres, en todo el Occidente desarrollado, por una imprevista e inminente supremacía femenina. Y, en síntesis, eran cinco las áreas donde parecía poder probarse cierto declive de la antigua dominación masculina. Ante todo, las aulas escolares, donde las chicas sacaban las mejores notas y predominaban en casi todas las carreras, mientras que los chicos monopolizaban el fracaso escolar. Después, el mundo del trabajo, donde los empleos tradicionalmente masculinos de cuello azul quedaban diezmados por efecto de la reconversión industrial, mientras se multiplicaban los empleos de cuello blanco (ventas, administración finanzas, comunicación) y, sobre todo, los de cuello rosa (enseñanza, sanidad, hostelería, servicios personales, protección social), donde las sobreeducadas mujeres cobraban una clara ventaja.

Luego, la escena política de modelo norteamericano, donde ascendía una generación de mujeres que, bajo la égida de Hillary Clinton, imponía su agenda militante a unos partidos políticos todavía masculinos, pero que cada vez estaban más obligados a obedecer las exigencias feministas de corrección política, dada la decisiva mayoría de mujeres votantes que determinaban los resultados electorales. A continuación, la estructura familiar, progresivamente monopolizada por las mujeres, dada la decadencia del matrimonio, el abandono masculino y la notoria ausencia del padre, que determinaba el crecimiento imparable de los monoparentales hogares matrifocales.

Y por último, pero no menos importante, la evidente autodestrutividad masculina. Patentemente desmoralizados, los varones tiraban la toalla, renunciaban por doquier a la búsqueda del éxito social y se entregaban con resentimiento a la adicción, el nihilismo y la violencia reactiva. Delincuencia, crimen, suicidio, enfermedades (como el sida), violaciones, accidentes y toxicomanías parecían las únicas actividades masculinas en alza, determinando entre los hombres unas carreras vitales aparentemente predestinadas a la autodestrucción, los episodios depresivos recurrentes y la muerte temprana.

Ante el invencible desafío que les planteaban las nuevas amazonas modernas, los pobres hombres no podían hacer otra cosa que batirse en retirada.

Biología: ¿masa muscular o resistencia?

· La superioridad masculina ha estado siempre sustentada en su mayor masa muscular. Efectivamente, los hombres son físicamente más fuertes que las mujeres. Y esa ventaja les proporcionó el predominio social que les permitió dominar a las mujeres.

· Aunque es posible que la diferencia de masa muscular y de tamaño entre los dos sexos sea biológica, ya no estamos tan seguros. La publicación de los datos del censo canadiense correspondiente al año 2002 aporta algunas dudas: parece que la liberación de las mujeres y el cambio de vida que ello acarrea las está haciendo también más fuertes físicamente. En 1972 la media de los varones de 18 años medía 175,3 cm y pesaba 77 kg; la media femenina era de 160 cm y 58,9 kg. En el año 2000, los varones habían pasado a medir 180,3 cm y a pesar 83,8 kg, mientras que las mujeres medían 172,7 cm y pesaban 72,5 kg. En sólo 28 años, en uno de los países donde mejor se vive, las diferencias han disminuido de forma increíble: la diferencia de altura ha pasado de 15,3 a 7,6 cm, mientras que la de peso pasó de 18,1 a 11,3 kg.

· La superior fortaleza física de los varones está cada vez más en entredicho. ¿Quién es más fuerte? ¿Quién logra levantar más peso o quién vive diez años más, resiste mejor el dolor y muchas enfermedades (algunas de las cuales transmite, pero no padece)? Hace años que sabemos que la resistencia física de las mujeres es superior a la de los hombres. Un ejemplo: pasadas las dos horas de conducción y acercándonos a las cuatro la superioridad de las mujeres era patente. Y es que, además, como escribe Geert Hofstede: “Las mujeres tienen en promedio un metabolismo muy rápido que les permite recuperarse más rápidamente de la fatiga que los hombres”.

· Las mujeres siempre han sabido que no son “el sexo débil”, sin embargo un antropólogo de la Universidad de Washington acaba de demostrar esta teoría. No es que las mujeres vivan más que los hombres cuando el ambiente es propicio, sino que pueden aventajar a los varones cuando el medio ofrece las peores condiciones imaginables, afirma el doctor Donald K. Grayson. El investigador explica que esta diferencia esta basada en la capacidad reproductiva de las mujeres, para la cual la naturaleza debió haberlas equipado a fin de sobrevivir a los grandes desafíos ambientales, como hambre y frío.

