Servir a dos mujeres
David Fernández
Os escribo para contaros mi historia con la dominación. Lo hago después de leer vuestro editorial del mes de enero, y de pensar que tenéis toda la razón, que debemos arrimar el hombro y colaborar con vuestra revista si queremos que continúe. Yo desde luego que lo quiero, la sigo con muchísimo interés, y en los primeros días de cada mes voy rápidamente a ver las novedades. Creo que vuestra revista es fantástica, muy bonita y que es de mucha ayuda para muchas personas. Así que me pongo a escribir para poner lo que puedo de mi parte para que siga.
Mi historia es bastante distinta a la mayoría de las que aparecen en la revista, aunque al principio leí una de esas de Elise que se parecía (por cierto, me encantó leerla; me hizo sentirme menos raro). Soy un hombre de 33 años, que siempre había tenido algunas fantasías sobre ser dominado por una mujer, pero nada del otro mundo, nunca pensé que serían nada más que fantasías. Hace cinco años empecé a trabajar en una empresa y conocí a una mujer que me gustó desde el principio. La llamaré Diana. Era mayor que yo (luego supe que tenía seis años más que yo). Además de guapa, se la veía con mucha personalidad, una mujer segura de sí misma. Durante un tiempo intenté acercarme a ella y hacerme el simpático; pero, aunque me trataba correctamente, no me hacía ni caso. Como suele pasar, cuanto menos caso me hacía más me encoñaba yo con ella.
Casi un año después de conocerla, y después de insistir mucho, aceptó que la invitara un día a comer (no quiso que fuera a cenar, que era lo que yo quería). Durante la comida, traté de camelarla lo mejor que supe. Le dije claramente que me gustaba. Y la cosa terminó cuando ella me dijo que le caía bien, pero que me olvidara del asunto, porque a ella no le gustaban los hombres. Me dijo que era lesbiana. Me quedé con un palmo de narices.
Pero no dejé de estar encoñado con ella. Nunca había conocido a ninguna lesbiana ni a ningún gay, pero me parecía que, aunque le gustarán las mujeres, seguro que también le gustaría de vez en cuando algún hombre. Además, mis fantasías con ella eran cada vez mayores, y más excitantes cuando pensaba que también podría estar otra mujer. El caso es que seguí pensando en ella e insistiendo.
Un día, varios meses después de aquella comida, y probablemente harta de mi acoso, me dijo que quedáramos para tomar algo y hablar. Me dijo que ya me había dicho que era lesbiana y que no entendía que no me olvidara de ella. Yo le contesté que pensaba que también le podría gustar estar con un hombre alguna vez. Me dijo que la última vez que estuvo en la cama con un hombre había sido hace once años, que no había vuelto a repetirlo porque no le apetecía. Me quedé bastante sorprendido, pero le insistí en que me gustaba mucho, que pensaba en ella a todas horas y me parecía imposible olvidarme de ella como me pedía. Se puso bastante seria, y me dijo que, además de que no le gustaban los hombres físicamente, pensaba que éramos bastante estúpidos y que, en su opinión, para lo que valíamos mejor era para servir a una mujer. Yo estaba violento, pero también muy excitado, y le pregunté que qué quería decir con eso de servir a una mujer. Me contesto, con mucha naturalidad, que quería decir lo que había dicho, y cuando iba a explicarse más, de repente, se cortó y me dijo que creía que la había entendido perfectamente. Yo le contesté que no, que no la entendía, y ella me dijo que era muy sencillo, que qué entendía yo por servir a alguien. Pues estar a su servicio, hacer todo lo que te pidan, le respondí. Y ella me contestó que estaba claro que la había entendido.
La conversación era cada vez más difícil para mí. Se me quedó mirando, como si ya no tuviera nada más que decir. Después de un silencio, que me pareció eterno, tenía que decir algo. Lo que me salió fue algo como esto: “¿Quieres decir que lo único que podría hacer contigo es servirte?” Sin cortarse un pelo, me dijo solamente que sí. Para no alargarme con más detalles, diré que la conversación terminó así.
Yo no sabía exactamente lo que me pasaba, pero seguía obsesionado con Diana. No sabía si estaba empeñado porque no me hacía caso, si me ponía cachondo imaginarla con otras mujeres, o si la seguridad con la que me había hablado de servirla también me excitaba; el caso es que no dejaba de pensar en ella y de observarla cada día en el trabajo. Poco tiempo después de aquella conversación, le dije que quería hablar con ella, y me hizo esperar casi una semana hasta que quedamos. Le dije que estaba loco por ella, y que si la única manera de estar con ella era servirla, que estaba dispuesto, que esperaba que con el tiempo las cosas fueran diferentes. Me contestó que pensaría en lo que le decía y que ya me diría algo.
