Blog de Ana Serantes

Diario de una dominante

Sobre la necesidad de disciplinar a tu hombre

Alicia Hernández

Antes de nada, felicitaros por vuestra página web, que me parece estupenda. Hacía falta algo así en español, hay tan pocas cosas en Internet en nuestro idioma sobre dominación femenina que sean serias, que no sean, como decís, “fantasías masturbatorias”. Me decido a escribir animada por el editorial de este mes de mayo, para poner mi granito de arena en la tarea que habéis emprendido. Esperemos que la página tenga una vida larga y nos sirva para intercambiar experiencias sobre las maneras en que practicamos la dominación femenina.

No voy a contar cómo comencé a practicar la dominación (quizá lo haga en una próxima ocasión). Aunque si quiero decir un par de cosas para que os situéis: tengo cuarenta y cinco años, soy una profesional de cierto éxito (o sea, que mis ingresos son bastante buenos), y tengo una relación estable desde hace seis años. Mi pareja tiene 36 años y está buenísimo, es mi esclavo desde el comienzo de la relación, y hace tres años dejó su trabajo y desde entonces dedica todo su tiempo a atender mis necesidades y las de la casa. Cosa que le produce intranquilidad a veces, porque piensa que se está desprofesionalizando. Pero no le queda más remedio que aceptar el riesgo, porque así se lo he impuesto yo. Es un gusto llegar a casa y encontrársela perfectamente limpia y ordenada, y la cena apunto para servirla en la mesa mientras yo me cambio y me relajo. A veces pienso en lo que se pierden las mujeres por no conocer o asumir la dominación femenina.

Dicho esto, quiero escribir sobre el artículo de Mistress Wife que apareció el mes pasado: “Disciplina a tu hombre”. Y empiezo con uno de sus párrafos: “Muchas mujeres se sienten incapaces de llevar tan lejos su nuevo papel. Después de todo, ahora él es muy capaz de funcionar sin disciplina, así que por qué necesito disciplinarle. Lo necesitas porque si no lo haces se volverá cada vez menos sumiso y menos atento a tus necesidades. En no mucho tiempo, su vieja personalidad retornará y vuestra relación se resentirá”.

Creo que es absolutamente cierto. Pero mi problema es que no disfruto atizándole en el trasero. Al poco de comenzar nuestra relación, y después de leer algunas cosas en esta misma dirección, sobre la necesidad de castigar periódicamente a los sumisos, y después de que mi compañero me dijera que estaba de acuerdo en que necesitaba un cierto “recordatorio” de vez en cuando, me puse manos a la obra. Durante alrededor de un trimestre estuve azotando su culo con un cepillo del pelo de madera grande, que compré para ese cometido. Pero como no me complacía mucho, dejé de hacerlo alguna semana, y finalmente dejé de hacerlo del todo. No sé, no disfruto pegándole, y la imagen no me hace sentirme como una reina. Entiendo por lo que leo que a muchas mujeres no les pasa lo que a mí, pero estoy segura de que a otras sí, y quizá por eso tenga interés lo quiero contar.

El caso es que Mistress Wife tiene razón. Yo me di cuenta de que mientras le castigaba físicamente todas las semanas, mi hombre estaba mucho más atento y funcionaba mejor. Al dejar de hacerlo su comportamiento perdía intensidad a la hora de atenderme y mimarme, estaba algo menos pendiente de mí. Aunque también es cierto lo que dice: “La primera cosa que debes recordar es disciplinarle con tus palabras”. Porque también me di cuenta de que cuando me enfadaba por sus errores o por el descenso de su dedicación, y le regañaba con rotundidad, su comportamiento mejoraba. Y esto me hizo aprender a incrementar mi nivel de exigencia y a demostrárselo siempre con mucha autoridad. Aprovechaba cualquier fallo, o incluso aunque no hubiera fallo, para recordarle a menudo quién mandaba en casa y cuál era su obligación. Y desde luego que funciona.

Sin embargo, los recuerdos de su estupendo comportamiento aquellos meses en que le calentaba bien el culo, y que él siempre me ha dicho que le venía bien para estar más concentrado en servirme, más alguna lectura de Internet, hicieron que pensara en el asunto de la disciplina física de vez en cuando. En realidad, por mi cabeza rondaba nebulosamente la idea que Mistress Wife defiende en su escrito: “No hay discusión, la única forma de larga duración para disciplinar a un hombre es azotar su culo desnudo con una pala o un látigo”. No exactamente así, no pensaba que fuera imprescindible el castigo físico, pero sí que vendría bien.