Es difícil imaginar condiciones más extremas que las que vivieron dos trágicos grupos de colonizadores al quedar atrapados, durante el invierno, en solitarios pasos montañosos. Grayson estudió los dos casos para determinar la supervivencia por géneros. Sin embargo, lo más asombroso es que el número de fallecimientos masculinos duplicó la tasa de muertes femeninas: 57% de los 53 hombres murieron contra 28% de las 34 mujeres del grupo, además de que los varones sucumbieron con mayor rapidez. Por ejemplo, de quienes trataron de escapar a pie de la montaña, calzados con zapatos para nieve, todos los hombres murieron mientras que todas las mujeres sobrevivireron. “Las mujeres están mejor equipadas biológicamente que los hombres para soportar el frío y el hambre”, concluye Grayson. “Son más pequeñas, con una masa corporal 17% menor a la de los varones, por lo que necesitan comer menos para sobrevivir. Además, tienen casi el doble de grasa corporal –alrededor de 27% de su peso–, en tanto que los hombres sólo tienen 15% de grasa. La distribución de la grasa en las mujeres es subcutánea -por debajo de la piel- y como la irrigación sanguínea es muy escasa este tejido funciona como un excelente aislante. Si exponemos hombres y mujeres al frío, las mujeres lo tolerarán mejor”.

· La gran enfermedad de nuestro tiempo, el cáncer, afecta de manera desigual a los dos sexos: la curación se produce en el 70% de las mujeres y sólo en el 30% de los hombres.

Biología: la sexualidad

· La sexualidad es otro factor básico que revela que la superioridad de las mujeres viene determinada ya por la biología. En la especie humana, como en algunos otros primates, el cortísimo período fértil de la mujeres ha determinado a los machos para que su deseo sexual hacia las hembras sea absolutamente permanente, con el fin de optimizar las posibilidades de reproducción de la especie.

· La mujer disfruta de una sexualidad bastante autónoma, su deseo no está tan biológicamente determinado como el del varón. Y esa mayor libertad provoca una superioridad clara sobre aquellos que son esclavos de sus deseos.

· Si el hombre es esclavo de su deseo, parece lógico que acabe siendo esclavo de quien desea. De hecho ya existen estadísticas que indican que la sumisión hacia la mujer-ama constituye la fantasía erótica por excelencia de los varones: la dominación femenina constituye la fantasía erótica número uno del 70% de los varones. ¿Cómo algo tan común entre los hombres puede ser catalogado como una perversión en lugar de calificarse como la normalidad? En una sociedad liberada de los tabúes o costumbres tradicionales parece lógico pensar que la sumisión a las mujeres constituiría la aspiración de la mayoría de los hombres. Ese anhelo por la sumisión revela la asunción por parte de los hombres de la superioridad de las mujeres en este terreno.

· La vamp en el cine es el arquetipo más extendido, y el más buscado por los varones. Sharon Stone se cruza de piernas y todos tiemblan. Un hombre no puede resistir a una mujer poderosa y dominante. No es sólo que ella pueda querer dominar, es que ellos se convierten en sumisos a su alrededor.

· Una vida pendiente de un hilo. La vida erótica de los varones, que transcurre pendiente del hilo de la capacidad de erección. Situación que suele transformarse con la asunción de la dominación femenina, porque en este tipo de relación la sexualidad suele concentrarse más en el orgasmo de la mujer, facilitando la liberación del hombre al permitirle realizarse al servicio de la sexualidad de la mujer.

· La mujer tiene un margen muchísimo más amplio para la construcción o la modulación de su deseo sexual. Sí, además, se libera de las costumbres que la han sometido, parece lógico pensar que acabe dirigiendo la sexualidad de quienes carecen de esa autonomía sexual, de quienes la adoran, en su propio beneficio. Estamos asistiendo, en realidad, tan sólo al inicio de un proceso de transformación social y personal de gran calado, que se concretará en este siglo que acaba de comenzar.

La pornografía

· La exposición del cuerpo de la mujer no es degradante. Es un signo del poder de las mujeres sobre los hombres, quienes están fascinados y aterrados ante la sexualidad de las mujeres. Tan fascinados y sometidos que son capaces de pagar por esa sexualidad. El dinero es una confesión de debilidad, de inferioridad. La pornografía no es una señal de debilidad, sino de superioridad femenina.

· Si la pornografía fuera una degradante imposición de los hombres disminuiría según se incrementara la liberación de las mujeres. Sin embargo, ocurre todo lo contrario.

· Si los hombres han tratado de prohibir la pornografía, condenar la exhibición cotidiana del cuerpo de las mujeres y la prostitución ha sido porque eran conscientes del poder que la sexualidad femenina tenía sobre ellos.

· La pornografía no es una cuestión de subordinación femenina, sino que, al contrario, es acerca de la ansiedad masculina.

