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	<title>Blog de Ana Serantes &#187; Biografía</title>
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		<title>Doble aniversario</title>
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		<pubDate>Sat, 10 May 2008 05:01:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy celebro un doble aniversario. Y cae otra vez en sábado el 10 de mayo. Lo mismo que hace once años, el día en el que me encontré con mi amiga Soledad y tomé la decisión de adentrarme en el mar de la dominación femenina (“De cómo floreció la dominación IV”). Fue en 1998 la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy celebro un doble aniversario. Y cae otra vez en sábado el 10 de mayo. Lo mismo que hace once años, el día en el que me encontré con mi amiga Soledad y tomé la decisión de adentrarme en el mar de la dominación femenina (“<a href="http://anaserantes.com/2008/de-como-florecio-la-dominacion-iv/">De cómo floreció la dominación IV</a>”). Fue en 1998 la primera vez que Soledad y yo celebramos el primer año de mi “florecimiento”. Y ,desde entonces y siempre en sábado, festejamos también el aniversario de la primera ocasión en la que hice el amor con una mujer, con ella. Diez celebraciones llevamos. Y hoy será la undécima.<span id="more-207"></span></p>
<p>La memoria me lleva al interrogante que plantea la historiadora Marie-Jo Bonnet: “¿Qué quiere una mujer cuando desea a otra mujer? Aspira a aquello que le falta”. Pero no me sirve: ella es lesbiana y militante&#8230; como Soledad. Yo, ni lo uno ni lo otro. No me considero lesbiana, ni siquiera bi-sexual, como dicen por ahí. Me falta, sí, pero más me faltaría que me faltara el amor de mi chico. Pese a ello, ahora sé que la mujer que no ha hecho nunca el amor con una amada amiga, por decirlo como Safo, no sabe lo que se pierde. </p>
<p>Terminé por disfrutar de la poesía de Safo de Lesbos, quien se despidió de su gran amor con <em>El Adiós a Atthis</em>:</p>
<div class="blockquote">Vete tranquila.<br />
No te olvides de mí porque sabes, debes saber, que yo estaré siempre a tu lado.<br />
Y si no quieres saberlo, te recordaré lo que tú olvidas: muchas horas felices pasamos juntas; han sido muchas las coronas de violetas, de rosas, de flor de azafrán y ramos de eneldo que junto a mí te ceñiste.<br />
Han sido muchas las veces que bálsamo de mirra y regio ungüento, derramaste sobre mi cabeza. Yo no podré olvidarlo y tú, tampoco.<br />
<br />
Igual a los dioses me parece el hombre dichoso que te abraza y te oye en silencio con tu voz de plata y tu sonrisa risueña&#8230;<br />
Cuán cara y hermosa era la vida que vivimos juntas.<br />
Pues entonces, con guirnaldas de violetas y dulces rosas cubrías junto a mí tus rizos, ondeantes.<br />
Y con abundantes aromas preciosos y exquisitos ungías tu piel fresca y joven en mi regazo y no había colina ni arroyo ni lugar sagrado que no visitáramos danzando&#8230; </div>
<p>A mi, igual a los dioses solo me parecería la mujer dichosa que abrazara y oyera en silencio a la única persona de la que estoy enamorada, a mi chico. Pero amo a otras personas. Amo a Soledad&#8230; y la amaré hoy. Y me solazo al pensar en que ella me amará hoy&#8230; y en cómo me amará. Sí, placer de diosas.</p>
<p><img src="http://anaserantes.com/wp-content/photos/2008/080510-labios-de-mujer.jpg" alt="080510-labios-de-mujer" title="080510-labios-de-mujer" width="425" height="271" class="aligncenter size-full wp-image-208" /></p>
<p>He aprendido durante estos diez años a amar a una mujer y a disfrutar del amor de una mujer. Sí, placer de diosas. Por eso recomiendo a las mujeres que por aquí pasean que no se priven de ese placer, que, aunque sólo fuera por una vez, lo disfruten. Porque es verdad que el amor que te hace una mujer es experiencia distinta. No es mejor, no es peor; pero son distintas las sensaciones y las sensibilidades que tu cuerpo descubre. Labios de mujer. Pasión cercana. Conquista sin batalla. Amor incruento.</p>
<p>En este caso, amor de retaguardia: Soledad tiene a su chica, que es muy suya, y yo, a mi chico, que es muy mío. La suya sufrirá un poco de celos; el mío, no: sabe que es amor distinto, y se sabe el primero. Y además&#8230; le gustaría participar. Hoy no podrá: el día será para nosotras, y lo será completo. Imagino que Miguel se despedirá esta mañana de mí como otros años: “Feliz aniversario”.</p>
