Mujeres y liderazgo
Publicado en: DIARIO DE UNA DOMINANTE, Reseñas
El lunes de la semana pasada, Amy y Frankie se referían en sus comentarios a El cerebro femenino (RBA). También a mí me parece que el libro de Louann Brizendine es más que recomendable para quienes estén interesados en explorar cómo somos las mujeres y en qué nos diferenciamos de los hombres. Y ese mismo lunes se publicaba en el diario El País un extenso reportaje de John Carlin titulado “Las mujeres ganan prestigio, no poder”.
El reportaje estaba escrito al hilo del “efecto Palin” –un hilo del que no tengo mayor interés en tirar–, y nos encontrábamos también alguna pincelada de la habitual visión victimista sobre la situación de la mujer que distingue a ciertas feministas y que comparten algunos hombres. Porque es evidente que las mujeres no sólo están ganando prestigio, sino también poder. Otra cosa es que ese poder esté costando ganarlo y que se esté ganando lentamente. Lentamente si pensamos en el tiempo que marca nuestra biografía; porque si al tiempo histórico nos referimos, el cambio social se está produciendo con inusitada rapidez: la posición que hoy ocupamos las mujeres en las sociedades occidentales no se la podía ni imaginar la generación de mi madre; qué decir de la de mi abuela.
Sin embargo, a esta clase de feministas les cuesta entender la diferencia entre un tiempo y otro. Imagino que por esa razón vuelve Bibiana Aído al manido ejemplo: “El 61% de las personas que se licencian en las facultades son mujeres. [...] Actualmente, hay sólo tres rectoras en las 48 universidades públicas, lo que evidencia el desequilibrio y la dificultades que todavía persisten”. Sin negar que persisten los desequilibrios y las dificultades, lo que de verdad evidencia es otra cosa: que ese 61% es de hoy, mientras que quienes acceden al puesto de rector en una universidad pertenecen a una generación anterior, cuando las mujeres no eran ni mucho menos el 61% de los licenciados, de hecho, eran minoría. Cuando las jóvenes que hoy se licencian lleguen a los puestos y a la edad que tienen ahora esas tres rectoras, entonces veremos cómo está la situación, que de seguro estará de otra manera.
De todas formas, me estoy alejando de mi propósito al traer a colación el reportaje, que no era otro que comprobar cómo se ve hoy a las mujeres desde el punto de vista del liderazgo: “Extensos sondeos recientes de un reputado organismo de investigación llamado Pew Research Centre demuestran una percepción mayoritaria de que las mujeres poseen más cualidades inherentes de liderazgo que los hombres”. Pero es tanto más que podríamos llegar a la conclusión –y es broma– de que la mayoría de la gente suscribe la idea de quienes piensan que las mujeres son superiores a los hombres. Lo que digo, que Elise Sutton estará encantada con semejante gráfico:

Y si las mujeres son consideradas mejores líderes que los hombres, en todo salvo en que sean un poco menos resueltas, pues deberían serlo también al desempeñarse en los cargos públicos. En efecto, mi abuela se hubiera quedado pasmada si alguien le hubiera dicho que en la sociedad en la que vive su nieta la mayoría de la gente tuviera opiniones como estas:

Como se ve, se considera a las mujeres mucho mejores que los hombres en todo, y con gran diferencia, menos en dos actividades públicas tan “típicamente” masculinas como las de policía y militar. Es de suponer que estamos ante un viejo estereotipo que también terminará por desaparecer con el tiempo.
El texto nos ofrece la contrapartida a tan favorecedora imagen para las mujeres: “Sin embargo, sólo el 6% opina que, en conjunto, las mujeres son mejores dirigentes que los hombres; el 21% cree que los hombres son mejores y el 69% considera que están en igualdad de condiciones. Como dice el informe de los encuestadores de Pew, “es como un equipo deportivo que tiene las mejores condiciones individuales y sin embargo pierde todos sus partidos”.

Para mí, que los hay estrechos de miras… porque no miran hacia atrás. Para mí, las mujeres estamos ganando todos los partidos –que no tiene por qué significar que los pierden los hombres–, porque el hecho de que un 69% de los encuestados considere que nuestra capacidad es la misma que la de los hombres es ya un partido ganado, y muy importante, con respecto a la situación de partida de hace bien poco tiempo, en la que no ya el 21% sino la abrumadora mayoría de hombres y mujeres habría defendido que ellos eran mejores dirigentes que ellas.
Además, vivimos en un mundo en el que la imagen, en su sentido más amplio, cobra cada día mayor importancia. Y si la mayoría comienza a ver a las mujeres como mejor preparadas para ejercer el liderazgo, seguro que acabará dando el paso que aún no da por la permanencia de viejos prejuicios y estereotipos. La idea de que el siglo XXI será ya el siglo de las mujeres se extiende, la imagen de las mujeres como una fuerza en ascenso se superpone a la de los hombres a la defensiva ante ese empuje. La imagen del futuro se feminiza, mientras el pasado se mantiene masculino; los valores más positivos de cara a ese futuro se consideran en buena parte femeninos, mientras que los valores masculinos se tienen a veces por rémora del pasado. Los hombres necesitan encontrar su nuevo lugar en el mundo y, como es natural, les está costando encontrarlo.
Por supuesto que lo que escribo son generalidades y que, luego, las mujeres y los hombres somos singulares, pero sí creo que estamos en un momento de la evolución de la sociedad en el que ser mujer puede comenzar a ser, al revés que hasta hace poco, una ventaja. Y esa imagen de las mujeres que muestra la encuesta no deja de ser un anuncio de lo que viene.

Y vendrán mujeres más seguras y autónomas, y podrán ser más dominantes y exigentes en sus relaciones con los hombres. Aunque en mi opinión eso no significa, como piensa Elise Sutton y algunas otras mujeres dominantes, que nos espere un futuro marcado por la dominación femenina como forma mayoritaria de relación entre ambos sexos. Al menos yo no lo creo. Sí creo que “Crecerá la demanda de dominación femenina”,como he escrito, pero, aunque crezca, imagino que seguiremos siendo minoría las personas que así nos relacionemos.
En cualquier caso, constituirá una posible elección para las mujeres, y me parece lógico suponer que esa elección será más sencilla de hacer para mujeres que serán más libres, autónomas y poderosas. En fin, que puestas a ejercer el liderazgo, para el que tan buenas cualidades se nos atribuyen, parece lógico suponer que haya más mujeres dispuestas a hacer la prueba de ejercerlo en casa, a comprobar si es verdad que se vive como una reina y si los compañero están encantados de esforzarse para que así vivan. Para mí que eso, con el picante añadido de un sexo pizca diferente –más centrado en el disfrute de la mujer–, es la dominación femenina, y que con el paso del tiempo tienen que ser más las mujeres que se animen a hacer la prueba.
Y escribo desde la racionalidad, y desde el conocimiento de que las viejas ideas, los prejuicios y el miedo al qué dirán tienen una enorme influencia sobre nuestro comportamiento. Porque si me dejara llevar por mi experiencia y por lo que siento… tan sólo mostraría mi extrañeza de que no sean ya muchas más las mujeres que decidan que la dominación femenina es para nosotras una bendición. Y que si hay tantos de ellos anhelando bendecirnos, pues miel sobre hojuelas para nosotras y para ellos.
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