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	<title>Blog de Ana Serantes &#187; Dominación</title>
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	<description>Diario de una dominante</description>
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		<title>Castigo sin esfuerzo</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jan 2009 05:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta mujer tiene claro que a su marido le hace mucho bien la disciplina física, pero a ella le lleva su esfuerzo. Así que pregunta por formas de castigar a su hombre que no requieran de esfuerzo físico, que le resulten más cómodas a ella. Y Elise Sutton le da algún ejemplo y le propone agudizar el ingenio.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Querida Elise, estoy buscando tu consejo sobre el castigo físico. Mi marido me ha pedido un estilo de vida de dominación femenina 24/7 y estoy dispuesta a dárselo.</p>
<p>Hemos tenido algunos momentos difíciles durante nuestro matrimonio, y he aprendido por las malas que la indulgencia supone para él el mensaje equivocado. Por consiguiente, la firmeza es esencial y le administro correctivos frecuentemente. Él lo necesita y a mi ha llegado a gustarme.</p>
<p>Sin embargo, con la diversión viene una carga. Las sesiones pueden ser agotadoras a veces y le están haciendo a él más dócil que atento. No es esto lo que deseo, pero amo a mi marido y creo que es necesario para él. Por tanto, estoy buscando medios alternativos de castigo. Idealmente algo mucho menos laborioso pero que aún inflija dolor en él cada vez que lo vea oportuno. Cualquier sugerencia será bienvenida.</p>
<p><strong>Elise Sutton:</strong></p>
<p>¿Realmente quieres infligir dolor? ¿O quieres imponerle una molestia temporal con el objetivo de entrenarlo y así estimular su naturaleza sumisa? Hay una gran diferencia pues a menos que tu marido sea un auténtico masoquista, no querrías infligir dolor en el sentido negativo sino más bien en el positivo.</p>
<p>El amor y el castigo van de la mano. Esto es en lo que consiste la autoridad femenina amorosa. La meta del castigo corporal no es lo que le hace al cuerpo de un hombre, sino más bien el efecto que tiene sobre su mente. Azotar o fustigar a un hombre no es un acto de violencia, sino más bien un acto de amor. La disciplina y los cuidados son las dos caras de la misma moneda del amor. Los hombres desean disciplina física y necesitan disciplina física. Es satisfactorio para su alma al actuar como una especie de válvula de alivio que expulsa el estrés y la frustración acumuladas, al subyugar el hombre sumiso su voluntad a la voluntad de la mujer. La disciplina es una actividad muy natural y saludable entre dos adultos comprometidos que se aman. Al igual que una mujer castiga a su hijo con amor por el bien de su propio hijo, una mujer debe castigar a su marido por su propio bien.</p>
<p>Cuando pensamos en castigo físico tendemos a pensar en golpes usando los instrumentos de disciplina más intensos, como una fusta o una caña. Los castigos corporales son normalmente más intensos y severos que una azotaina.</p>
<p>Dices que tu marido necesita firmeza y responde a tu firmeza. Es obvio por tu descripción que estos castigos corporales llevan a tu marido al “espacio de la sumisión”. El resultado es que él se vuelve más dócil, pero debe volverse también más atento. Quizás te estás excediendo en la severidad de su disciplina. Quizás puedes ser firme sin que las sesiones sean tan intensas. No sé, tendrás que experimentar y comunicarte con tu marido para encontrar qué funciona. Es obvio que él necesita sesiones regulares de disciplina y que responde a ellas, pero quizás necesitas encontrar un equilibrio entre amor y castigo, cuidados y disciplina. Está bien que él sea dócil hacia ti. pero también tiene que estar atento a tus necesidades.</p>
<p>Sobre métodos de disciplina y castigo de un hombre (hay una diferencia) que requieran solo un pequeño esfuerzo por parte de la mujer, hemos examinado alguno de estos métodos en el pasado. He recibido unas cuantas peticiones de información sobre &#8220;El potro&#8221;, que una mujer llamada Lee compartió conmigo y cuyo método reflejé en mi libro y en mi sitio web. Lee además compartió algunas fotos y pistas sobre cómo construir &#8220;<a href="http://elisesutton.homestead.com/horse.html">El potro</a>&#8221;</p>
<p>En las dos últimas ediciones de <em>Predominant</em>, una mujer llamada Ashley explicó cómo utiliza una cámara de privaciones (una habitación acolchada de aislamiento) donde ella disciplina y castiga a su marido, Jack. Ellos incluso incluyeron algunas fotos de la habitación junto con una descripción de cómo Jack la construyó.</p>
<p>La mente es ilimitada y la creatividad avanza enormemente con este estilo de vida, que sólo se vuelve aburrido o una carga si lo descuidas. Las posibilidades únicamente están limitadas por una mente cerrada. A menudo, la dominación femenina alimenta el pensamiento creativo y el pensamiento creativo genera inventiva. Tengo una entrada de una mujer llamada Janet (“Dominación automatizada”) sobre cómo utiliza la tecnología en sus sesiones de dominación con su marido. Ésto le ha permitido dominar a su marido con poco esfuerzo físico de su parte: usa controles remotos y máquinas (como una máquina de azotar) que se encuentran disponibles en tiendas D/S.</p>
<p>Puedes usar tu propia creatividad o puedes investigar y tomar ideas de otros. Hay muchas formas en las que una mujer puede disciplinar, castigar, entrenar y dominar a su marido. Algunas requieren poco esfuerzo por parte de la mujer mientras que otras pueden ser más físicas. No hay nada malo en algo de actividad física de vez en cuando. Mi opinión personal es que cuanto más contacto tenga la sesión, más poderosa resulta. Sin embargo, hay veces en las que una mujer necesita imponer disciplina cuando no está de humor para ello y, para esas ocasiones, un poco de creatividad puede valer de mucho. Gracias por la pregunta.</p>
<p>[Traducción de Alejandro Casanova]</p>
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</p>]]></content:encoded>
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		<title>Dominación automatizada</title>
		<link>http://anaserantes.com/2008/dominacion-automatizada/</link>
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		<pubDate>Tue, 18 Nov 2008 05:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Janet nos cuenta que determinadas actividades de la dominación femenina, como el uso del arnés-consolador o la paleta, le resultan a veces cansadas. Pero nos cuenta también que ha encontrado la solución, que también para esto hay máquinas que nos liberan del trabajo manual.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Janet W</strong></p>
<p>Querida Elise, quería compartir contigo y tus lectores, especialmente tus lectoras, cómo la tecnología puede ayudar maravillosamente a una mujer a dominar a su marido. Sé que algunas mujeres se quejan de que la D&#038;S consume demasiado tiempo y de que los hombres necesitan que se dedique mucho tiempo a dominarles en el dormitorio para que luego sean obedientes fuera de él. Aquí es dónde la tecnología y el uso de artilugios nos pueden ayudar.</p>
<p>Un ejemplo es el uso del arnés-consolador. Hay juguetes disponibles en internet o en exhibiciones <em>fetish</em> conocidos como “<a href="http://www.fuckingmachines.com/site/fm/machines/">máquinas de follar</a>”. Hay diferentes tipos desde dispositivos portátiles hasta elaboradas máquinas. Nosotros tenemos uno que tiene motor con diferentes herramientas de golpeo. Ahora quiero jugar con el arnés-consolador y hacerlo del modo tradicional, y otras veces quiero dominar a mi marido sin tener que pasar por la agotadora tarea física de una sesión con el arnés-consolador. Quiero usar el arnés-consolador como disciplina, y con el aparato puedo ir más allá y ser más dura de lo que yo soy capaz.</p>