Pasaron dos semanas hasta que habló conmigo. Me dijo que había pensado en mi propuesta, y que le parecía muy bien, pero que antes tenía que decirme dos cosas: la primera, que servirla no iba a ser una broma, que sería exigente y tendría que trabajar duro; y la segunda, que si lo hacía pensando en que era una manera de acabar más adelante en la cama, que me recomendaba que me fuera olvidando, porque era una posibilidad que no se le pasaba por la cabeza. Me dijo que lo pensara muy bien durante unos días, que si mantenía mi propuesta tendría que empezar por ir a su casa a limpiar.
Me parecía que me estaba volviendo loco, pero le dije que sí, que estaba dispuesto a servirla. Durante un par de meses fui cada miércoles a limpiar su casa al salir del trabajo durante unas tres horas. Barría y fregaba, limpiaba el polvo, fregaba los platos, hacía el baño. Después me dijo que lo hacía cada vez mejor, pero que quería un servicio mejor, que con día a la semana no me daba tiempo a limpiar cosas como los cristales, lavar la ropa y planchar. Eran cosas que no había hecho en mi vida, pero le dije que lo haría y ella me enseñó a hacerlo. Así que iba a su casa a servirla dos tardes a la semana. Durante cerca de seis meses no pasó nada: limpiaba su casa y me iba, y si ella estaba en la casa me trataba como si fuera la asistenta, con distancia y autoridad. Lo increíble es que yo continuaba yendo a limpiarle la casa.
Entonces, un día habló conmigo, y me dijo que tenía la impresión de que yo era de los que les venía bien una buena azotaina de vez en cuando para estar estimulados y más contentos para servir a una mujer. Yo me quedé perplejo, pero ella no se cortó y me dijo que si pensaba que lo necesitaba que se lo pidiera. Una semana después, un día que había ido a limpiar le dije que lo había pensado y que tenía razón, que me vendría bien que me azotara para servirla mejor. Lo cierto es que casi no me podía creerme que le estuviera diciendo lo que le decía. Estaba obsesionado con ella, y creo que pensé que eso iba a ser el único contacto físico que podía tener con ella.
Me dijo que los dos días que iba a hacer las tareas de la casa eran para eso, por lo que si quería que me disciplinara físicamente tendría que ir los sábados a recibir la azotaina. Me dijo también que procuraría estar disponible, pero que su vida no podía depender de mí. Tendría que ir todos los sábados a la una del mediodía, y si ella no estaba, tendría que volver a las siete para recibir la azotaina. Los sábados llegaba a su casa, me hacía bajarme los pantalones y los calzoncillos y con una vara de madera me azotaba el culo las veces que le parecía bien. Era doloroso; normalmente, me dejaba el culo marcado y escocido para un par de días. Algunos sábados no estaba en casa, y me tocaba volver por la tarde. Un par de veces, tampoco estuvo por la tarde, y me llamó para que fuera el domingo para azotarme.
Uno de los sábados que tuve que ir por la tarde, me encontré con otra mujer allí. Intenté irme, pero ella me dijo que no. Me obligó a recibir el castigo delante de la otra mujer. Después me presentó a Adela, y me dijo que era su novia. Me fui de allí completamente avergonzado. Al sábado siguiente ocurrió lo mismo, pero, después de colocarme, fue Adela la que me azotó con la vara. Se abrazaron y se besaron delante de mi. Yo estaba a cien. Entonces, Diana me dijo que se iban a la cama, que si me gustaría irme al dormitorio con ellas. Le dije que sí, era lo que más deseaba en el mundo desde hacía mucho tiempo.
Pero nada más entrar en su dormitorio, me dijo que no quería problemas, y que quería estar segura de que me contenía para no molestarlas, que si quería estar allí, y poder verlas, tendría que estar atado. Me desnudé y me ataron en una silla. Ellas comenzaron a hacerse el amor, pero continuamente hacían comentarios humillantes sobre lo patético que era yo, dispuesto a estar allí desnudo, atado y con la polla bien tiesa, sin poder hacer nada mientras ellas disfrutaban. No pude correrme, pero creo que fue la experiencia sexual más intensa que había tenido en toda mi vida. Cuando terminaron, me desataron y me dijeron que me vistiera y me fuera.