Biología: la reproducción

· Debe considerarse superior al sexo que alumbra la vida, la continuidad de la especie. Además, la capacidad de dar a luz dota a las mujeres de un conjunto de características que las sitúan claramente por encima de los hombres en aspectos fundamentales para la reproducción y el mantenimiento de la vida humana. La insignificante, aunque imprescindible, contribución de los hombres a la reproducción de la especie delata su inferioridad.

Una inteligencia superior

· Las ventajas sociales proporcionaron a los hombres una aparente superioridad cultural. Hoy, cuando las mujeres comienzan a liberarse, brotan por doquier escritoras, artistas, científicas, letradas, técnicas, etc., que ponen de manifiesto una igualdad sólo aparente: las condiciones de partida continúan siendo desfavorables para las mujeres, por lo tanto, la consecución de resultados semejantes a los de los hombres es una muestra de su superioridad intelectual.

· Siempre se ha dicho que las niñas maduran antes que los niños, pero viendo las actitudes de la mayoría de los adolescentes del sexo masculino, parece que la pregunta debería ser transformada añadiéndole una coletilla final: ¿las niñas maduran antes… o simplemente maduran?, cosa que no resulta tan evidente para el otro sexo.

· Según casi todas evidencias disponibles, los hombres actuales estamos dejando progresivamente de leer. Los varones están desertando de la lectura de libros de ficción: relatos, cuentos, novelas. Hasta el punto de que en muchos escrito se multiplican las referencias a la feminización de la lectura en las sociedades contemporáneas.

· El aprendizaje de los idiomas aparece como una de las características culturales de mayor importancia en las sociedades actuales. Por ello tiene interés traer a colación una cita Geert Hofstede, en la que vuelve a constatarse la superioridad femenina: “Las mujeres, por término medio, aprenden idiomas más rápidamente que los hombres y también son mejores para captar señales culturales no verbales”.

La superioridad académica

· El incontenible avance femenino en casi todas las áreas profesionales resulta ya un lugar común. Sin embargo, algunos auguran que la tendencia histórica no apunta hacia la igualdad sino hacia la futura inferioridad masculina. Y para ello se basan en las cifras académicas, desde las escolares hasta las universitarias. En la actualidad, los niños sacan peores notas, leen mucho menos y tienen más fracaso escolar, e igual sucede en el bachillerato y la universidad, donde la proporción de mujeres matriculadas es claramente mayoritaria y tienen superior rendimiento académico. Es cierto que todavía subsisten carreras de ciencias con predominio masculino, sobre todo las ingenierías de origen militar: navales y aeronáuticos. Pero la matrícula femenina asciende cada año, siendo las alumnas quienes mejores notas sacan. En las carreras técnicas asociadas a la casa y el jardín (como agrónomos y arquitectura), ya existe igualdad, y en las licenciaturas relacionadas con el cuerpo y la salud (como medicina y biología), que pasan por ser dominios tradicionales de la mujer, hay manifiesta superioridad femenina. Respecto a las demás carreras de letras (incluyendo las ciencias sociales, económicas y jurídicas), el predominio de las chicas es abrumador. El futuro de todas esas profesiones pertenecerá mayoritariamente a las mujeres. Lo cual explica el temor de ciertos hombres a la marea rosa. En realidad, nada de esto es nuevo, pues las chicas siempre han sido mucho más empollonas que los chicos. La única novedad es que, ahora, todas las familias envían a sus hijas a la enseñanza.

El futuro del empleo

· Los hombres comienzan a darse cuenta de que su pretendida superioridad intelectual era una falacia: resulta significativo como muchos de ellos abandonan terrenos y oficios más ligados a la creatividad y el esfuerzo intelectual en manos de las mujeres y asumen la defensa de oficios más basados en la utilización de la fuerza física y tradicionalmente masculinos. Ahora bien, el gueto ‘físico’ en el que se atrincheran esos hombres, en el que pretenden sentirse superiores, también está en peligro. Parece que la menor masa muscular no impide a las mujeres asaltar también esos oficios típicamente masculinos: militares, policías, conductores de autobuses, barrenderos…

· Las mujeres están menos afectadas que los varones por la descomposición de la carrera laboral a causa del empleo precario. En efecto, como consecuencia de su mayor rendimiento con los estudios, las mujeres poseen más escolaridad, lo que las dota de una mayor protección contra la precariedad laboral. Y por si esto fuera poco, su mayor capacidad académica les permite superar con éxito las pruebas formales de ingreso al empleo público (las famosas oposiciones a funcionarias del Estado), sector éste que es el menos afectado por la precariedad, al estar casi completamente inmunizado. Así es como las administraciones públicas y las agencias técnicas que articulan el Estado del bienestar (sanidad, enseñanza, servicios de protección social, etc.) van siendo progresivamente colonizadas por las mujeres, que invaden sus pirámides ocupativas de abajo arriba. Los escalones inferiores, donde ingresan las jóvenes sobrecualificadas, son ya masivamente femeninos. Y conforme estas cohortes vayan escalando peldaños al hacerse mayores, pasarán pronto a dominar también los niveles superiores, hasta hacer de toda la maquinaria estatal un auténtico gueto reservado en exclusiva a las mujeres.