<p>Haré que mi marido se desnude en la cama y le pondré en la postura deseada, doblado sobre algo o sobre su espalda con sus rodillas atadas al somier. Usaré mis dedos para lubricarlo y luego colocaré la máquina para que el consolador esté frente a su ano. Guiaré el consolador dentro de él y, una vez que esté segura de que está en la posición apropiada, encenderé la máquina y se lo follará tanto como yo quiera.</p>
<p>Si es una sesión de D&#038;S, puedo utilizar su cara para darme placer o puedo utilizar otros complementos como látigos o lo que sea mientras a él se lo folla la máquina. Pero hay muchas veces que la máquina hace todo el trabajo y yo sólo miro. No le dejo desatendido, pero puedo hablar por teléfono mientras me siento en su cara o puedo simplemente sentarme allí y leer u observar. Es fácil para mí y me encanta que llegue a un punto en que me suplique que pare la máquina. Puedo ajustar las revoluciones del aparato y hacerlo más veloz y más intenso. </p>
<p>También puedo controlarlo por control remoto. Me encanta tenerle a punto del orgasmo y entonces apagar la máquina. Después espero un minuto o dos y la vuelvo a encender. Puedo hacerlo una y otra vez, lo que le vuelve realmente loco. Incluso puedo conseguir que acceda a cualquier cosa que yo desee. La jodida máquina es genial tanto para premiar como para disciplinar a un hombre.</p>
<p>Otro dispositivo que me gusta usar es un anillo para el pene con control remoto que transmite descargas eléctricas. Puedo disciplinar a mi marido mientras está haciendo tareas domésticas o mientras me está dando placer dándole una descarga en los genitales solamente tocando un botón. </p>
<p>Teníamos una máquina de azotar. Tenía un dispositivo motorizado conectado a una paleta y yo podía fijar la frecuencia y la dureza de la paleta. Podía zurrarle durante largo tiempo con dureza sin ni siquiera levantarme de la silla. Desafortunadamente ese aparato se rompió y aún no lo hemos arreglado.</p>
<p>Mi opinión es que es posible disciplinar a un hombre y tener sesiones D&#038;S con él sin derrochar mucha energía. La tecnología lo hace posible y hay cada vez más y más aparatos. Una mujer puede tumbarse y dejar que su esclavo le proporcione placer oral mientras le azota por control remoto, le folla, le da descargas, le administra un enema (solíamos hacer esto con un dispositivo que libera una cantidad de agua predeterminada cada cierto tiempo en una bolsa de la boquilla que se inserta en su recto), o cualquier cosa que se te pueda ocurrir. </p>
<p><strong>Elise Sutton:</strong></p>
<p>Janet, mientras que el hombre tenga una palabra y una señal de seguridad y mientras que el juego sea seguro, sano y consensuado no hay problema con el uso de estos juguetes. Otras mujeres han compartido el modo en que ellas dominan y disciplinan a sus maridos con poco esfuerzo. “Montar a caballo” [aparato para el “castigo”] es uno de tales métodos (presentado en mi libro y en mi web). También he hablado sobre objetificar, de modo que el sumiso se convierte en un orinal o un perchero. Ello conlleva poco o ningún esfuerzo por parte de la mujer pero el hombre está siendo dominado y puede tomar conciencia de que se ha convertido en un objeto para jugar. </p>
<p>Hay muchas formas en las que una mujer puede dominar a un hombre sin gastar mucho tiempo, esfuerzo o dinero. Algunos de los juguetes que has mencionado pueden ser caros. Pero una mujer puede ordenar a un hombre que se domine a sí mismo, o zurrarse a sí mismo o usar un dildo mientras la mujer le domina mediante sus órdenes y su voz. Las dóminas por teléfono hacen esto todo el tiempo, pero cualquier mujer puede hacerlo como ejercicios que se conocen como dominación mental. </p>
<p>No hay duda de que algunos de estos juguetes que has mencionado pueden ser intensos y poderosos. Conozco sumisos que inventan todo tipo de juguetes para que las mujeres los usen con ellos. Algunos de ellos son muy elaborados y técnicos y sirven para mostrar hasta qué punto llegan los deseos de algunos sumisos por ser dominados por mujeres. Incluso lo hacen para que las mujeres no se cansen demasiado. </p>
<p>Una vez más, lo más importante al usar cualquier juguete es que la dominante se asegure de que sabe usarlo correctamente. Y también te felicito por no dejar a tu marido desatendido. Sería tentador encender uno de esos dispositivos y dejar al sumiso solo en una habitación oscura, pero ¿qué pasaría si algo va mal? Conozco parejas que tienen una mazmorra o una habitación para jugar en su casa con cámaras conectadas. De esa manera si la mujer está en la habitación de al lado haciendo algo, al menos puede echar un ojo a su sumiso. La seguridad siempre debe ser lo más importante.</p>
<p>Gracias de nuevo, Janet, por compartir esas ideas creativas. El poder de un control remoto puede ser usado para fines mucho más interesantes que el de cambiar los canales de la televisión. Mis mejores deseos.</p>
<p>[Traducción de Ms. Clarinet]</p>
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		<title>Ahora quiero más</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Sep 2008 04:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando su marido le habló de la dominación femenina, Sandy no sólo se extrañó, sino que se sintió desilusionada con él. Ahora, la cosa ha cambiado, en poco tiempo, y de qué manera: “Estoy tan entusiasmada con mi nuevo poder que ansío ir más allá en la dominación para evitar estancarme”.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Sandy V</strong></p>
<p>Querida Elise, no sé como agradecerle el valor que me ha dado su libro para experimentar las inesperadas alegrías de controlar mi vida y a mi marido. Hace un año, no habría podido ni imaginar que hoy estaría escribiendo una carta como esta, especialmente en este momento de mi vida (los dos, mi marido y yo, tenemos 60 años). Esta es mi experiencia y mis preguntas.</p>
<p>Durante varios años, mi marido soltaba frecuentes indirectas sobre las mujeres dominantes. Yo no las captaba porqué no entendía esa idea; llevábamos 15 años casados y yo era una esposa tradicional –complaciente, pasiva y dedicada a él–. Él es una persona con éxito en su profesión y respetada en nuestra comunidad. Con los demás, en el trabajo y el ocio, da una imagen de masculinidad, y antes, en casa, también yo lo veía así.</p>
<p>En cambio, yo siempre me he sentido algo inferior a él: mi educación es inferior a la suya, y el cuidado de los niños retrasó mis modestas metas profesionales. Dependiente de sus ingresos, siempre le he visto como el miembro principal de la casa. Este es mi tercer matrimonio y es el amor de mi vida. Mis anteriores maridos demostraron ser rudos, incluso abusadores, y tuve que adoptar una actitud pasiva y alimentar una baja autoestima. Nunca me trataban como a una igual, lo que reforzaba constantemente mi sensación de inferioridad. </p>
<p>Así que ya puede imaginarse lo extrañas que me sonaban las alusiones de mi marido: por un lado me desilusionaba que él pudiera ser menos hombre de lo que yo creía, aunque, al mismo tiempo, me sentía extrañamente intrigada.</p>
<p>A medida que sus indirectas se hacían más explícitas y fascinantes, empecé a fantasear con ser más enérgica, al menos en la cama. Estas fantasías me excitaban, y por un lado me sentía culpable, pero por otro me daba cuenta de que eran las ideas que él tenía. Ocasionalmente, me inducía a intentar algunos jueguecitos en la  cama –vendarle los ojos, atarlo un poco, ponerme yo encima, etc.–. Para mi era  conflictivo: veía estas actividades perversas y no podía evitar las prisas por volver a normalizar la situación. Me sentía violenta y trataba de mostrar desinterés, pero él insistía.</p>