Este tipo de escenas se repitieron, con variantes, de vez en cuando, pero nunca me dejaron ni tocarlas ni me permitieron correrme masturbándome. Habían pasado dos años y medio desde que conocí a Diana, llevaba casi un año yendo a limpiar su casa, después a ser azotado los sábados, últimamente presenciaba de vez cuando su relación sexual con Adela, y todavía no había tenido ni la más mínima relación física con ella. Pensaba constantemente en ella, vivía para ella, y ni siquiera había podido darle un beso. Era increíble, pero estaba loco por ella. Estaba siempre deseando que llegara el día de ir a su casa, y me encantaban los pocos días en los que después de limpiar o de ser azotado salíamos por ahí, al cine o a tomar algo. Pero desde luego lo que más deseaba era tener sexo con ella, y no había tenido ni una vez ni lo más mínimo.
Así siguieron las cosas, hasta que, hace más o menos dos años, llegué un sábado a que me azotara. Estaba sola en la casa. Me extraño que estuviera en bata y con unos zapatos de tacón. Después de ponerme el culo morado, me dijo que quería hablar conmigo y que me iba a dar un premio. Se quitó la bata: llevaba puesto un sujetador, bragas y medias con los zapatos de tacón, todo negro. Estaba guapísima, y yo excitadísimo. Permaneció allí, en el salón, de pie unos segundos sin decir nada, dejando que la admirara. Entonces, me dijo que me desnudara y que podía tocarla, que empezara por los pies. Después me dejó ir subiendo por su cuerpo. Me pareció el mejor regalo que me habían hecho nunca. Duró poco, no creo que llegara a cinco minutos, pero había esperado ese momento durante tres años. Me apartó y me dijo que podía masturbarme, de rodillas frente a ella y que me corriera en mi mano, que no quería que manchara nada. Por primera vez, aunque fuera de una manera tan especial, me corrí con Diana; en realidad, delante de ella.
Me dijo que fuera al baño, a limpiarme y a vestirme. Cuando volví tenía la bata puesta, y nos sentamos en el sofá. Empezó a hablarme muy tranquila y muy cariñosa. Me dijo que se había encariñado conmigo, que le gustaba estar conmigo y que estaba muy contenta de cómo la servía, pero que, como me había dicho desde el principio, no me hiciera ilusiones, porque a ella sólo le gustaba irse a la cama con mujeres. Y me preguntó que qué pensaba yo y qué quería. Estaba feliz por lo que había pasado, y triste porque insistía en que no tendría una relación sexual conmigo. Le dije que aunque le pareciera raro, la amaba, y que lo que quería era estar con ella, y que no podía evitar desear tener sexo con ella. Dijo: “Pobre David”, y me abrazó. Acabé llorando en sus brazos. Entonces, me incorporó, me miró fijamente, y me dijo que, aunque de otra manera, también ella me quería. Dejó pasar unos segundos, y me dijo: “Sabes cómo son las cosas conmigo, así que piensa qué es lo que te gustaría que pasara”. Le contesté que quería estar con ella. Y ella me preguntó: “¿Te gustaría venirte a vivir conmigo?” Sabía que era una auténtica locura, pero le dije que sí.
Me fue a vivir con ella hace dos años; en realidad, también con Adela, porque aunque tiene su propio piso, pasa la mayor parte del tiempo en el de Diana. Mi vida se transformó en una vida a su servicio, y el trabajo era duro. Todas las tareas de la casa son cosa mía, ellas no hacen prácticamente nada: me encargo de la limpieza de la casa, del lavado y planchado de la ropa, en muy poco tiempo tuve que encargarme también de cocinar, de ir a la compra y de bastantes otras pequeñas cosas o recados. A los pocos meses de estar allí, mi trabajo se incrementó con una nueva costumbre: la mayor parte de los viernes por la noche van a cenar a casa el grupo de sus más íntimas amigas (que son lesbianas), y yo tengo que preparar la cena y servírsela, después me toca recogerlo todo, cenar yo en la cocina y limpiarla bien, cuando terminan la sobremesa, yo recojo las últimas cosas y ellas suelen salir a tomar copas. Lo de comer solo en la cocina y servirlas a ellas pasa también muchos de los días normales.
Continué siendo azotado por Diana cada fin de semana. Pero a esos azotes se añadieron los que me proporciona Adela bastante a menudo, parece que le gusta azotarme, y si un día llega de mal genio del trabajo, ya sé que mi culo acabará caliente. Añadieron las dos una nueva costumbre: de vez en cuando me dicen que me arrodille, les bese los pies y les de las gracias por el privilegio de servirlas; Adela añade otra cosa, normalmente cuando incorporo el cuerpo, aunque sigo de rodillas, me suelta un par de buenas bofetadas.