· En la empresa privada, y especialmente en los puestos directivos, las mujeres continúan siendo minoría, aunque su porcentaje se incrementa permanentemente. Esa situación se produce al no existir un baremo común, justo y conocido, para la contratación laboral, como ocurre con las oposiciones en el sector público, y a la clara preeminencia de los hombres en la parte más elevada de la escala laboral, la que toma las decisiones de contratación.

· La mayor regularidad y superior constancia de las mujeres las convierte ya en una opción preferible para un número en crecimiento de empleadores. Situación destinada a incrementarse en el futuro próximo si estamos de acuerdo con la valoración que hace un estudioso de las culturas como Hofstedef: “En conjunto, es más probable que los avances tecnológicos hagan necesario un aumento de los valores femeninos, en lugar de los masculinos, en la sociedad”.

La emancipación de la mujer

· Las mujeres han tenido siempre bastante más control del que el actual victimismo feminista reconoce: no han sido elementos pasivos en la historia de la humanidad.

· Existen muchos más hombres conscientes de su deseo de sumisión que mujeres dispuestas a asumir su supremacía. Sin embargo, parece lógico pensar que el proceso de liberación de la mujer acabará con esa diferencia. De hecho, la realidad muestra ya un notabilísimo incremento de lo que en muchos terrenos podríamos calificar de mujeres dominantes: mujeres fuertes, seguras de sí mismas y de sus capacidades, mujeres triunfadoras en sentidos muy diferentes. En no mucho tiempo, la superioridad que la biología concede a las mujeres en el terreno sexual será asumida por la mayoría de ellas en todas las sociedades ricas y abiertas.

La desigualdad

· La lucha por la igualdad ha empañado una realidad inobjetable: hombres y mujeres son y siempre serán diferentes.

· Una auténtica relación 50/50 no es posible ni deseable: cada decisión debería ser debatida y discutida hasta la saciedad con las disputas consiguientes entre la pareja. Debe haber alguien que tenga la última palabra en el momento apropiado, que pueda imponer la decisión.

La desigualdad en el hogar

· La superioridad de la mujer se pone manifiesto con claridad por las diferentes consecuencias que provoca en cada sexo el modo de vida. Aunque los datos indican que los hombres huyen del hogar, está claro que lo hacen en su propio perjuicio (lo que habla de su puerilidad). Todos los indicadores de salud y morbilidad demuestran que las condiciones de vida de los hombres solteros son mucho peores que las de los casados: enferman más, sufren más accidentes, tienen más neurosis depresivas y mueren o se autodestruyen antes. Aquí también queda claro que los hombres, pese a sus muchas virtudes, necesitan ser dirigidos por las mujeres para que su vida sea mejor.

· Al contrario, las mujeres al casarse experimentan una sensible reducción de sus oportunidades vitales, empeorando de manera clara sus condiciones de vida materiales y morales. Las mujeres casadas, al estar moralmente comprometidas con su familia, tienen que sacrificar sus propias oportunidades de autorrealización personal, lo que supone una merma de autoestima y redunda en perjuicio de su propia gratificación humana. Resulta obvio que las mujeres necesitan transformar las condiciones sobre las que se sustenta la vida en los hogares, para que esas condiciones dejen de perjudicarlas. Y quienes mejor sabrán –una vez liberadas las mentes– cuáles son las mejores condiciones para ellas son las propias mujeres.

· Parece lógico pensar que el hogar ‘natural’ acabe siendo aquel que funcione con las condiciones que las mujeres impongan. Y si los hombres quieren disfrutar de una vida mejor, no tendrán más alternativa que aceptar lo que el 70% de ellos desea: asumir las condiciones impuestas por las mujeres como las que posibilitan la mejor vida posible en la relación.

· Se ha pasado de la familia-institución obligada por la necesidad a la familia-contrato libremente elegida. Así lo cuenta hoy la literatura académica. Pero esa familia-hogar libremente elegido funcionará cada vez más como ya lo hacen cientos de miles de hogares en el mundo desarrollado: las mujeres al cargo y los hombres a su servicio.