<p>El momento crucial tuvo lugar durante uno de estos juegos. Me pidió que le azotara. Lo intenté, pero por poco tiempo y flojo, porque no quería hacerle daño. Le dije que eso no me gustaba. Su enorme y manifiesta desilusión produjo una interrupción en nuestros juegos sexuales; me di cuenta de que necesitaba saber por qué esto era tan importante para él. Por primera vez en nuestro matrimonio le di una orden (para sorpresa de ambos): le pedí que preparara unas bebidas, y me preparé para escuchar todas sus fantasías. Después de balbucear nerviosamente sobre ello durante algún tiempo, empezó a llorar (era solo la segunda vez que le veía hacerlo). Después, repentinamente, me explicó que hacía tiempo que tenía la fantasía de ser dominado por una mujer que le amara, pero que le asustaba decírmelo  porque temía que dejara de quererle. Entre sollozos, me dijo que fantaseaba constantemente con subordinarse a mí, deseando que yo, por la fuerza, tomara las riendas de él y de nuestro matrimonio.</p>
<p>Decir que me quedé sin habla se queda corto. Nunca le había visto tan emocionado, temeroso y vulnerable. Mi primer pensamiento, que, afortunadamente, no llegué a pronunciar, fue de consternación por su pérdida de masculinidad (¡que equivocada estaba!). Le di apoyo y consuelo en silencio durante un largo rato. Después le di las gracias por su sinceridad y le prometí que intentaría comprenderlo.</p>
<p>No volvimos ha hablar del tema durante varias incómodas semanas, y durante este tiempo encontré su libro. Debo decir que, al principio, me dejó perpleja, por no decir que lo encontré fortísimo y amenazador. Pero a medida que fui entrando en él encontré apartados más útiles y reconfortantes. A medida que leía y releía, debo admitir que empecé a excitarme. Empecé a pensar cada vez más en llevar mi nueva excitación a la realidad asumiendo un papel dominante en algunos aspectos de nuestro matrimonio. La idea de tener a mi marido arrodillado ante mí, obedeciéndome y sirviéndome, me parecía patética por un lado, pero adictiva por otro. Después de todo, sería un acuerdo beneficioso para ambos porque sabía que él lo quería y estaba empezando a pensar que quizá yo también –si tuviera la suficiente confianza como para hacerlo–. Mi excitación crecía y la percepción de nuestra anterior vida sexual empezaba a parecerme patéticamente pobre.</p>
<p>Finalmente, una noche mientas jugábamos, le pregunte si me recordaría sus fantasías. Naturalmente, lo hizo. Le pregunté si iba en serio con la idea de cederme el control. Hubo una breve pausa, seguida por un suave “mucho”. Le dije que debía entender que si pasaba eso no habría vuelta atrás, que yo podría elegir controlar cualquier aspecto de nuestro matrimonio, que mis decisiones prevalecerían, y que tendría que obedecerme incondicionalmente. Le pedí que se lo pensara durante dos semanas, y que si seguía pensando igual me haría cargo de nuestro matrimonio, y sino las cosas volverían a ser como antes. Viendo su erección podía adivinar su respuesta. Le informé de que aquella noche quería un masaje en vez de sexo y, efectivamente, no tuvo ningún orgasmo durante las dos semanas de deliberación.</p>
<p>El viernes de la segunda semana, le dije que el domingo quería que se marchara de casa antes del mediodía y que volviera exactamente a las 2 de la tarde. Me encontraría en la sala de estar y esperaba que se arrodillara ante mí, preparado para tomar su decisión. También le dije que cuando le preguntara por su decisión debía besarme los pies y elegir entre dos cosas: una sería pedirme perdón por engañarme con sus deseos de sumisión, y para purgar su culpa seguiría sin orgasmos durante otras dos semanas. La otra sería entregarse a mí control totalmente para conseguir un orgasmo, que significaría no solo su pérdida del control, sino también el punto de transición desde su independencia a su total sumisión.</p>
<p>El domingo llegó puntual, y me encontró sentada en la sala de estar vestida con una falda corta y las piernas cruzadas exhibiendo las botas de tacón alto que me había comprado para la ocasión. Estaba bebiendo vino pero me sentía tan insegura que ni siquiera podía hablar, así que no dije nada y solamente señalé el suelo delante mí. Mientras se arrodillaba dijo “sí, querida”. Su voz estaba quebrada y me di cuenta de que estaba temblando. Esto me dio mas fuerzas al ver que él estaba más nervioso que yo. De repente me recorrió una agradable sensación de relajada confianza y poder. En aquel momento me di cuenta de que nunca más estaría contenta sin aquella sensación. Había llegado mi momento decisivo.</p>
<p>Le pregunté si había elegido. Movió la cabeza afirmativamente y le ofrecí un pie y después el otro. Los besó y con una voz seca, ronca y apenas audible dijo que si yo estaba de acuerdo en dominarle elegiría tener un orgasmo para marcar el  momento de su sometimiento a mi voluntad. Le pregunte si estaba seguro; porqué no habría vuelta atrás, y él cabeceó afirmativamente. Le hice levantar y desnudarse, y señalé de nuevo el suelo ante mí.  Le recordé que debería pedirme permiso antes de correrse. Jugué con su pene con la punta de mi bota durante los pocos segundos que tardó en ponérsele duro, y le dije que había llegado el momento de que se ofreciera a mí mediante su orgasmo.</p>
<p>El miró hacia el dormitorio y empezó a levantarse creyendo que iba a haber sexo. Yo apoye mi mano sobre su hombro, le agarré un pezón con la otra, y le dije que iba a correrse allí mismo, de rodillas, delante de mí. Su atónita mirada se reforzó con un rubor carmesí que revelaba su profunda turbación. ¡Eso no era lo que esperaba!. Me miró inquisitivamente como si creyera que iba a revelarle el juego. Segura de mi misma, me limité a observarle. Al darse cuenta de que iba en serio empezó a masturbarse y enseguida me pidió permiso para correrse. Entonces agarré sus dos pezones y le dije que lo hiciera. Cuando empezó su orgasmo se los pellizqué tan fuerte como pude, tan fuerte que pensé que iban a estallar. Sus gemidos se convirtieron casi en gritos; nunca le había visto tener un orgasmo más intenso y prolongado. Cuando recuperó la compostura le dije que había querido que ese orgasmo fuera especialmente memorable, ya que sería el último que tendría en toda su vida como resultado de su propia decisión. Le informé de que nunca más se masturbaría ni tendría orgasmos por cualquier medio sino era en mi presencia y bajo mis órdenes. Entonces le dije que necesitaba cambiarme de ropa y hacer algunos recados, que volvería a las 6 y que quería encontrar la cena preparada y sábanas limpias en nuestra cama.</p>
<p>Esto había pasado hacía algunos meses y las cosas habían ido bastante bien. La primera noche de nuestro nuevo acuerdo me despertaron las sacudidas de la cama. El estaba en el otro extremo sollozando inconteniblemente. Me acerqué a él y lo rodeé con mis brazos sin decir nada hasta que se quedó dormido; nunca dijimos ni una palabra sobre aquello. Ahora parece más contento que nunca y yo jamás he sido más feliz. Hace las tareas que le asigno y tengo mis necesidades sexuales plenamente satisfechas cuando quiero. Antes, nunca había estado interesada en el sexo oral, pero ahora me lo proporciona cuando se lo ordeno, y no necesito corresponderle sino estoy de humor.</p>
<p>Llegados aquí, me pregunto cuánto tiempo puede durar esto y hacía dónde vamos. A veces no logra cumplir con mis expectativas, especialmente si hace poco que ha sido satisfecho sexualmente. Puedo denegarle más sexo, pero me parece cruel. Me gustaría disponer de otros métodos de disciplina; todavía me siento incómoda con los castigos físicos, porque no quiero hacer daño a quien tanto quiero. Podría preguntarle cómo disciplinarlo, pero eso sería devolverle el control y perder la posición actual. También creo que me gustaría feminizarlo; me parece una gran idea arrebatarle su masculinidad cuando está en casa, pero no quiero destruir su imagen masculina que tan bien le va en el trabajo y con los amigos. Estoy tan entusiasmada con mi nuevo poder que ansío ir más allá en la dominación para evitar estancarme, pero no quiero llegar a algunas de las situaciones extremas de su libro. ¿Como puedo encontrar el equilibrio y el ritmo adecuados?</p>
