Sobre el servicio doméstico
Lalo López
Una mujer estima, en gran medida, la asunción por parte de su hombre de las tareas de la casa. Es una forma provechosa y sutil de adorarla, pues entraña, en su aparente cotidianeidad, una serie de ventajas que me propongo analizar en estas líneas. Además, me propongo demostrar que el hecho de asumir el hombre las tareas de la casa no es para nada perjudicial para él, si no sumamente beneficioso. Y por supuesto, hay ventajas añadidas para la mujer que no siempre se vislumbran con la debida claridad.
Sin olvidarnos de que las tradicionales labores masculinas –lavar los coches, pintar o hacer de manitas, mover muebles pesados– han de seguir en las mismas manos, definamos el concepto de “servicio doméstico”. Las tareas domésticas consisten básicamente en limpiar, comprar y encargarse de la comida y la ropa. Para mí, todas ellas son un placer. Por supuesto, hay cosas que me gustan más y otras menos (la plancha me cuesta mucho), pero es un sacrificio que ofrezco gustoso. Si ella decide ayudar en alguna tarea, no debemos impedírselo, pero hemos de ser conscientes de que ella ayuda, no se encarga de nada. La responsabilidad de hacerlo es del hombre, la de supervisar o ayudar –si lo desea–, es de la mujer.
No creo que la educación y el cuidado de los niños sea algo exclusivo del hombre ni que entren en el servicio doméstico. Lavarlos, vestirlos, escucharlos, atenderlos, etc., ha de ser una labor conjunta, pues no parece adecuado privar al niño del contacto con su madre. Es más, gracias a este reparto de tareas, la madre podrá disfrutar más de sus hijos.
Tampoco son necesarios malos modos ni órdenes cuarteleras para encargar las tareas al hombre. Quien ostenta el poder en la relación, ha de ser consciente para usarlo con prudencia. Las cosas han de proceder con naturalidad, y juzgo más deseable una relación de dominación sutil y cómplice que otra sobrecargada de insultos y malentendidos. No olvidemos que el verdadero escenario para desarrollar sin cortapisas una relación íntima es el dormitorio. Sacar determinadas conductas de ese espacio nos lleva al territorio de lo obsceno (que significa sacar algo fuera de su escena natural, del lugar que le es propio), que puede generar comportamientos y reacciones no deseables.
Dicho esto, resulta evidente que el servicio doméstico masculino representa una ruptura de los roles habituales en nuestra sociedad, más allá incluso de la consabida fórmula de repartirse las tareas. La mujer de nuestra generación (yo tengo treinta y tantos) ha sido educada en la obligación de considerar las labores domésticas como responsabilidad exclusivamente suya. A lo sumo, está concienciada para tener la suerte de toparse con un hombre que comparta con ella esas labores. Está claro que muchísimas mujeres detestan los quehaceres domésticos (según una reciente encuesta, más de las tres cuartas partes de las mujeres de 25 a 40 años) Los hacen bien, pero con desgana; la gran mayoría suspiran por contratar a una asistenta que les libre de limpiar, fregar y cocinar. Incluso renuncian a caprichos personales e invierten parte de su sueldo para tener una persona que se encargue de esas labores, que tanto tiempo les restan.
Por ello, un hombre dispuesto a realizar todas las labores domésticas es un valor seguro, que la mujer sabrá apreciar en su justa medida. No es habitual que esto ocurra, y poseer a alguien de estas características le hará sentirse especial y poderosa, repercutiendo positivamente en la relación de pareja, ya que ella entenderá que la dominación que ejerce le trae utilidades provechosas, con lo que este vínculo se verá reforzado. La sicología de la mujer suele ser más alambicada que la nuestra, y os aseguro que un hombre pulcro, cuidado y “amito” de casa es para ellas sumamente excitante, muchísimo más que si os cargáis de cadenas y súplicas. Ella ve que le estáis demostrando, día a día, vuestra entrega y que, gracias a esa devoción, puede llegar del trabajo y descansar… A una mujer, eso le llega al corazón. Un hombre, probablemente, no sabría apreciarlo de igual modo.