El abandono del hogar

· Lo más grave, en efecto, es que los padres, aunque sigan presentes en el hogar, hacen creciente dejación de su autoridad y de su función en tanto que padres. No supervisan ni controlan a sus hijos, no los educan ni atienden, incumplen los compromisos morales contraídos. Los padres delegan en las madres casi toda su responsabilidad progenitora, confiándoles por entero la supervisión cotidiana de la educación de los hijos.

· Según esto, lo que sucede no es que los varones huyan de su hogar por propia iniciativa, sino al revés: se ven obligados a marcharse porque se les echa de casa. La razón fundamental que justifica esta interpretación es el hecho inédito de que las mujeres ya pueden gozar hoy de suficiente independencia económica, por lo que logran mantener y costear hogares propios sin tener que recurrir a la ayuda del concurso masculino. La clave reside en que ahora son cada vez más las mujeres las que deciden: ellas eligen solas si se unen o no se unen,, si se casan o no se casan, si tienen hijos o no los tienen, si se separan o no lo hacen, si vuelven a emparejarse o dejan de hacerlo… El varón posmoderno observa como su papel se reduce a ser mero objeto de las decisiones que las mujeres toman por ellos.

· El egoísmo de los hombres les haría preferir liberarse de todo compromiso familiar, a fin de poder dedicarse a tiempo a completo a otros oficios eminentemente masculinos, como los ejercicios de habilidad y destreza, el acoso de sirenas, los juegos de ventaja o el tráfico de influencias.

El fin de la autoridad paterna

· ¿Por qué están perdiendo los varones posmodernos su cada vez más impugnada autoridad familiar? Simplificando las cosas, todo parece deberse a la pérdida de su anterior posición dominante, que les permitía someter a los demás miembros de la familia obligándoles a cumplir su indiscutida voluntad. En síntesis, puede decirse que es en contacto interactivo con la madre, y no con un padre moralmente ausente, como niños y niñas adquieren su conciencia de identidad personal.

· Nancy Chodorow, que se considera una freudiana heterodoxa, defiende que la identidad masculina ya no se adquiere por referencia a la figura paterna, con el objeto de proyectarla después en la educación del hijo, como antaño sucedía, sino por referencia a la madre, lo que impide que pueda proyectarse después en la educación del hijo. El complejo de Edipo es sustituido por el de Ulises: y a quien tiene que matar simbólicamente Telémaco es a Penélope, que teje y desteje a solas el lienzo del linaje materno-filial. Así que la identidad que te confirió tu madre ya no se la puedes transmitir a tus hijos. Y así se produce la abolición de la paternidad, rompiéndose la continuidad entre las generaciones.

El factor emocional

· Es un tópico admitido el referirse a la impotencia expresiva que atenazaría incurablemente a los varones. Tanto es así que hasta se buscan determinismos genéticos, identificando en el cromosoma masculino el gen de la insociabilidad. Y la militancia más o menos feminista solía interpretar esta inexpresividad oral de los varones atribuyéndola a un oculto complejo de inferioridad: la falta de palabras ocultaría el miedo a otras carencias más dramáticas, como es la ausencia de imaginación, de sentimientos o de ideas (por no hablar del fallo del falo, que teme la falta de erección).

· El conocido libro de Goleman plantea un diformismo sexual psicológico que atribuye a las mujeres mayor capacidad expresiva, dado su dominio superior de las emociones. A partir de Goleman, la expresividad femenina ya no parece mala (por irracional) sino buena, en la medida en que demuestra superior competencia relacional. Y a la inversa, la inexpresividad masculina no es buena (por indicadora de racionalismo) sino mala, ya que bloquea las relaciones personales y atrinchera en la paranoia insociable.

· Los varones demuestran en el trabajo gran habilidad social y mucha capacidad expresiva, lo que nos permite hacer amigos, implicarnos en redes de complicidad clandestina y adueñarnos de los puestos ocupados. Pero en cuanto volvemos a casa nos convertimos en amantes inexpresivos, maridos huraños o padres ausentes, incapaces de relacionarnos íntimamente.

· Esta incapacidad para enfrentarse a la inseguridad afectiva es lo que resulta más grave. Antes, los varones confiaban en hacerse querer a partir de sus realizaciones, del prestigio social adquirido y de las posiciones de autoridad ocupadas. Privadas de un contexto institucional en donde anclarse, las relaciones íntimas resultan erráticas e imprevisibles. Y esto es lo que más desorienta a un hombre necesitado como está de seguridad en sí mismo para poder enfrentarse a los problemas. El varón no teme al riesgo derivado de incertidumbres externas, pero si el riesgo está causado por su propia inseguridad interna, entonces se hace irresoluble, y se convierte en un círculo vicioso que le confunde, Y la consecuencia inmediata es salirse por la tangente. Así es como los varones se retraen, evitando comprometerse para no bloquearse emocionalmente.