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		<title>De cómo floreció la dominación IV</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Feb 2008 06:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[DIARIO DE UNA DOMINANTE]]></category>

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		<description><![CDATA[Llevaba prácticamente un mes con aquel juego, con aquella forma de vestir, y rastreaba en busca de unas miradas que me costaba interpretar y más aún relacionar con la dominación femenina. ¿Cómo iba a hacerlo si apenas sabía de qué se trataba en realidad? Hoy pienso que en las miradas que recolectaba tenía que haber [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaba prácticamente un mes con aquel juego, con aquella forma de vestir, y rastreaba en busca de unas miradas que me costaba interpretar y más aún relacionar con la dominación femenina. ¿Cómo iba a hacerlo si apenas sabía de qué se trataba en realidad? Hoy pienso que en las miradas que recolectaba tenía que haber bastante mayor dosis de sumisión de la que entonces yo era capaz percibir. Me daba cuenta de que algo había cambiado en la forma en la que algunos hombres me escudriñaban, pero no sabía muy bien qué era lo que había cambiado.<span id="more-61"></span></p>
<p>Tuvo que pasar el tiempo para que fuera consciente de que la principal transformación que aquel juego causó en mí no fue la provocada por las miradas, sino que fue producto de haberme convertido en jugadora. Durante aquel mes, poco a poco, sin darme cuenta del todo, me había transformado en cazadora de aquellas miradas. Las buscaba: primero, en el trabajo; después, cuando salía a cenar o al cine con los amigos; más tarde, incluso cuando caminaba por la calle.</p>
<p>Según pasaban los días, me parecían pocas. El juego consistía, al fin y al cabo, en concitar la atención de los hombres, así que el éxito no podía medirse más que por un incremento de esa atención y, en consecuencia, fui dedicando cada vez más esfuerzos a provocarla. Como no era experta en la cuestión ni muy lanzada, fueron pequeñas provocaciones: las piernas que se cruzan en el momento preciso, la mirada oportuna, el pie que aparece por debajo de la mesa de trabajo, los gestos con la cara, los movimientos con el pelo, las ondulaciones del tono de voz&#8230;</p>
<p>En fin, no dejaba de ser, aunque se añadieran pequeñas novedades, un retorno a la tradicional coquetería femenina. Era lógico que así fuera, porque, a poco que se piense, el juego en el que me había sumergido Soledad era el de provocar reacciones en los hombres. Y al terminar ese primer mes del que hablo, ya estaba segura de que reacciones provocaba en ellos y, aunque de forma incipiente y nada experta, iba comenzando a controlar que esas reacciones se aproximaran a las que yo pretendía obtener.</p>
<p>La conclusión me resulta hoy, al contrario que entonces, obvia: me había iniciado en un juego que me pareció inocente y que no me llevaría a ningún lado, pero como se trataba de jugar con los hombres, de manipularlos a la postre, terminó siendo cualquier cosa menos inocente y desde luego que me llevó a algún lado: a aprender a dominar a algunos de esos hombres con los que jugaba.</p>
<p>Es posible que haya quien piense que una mujer se convierte en dominante cuando por primera vez somete a un hombre de forma explícita, cuando tiene su primera sesión de dominación. Aunque no tardó mucho en llegar, yo estoy ahora segura de que en mi caso fueron las ganas de seguir con aquel juego, y de profundizar en él, las que en poco más de un mes me transformaron en una mujer dominante, las que me prepararon para relacionarme y gozar de los hombres de una manera que hasta ese momento me hubiera parecido imposible.</p>
<p>Por lo tanto, mi encuentro con Soledad para evaluar el resultado del juego no fue más que la confirmación del florecimiento del aspecto dominante de mi personalidad. Aunque gastamos nuestras bromas a cuenta del comportamiento que algunos hombres habían mostrado conmigo durante ese tiempo, mi principal interés era otro: quería saber más sobre aquella nueva forma de relacionarse con los hombres. El juego me había dejado ávida de información acerca de la dominación femenina, y Soledad me proporcionó las primeras fuentes de esa información que buscaba, los primeros libros y las primeras páginas web en los que sumergirme a la búsqueda de un mundo que ya se me antojaba preñado de nuevas posibilidades.</p>