<p>Gracias por el positivo cambio que sus palabras han producido en mi vida. Ahora estoy en un estado maravilloso que nunca habría experimentado sino hubiera sido por usted.</p>
<p><strong>Elise Sutton:</strong></p>
<p>Sandy, gracias por compartir estos detalles tan personales sobre su matrimonio. Su marido parece un hombre especial y usted fue capaz de hacer brotar su naturaleza sensible con su buena disposición para dominarle. Apuesto que nunca pensó que le vería tan abierto y tan vulnerable emocionalmente ante usted. Este es el poder de la dominación femenina. Ahora los dos son libres de asumir niveles más especiales; las barreras han sido derribadas.  </p>
<p>Usted, naturalmente, estaba indecisa a causa de las expectativas de la sociedad tradicional. Usted y su marido tienen una edad en la que no siempre es fácil adoptar un nuevo estilo de vida; la gente se acomoda en su forma de vivir y requiere un tremendo esfuerzo dar un paso adelante y adoptar un estilo de vida contrario a lo que había pensado toda la vida, y por eso se resistía a tomar esa decisión. Estaba excitada por las posibilidades, pero una vocecita en su corazón seguía diciendo “se supone que se encargan los hombres. Esto es lo que siempre he creído”. Pero usted no podía renunciar al poder que sentía, no podía renunciar a esa mujer dominante que llevaba en su interior y que quería ser liberada, y no podía negar que eso era lo que su marido quería y necesitaba.</p>
<p>Su historia debería servir como testimonio para todas las esposas que dudan en dar una oportunidad a la dominación femenina. No necesitan tener experiencia ni ser unas Superwoman; solo necesitan crear un ambiente en el que sus maridos puedan sentirse cómodos para abrirse a ustedes. Si él puede confiar en usted para confesar sus verdaderos deseos y sentimientos, si sabe que no será juzgado ni condenado, se sentirá libre para confesar sus más profundos sentimientos, sentimientos que muy bien pueden ser contrarios a los que la sociedad supone que es la masculinidad.</p>
<p>Una vez abierto y liberado, podrán expresar su verdadera naturaleza y lo demás vendrá por sí solo. Cuando permita aflorar su dominación, él podrá dejar que aflore más su sumisión; la clave está en que usted no se preocupe demasiado por sus fantasías, sino que se centre en lo que desea de su sumisión, y su sumisión percibirá su firmeza y eso es lo que le llevará a la plena satisfacción de su sumisión.</p>
<p>Sus preguntas y conflictos son normales y comunes. Igual que usted estaba indecisa y nerviosa al hacer el cambio, está igualmente indecisa al intentar estas nuevas actividades de dominación femenina. Pero se sobrepuso a aquella indecisión inicial dejando aflorar libremente su dominación, y así es como se sobrepondrá a sus nuevos retos. Quiere experimentar con la feminización, pero duda a causa de lo que la sociedad cree que es la masculinidad. Tal como hizo anteriormente, necesita relajarse y divertirse con ello; relájese y deje  que la mujer dominante consiga lo que quiere. No se preocupe por lo que pueda pensar la sociedad o por lo que digan los demás. Su mundo es usted y su marido, y es su mundo privado, lejos de las expectativas de la sociedad. Es suyo y de él, y ambos son libres para explorar este estilo de vida en todas sus formas.</p>
<p>Así que vuelva a leer mi libro, coja un rotulador, y cuando lea algo que le excite como mujer dominante, subráyelo y pruébelo con su marido. No se preocupe porqué sea excéntrico, salvaje o raro; están solo usted y su marido, así que despójense de cualquier inhibición y vayan adelante con entusiasmo. Además, déjele leer mi libro a su marido y hágale subrayar las historias, citas o actividades que, como sumiso, encuentre excitantes. Haga que utilice un color diferente al que usó usted y así sabrá lo que quiere y ambos podrán hablar sobre ello. No tiene por qué hacer nada que la incomode, pero por lo menos sabrá algo más sobre la sumisión de su marido. A medida que profundice en este estilo de vida, descubrirá nuevos deseos.</p>
<p>Le agradezco otra vez que haya compartido su experiencia. Continúen comunicándose y creciendo juntos. Aquí no hay nada correcto ni incorrecto. No hay necesidad de estar nerviosos ni inhibidos. Habrá días buenos y días malos, como en cualquier matrimonio, pero a medida que crezcan en este estilo de vida experimentarán una unión más profunda. El sexo no volverá a ser aburrido y la aventura será una cosa habitual. Cuídense.</p>
<p>[Traducción de Jorge Sánchez]</p>
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		<title>Belleza o actitud</title>
		<link>http://anaserantes.com/2008/belleza-o-actitud/</link>
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		<pubDate>Sun, 03 Aug 2008 04:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta mujer se decidió a someter a su marido, y parece que le va bien. Sin embargo, está harta de que la dominación femenina se relacione siempre con imágenes de mujeres de gran belleza. A lo que Elise Sutton responde que, aunque la belleza importa, lo más importante es la actitud de la mujer dominante.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hola Sra. Sutton. Ante todo me gustaría felicitarla por su coraje y su valor para iniciar una revolución que durará eternamente porqué no tiene marcha atrás. Permítame que le explique mi situación para hacerle una pregunta que solo usted, como persona versada en el tema, puede responder.</p>
<p>En mi casa, durante unos 10 años, mi fuerte y egocéntrico marido ha abusado verbalmente de mí. Después de una serie de acontecimientos, desencadenados por él principalmente, empezamos nuestra transformación en un matrimonio de dominación femenina. Para abreviar iré a lo principal. Mi marido ya no es “mi marido”; es uno más de los niños de casa. Aunque compartimos el dormitorio, solo puede usar la cama y el aseo; ya no puede usar el cuarto de baño. Además está siempre encerrado en un CB2000; no tanto para evitar que se masturbe sino para que me pertenezca.</p>
<p>Ya no piensa solo en él. Deposita su sustancioso salario directamente en mi cuenta, a la que no tiene acceso. Le doy una paga y debe justificar hasta el último céntimo antes de recibir la de la semana siguiente. Lo disciplino con mi cepillo, aunque no lo suficiente, pero nos vamos acostumbrando poco a poco.</p>
<p>Mi pregunta es la siguiente: estoy totalmente de acuerdo con la dominación y con la superioridad femenina, pero me preocupa que la imagen que de ella dan los medios de comunicación e Internet siempre es la de una mujer bella, de busto abundante, sexy y ligera de ropa dominando a un hermoso varón. Son las mentiras de Hollywood que invaden la sociedad. ¿No debería la dominación y la superioridad femenina excluir la sexualidad y las connotaciones sexuales que esto implica? Las mujeres somos superiores independientemente de nuestro aspecto. Lamento ser tan crítica, pero este parece ser la visión predominante. Aprecio realmente su trabajo y leo religiosamente sus publicaciones.</p>
<p><strong>Elise Sutton:</strong></p>
<p>Yo no me preocuparía mucho por lo que los medios de comunicación  o los sitios de Internet con webmasters masculinos crean que ha de ser una mujer dominante. Lo que importa es la realidad de su propia vida y de su matrimonio, y parece que tiene a su marido firmemente controlado. Si Vd. ha conseguido el pleno control de sus finanzas, quiere decir que le ha llevado a un profundo nivel en su sumisión. Sin que importe cuánto use su cepillo con él, parece que está profundizando en su dominación y él en su sumisión. Parece que él confía plenamente en usted. y es feliz sometiéndose. Por lo tanto, yo no me preocuparía demasiado por las fantasías masculinas sobre la dominación femenina. usted y su marido la están viviendo en la realidad.</p>