· Las mujeres jerarquizan sus esfuerzos personales para ponerlos todos al servicio de un solo objetivo supremo que centraliza su vida: la búsqueda casi siempre fallida del amor y la felicidad. Los hombres, en cambio, renunciamos de entrada a intentarlo siquiera, y nos conformamos con las pocas migajas de cariño que nos toquen en suerte. Los hombres sólo aceptamos ser felices a condición de no tener que sacrificar ni una brizna de libertad personal.

Dos barajas para las mujeres

· El único atajo ventajista para trepar a disposición de las mujeres premodernas era el pasional, pues seducir era su forma de luchar por el poder. Ahora ya no es así, al poder ascender socialmente con autocontrol y dominio de sí. Pero también pueden nadar entre dos aguas jugando todavía con dos barajas: al dios del autocontrol rogando y con el mazo emocional dando… Las mujeres pueden completar sus ingresos procedentes del autocontrol con ganancias extraordinarias obtenidas mediante la seducción íntima. Y desde luego no desaprovechan la ocasión de dar un buen pelotazo sentimental, si la ocasión se les presenta. Los hombres, en cambio, rara vez nos compremetemos por causas emocionales.

· Y es que el control de las emociones es funcional y socialmente rentable. El peligro de sobrevalorar la emocionalidad femenina es inducir a la superstición del oscurantismo sentimental. Resulta una frivolidad alentar la idea de que las pasiones desencadenadas proporcionan mayor felicidad. La superioridad adaptativa de los primates humanos sobre el resto de los mamíferos superiores se debe a gozar de una gruesa corteza cerebral que nos permite no tanto crear tecnologías como sobre todo dominar nuestras emociones. La gran diferencia específica del Homo sapiens es precisamente su control emocional, que le permite decir no a sus impulsos pasionales o afectivos, en lugar de responder pasivamente a los vaivenes emocionales. Ahora bien, este último razonamiento, aunque no lo pretenda, no hace más que afirmar la superioridad femenina: se califique como se califique la ‘emocionalidad femenina’, lo cierto es que continúan teniendo la posibilidad de jugar con las dos barajas.

Las reglas del juego

· En las sociedades actuales la importancia de las “reglas del juego” se revela fundamental. Sobre este asunto escribe Carol Guilligan en su libro Con otra voz: las mujeres presentan un desarrollo moral diferente, y en cierta medida superior (dado que culmina en una etapa más avanzada de sentido ético comunitario), al de los varones… Para los chicos, en suma, resultaba más importante el juego que los jugadores, mientras que las chicas, en cambio, preferían las personas en detrimento de las partidas. Mientras las mujeres tratan de cambiar las reglas para conservar las relaciones personales, los hombres entienden las relaciones como fáciles de reemplazar con tal de que se atengan a las reglas.

· La obsesión masculina por las reglas de juego es debida a su comprensión unilateral de las relaciones personales, que las deja reducidas a meras relaciones de conflicto: de ahí que los hombres tiendan a leer las reglas como mecanismos de resolución de conflictos destinados a proteger los derechos individuales de los jugadores. Las mujeres entienden las relaciones personales en términos no conflictivos, sino contextuales, que definen un marco común de diálogo, comunicación y posible cooperación. De ahí que busquen no reivindicar derechos individuales sino reconocer responsabilidades interpersonales. Cada mujer se siente responsable de las demás personas con quienes comparte el mismo contexto. Por eso, para ellas, lo que está en juego es la responsabilidad común. De ahí que, a partir de su interés por las relaciones pueda emerger un concepto de justicia de tipo comunitarista, muy superior al masculino de tipo individualista.

La superioridad del tramposo

· La sociedad funciona a base de normas: reglas, leyes y demás reglamentos técnicos. Y las mujeres han aprendido a superar a los hombres en el cumplimiento de las normas. Por eso son mejores médicas, arquitectas, ciudadanas, etc. Pero la sociedad es ambivalente, pues también necesita que se infrinjan las normas. Si todo el mundo obedeciera disciplinadamente, la sociedad parecería un hormiguero inhumano. Por tanto para que todo funcione, hacen falta infractores que hagan de lubricante. Y como alguien debe hacer el trabajo sucio para que todo siga adelante, son los hombres quienes se encargan en exclusiva del incumplimiento normativo: mienten, hacen trampas, juegan sucio, infringen la ley, se corrompen…

· Todos los chicos aprendemos a vulnerar las normas desde pequeños y continuamos practicándolo de mayores habitualmente. Y lo hacemos además como maestros consumados, de una forma que resulta inimitable por las mujeres. Los chicos se especializan en transgredir las normas cuando advierten ya en la escuela que son superados por las chicas en todos los cumplimientos normativos. Tal como lo expresó mi alumna: los hombres tenéis que haceros los listos porque nosotras somos más inteligentes.

