Reflexiones sobre el uso del arnés-consolador
Publicado en: Dominación, REVISTA DE DOMINACIÓN
Akasha
Cuando tenía 16 años, solía jugar a que follaba a un hombre por el culo. En esa época, no pensé que podría disfrutar realmente de esa sensación, pero la mera sugerencia me resultaba muy poderosa. Podía tener a mi novio boca abajo en la cama y ponerme a horcajadas en su espalda. Separando sus muslos arrodillados, manteniéndole boca abajo y sujetándole cabeza con una mano, podía colocar mis caderas en el lugar adecuado y, burlándome de él, frotar sugestivamente mi entrepierna contra su culo. Gruñía, le tiraba del pelo, empujaba mis caderas hacia él con movimientos rítmicos, incrementando la fuerza (y disfrutando de la presión y la estimulación), hasta que estaba golpeando contra él como si yo fuera el hombre y él fuera la mujer.
La sensación de poder era extraordinaria: tenerle boca abajo, sujetando su cara, oyendo sus protestas amortiguadas. Me preguntaba cuan bueno seria poder tener la capacidad para convertirlo en realidad: follar de verdad a un hombre; ser la penetradora, no la penetrada. De hecho, no pensaba que pudiera llegar a disfrutarlo algún día. Pero solo tenía 16 años, y tampoco imaginaba que acabaría interesada en atar y amordazar a hombres con mis panties.
Recuerdo la primera vez que llevé mi arnés-consolador: estuve posando frente al espejo, y me sentía un poco tonta, pero sexy. Tenía un montón de correas de piel y hebillas, y debía ajustarlas para que encajara y estimulara la pelvis. Cuando era una adolescente, solía tener un orgasmo, en una sesión bien hecha, mientras frotaba mis vaqueros contra la dureza de los pantalones de mi novio. Así que podéis imaginar cuan estimulante fue añadir al juego erótico el plus de mi nuevo arnés.
No puedo recordar cuántas veces pose con mi arnés, sola o delante de mis víctimas, mirándome en el espejo, admirando la longitud y el grosor de mi nueva verga, deslizando mi mano arriba y abajo. Simulando masturbarme (a menudo me pregunto qué es lo que sienten los hombres, si sienten lo mismo). No hay nada comparable al impacto visual del arnés. Cómo sobresale cual si fuera parte de mi cuerpo si las luces están correctamente atenuadas o si la habitación está iluminada solamente por velas. Veo los reflejos del espejo y parece que la polla es realmente parte de mi. Solo ponérmelo consigue que me humedezca. Es una señal de lo que va a pasar: el poder, la posesión total de mi víctima, la capacidad de sumergirme en sus zonas mas delicadas, controlando cada sensación.
El arnés no fue, desde luego, la primera cosa que inserté en el culo de un hombre. Había experimentado un poco introduciendo los dedos lubricados en los culos de mis víctimas, durante mis fantasías de violación o sólo para que se sintieran violados. He insertado otros objetos y diferentes consoladores, simulando la sensaciones de follar. Pero cuando estaba sentada allí, frotando el consolador rítmicamente contra su culo, mi mente se dejaba llevar por, para mi, la mas práctica, erótica y estimulante opción: tener la polla conectada a mi, follarle literalmente.
Hay una diferencia entre la estructura y los objetivos cuando se practica con un objeto o consolador y el juego con el arnés. Puedo tener a mi víctima atado boca abajo, sus piernas separadas, las cachas de su culo abiertas para mi, y muy despacio, invadiéndole, violar su culo insertando un objeto o un consolador. Puedo hablar con él, reírme de él, pararme, levantarme y mirarle, detenerme y utilizar otros juguetes mientras él retiene el objeto en su interior, comprobando la fuerza de sus músculos. El uso del arnés provoca una sensación física y psicológica enteramente diferente: supone tomarle, usarle, penetrarle con una lujuria y una pasión muy diferente a la que se tiene con la inserción manual del consolador en el culo. Con el arnés, mi polla se torna una extensión de mí, y cada empujón de mis caderas (pura sexualidad natural) equivale a una violación de su ano (dominación). Puedo mirar y observar su cara, si le follo apoyado en su espalda, o puedo volver a mi posición del colegio, dándole la vuelta, poniéndole boca abajo, apretando las sábanas o trabándole, dependiendo de si quiero o no inmovilizarle.
Otra cuestión, desgraciadamente pasada por alto en algunos contextos eróticos, reside en el poder que te da el uso del arnés para otras cosas distintas a follarles por el culo. Me gusta masturbarme frente a mi esclavo, cuando él no está autorizado a hacerlo. Tumbado, atado y teniendo que observar como me la sacudo y me masajeo el coño, hasta que alcanzo un orgasmo que se parece al suyo. Y no puede hacer nada. Me gusta que me vea con el arnés puesto, que observe las tiras de cuero rodeando mis piernas y caderas, brillando ante sus ojos. Que compruebe cómo me humedezco lentamente, moviendo mi mano arriba y abajo del largo mástil, con precisión, sacándole el brillo con el lubricante, y diciéndole: “Sabes lo que voy ha hacer con esto, ¿verdad?”