<p>Esto no significa que una mujer con buen pecho, bella y sexy no pueda también triunfar como mujer dominante. Una mujer que reconoce y utiliza su sexualidad es, efectivamente, una mujer inteligente. La clave es la actitud de la mujer, sin importar su belleza; si camina y habla de forma dominante, será dominante. La mujer dominante desarrolla un aura de dominación y esta aura de superioridad es lo que ningún varón sumiso puede resistir. La actitud es la clave, porqué una mujer puede ser bella pero también puede ser victima de la explotación sexual. La belleza es maravillosa, pero solo si la mujer la usa de la forma correcta. Demasiadas mujeres hermosas tropiezan con relaciones abusivas con hombres porqué permiten que su belleza sea un riesgo en vez de una ventaja.</p>
<p>Yo creo que de lo que se quejan algunas mujeres acerca de la belleza y la dominación es de que ciertos hombres solo quieren someterse a mujeres llamativamente bellas. Puede haber cierta verdad en esto, pero no se trata tanto de que los hombres quieran someterse a mujeres hermosas como de que las mujeres atractivas tienden a dar una mejor imagen que las mujeres que no reciben tantos cumplidos por parte de los hombres.</p>
<p>La dominación se centra en la actitud, y una imagen saludable puede ayudar a una mujer a proyectar una actitud segura de sí misma. La belleza se encuentra realmente en los ojos del observador y tanto en el interior como en el exterior. Todas las mujeres son bellas, pero no todas dejan que su belleza emane de ellas. No importa su apariencia, la mujer segura de si misma y que se sabe superior proyectará esta actitud y no pasará desapercibida a los hombres sumisos.</p>
<p>Para mí esta no es la cuestión. Cualquier mujer puede desarrollar su naturaleza dominante. El hombre que sólo quiera someterse a la apariencia de la naturaleza femenina simplemente se esta privando de su mayor satisfacción. La apariencia puede ser el punto de partida (como las fantasías masculinas son sólo el punto de partida). La verdadera sumisión requiere someterse a una mujer, en cuerpo, mente y espíritu. Cuando la dominación femenina se aleja de las apariencias y comienza a centrarse en lo interior, es cuando se hace poderosa. El hombre que se somete a la naturaleza femenina de una mujer, que es su corazón y su alma, es el hombre que experimentará una completa satisfacción en su sumisión. Parece que su marido se encamina hacía allí. Les deseo lo mejor a los dos.</p>
<p>[Traducción de Jorge Sánchez]</p>
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		<title>Sobre Elise Sutton</title>
		<link>http://anaserantes.com/2008/sobre-elise-sutton/</link>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2008 00:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Envía José Perera un más que interesante artículo en el que, aun reconociendo la importancia de su figura para los interesados en la dominación femenina, critica de forma clara y argumentada algunos aspectos del “magisterio” de la dómina estadounidense.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>José Perera</strong></p>
<p>Para Ana Serantes.</p>
<p>Ana, reconozco que te tengo miedo; que te admiro y te temo al mismo tiempo, porque he leído los artículos que mandan a tu revista, y a cuyos autores replicas a veces de forma implacable, demoledora. En realidad creo que ejerces tu rol, y no te faltan armas intelectuales para ello. Procuro, por eso, acercarme a tu publicación con una prudencia que, seguramente, no guardaría si escribiera en otro medio. Probablemente nada será peor para un sumiso que ser acusado de no serlo. Y quizá por ello leo y releo lo que escribo, buscando y autocensurándome en todo aquello que pudiera ser percibido como un ataque a los que, en nuestro ambiente y de forma implícita, se considera como principios fundamentales. Pero también es verdad que la sumisión amorosa no conlleva la sumisión del pensamiento. No pretendo ponerme a gritar más alto para imponer “mi verdad”, sino que, simplemente, busco expresar mis puntos de vista. Me encantaría, luego, que alguien me dijera un sí o un no estoy de acuerdo, pero siempre argumentando lo que se expone. El caso es que quisiera hablar sobre la obra de Elise Sutton. ¿Y dónde mejor que en la Revista de Dominación Femenina? Pero volviendo a mis temores, temo contrariar a las más que probables simpatizantes Suttonistas.</p>
<p>Llegué de casualidad a los escritos de Elise Sutton. Buscaba textos sobre dominación femenina que fueran serios, y entre tantos que no lo eran tuve la suerte de encontrarme a Elise Sutton, así como la mejor fortuna de entrar en aquella página que se llamaba DominacionFemenina.net. Al principio leía con entusiasmo a aquella autora, cuyos análisis me cautivaban, así como las historias reales que describía, y de las que, lógicamente, sentía sana envidia. Soy el primero en admitir que le debo mucho a Elise, y que sus textos me han servido para conocerme mejor, de igual manera a como me sucede ahora con lo publicado por la Revista de Dominación Femenina. Pero también había cosas que yo no acababa de ver. No se trata de discrepancias en cuanto a practicar este o aquel otro juego, porque ya se sabe que para gustos se hicieron colores, y que cada persona es libre de entender de manera propia una relación de dominación y sumisión. No, los tiros van por otro lado. Como este texto no es una tesis doctoral evitaré las citas entrecomilladas que, en correcto ejercicio de la crítica, debería emplear. Escribo por tanto de memoria, con el consiguiente riesgo de equivocarme o de malinterpretar los textos de Sutton, así que se agradece de antemano las correcciones que sea necesario realizar.</p>
<p>Elise Sutton elabora un discurso que, aunque probablemente es consumido por hombres, parece destinado fundamentalmente a las mujeres, y que persigue una vertiente práctica. No se trata de hacer ciencia pura, sino de poner en acción unas herramientas (la dominación femenina) que conduzca a una mejora de la vida conyugal. Sutton parte de la, según ella, existencia de un espíritu dominante latente en las mujeres, mientras que en los varones se encontraría una vertiente sumisa, dispuesta a aflorar en cuanto que una mujer que ejerciera el rol dominante se lo propusiera. Sutton se congratula del avance de la liberación de la mujer en el plano económico y de su vertiente sexual (la dominación femenina), un cambio sociológico que, inevitablemente, nos llevará hacia una sociedad matriarcal. Yo, como sumiso que soy, sería el primero en celebrar el advenimiento de dicho reino. Pero creo que conviene separar lo que estadísticamente es constatable de lo que, no siéndolo, participa más del campo de la fantasía y del futurismo especulativo. </p>
<p>Yo creo que en la sexualidad humana, y en una proporción que desconocemos, existe una parte que es cultural. Pero también pienso que los genes y las hormonas tienen su cuota. Sólo con ver el comportamiento de otras especies de mamíferos y particularmente de los homínidos es suficiente para darse cuenta que la figura del macho dominante es una constante en todas ellas. Y nosotros, que somos animales culturizados, no andamos muy lejos de aquellos. Y si los varones tienden a ser dominantes, ¿cuál es la tendencia hacia la que se inclinan las mujeres? Naturalmente que por razones de conveniencia de los tiempos que corren, por aquello de la reputación y por los códigos de honor, no procede hacer preguntas que probablemente recibirían unas respuestas no del todo sinceras. </p>