El piso tiene tres habitaciones: el dormitorio de Diana, su estudio, y la más pequeña es la mía. Cuando está Adela duermen juntas. Se quieren mucho, aunque estoy seguro de que a mí también me quieren, sobre todo Diana, aunque no se incluya el sexo en ese cariño. Desde que comencé a vivir allí, tengo prohibido masturbarme en su casa, sólo lo puedo hacer cuando ellas me lo mandan, que suele ser cada dos o tres semanas, siempre delante de una de ellas o de las dos. Mi contacto físico con ellas se limita a pocas cosas: a veces tengo que darles masajes en los pies, normalmente mientras ven la televisión. Me compraron un libro de masajes para que aprendiera a dárselos por todo el cuerpo, lo que tengo que hacer al menos una vez por semana (normalmente más), y me encanta masajear sus preciosos cuerpos; pero fue pasados unos meses cuando comenzó a ocurrir lo que más me gustaba: me adiestraron para que aprendiera a lamerles la vagina, y de vez en cuando me hacen proporcionarles ese placer a una de ellas mientras se abrazan y se besan en la cama (han sido dos las veces que no he podido resistir y me he corrido, y el castigo por haber manchado su cama fue de los que no se olvidan). Para mí, lamer su vagina es un placer de dioses, desgraciadamente ese privilegio no me lo conceden muchas veces (no suele ocurrir más de una vez al mes de media). Desde que me fui a vivir con ellas (en realidad, desde antes) no he hecho el amor con nadie.
Hace poco más de un año mi vida cambió más aún. Diana iba a cumplir 38 años y quería tener un hijo, decía que era su última oportunidad, pero además me dijo que por sus padres, por el bebé y por el cariño que me tenía, quería casarse conmigo. Yo le dije que por supuesto estaba deseando casarme con ella, que la adoraba, pero que pensaba que una cosa así era muy seria, y que me costaba mucho comprometerme así cuando no podía siquiera pensar en hacer el amor con ella. Le conté que ese asunto me preocupaba mucho, que hacía ya bastante tiempo que no tenía relaciones sexuales con una mujer, y que me parecía de lo más extraño casarme con una con la que no iba a tenerlas. Me dijo que me entendía, pero también que aunque quería a Adela y era con la que compartía y compartiría su cama, también me quería mucho a mí, que no era algo que hubiera decidido sin pensárselo mucho. Insistió en que entendía que echara de menos una relación sexual, pero que a cambio tenía otras cosas en la vida, y que nuestra vida juntos era mucho mejor y más excitante que la de la mayoría de los matrimonios. Estaba de acuerdo con ella, pero seguía pareciéndome imposible tomar la decisión de casarme con una mujer con la que no iba a poder siquiera acostarme en la misma cama.
Retomamos la conversación un par de días más tarde. Diana me dijo que lo había pensado bien y, aunque me entendía, quería casarse y tener un hijo conmigo, pero que Adela continuaría siendo su amante. En realidad, el niño sería el niño de los tres, me dijo. Me planteo que sólo tenía dos opciones: o hacer lo que me exigía o pensar en hacer las maletas. Tenía una semana para pensarlo y darle una respuesta. Creo que ella ya sabía que le iba a decir que sí. Me fue imposible pensar en tener que abandonarla, así que pese a las dudas por la sexualidad me casé con ella.
La boda fue tradicional, aunque por lo civil, sin mucha gente, pero con las dos familias. Pero la noche de bodas fue increíble: Diana me tuvo a cien durante más de una hora, con pequeños altibajos, cuando estaba a punto de estallar lo impedía, y finalmente me dejó penetrarla y eyacular. Me pareció que había llegado al cielo. Me dijo que no pensara que es que había cambiado su sexualidad, que tan sólo estaba dándome un regalo de bodas, que difícilmente se repetiría en el futuro salvo las excepciones que necesitáramos para que se quedara embarazada. Pero esas excepciones fueron diferentes a la noche de bodas. Durante los siguientes meses, calculaba sus días fértiles, y casi todos esos días íbamos los tres al dormitorio (incluso un par de veces si coincidía con día de fin de semana). Ellas comenzaban a hacer el amor como acostumbraban, yo me excitaba muchísimo viéndolas, como siempre, y tenía permiso entonces para ayudarme con la mano si lo necesitaba, y cuando Diana estaba muy excitada se ponía encima de Adela y yo tenía que penetrar su vagina desde atrás y correrme mientras ellas se abrazaban y besaban, cuando terminaba me retiraba y Diana se daba la vuelta para tratar de retener mi semen.