<p>Pese a lo poco conocido y a lo mucho por conocer, considero ahora que aquel fue el momento en el que me convertí en una mujer dominante, y lo que hice después no fue sino aprender poco a poco a actuar como tal. Así que, seguro que sin satisfacer a quienes esperaran encontrar detalles escabrosos en estos artículos, pero con la esperanza de que a alguien haya interesado, doy por cerrado el relato de este episodio de mi vida. Tiempo habrá de abrir otras páginas en ese apartado de este Diario que he llamado Biografía.</p>
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		<title>De cómo floreció la dominación III</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Feb 2008 06:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[DIARIO DE UNA DOMINANTE]]></category>

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		<description><![CDATA[Me costaba encontrar la relación entre la dominación femenina y el juego que me había propuesto Soledad, pero allí estaba, frente al espejo, preparada para jugarlo: chaqueta de traje, camisa blanca y, desde ahí, todo el negro de la falda de cuero, las medias y los zapatos de tacón alto. Mi primera impresión se limitaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me costaba encontrar la relación entre la dominación femenina y el juego que me había propuesto Soledad, pero allí estaba, frente al espejo, preparada para jugarlo: chaqueta de traje, camisa blanca y, desde ahí, todo el negro de la falda de cuero, las medias y los zapatos de tacón alto. Mi primera impresión se limitaba a la pequeña extrañeza que me causaba verme a mí misma vestida de una manera tan formal: una seria ejecutiva parecía haber sustituido a la Ana informal y de más alegre atuendo a la que yo estaba acostumbrada. Me sentí de algún modo disfrazada. Y me fui para el trabajo con el disfraz de jugadora de una partida de la que desconocía hasta las reglas.<span id="more-60"></span></p>
<p>Pasé el primer día en la oficina oteando cualquier mirada que se dirigiera a esa Ana disfrazada de ejecutiva y a la que le habían anunciado ojeadas de un cariz hasta entonces desconocido. Miradas hubo, pero me sentía incapaz de discernir si se debían a la novedad del vestuario o a la novedad de que fuera yo quien lo lucía. En realidad, no lograba aclararme ni sobre la cantidad ni sobre la calidad de esas miradas: ¿me miraban más?, ¿me miraban de otra forma?, ¿o eran miradas que fabricaba mi propia búsqueda de miradas?</p>
<p>Había transcurrido más de una semana cuando Soledad me telefoneó para ver cómo me iba. Y yo iba de interrogante en interrogante. No había sido capaz de recoger ni una certeza. Le dije que no quería hablar del asunto, que prefería ir sacando mis propias conclusiones antes de compartirlas con ella. La realidad es que me veía como una cazadora de miradas sin trofeo o presa de los que enorgullecerme. Comenzaba a tener la sensación de que algo había cambiado, no sabía si en mí o en los hombres que me dirigían sus miradas, pero no era suficiente, el juego no podía haber hecho más empezar. Y así era, porque yo estaba jugando, y no le veía aún el final a la partida.</p>
<p>Tan pendiente estaba de la partida que durante la tercera semana decidí que necesitaba nuevas cartas: sólo disponía de la falda de cuero recién comprada y de unas botas sin tacón para alternar con los zapatos. Para la cuarta semana tenía recambio y subí la apuesta: me había comprado una minifalda de cuero y unas botas de tacón alto, aunque de un alto razonable, que remataban varias hebillas.</p>
<p>Para entonces, había ganado la primera mano de aquella partida: la conciencia de que mi cuerpo me proporcionaba ventaja a la hora de jugar con los hombres. Yo sabía que no era fea, pero fue a partir de aquellos momentos cuando llegué a la conclusión de que era una mujer guapa&#8230; o lo suficientemente guapa para los hombres. Creo que sí, que la primera baza que gané en aquel juego fue la de la seguridad en mí misma desde el punto vista físico; afortunadamente, no fue la última, llegaron más triunfos.</p>
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		<title>De cómo floreció la dominación II</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Feb 2008 06:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[DIARIO DE UNA DOMINANTE]]></category>