<p>Pero he estado contando los anuncios que salen en la página ALT.COM de internet, que parece ser la más empleada por los amantes de las sexualidades alternativas. Y, sorpresa, dejando aparte la gente que busca sexo fácil, si nos centramos en los perfiles que especifican roles dominantes o sumisos, la realidad es que –para el caso español– la mayoría de los anuncios masculinos se corresponden con los de hombres dominantes, lo que viene a casar con los de las mujeres que aparecen en dicha página, pues entre éstas, son las sumisas las mayoritarias. En otras palabras, que el binomio ama dominante y varón sumiso representa una fracción minoritaria, al menos en aquel medio, aunque eso sí, es el más conocido y difundido por los medios de comunicación. Eso en el caso de la dominación masculina ritualizada a través de los juegos de BDSM. Si nos trasladamos al mundo de la dominación masculina “tradicional”, la de toda la vida, la representada por los “hombres de verdad”, nos encontraremos con el problema de cómo obtener datos estadísticos que nos permitan sacar conclusiones. Sólo nos queda el recurso a lo cualitativo. Y para ese supuesto, yo sugiero visitar los anuncios insertados por las mujeres en MEETIC, que aparentemente es una de las páginas de internet más frecuentada por las personas de sexualidad y moralidad “normal”. ¿Hay alguien que haya contado los cientos de veces que anotan las mujeres en esos anuncios aquello de “busco un hombre seguro de sí mismo, que sepa lo que quiere”? Porque yo intuyo que detrás de esa frase hecha se esconde una metáfora que alude muy subliminalmente al modelo de hombre dominante soñado por muchas.</p>
<p>Elise Sutton celebra las noticias que le llegan referentes al alza en las prácticas de dominación femenina, lo que interpreta como un augurio de los tiempos que vendrán, caracterizados por el rol dominante de la mujer. Probablemente aquel dato estadístico es cierto. Pero yo creo que la mayor frecuencia en las relaciones de dominación femenina es sólo una de las caras de las nuevas tendencias en los modelos de sexualidad al uso. Porque de igual manera es de suponer que en el contexto de las sociedades occidentales se da también ahora una mayor frecuencia de la práctica del sexo oral, de las penetraciones anales, de las relaciones lésbicas, de las relaciones de dominación y sumisión entre miembros de colectivos homosexuales, de los tríos, de los intercambios de pareja, de la monogamia a tiempo parcial&#8230; Todo ello en detrimento de la sexualidad tradicional concebida como sinónimo de coito en posición del misionero, y llevado a cabo en el seno de una pareja heterosexual que mantiene un vínculo matrimonial permanente y en donde es el varón el que lleva el mando. Esa es la tendencia, y nada nos dice que alguno de esos nuevos estilos de sexualidad vaya a convertirse en el hegemónico. Elise Sutton sólo se fija en la modalidad sexual que a ella le interesa, el resto simplemente lo ignora, particularmente aquellas manifestaciones del erotismo en las que la interacción se lleva a cabo entre una mujer sumisa y un hombre dominante. Lo que no sabemos es si esa no mención de las otras alternativas a la vida sexual es premeditada o si se trata de un caso de deformación profesional. Porque es lógico presumir que Elise Sutton, rodeada de sumisos y otras mujeres dominantes, llegue a pensar que todo el mundo es de su condición.</p>
<p>Elise Sutton mantiene que cualquier mujer que se lo proponga puede doblegar el carácter dominante del macho humano hasta ponerlo a sus pies. Cierto, aunque yo matizaría algo, que aquello sucederá siempre y cuando esas mujeres tengan un atractivo físico por encima de la media. Y es que a veces olvidamos que, tanto en los hombres como en las mujeres, hay personas que tienen mucho atractivo físico, mientras que otras, desgraciadamente, carecen de ello. Es ese atractivo el que resulta en última instancia seductor, porque por muchos látigos que se empuñen, por mucha altura de los tacones usados, si al final no hay un cuerpo bonito, las posibilidades de éxito tenderán a no ser tal altas como, con extrema convicción, nos asegura Sutton que sucedería. Visiten, si no, los anuncios de las dóminas profesionales, y podrán comprobar como por encima de los 45 ó 50 años de edad las mistress desaparecen de la escena, quizá porque cuando la piel empieza a arrugarse el negocio no parece ser ya tan rentable&#8230; </p>
<p>Evidentemente hay bastante de verdad en cuanto a que una mujer que lleve la iniciativa sexual puede conseguir mucho éxito en su vida amorosa. Pero yo soy de los que creen que el poder de las mujeres dominantes no reside sólo en lo que sean capaces de hacer en el dormitorio, sino en la enorme desproporción que existe entre la oferta y la demanda en el mundo de la dominación femenina. Porque son las legiones de sumisos suplicando los favores de las relativamente pocas amas existentes lo que les da poder a estas últimas. Elise Sutton nos promete un mundo repleto de mujeres dominantes, pero parece no darse cuenta que en un mundo así caracterizado, la propia sobreoferta de amas contendría el germen de su decadencia. Porque por paradójico que parezca, en ese matriarcado Suttoniano los sumisos contarían con más poder que nunca, ya que tendrían mucho donde elegir. No olvidemos que a los sumisos no se les compra en un mercado de esclavos, sino que se trata de personas que, libremente, optan por entregarse a otras en función del erotismo que estas últimas emanan. Y en esa situación, la ley de la competencia acabaría con el casi monopolio de unas pocas mujeres dominantes, las cuales no tendrían otra opción que rebajar su nivel de exigencia ante el riesgo de quedarse solas.</p>
<p>La técnica de Sutton consiste en forjar a una mujer dominante que esté en condiciones de atrapar y dejar atado –y nunca mejor empleado el símil– a un hombre al que ha hecho aflorar su lado sumiso. Segura de su éxito en la vida, Sutton sostiene que cualquier otra mujer puede conseguir lo que ella ha logrado. El modelo viene a ser el mismo que el empleado por multitud de expertos en el marketing. La mercancía que se nos oferta podrá ser un producto dietético del que se asegura sirve para conseguir el cuerpo de una top-model; puede ser también un manual de autoayuda para convertirse en el muy competitivo ejecutivo ideal, o, en esta ocasión, puede ser una guía para poner a un hombre a tus pies. Como no podría dejar de esperarse, el fabricante garantiza una total eficacia de su producto, y como buena vendedora avispada, Elise Sutton le saca dividendos a su labor docente. No me parece mal que Sutton viva de lo que le gusta, pues yo lo haría igualmente si pudiera. Además, un médico también puede hacerse rico, sin que por ello deje de ser un buen profesional en su campo. Pero sí me reservo el derecho a la duda cuando presiento que puede haber dinero por medio detrás de la oferta de un paraíso prometido.</p>
<p>No satisfecha únicamente con sus aportaciones a la sexualidad, Elise Sutton abre un foro en internet donde opina y da consejos sobre múltiples facetas de la vida. Ella habla sobre religión, citando pasajes bíblicos, y de igual manera da su opinión sobre temas de política local e internacional. La clientela de dicho foro parece ser, naturalmente, su propia parroquia de incondicionales. Porque Elise Sutton transciende de lo propiamente sexológico para convertirse en una especie de sacerdotisa que emana sabiduría; una gurú de una secta que le dice a sus adeptos lo que es bueno y lo que no. Yo respeto las ideas religiosas y políticas de Elise Sutton. Pero creo que no es bueno mezclar unas cosas con otras. Porque una Elise Sutton sexóloga, psicóloga, socióloga, antropóloga y también, por qué no, dómina que como nadie conoce su ambiente, tendría mucho que aportar dentro de lo que es el mundo de la dominación femenina y de las fantasías sexuales en general. Pero cuando la sexología como disciplina social se impregna de mesianismo político-religioso, la credibilidad de su autora sólo ganará tantos dentro de su propio campo de juego. Porque fuera, en el libre flujo de las ideas y el intercambio de pareceres de la comunidad científica, las profecías Suttonistas difícilmente encontrarán un editor que esté dispuesto a publicarlas en una revista especializada.</p>