Le di vueltas durante algún tiempo, porque seguía sin ilusionarme el tener que forzarme a hacer algo que no me resultaba muy apetecible. Y hace unos dos años di con la solución. Para contárosla es para lo que escribo esto. Se me ocurrió después de leer un texto en el que una mujer hacía que su hermana castigara a su sumiso.

A mí no se me hubiera ocurrido, ni por un momento, decírselo a ninguna de mis dos hermanas, que no saben nada de cómo vivimos mi compañero y yo. Pero tengo dos amigas íntimas, que nos vemos con frecuencia desde que nos conocimos en la universidad (en los últimos años, solemos quedar los sábados para tomar un aperitivo y comer juntas). Una está casada y la otra divorciada, y las dos conocían, aunque sin todos los detalles, cómo era nuestra relación. Así que fui entrando un poco más en esos detalles, y a las dos pareció resultarles interesante el modo en que mi pareja vivía para complacer mis deseos. En algún momento noté una pequeña sensación de envidia.

El caso es que, un tiempo después, me decidí a hablar con mi amiga divorciada (a la que llamaré Gloria, un pseudónimo, como el que he utilizado para firmar este escrito). Ella es una mujer profesionalmente atareada, dispone de poco tiempo, vive sola y tenía una asistenta que iba una vez en semana a limpiar su casa. Así que le comenté la posibilidad de que mi sumiso (le llamaré Carlos) pudiera colaborar en las tareas domésticas y sustituir a su asistenta… a cambio de que ella le proporcionara la sesión semanal de disciplina física (esto es un resumen, la cosa fue más enrevesada).

Al principio, me miró como si estuviera loca. Me dijo que no se imaginaba hostiando a Carlos, a quién conoce perfectamente. Además, me comentó que le costaría despedir a su asistenta, que lleva ya varios años yendo a su casa. Lo dejé… un tiempo. Al cabo de un mes, más o menos, la invité un día a cenar a casa. Nunca lo había hecho con nadie, pero esta vez ordene a Carlos que preparara una buena cena y nos la sirviera. La sorprendió que Carlos no se sentara con nosotras, y que se dedicara a servirnos y a escanciarnos el vino. La cena fue soberbia. Le dije que para eso estaba Carlos, para servirme, y que lo que yo había querido es tener una cena de primera con mi amiga.

Después de terminar la cena, le pregunté a Gloria si le apetecía una copa. Me dijo que sí. Le dije a Carlos que nos las sirviera y nos sentamos en el sofá. A media copa, le pregunté a Gloria si no le apetecía descalzarse y que Carlos le diera un masaje en los pies para relajarla. No se asombró mucho (quizá porque ya le había visto sirviéndonos durante toda la cena y por lo que ya sabía), y dijo que le parecía estupendo. Carlos se puso a ello y lo hizo tan bien como él sabe hacerlo (no he hablado de la vergüenza que estuvo pasando, porque fue la primera vez que quedó clara su situación para alguien fuera de la pareja; pero esa es otra cuestión).

Con la segunda copa, le recordé, sin darle demasiada importancia, la propuesta que le había hecho un mes atrás. Y para mí sorpresa, me dijo, sin rodeos, que lo había pensado alguna vez y que después de una cena así pensaba que asistenta no necesitaba, pero que, la verdad, si Carlos cocinaba tan estupendamente… Yo le dije que sí, que lo hacía, porque fue una de las primeras cosas que le obligué a aprender. En nuestro segundo año de relación, había asistido a un curso de cocina, y desde entonces no había hecho más que mejorar.

Aprovechando la oportunidad, le dije que podríamos retomar aquel asunto, pensando en otros términos: Carlos podría ir un día a la semana a su casa y cocinar varias raciones de un buen plato, luego envasarlo y congelarlo en raciones individuales y, así, ella podría recurrir a esa comida cuando estuviera en casa. Con el paso de las semanas, tendría una buena variedad de platos congelados de primera calidad.

La cosa se alargó un poco. Pero por abreviar: llegamos a un acuerdo que funciona a las mil maravillas desde hace dos años. Cada sábado a media mañana, Carlos sale de casa, va al mercado a hacer la compra para cocinar el plato de Gloria. Cuando llega a su casa, Gloria me llama por teléfono para preguntarme por su comportamiento durante la semana, yo le digo si ha sido bueno, regular o malo. A continuación le azota con una fusta, que tuvo que comprar Carlos para ella, con una intensidad que variará en función de su comportamiento durante la semana, al que se añade la calificación que le haya merecido el plato que le cocinó la semana anterior.