Pensaréis que es injusto que ambos trabajéis y ella, al llegar, se dedique a relajarse. Sé que a muchos de vosotros no os importa que las cosas sean injustas, pero creo que también es interesante sacar conclusiones beneficiosas de esta deliciosa “injusticia”. Y lo entrecomillo porque, en verdad, no hay nada más justo. Ambos os relajáis, sólo que de manera distinta. Las tareas domésticas relajan mucho. Realizándolas, nuestro cuerpo se tonifica y nuestra mente –mediante la concentración en tareas sencillas– se olvidan de todas las tensiones y preocupaciones diarias. Te relajarás más que si te repachingas en el sofá nada más llegar. Habrá días que gusten más y días que atraigan menos, pero el resultado conjunto es excelente. Son buenas para la salud. Eso sí, os recomiendo que no os dediquéis sólo a eso; procurad hacer deporte con regularidad, olvidaos de desplomaros en el sillón nada más llegar a casa. Al principio os costará, después lo agradeceréis mucho. La conjunción de tareas domésticas y deporte otorga un cuerpo excelente –para regocijo de vuestra dama–, y te hace llegar cansado a dormir, con la satisfactoria sensación de haber aprovechado bien la jornada.
Para toda mujer dominante es un placer llegar a casa y revisar las tareas encomendadas a su hombre. Nuestra adoración se concreta, se hace manifiesta. Contemplar y comprobar que todo está reluciente, en orden y preparado… saber que, además, ella no ha de ocuparse de hacerlo, si no de examinarlo, es una fuente de dicha cotidiana, inagotable. Hemos de entender que la mujer se fija muchísimo más en estos detalles que nosotros, por lo que es justo que ella supervise nuestro trabajo y nos premie o nos castigue según su decisión. Diría más, incluso es absolutamente justo que nos castigue por hacerlo bien, pues ello le demuestra que su voluntad o capricho está por encima de todo y que nosotros asumimos con gozo cualquier manifestación de su fuerza femenina. Lógicamente, también es deseable algún que otro premio, pues tener sólo estímulos negativos es algo que, a largo plazo, pasa factura.
Estas horas que nosotros le regalamos, con casi toda seguridad que la mujer las aprovechará para dedicarse a ella. La mujer actual es activa, no es amiga de desaprovechar el tiempo. Si se encuentra con unas horas libres, las empleará en su cuidado personal. No es extraño que mientras uno limpie o ponga la lavadora, la mujer se dedique, feliz y distraída, al cuidado de sus encantos, más delicados que los nuestros. Esto es fundamental en la asunción del trabajo doméstico: el hombre perfecciona su cuerpo con ese trabajo; la mujer estropea el suyo. Además, la mujer necesita un tiempo extra para mimar sus gracias, y el hombre se lo concede, a la par que también le viene bien. La relación de dominación es, pues, enriquecedora para ambas partes.
Con el dinero sobrante del presupuesto doméstico que debiera gastarse para contratar una asistenta, la mujer puede acudir a centros de belleza, peluquería, etc. Esto es necesario, porque insisto que el hombre necesita de menos cuidados y más trabajo para fortalecer su físico y la mujer precisa de más atenciones y menos fatiga para lucir hermosa. Cuanto más meses pasen, ambos estarán más deseables y el sexo será más apetitoso.
Hay parejas que viven el servicio doméstico como un castigo para el hombre. Respetando esa postura, pienso que es beneficioso para él y para ella; de castigo, tiene poco. Por ello, la necesaria disciplina física que requiere el hombre para mantener su nivel de atención y adoración (la ración periódica de azotes) no debe ser sustituida por las labores caseras. Quizás, muchas mujeres dominantes, poco amigas de azotar con regularidad, hayan encontrado así una forma de no hacer algo que les desagrada. Ahí entraríamos en otra faceta –la disciplina física–, muy bien desarrollada en otros artículos de esta web, y que no es el objeto del mío; tan sólo añadiría que cada pareja haga lo que desee, pues no existen normas válidas para todos, y que cada cual disfrute como le apetezca. Saludos cordiales.


limpiabotas-fran:
Lalo, has conseguido plasmar mi pensamiento, me ha encantado tu exposición, solamente añadir que el servicio domestico masculino es la forma de conquistar a la Mujer Dominante y demostrar la iniciativa que un sumiso debe poseer tal y como yo concibo la sumisión.
El devoto seguidor de Ana
22:00 | 13 Abril 2008