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		<title>Explicárselo a tus amigas</title>
		<link>http://anaserantes.com/2008/explicarselo-a-tus-amigas/</link>
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		<pubDate>Thu, 15 May 2008 05:00:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Carlota Hill nos ofrece un artículo, tan interesante como bien escrito, sobre las dificultades de comunicar a las amigas la práctica de la dominación. Y nos cuenta una apasionante experiencia sobre cómo asumió la iniciación del marido de una amiga reticente. El éxito de Carlota debería ayudar a las mujeres incrédulas a convencerse de lo sencillo que suele resultar a un hombre.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Carlota Hill</strong></p>
<p>No es fácil explicar a tus amigas que mantienes con los hombres relaciones de dominio. La que lo diga oculta parte de la verdad, una de las partes más amargas y duras, por cierto. Las reacciones que tus amigas pueden mostrar al escucharte van desde la envidia hasta el más simple rechazo, aunque la más generalizada es la incredulidad. Muy rara vez (quizás en el caso de chicas jóvenes, menos sujetas a los convencionalismos), aceptarán que se encuentran realmente interesadas en someter, cualquiera que sea el grado, a un hombre. No creo que esa actitud de prudencia sea sólo fruto del ambiente y la costumbre, también se trata de que para dominar a un hombre es necesaria una buena dosis de coraje, lo que en principio desanima a muchas. Una cosa es que casi todos los hombres sean sumisos en potencia igual que todas las mujeres son dóminas potenciales, otra cosa diferente es ejercer ese dominio con todas las consecuencias y romper los tabúes que encadenan a ambos sexos. Por pereza o desconocimiento, muchas mujeres se conforman con esa idea de que “al final siempre hace lo que yo quiero”, o peor aún, con la aburrida e imposible igualdad, sin comprender que las ventajas (para las dos partes, pero sobre todo para la mujer) de la dominación sólo se perciben a partir de un grado intenso de compromiso por parte del hombre. Al ver a una mujer que se ha atrevido a dar ese paso sin complejos, muchas se sienten cohibidas, superadas por las circunstancias. No es rara incluso una actitud de auténtica negación (“a mí no me va eso”), que por supuesto es cualquier cosa menos sincera. Difícilmente se puede rechazar algo que no se conoce.</p>
<p>A mí al menos me costó mucho convencer a mis amigas no sólo de que ellas también eran capaces de dominar a sus hombres sin demasiada dificultad, sino de que ello les interesaba y les convenía. Como ya he apuntado, la primera dificultad consistió en que creyeran que realmente yo había descubierto que las relaciones con los hombres mejoraban si se les obligaba a una absoluta entrega. Simplemente, pensaban que les engañaba para hacerme la interesante. ¡Cuántas veces tuve que aguantar burlas y cuchicheos a mis espaldas! Incluso mis amigas X e Y, que en su día asistieron a una auténtica escena con un hombre que nos sirvió atentamente durante una comida y al que humillamos en los postres, se resistían a creer que eso fuera mi norma de conducta. Me consta que a veces sospechaban que todo había sido un montaje por el que yo había tenido que pagar a un profesional. El problema era que no podía hacer gran cosa para hacerles cambiar de opinión, excepto esperar que el tiempo me diera una oportunidad de demostrárselo.</p>
<p>No es que yo hablara mucho del tema, pero las conversaciones sobre los hombres son bastante abundantes, y aunque no me gustaba alardear de mi forma de tratarlos, tampoco la oculté nunca. Recuerdo a una amiga, a la que llamaré Z, que estaba casada, felizmente según sus propias palabras. “No tengo queja”, solía decir. Z era algo mayor que yo. Su hombre tenía un buen puesto en una empresa de mediano tamaño, y se suponía que era atento, buen padre y todas esas cosas que una mujer puede esperar.</p>
<p>Pero&#8230;</p>
<p>Siempre hay un pero. </p>
<p>–Creo que soy demasiado exigente –nos confesó Z, mientras charlábamos en una cafetería –creo que la culpa es mía por egoísta. Pero la verdad es que me duele verle siempre ocupado en sus cosas. Se pasa el sábado trabajando en el jardín, y no hay un domingo que no se le ocurra un sitio adonde llevar a los críos. Y luego, claro, está cansado. No son cosas graves, al contrario, ¿cómo vas a quejarte de que embellezca el jardín y cuide a los niños? Lo que me duele es que nunca me demuestre&#8230;</p>
<p>No continuó. No se atrevía a hacerlo. Era igual, no hacía falta. Lo que su hombre nunca le demostraba era amor. Nunca la hacía sentir especial, querida, o, ¿por qué no?, necesitada, adorada, reverenciada. Y ella, incapaz de hacer frente a un hombre cuyo mayor defecto parecía ser la jardinería, se echaba la culpa a sí misma. Estuve a punto de intervenir, de sacudir a mi amiga por los hombros y decirle que actuara, que no dejara que su vida amorosa continuara en un declive que tenía solución. En vez de eso me quedé escuchando, porque Z se había desviado hacia otro aspecto de su vida marital. Me refiero al sexo.</p>
<p>Según nos contó, con una sonrisa de complicidad, los defectos de su hombre quedaban en parte compensados por sus grandes virtudes con la lengua, lástima que fuera una actividad que no prodigaba en exceso. ¡Vaya!, pensé. Otra vez lo mismo. Entendí que era evidente que nos encontrábamos ante un sumiso clásico que estaba clamando que tomaran posesión de él. Probablemente, guiado por falsas creencias sobre la actitud que un hombre debe mostrar ante la vida, consideraba indigno plantearle a su esposa sus más íntimas aspiraciones, que prefería enclaustrar en el vaporoso mundo de sus fantasías. Y eso le había llevado a un creciente distanciamiento respecto a ella. En cierta forma, no dejaba de ser un castigo que el sumiso frustrado infringía a un ama negligente.</p>
<p>–Igual Carlota puede ayudarte –apuntó acertadamente otra amiga. Todas rieron. Yo asentí.</p>
<p>–Si quieres te ayudo.</p>
<p>–Por supuesto, es todo tuyo. Conviértemelo en uno de esos perritos de los que tú hablas.</p>
<p>Ella también se rió, como si fuera un chiste. Dio una palmada alegre y me guiñó el ojo. Me pareció un reto interesante.</p>
<p>–¿Hablas en serio?</p>
<p>–Claro.</p>
<p>Luego la conversación giró hacia otro tema cualquiera.</p>
<p>Llamaré J al hombre de Z. Nos conocíamos bastante bien. Solíamos reírnos mucho cuando coincidíamos en veladas o reuniones, había entre nosotros una especie de química de la broma. Podíamos pasarnos un buen rato hilando conversaciones intrascendentes bastante divertidas para los dos, aunque quizás incomprensibles para los demás.</p>
<p>Aparte de coincidir en eventos sociales, nos veíamos con cierta regularidad en la piscina del polideportivo municipal. A los dos nos gustaba la natación, aunque él se dedicaba a ella con un ansia competitiva que a mí me era completamente ajena. Yo más bien chapoteaba con la esperanza de que se cumplieran las promesas que el médico me había hecho respecto a la mejoría de mi espalda.</p>