· Acierta Gilligan al advertir la insistencia masculina en discutir constantemente la validez del juego por su dudosa adecuación a las reglas. Y no se trata sólo de juegos de niños, pues no hay más que recorrer la escena política o periodística, con recurrentes escándalos y sobre corrupción, trampas, golpes bajos, juego sucio y cartas trucadas. El colmo de la destreza es saber hacer trampas limpias (brillante antítesis del juego sucio con el que paradójicamente se identifica), demostrando tu superior habilidad para forzar las reglas de juego sin que te puedan acusar de romperlas o violarlas.

· El varón posmoderno es un ejemplo evidente de jugador ventajista que tiende a convertirse en tramposo inconsciente, cayendo en la tentación de jugar con cartas marcadas. Pero no lo hace por ninguna especie de compulsión estafadora, que casi nunca existe, sino que le surge sin querer, como una consecuencia imprevista del afán por apurar al máximo las jugadas, a riesgo de saltarse las normas bordeando la irregularidad. Y las trampas son causadas por una rara mezcla de indiferencia moral, economía de medios, gregarismo conformista y culto estético a la destreza formal. Se trata de algo quizá peligroso, pero que nos parece inofensivo en el fondo, al suponer que en realidad no daña a nadie: meros juegos de niños, en los que a veces caemos por irresponsabilidad o puro mimetismo.

Una voluntad muy escasa

· Así es como la inicial tacañería estudiosa de los chicos parece predestinada a convertirse después en la definitiva tacañería productiva (laboral y profesional) de los hombres, que intentan compaginar la búsqueda de resultados (notas y aprobados o ascensos y salarios) con la ley del mínimo esfuerzo.

· Todos los hombres presentan en mayor o menor medida el mismo problema común: el de la flaqueza de su voluntad. En promedio, nos cuesta más trabajo que a las chicas mantener durante tiempo prolongado un nivel de esfuerzo constante, pues la pereza nos hace cansarnos tan pronto como nuestra atención se distrae. Ciertos neurólogos y muchos sociobiólogos sustentan esta opinión, que sus datos parecen confirmar. Dada la especialización visual y espacial de su cerebro, la atención del varón sería mucho más sensible y elástica, dejándose distraer con gran versatilidad por cualquier estímulo externo. En cambio, las mujeres tendrían más capacidad de constancia y concentración en la tarea, dada la necesidad de soportar largos embarazos sin dejarse perturbar por distracciones externas.

La asunción de la inferioridad: un estilo de vida

· No es descartable que todas estas voces de alarma sobre la presunta invalidez masculina obedezcan a intereses muy concretos: los de vivir como gorrones a costa de las mujeres sacrificadas… Aunque también pudiera ocultar, en realidad, una patética petición de auxilio. En cualquier caso, los dos posibilidades indicarían con claridad la inferioridad de la posición masculina.

· El estilo masculino de vida, con su obsesión por la intensidad del presente y su despreocupación por cualquier futuro aplazado, tiende a caer en al autodestrucción: fumar, comer y beber con exceso, abusar de toda clase de tóxicos quizá letales, despreciar a los demás con paranoia insociable, asumir riesgos inútiles o peligrosos y negarse a adoptar hábitos tediosos pero saludables son los rasgos que caracterizan la manera de vivir que adoptan los hombres. El resultado es una probabilidad muy alta de contraer enfermedades, sufrir accidentes, quedarse sin amigos, padecer depresiones y acceder a una muerte temprana.

8 Comentarios
  1. Este discurso tiene poco o ningún sentido, básicamente porque está plagado de ejemplos, y a estos ejemplos siempre se les pueden poner los contrarios; en la vida, nos guste o no, hay variedad, y claro, se puede optar por verla como queremos que sea (como es el caso de este artículo) o verla como es, múltiple, apasionante y caótica.

    Aparte de eso, me recuerda a las teorías machistas de manual del siglo XIX; son las mismas patochadas, pero en sentido contrario, tan evidentemente falaces que pienso que no merecen la pena rebatirlas.