Pero supongo que mi segunda preferencia, después de follar culos, consiste en hacer que mi víctima se arrodille, se arrastre hasta mí y adore mi polla de látex. Hacerle abrir la boca para que pueda deslizarla entre sus labios, manos en las caderas, moviéndome un poquito hacia atrás y luego empujando. Diciéndole lo mal chupapollas que es. Obligándole a sacar la lengua y lamer, chupar la punta y después bajar por los lados. Y al final, abrir bien su boca para que acepte todos los 20 ó 22 centímetros de mi, sujetándolo ahora por la cabeza, deslizando despacio por sus labios mi polla, que está ahora brillante, y puedo sentir la resistencia según mis caderas se mueven lentamente hacia atrás y hacia delante.
Es entonces cuando mi otra mano se desliza por debajo de mi, siente la humedad manando de mi coño, y empapa mis dedos mientras me proporciono un placer adicional. Cojo esos dedos mojados y froto con ellos la punta de mi polla de látex, como un regalito para mi sucio esclavo, haciéndole lamerla con ansia para que deguste lo mucho que me ha excitado. Follarse a un esclavo por la boca puede ser extremadamente excitante; especialmente, si controlo la profundidad y el ritmo de las acometidas.
Para los que gustan del juego con el arnés, bien insertando o bien recibiendo, tengo algunas sugerencias prácticas; basadas en la experiencia, pero limitadas a la mía personal. Así que tomarlas sólo por lo que valen. Sugiero encarecidamente a las mujeres que estén considerando la práctica del arnés, o a los hombres que animan a sus reticentes parejas a hacerlo, que empiecen por considerarlo un juego. Es importante conseguir que la situación y la naturaleza de este acto sea altamente erótica y sexy.
Cuando tenía 16 años, imaginaba que follaba el culo de un hombre. No lo sabía entonces, pero eso es lo que era. Puedo determinar fácilmente por qué usar un arnés es tan erótico para mi: porque a esa edad, explorando mi sensualidad, imitaba la postura y los movimientos que me excitaban mientras estimulaba mis zonas sexuales mediante presión y giros. Fue un asunto muy placentero para mí desde temprana edad.
El juego, con la asunción de estos papeles, permite a los dos disfrutar del concepto de la penetración, sin los retrasos, las inevitables pegas y la logística que acarrea lidiar con objetos cuando se trata de orificios humanos extremadamente delicados.
Si ambos se sienten cómodos con el concepto del juego erótico, es el momento, tal vez, de trasladarse al siguiente nivel. Sugiero firmemente no saltar directamente a la utilización del arnés. Si la mujer, especialmente si tiene poca experiencia con los movimientos característicos del “penetrador” (para los que no la prepara su naturaleza), intenta ir directa puede encontrarse problemas debido a varios factores: ir muy rápido, demasiado lento, en un ángulo incorrecto o con un ritmo equivocado. En fin, moverse de maneras en las que no puede controlar demasiado sus acometidas. Para que resulte mas placentero y controlado, puede empezar insertando con la mano objetos en el culo de su hombre, así podrá percibir el nivel de resistencia, su tolerancia al tamaño y a la profundidad, y las limitaciones generales de su anatomía. Sólo cuando se sienta totalmente cómoda con esto, sugiero que de el paso siguiente. De otra forma, la primera experiencia con un arnés puede ser un desastre y destruir cualquier erotismo asociado al acto.
La logística de este tipo de juego abarca otros asuntos: usar mucho lubricante la primera vez, ir muy despacio, comunicarse muy seriamente las primeras veces. No esperes follar o ser follado violenta y apasionadamente la primera vez. Hasta que la mujer conozca tu anatomía, resulta imposible que se convierta en una delirante e infernal dómina lista para penetrarte con su terrible polla.
Tiene mas sentido, para mi, que la primera vez con un nuevo compañero no salga de fantasía. Esto es, no hay papeles preestablecidos, sois simplemente dos personas acomodándoos a una nueva situación. Hablando todo el tiempo, comentando sentimientos y sensaciones. Luego, la vez siguiente, la dómina puede ceñirse el arnés con confianza, cómoda ya con la situación, el tempo, la medida y el nivel de las envestidas. De ese modo no distraerá su mente: a veces pensamientos fastidiosos pueden complicar el control de la mujer. Y debería haber poca o ninguna duda sobre que lo que está haciendo es bueno, erótico y que le hace sentirse poderosa; y no estarse preguntando: “¿Será demasiado rápido? ¿Demasiado fuerte?
Habrá muchas oportunidades después en las que la dómina pueda sorprender a su víctima y violarla como si fuera la primera vez. Personalmente, yo disfruto diciéndole al sumiso que algún día le va a pasar, y sabe que, pese a resistirse apasionada y desesperadamente, será rudamente forzado contra su voluntad. Y porque me encanta hacerlo, porque me resulta tan erótico y perverso, puedo follármelo boca abajo, sujetando su cara, e incrustar mis 20 centímetros en su culo sin preocupación, sin preguntas, sin dudar. Puedo violarle con profundas y penetrantes envestidas, hasta que le duela el culo y haya embadurnado las sábanas con su sudor y sus lágrimas. Esto solo es posible por la lujuria que despierta en mi este acto, por mi conocimiento de las sensaciones y la paciencia para acabar haciéndolo bien.
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