Después de la zurra, Carlos tiene que darle las gracias de rodillas por ayudarle a comportarse como debe, y ella sale de casa a encontrarse con nosotras para el aperitivo y la comida. Carlos se dedica a cocinar, cuando termina prepara las tarteras individuales, las mete en el congelador, se come una ración, deja (faltaría más) la cocina como una patena y se va a casa. Allí tiene orden de esperar desnudo y sentado con el culo escocido en un felpudo rugoso que está tras la puerta de entrada a que yo llegue. Cuando aparezco, después de nuestra comida, suelo mirarle los moratones del culo, apretujárselos un poco e irme a dormir la siesta. En la mayoría de las ocasiones, Carlos tendrá que chuparme bien chupada hasta que llegue, antes de dormirme encantada entre el orgasmo y la modorra de la comida y la bebida.

Creo que sería interesante extenderse un poco en cómo ha afectado este asunto a Carlos y a Alicia. Pero ya me extendido más de lo que pensaba. Por lo que resumiré para terminar: todo funciona de maravilla. Alicia tiene un congelador lleno de estupendas raciones de comida (además, de tener ya un interés claro por la dominación femenina). Carlos recibe su disciplina semanal, de una manera aún más humillante y por lo tanto más efectiva, porque se la proporciona una “extraña” por delegación de su Ama, y su comportamiento es de primera (entre otras cosas por el miedo a que la ración de fusta pueda ser, como lo ha sido en alguna ocasión, difícil de soportar si su comportamiento es calificado de malo). Y yo estoy feliz: mi sumiso es disciplinado como corresponde y yo no tengo que hacer algo que no me apetecía hacer.

En resumen, se trata de una manera (y creo que ingeniosa) de resolver el problema que planteaba Mistress Wife (que todo sumiso debe ser disciplinado físicamente) sin obligarse a hacer nada que una no quiera hacer. Para mí (y para Carlos y para Alicia) funciona. Espero que este arreglo pueda tener algún interés para otras mujeres a las que les pase algo parecido a lo que me pasa a mí, si es que deciden publicarlo en su web, que también espero que sí. Un cordial saludo.

DominacionFemenina.net (Ana Serantes):

Agradecemos tus elogios sobre está revista electrónica y, sobre todo, tu colaboración, que es la primera experiencia interesante sobre la dominación femenina en español que nos ha llegado, y que publicamos con sumo gusto.

Efectivamente, nos parece imaginativa la forma en la que resuelves el problema que te creaba la contradicción entre la conveniencia de disciplinar físicamente a tu sumiso y la incomodidad que te provocaba administrarle tú el castigo. No hay vías de obligado cumplimiento en la dominación femenina, cada pareja y, sobre todo, cada mujer va encontrando su propio camino y las maneras de transitarlo.

La conveniencia de la disciplina física (también en formas que pueden ser muy diferentes) para la mejora del comportamiento del varón sumiso es compartida tanto por la mayoría de las dominantes como de los sumisos. Sobre la introducción de otra mujer en algunos momentos íntimos de la relación, sabemos que es un hecho que se va extendiendo a medida que las mujeres van asumiendo la dominación como algo de lo que no tienen por qué avergonzarse en sus ambientes cercanos, especialmente en su relación con las amigas más próximas. Incrementa su sensación de dominio y la de sumisión de sus hombres, a los que tener que aceptar su posición frente a otra mujer les revela que la sumisión se ha convertido en algo muy real. No obstante, para la mayoría de las mujeres resulta difícil, todavía, encontrar compañeras con las que la relación sea tan íntima como para compartir una experiencia como la dominación femenina. Creemos que esa situación irá cambiando con el paso del tiempo.

Te deseamos lo mejor, y te animamos a que, efectivamente, nos cuentes en una próxima entrega como fue tu experiencia en la introducción en el mundo de la dominación femenina.

El artículo al que se refiere el texto de Alicia Hernández es: “Disciplina a tu hombre”, de Mistress Wife.

1 Comentario
  1. La dominación femenina se puede entender como una manera perfeta de relacionarse Mujeres y hombres en casi todos los aspectos de la vida. Por tanto es normal que poco a poco las mujeres vayan siendo solidarias y se afiancen mutuamente en la dominación de los hombres. Realmente es estimulante esta hermandad entre las mujeres, que extiende la dominación de las mujeres y la sumisión de los hombres.
    Para nosotros puede ser al principio duro aceptar nuestra inferioridad. A nadie le gusta verse subordinado. Pero sinceramente creo que nadie desea más nuestro bien que las mujeres dominantes. Ojalá se incremente en el futuro esta solidaridad femdom´y llegue a todas las mujeres que lo puedan aprovechar.
    Felicidades por eñ blog.

    14:07 | 31 Julio 2008

 

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