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		<description><![CDATA[La animadversión hacia los hombres que se instaló en mí tras ser abandonada por mi marido no produjo ningún cambio significativo en mi manera de entender las relaciones con ellos hasta que no transcurrió bastante tiempo. Y la mecha que inició la transformación, que luego sí fue ciertamente más rápida, no la encendió un hombre, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La animadversión hacia los hombres que se instaló en mí tras ser abandonada por mi marido no produjo ningún cambio significativo en mi manera de entender las relaciones con ellos hasta que no transcurrió bastante tiempo. Y la mecha que inició la transformación, que luego sí fue ciertamente más rápida, no la encendió un hombre, sino una mujer.<span id="more-54"></span></p>
<p>Había conocido a Soledad en la Universidad y, aunque no mucho, nos habíamos seguido viendo desde los tiempos de estudiantes. Si no intimé más con ella con los años fue por la estúpida prevención que provocaba en mí el hecho de que fuera lesbiana&#8230; y que yo percibiera su interés por mí. El caso es que al día siguiente de la cena con la que había celebrado mi 31 cumpleaños, y en la que ella estuvo, me llamó para hablar conmigo. Quedamos a cenar unos días después, y allí tuve la primera conversación seria en la que se relacionaron dos cosas que nunca me había parecido que tuvieran relación: la dominación femenina y yo.</p>
<p>Soledad me había visto mal y, simplemente, quería saber cómo estaba y consolarme o, mejor, confortarme. En la conversación surgió, como es natural, mi actitud hacia los hombres y la ausencia de relación íntima con ellos desde hacía algo más de año y medio. Tras contarle el “curioso fenómeno”: que tenía la impresión de que la hiel que destilaba para ellos les resultaba a algunos de los “osos” pura miel, escuché por primera vez en mi vida el adjetivo “dominante” aplicado a mí.</p>
<p>Mi primera respuesta fue negar que yo fuera una “mandona”, una mujer dominante, como sostenía Soledad. Cierto es que estaba acostumbrada a escuchar desde pequeña calificativos que se pueden considerar muy cercanos, pero que para mí nada tenían que ver en aquel momento con lo que imaginaba como una mujer dominante. Desde niña me habían dicho que era cabezota, que siempre me empeñaba en salirme con la mía, que las cosas se tenían hacer como a mí me gustaba que se hicieran, etc. Pero eso me parecía normal; lo de dominante, no.</p>
<p>La conversación fue larga y no fue fácil. Soledad se empeñaba, con suavidad, pero sin soltar el presa, en que yo era una mujer dominante y que esos “osos” que acudían a la “miel”, como yo decía, eran el resultado de la actitud dominante que mantenía con ellos. Pero en lo que más insistía, y lo que más me asombraba, era en que la dominación femenina era un mundo que me interesaba descubrir y del que muy probablemente sacaría buenos réditos.</p>
<p>Después fui consciente de que Soledad sabía mucho más de lo que contaba, de que trataba de vencer mis reparos con delicadeza, más con insinuaciones que con descripciones de la dominación femenina. Pero no había manera: me ofrecía información y algunas lecturas para que me hiciera una composición de lugar, pero yo me negaba en rotundo. Presumía de liberal, y le decía que sencillamente no me estimulaba lo que me planteaba, que no es que me cerrara en banda a aceptar otras formas de relacionarse con los “osos”; pero la realidad es que estaba cerrada a cal y canto.</p>
<p>Pese a todo, Soledad fue lo suficientemente inteligente para terminar por proponerme un pequeño desafío, un juego en el que nada tenía que perder. Como era algo sin complicación ni riesgo, y me lo planteó como un reto, acepté jugar la partida. Lo que me propuso era muy sencillo: comprarme una falda de cuero negro, que no tenía, y utilizarla a menudo durante una temporada con medias y zapatos de tacón alto o, mejor, con botas, todo negro, y después prestar atención a ver si se producía algún cambio en el comportamiento de los “osos” y, claro está, quedar las dos para ver en qué habían consistido esos cambios.</p>
<p>Me pareció una tontería, pero le dije que sí. Era fácil. Me compré la falda de cuero negro –nada espectacular, enseñaba la rodilla, pero no era una minifalda–, y la llevé con frecuencia, con zapatos de tacón o botas, durante una temporada. ¡Una temporada que cambió mi vida!</p>