Hubiera preferido que aquello durara siempre, pero al quinto mes después de habernos casado Diana estaba embarazada, y se acabaron las penetraciones. Sin embargo, hubo un cambio que me dijo que probablemente fuera permanente (hasta ahora lo es): una noche me dijo: “Voy a dormir con mi marido”, y me metió en la cama con ella, me abrazó y me mimó, aunque no me permitió besarla en la boca, y después sacó un condón y me dijo que me lo pusiera. Me dio permiso para frotar mi pene contra ella y pude correrme en su culo (lo del condón era porque no quería ni una gota de semen en su cama). Pasé en su cama la noche, que me pareció la maravilla de las maravillas. Desde entonces, lo ha repetido algunas veces cuando no está Adela, no muchas desgraciadamente.
Poco después de saber que estaba embarazada, salimos a un restaurante los tres. Y allí se planteó el último cambio importante en mi vida. Diana dijo que íbamos a tener un bebé y que eso transformaba nuestras vidas y, por supuesto, sus necesidades, las que yo tenía que atender y servir. Resumiendo la cosa, me dijo que tendría dejar el trabajo durante una buena temporada en cuanto naciera el bebé. Mis protestas no la impresionaron mucho, y me dijo que no era discutible, que era una decisión que ya había tomado: tendría que dejar el trabajo para dedicarme al bebé y continuar haciéndolo con ellas y con mis tareas de la casa. Además, me dijo que no sabía cuánto tiempo duraría esa situación, podría depender de si el bebé fuera a la guardería o esperar hasta el colegio, pero también que no podía descartarse que la solución de que yo permaneciera en casa dedicado, me dijo, “a las labores propias de mi sexo” funcionara tan bien que pudiera convertirse en permanente. El tiempo lo diría, pero sería ella la que tomaría esa decisión en su momento, no yo.
Esa es ahora mi vida: estoy casado, voy a tener un hijo, sirvo a dos mujeres y estoy a punto de hacerlo a jornada completa, dejaré de trabajar en pocos meses. Echo de menos la relación sexual, pero ni se me pasa por la cabeza pensar en la posibilidad de dejar a Diana. En realidad, me considero suyo y estoy loco por ella (con Adela la cosa es distinta, si soy suyo es por delegación de Diana, aunque también me gusta), y creo que ella me quiere mucho, aunque sea de otra forma.
Esta ha sido mi experiencia. Podréis comprobar que no es muy habitual, que no es como la mayoría de las que cuentan en vuestra revista, pero espero que os haya parecido interesante.
DominacionFemenina.net (Ana Serantes):
La palabra correcta no es interesante, lo que nos ha parecido es una bellísima historia de amor y de dominación femenina. No tenemos apenas nada que añadir a una experiencia tan intensa y rica como la que nos has relatado. Eres un hombre afortunado David.
Nuestro único desacuerdo reside en esta afirmación tuya: “Echo de menos la relación sexual”. En nuestra opinión tú tienes una relación sexual intensa y de la que disfrutas. No podemos considerar que una relación sólo es sexual cuando se produce el coito. Es cierto que tu situación no es habitual, que no son muchos los hombres sometidos a una pareja de mujeres lesbianas, y que la sexualidad resulta diferente a la que tenías en mente. Sin embargo, la imposibilidad de disfrutar del coito, que no significa que no haya sexualidad, no es una característica tan extraña en la dominación femenina, ni mucho menos. Hay algunas mujeres dominantes que no permiten tampoco a sus sumisos que las penetren, y otras que lo permiten sólo muy de vez en cuando, así que esos hombres tienen una relación sexual en la que no se produce, o apenas se produce, el coito; pero, insistimos, tienen una relación sexual, y la mayoría la considera tan gratificante que ni se les ocurre plantearse la vuelta a una sexualidad tradicional.
Considérate como esos hombres, y disfruta como ellos de lo que tienes, que es mucho. De hecho, si hiciéramos la prueba de pedir voluntarios entre los lectores masculinos de esta revista para ocupar tu lugar, podemos asegurarte que las peticiones serían de verdad numerosas. La tuya, David, es una preciosa relación de amor y de dominación femenina, con una mujer que te conoce mejor de lo que piensas, te quiere, te domina y controla absolutamente, y ahora se va añadir a esa relación la experiencia de la paternidad. Te felicitamos por todo y te deseamos lo mejor.


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