    Y es que justificar el afán por complacer a una mujer diciendo que los hombres somos inferiores es un “argumento” que entronca con aquellos de pésimo recuerdo, que nos hablan de una raza superior… a ver, ¿no se puede servir a una mujer por el gusto y placer de hacerlo? ¿he de sentirme inferior y un pelele por eso? ¿Y ella por eso es superior? Por favor…

    11:36 | 26 Marzo 2008

  2. Hola ¿qué tal?,

    como supongo que ya intuíste por un comentario que escribí hace poco, no estoy muy de acuerdo con muchos de los aspectos que ha escrito miguel villar. Por ejemplo, cuando escribe que “Debe considerarse superior al sexo que alumbra la vida, la continuidad de la especie”. Bajo mi punto de vista, no debe ser muy superior cuando necesita de un pequeña aportación del “sexo inferior” para la continuidad de la especie. También, por ejemplo, cuando habla de la inteligencia superior, hace unos meses por casualidad estuve indagando en ese tema y no encontré ningún artículo en el cual se decía que las mujeres eran más inteligentes (dícen por ejemplo, que los hombres tienen más facilidad para las ingenierías y las mujeres en temas de comunicación…). El texto que escribiste lo leí hace algún tiempo y cuando tenga tiempo me gustaría adentrarme más en él y discrepar de más puntos.

    Sigo pensando lo mismo: en el tema sexual el hombre es muchísimo más débil y vulnerable. Ahí sí que pienso que ganáis por goleada. Ahí no lo dudo.

    Gracias por el artículo. Considero muy positivo que hayan diferencias con el fin de enriquecernos todos e ir aprendiendo, siempre con el máximo respecto.

    Un saludo a ti Ana, y a todos los lectores de esta fantástica página.

    16:23 | 26 Marzo 2008

  3. Bueno pero eso es lo como decían tambien en el siglo XIX: La mujer tiene sexo cuando quiere, el hombre cuando puede pero el hombre se casa cuando quiere y la mujer cuando puede.Sino que se lo digan a la redactora de esta pagina.

    19:15 | 26 Marzo 2008

  4. Escribí las notas hace casi cuatro años, y ahora no tengo la cuestión tan clara como creía que la tenía entonces. Es verdad como dice Pepe que se pueden dar argumentos a favor de una postura y de la contraria, pero habría que pensar si a favor de la contraria hay tantos argumentos como de esta y que sean igual de válidos. Yo ahora “siento” que las mujeres son superiores, pero no sé si de verdad lo son o es que yo quiero sentirlo así, y su poder sexual sobre nosotros creo que es evidente.

    21:05 | 26 Marzo 2008

  5. su poder sexual sera sobre ti, porque sois una panda de salidos que no sabeis tener la picha dentro de la brageta, pero ya te digo que la petarda esta aun anda llorando a su primer marido que se fue con otra y a su hija que se fue con su marido.

    2:16 | 27 Marzo 2008

  6. [...] primera es que muchos de los argumentos que daba mi chico en su artículo, “Notas sobre la superioridad de las mujeres”, son de peso y explican que haya personas que así lo vean (dejando aparte que Miguel escribió [...]

    5:24 | 31 Marzo 2008

  7. La cuestión es simple: nadie sabe si la mujer es superior al hombre o el hombre es superior a la mujer. Pero la dominación se basa en parte en la idealización del sexo opuesto.

    Personalmente creo que el varón es menos cooperativo y mas depredador, mas cazador y menos recolector. Es decir, el varón es menos “civilizado” y puede cargarse el planeta completo con mas facilidad. En cambio la mujer tiende a conservar, pues lleva dentro de sí el dar la vida y el alimento.

    Por ello, un futuro de dominación de la mujer podría ser garantía de supervivencia para todos. Por otra parte, hay un detalle, y es que la mujer es realmente sexual, multiorgásmica en muchos casos o en potencia. En cambio, el varón en lo sexual “vuela bajo” así que, si se somete correctamente a la mujer puede conocer, gracias a ella, otras esferas mas elevadas del placer erótico.

    No es necesario, sinembargo, que todas las mujeres sean sádicas, no ha de ser ese el fin último. Solo que, como venimos de un patriarcado milenario hay ahora que equilibrar las cosas y por ello lo mejor es que el varón se humille de rodillas ante la mujer y se convierta en su esclavo total 24/7. Y acepte ser castigado y sodomizado con el arnés de ella que simbolizará su poder fálico.

    6:29 | 13 Abril 2008

  8. En este texto hay varias incongruencias, para no iniciar una discusión sin sentido, me limitaré a citar los datos que directamente, han sido inventados y cómo biólogo debo desmentir.
    La diferencia de estatura en los países civilizados es de unos 13 centímetros, desde los años 50 ha habido un notable incremento, pero parejo en ambos sexos. Desconozco el caso concreto de Canadá y no he conseguido encontrar datos en internet, por lo que sospecho que es una invención; en cualquier caso,el carácter biológico del diformismo sexual en cúanto a pesos y tallas es una constante entre todos los primates y todos los género homo.
    Las mujeres no viven 10 años más en ningún caso, la diferencia oscila entre los 3 o 5 años y se deben a lo hábitos de vida.

    23:50 | 1 Julio 2008

 

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