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		<title>De cómo floreció la dominación I</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Feb 2008 05:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[DIARIO DE UNA DOMINANTE]]></category>

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		<description><![CDATA[Como había anunciado, voy a escribir también algo sobre mi vida. Y creo que lo mejor para empezar será ir contando mi descubrimiento de la dominación femenina. Al contrario que la mayoría de las mujeres dominantes, yo no desarrollé esa faceta de mi personalidad a raíz de que un hombre me animara a someterle. De [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como había anunciado, voy a escribir también algo sobre mi vida. Y creo que lo mejor para empezar será ir contando mi descubrimiento de la dominación femenina. Al contrario que la mayoría de las mujeres dominantes, yo no desarrollé esa faceta de mi personalidad a raíz de que un hombre me animara a someterle. De hecho, ese camino se abrió ante mí precisamente cuando me encontré sola, después de que me abandonara mi marido a principios del verano de 1995.<span id="more-51"></span></p>
<p>Ya he mencionado que tenía en ese momento 29 años, una hija de 9 y que estaba emocionalmente destrozada. Durante los primeros meses, hice poco más que guardar el luto como mujer abandonada, refugiarme en el cuidado de mi hija e incubar un resentimiento que iba más allá del hombre que me había dejado. Era un resentimiento, podemos decir, de género: mi rencor abarcaba entonces a todo el género masculino. A todos esos hombres incapaces de comprometerse durante un largo período de tiempo, a todos esos hombres incapaces de resistirse a la novedad de otra mujer. En resumen, a todos esos hombres incapaces de amar en la adversidad. Y creía en aquel momento, en mi depresión, que eran prácticamente todos los hombres. Hoy no lo creo; aunque sí pienso que esos hombres pueriles constituyen mayoría.</p>
<p>Ese rencor producido por la pérdida se vio incrementado al comprobar cómo acudían a “consolar” a la mujer abandonada unos cuantos de los amigos de mi ex-marido y míos. Llegué a decirme entonces que los hombres parecían tener la capacidad de oler a distancia a una hembra joven sin macho al que tener que enfrentarse. El olor de la carne que se presume fácil.</p>
<p>Sin embargo, mi resentimiento me convirtió en carne muy difícil de obtener. De hecho, no hubo manera: estuve cerca de dos años sin compartir una cama con varón. Mi rabia se fue concretando con el discurrir de los meses en una forma de tratar a los hombres, hasta donde me lo podía permitir, poco amigable: con distancia, en los primeros momentos; después, se fue incrementando mi acritud hasta transformarme paulatinamente en una auténtica borde con ellos: soberbia y despectiva incluso en algunas ocasiones.</p>
<p>Nada tenían que ver estos excesos en mi conducta con ninguna conciencia de mujer dominante. Para mí, la dominación femenina no era entonces más que algo que conocía de oídas por mis estudios de psicología y por vagas referencias de películas y novelas, pero a las que no prestaba ninguna atención, porque ninguna atención me llamaban.</p>
<p>Pero estoy segura ahora de que esos excesos, porque así los considero hoy, vinieron provocados también por lo que entonces me pareció un curioso fenómeno, y del que al principio ni cuenta me daba: cuanto peor los trataba, más parecían suspirar por ese “maltrato” muchos de ellos. Así era, y no lo entendía: en mi pretensión de alejarles de mí, no conseguía más que un sorprendente “éxito” con ellos. Y lo pongo entrecomillas porque no lo consideraba ningún éxito, sino algo que ni buscaba ni me agradaba en aquellos momentos. ¡Quién me iba a decir a mí entonces que ese “curioso fenómeno” me abriría las puertas de un mundo y una sexualidad maravillosos!</p>
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		<title>Un apunte biográfico</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Feb 2008 00:01:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[DIARIO DE UNA DOMINANTE]]></category>

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		<description><![CDATA[Como pienso escribir sobre mí, y supongo que habrá lectores interesados en ello, comenzaré por colgar aquí el apunte biográfico que he escrito para la página informativa “Sobre Ana”. Así pues, la primera aproximación a la historia de mi vida:
Nací el año 1966 en Madrid. Fui la primera hija de una familia de clase media; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como pienso escribir sobre mí, y supongo que habrá lectores interesados en ello, comenzaré por colgar aquí el apunte biográfico que he escrito para la página informativa “<a href="http://anaserantes.com/about/">Sobre Ana</a>”. Así pues, la primera aproximación a la historia de mi vida:</p>
<p>Nací el año <strong>1966</strong> en Madrid. Fui la primera hija de una familia de clase media; 6 años después, llegaría mi hermana.<span id="more-44"></span></p>
<p><strong>1984</strong>. Empecé a estudiar Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Conocí a mi futuro marido, Eduardo, que era profesor en la vecina Facultad de Económicas.</p>
<p><strong>1985</strong>. Comencé a salir con Eduardo a principios de año (todavía tenía 18 años, 14 menos que él). Con la llegada del verano, me dí cuenta de que estaba embarazada. Nos casamos a finales de septiembre. Además de embarazada, estaba completamente enamorada.</p>
<p><strong>1986</strong>. En enero nació mi hija Clara. Era una preciosidad. Lo sigue siendo. Yo no había cumplido aún los 20 años.</p>
<p><strong>1991</strong>. Después de siete años, por fin, conseguí licenciarme en Psicología. La niña y las tareas de la casa no me permitieron hacer la carrera universitaria en condiciones muy favorables. Nunca he ejercido como psicóloga.</p>
<p><strong>1992</strong>. Comencé a trabajar en una pequeña empresa de un amigo de Eduardo. Aunque mi sueldo no era demasiado alto, tenía una jornada de cinco horas que me permitía atender a mi hija, a mi casa y&#8230; a mi marido. Y disfrutaba de un trabajo y de una empresa con los que estaba comprometida.</p>
<p><strong>1994</strong>. Descubrí que Eduardo tenía un lío con una de sus alumnas. La crisis de nuestra pareja se arregló tras mi decepción, sus muestras de arrepentimiento y sus reiteradas promesas de que no volvería a ocurrir nunca más. Volvió a ocurrir.</p>
<p><strong>1995</strong>. Planeábamos trasladarnos los tres a Estados Unidos en el verano, donde una universidad había contratado a Eduardo como profesor. Dos meses antes de la fecha prevista para el viaje, mi marido me dejó, y se fue a América con otra de sus estudiantes. Faltaron tres meses para que se cumplieran los diez años de matrimonio. Tenía 29 años, una niña de 9, la necesidad de buscar un trabajo mejor pagado y&#8230; estaba hecha polvo.</p>
<p><strong>1996</strong>. La presencia de Clara me obligó a salir adelante con rapidez. Tras unos meses realmente malos, conseguí un nuevo trabajo en una empresa de mayor tamaño, con mayor sueldo, mayor responsabilidad y mayor jornada laboral. Mi tiempo se convirtió en un bien realmente escaso, pero el sueldo y lo que me pasaba Eduardo me permitieron hacer frente amis gastos y a los de mi hija.</p>
<p><strong>1997</strong>. Mi ex-marido se casó en Estados Unidos con su estudiante. Y yo me convertí en una madre divorciada de 31 años, y con una buena dosis de rencor contra el género masculino en su conjunto. Fue entonces cuando tuve conciencia por primera vez de que la dominación femenina era algo más que el comportamiento sexual de personas un poco raras. Después de dos años de abstinencia, llegó mi primera aventura sexual y de dominación. No fue gran cosa.</p>
<p><strong>2000</strong>. Mi hija Clara se fue a vivir con su padre a Estados Unidos en el verano de ese año, para empezar su <em>nine grade</em> en la <em>High School</em> (y allí decidió quedarse después para estudiar en la Universidad). Me quedé sola; y la echaba de menos. Pero también me quedé más libre para mis “aventuras”.</p>
<p><strong>2002</strong>. Conocí a “mi chico”, a Miguel. Tenía nueve años menos que yo, y ni se le pasaba por cabeza la idea de someterse a una mujer. Desde entonces, vive para servirme y complacerme; y yo vivo como una reina&#8230; enamorada.</p>
<p><strong>2004</strong>. A principios de ese año, Miguel y yo montamos en Internet la revista de dominación femenina (www.DominacionFemenina.net), que dejó de publicarse en enero de 2006.</p>
<p><strong>2008</strong>. “<a href="http://anaserantes.com/2008/de-vuelta-a-la-red/">De vuelta a la Red</a>” con este blog.</p>
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