<p>Una tarde, al llegar a la piscina, vi su inconfundible gorro azul marino surcando el agua, que golpeaba con unos brazos poderosos convertidos en remos. Sus anchas espaldas dejaban una estela de espuma tras de sí. Me zambullí y nadé suavemente hasta colocarme en su camino. Él no me vio, ciego de pasión deportiva, y se chocó contra mí con un estrépito mucho más fuerte de lo que yo había imaginado. Me golpeó en la frente y me envió hacia el fondo de la piscina. Los dos tragamos agua. Cuando emergí de nuevo me lo encontré escupiendo y maldiciendo. Entonces me reconoció y se relajó. Debió pensar que se trataba de una de nuestras bromas. Mostró una de sus mejores sonrisas.</p>
<p>–Hola, Iceberg.</p>
<p>–Hola, Titanic. Tengo que hablar contigo. </p>
<p>No se opuso. Me dijo que ya había terminado su entrenamiento previsto y que seguía nadando porque le sobraba tiempo. No salimos del agua. Nadamos charlando amigablemente acerca de nuestro encontronazo. Lo que él avanzaba con una brazada, yo tenía que hacerlo en tres, así que enseguida dejé de nadar y me quedé tranquilamente flotando boca arriba, mirando las bombillas del techo.</p>
<p>–Tu mujer me ha contado que eres un experto en el arte del cunnilingus.</p>
<p>Supongo que se sonrojó, tardó mucho en contestar. </p>
<p>–¿Y? –su tono de voz era cortante.</p>
<p>–Quiero probarlo.</p>
<p>Durante un rato sólo escuché un imperceptible chapoteo.</p>
<p>–Soy un marido fiel.</p>
<p>–Ella me ha dado permiso para pedírtelo. Está orgullosa de tus artes y no le importa demostrárselas a sus amigas. Al contrario. Puedes preguntárselo.</p>
<p>Percibí su duda. Me sumergí en el agua y volví a emerger a sus espaldas, me agarré ligeramente a su cuello de músculos tensos. Finalmente negó con la cabeza.</p>
<p>–No. No puede ser. Estoy casado. Por favor, no me hagas ese tipo de proposiciones.</p>
<p>Los hombres siempre consiguen sorprenderme. En ningún momento se sintió ofendido, o me dijo que no le apeteciera, o que yo no le gustara. Ni siquiera mostró el escandalizado rechazo que habría expresado cualquier mujer ante una propuesta semejante. La única razón de su negativa era que estaba casado. Yo no pensaba insistir, es bastante indigno que una mujer pierda el tiempo solicitando favores sexuales.</p>
<p>–Cuando recapacites, llámame.</p>
<p>Nadé con la mayor parsimonia posible hasta el bordillo. Salí de la piscina y me marché con un paso sereno que trataba de disimular el arrepentimiento por la tontería que acababa de hacer. Había caído en el ridículo más espantoso, pensaba yo. J le contaría todo a Z y yo me convertiría en el hazmerreír de mis amigas, en tema de conversación y maledicencias para años. No vi a Z en varios días, esquivaba su compañía, que me producía auténtico pánico. Pasé el tiempo imaginando posibles excusas y al final decidí que lo mejor sería asegurarle que la conversación no había sido más que una de las múltiples bromas entre ambos. </p>
<p>Pero no hizo falta. Antes de que el azar me cruzara con Z, recibí un SMS en mi teléfono móvil. Era J, y en él me decía: “toy dispuesto, qndo qras”.</p>
<p>¡Qué rápido desapareció mi congoja sustituida por la euforia! Me invadió una sensación de victoria. Era genial volver a tener un hombre a mis pies. Me serené y dejé correr media hora antes de contestarle con otro mensaje corto: “llámame y quedamos”. Así estaba bien, que fuera él el que suplicara y se viera obligado a dar cada paso. Me llamó de inmediato. </p>
<p>–Así que has cambiado de idea. ¿Por qué?</p>
<p>–No lo sé&#8230; he pensado que&#8230;</p>
<p>–Que te apetece.</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Eso está bien. Buen chico.</p>
<p>Quedamos en mi casa, yo insistí en ello, me gusta jugar en mi terreno. Llegó bastante nervioso. Se tropezó con una silla, dejó la chamarra en el suelo, no acertaba a decir una sola palabra. Balbuceaba, reía tontamente. Me pidió una cerveza que no bebió y valoró la decoración de las paredes sin fijarse en ella. Me divertía su desorientación, pero la verdad era que la situación también era novedosa para mí, lo que me provocaba un intenso hormigueo en todo el cuerpo. Estábamos como dos pasmarotes, sin saber bien lo que hacer excepto bromear y sonreír. Mi experiencia anterior no me servía de gran cosa. El hecho de que J fuera un amigo y el marido de una amiga lo hacía todo más difícil. Sin ningún preámbulo me propuso: </p>
<p>–¿Empezamos?</p>
<p>Aquello tenía mala pinta. Estuve tentada de decir que sí con tal de acabar cuanto antes. Sin embargo algo en mi interior me dio a entender que si empezábamos de esa manera la cosa no funcionaría. Nos limitaríamos a cumplir con el expediente del desahogo sexual, sin ninguna gracia, y luego nos despediríamos con la conciencia de haber sido unos chicos malos. Habríamos perdido la confianza mutua sin ganar nada a cambio; ni siquiera verdadero placer. No. Había que hacerlo a mi manera.</p>
<p>–Quiero que me lo pidas.</p>
<p>–Pero si fuiste tú la que me lo propusiste.</p>
<p>–Eso no tiene nada que ver. Yo di el primer paso, pero eres tú el que quiere hacerlo. Quiero oírlo de tu propia boca.</p>
<p>J. me miró intrigado. Se encogió de hombros.</p>
<p>–Quiero chuparte el coño.</p>
<p>–¿Crees que así convencerías a alguna mujer?</p>
<p>–No. Supongo que no.</p>
<p>–Pues si quieres hacerlo de verdad tendrás que convencerme de que mereces hacerlo. ¿Crees que lo mereces?</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Pues convénceme.</p>
<p>J miró a su alrededor, como si tuviera miedo de que alguien le observara o hubiera cámaras grabando. Entonces, para mi asombro, se arrodilló ante mí, besó mis pies y dijo:</p>
<p>–Yo no soy nadie para pedirte un favor tan inmenso como que me otorgues el honor de degustar tus intimidades y darte placer como un esclavo. </p>
<p>Creo que era una broma de las suyas, pero como todas las bromas tenía gran parte de verdad. Simulé enfadarme. </p>
<p>–Desde luego que no eres nadie para pedírmelo, pero sí lo eres para obedecerme. Nunca más se te ocurra pedirme algo igual, y sobre todo, nunca más me desobedezcas. Y te aseguro que te estoy hablando muy en serio. </p>
<p>Tragué saliva, esperando ver qué ocurría. J se había quedado quieto, arrodillado y con la frente contra el suelo, ante mis pies. Podía percibir su inquietud, su incertidumbre. Supongo que no sabía qué hacer y prefería esperar. La situación estaba bajo mi control, y eso era una gran responsabilidad. Le ordené que se pusiera en pie y le quité la ropa sin ninguna delicadeza, luego la tiré al suelo. Como me molestaba sentir su mirada expectante y escrutadora le tapé los ojos con un pañuelo. Entonces le di una palmada en las nalgas. Él ni se inmutó. Le di un par de palmadas más, le agarré del pelo y coloqué su cabeza entre mis muslos.</p>
<p>–Ahora me apetece que me ofrezcas un orgasmo.</p>
<p>He de admitir que había conocido a hombres mejores con su lengua, lo que no quiere decir que fuera malo ni inexperto. Tal vez las palabras de Z me habían conducido a esperar más. Aunque probablemente estaba demasiado desconcertado por la situación. Se le notaba tenso. En cualquier caso se excitó mucho. Al rato se levantó, de súbito, dejándome a medias.</p>
<p>–¿Qué pasa?</p>
<p>J se había lanzado sobre mí, con la evidente intención de penetrarme. Le frené con las manos para impedírselo. Golpeé su pene, que estaba hinchado y tieso. Se balanceó de un lado a otro; me pareció grotesco, aunque a él debió gustarle. Se detuvo y su respiración se hizo más profunda.</p>
<p>–Ese no era el acuerdo.</p>
<p>–Pero estoy muy cachondo.</p>
<p>–Me da igual. Hemos quedado en que hagas un trabajo y eso es lo que tienes que hacer. Y si quieres que te diga la verdad, creo que tienes mucho que mejorar.</p>
<p>Un tanto renuente, volvió a arrodillarse. Le di varias indicaciones en un tono imperativo. Él asintió hasta que volvió a su trabajo.</p>
<p>Cuando finalmente me corrí, cerré las piernas alrededor de su cuello. Le pregunté si seguía excitado. Contestó con un golpe de cabeza que me hizo cosquillas. Me preguntó si iba a aliviarle. </p>
<p>–Dentro de un rato –le respondí –ahora quiero que me hagas caricias en la espalda.</p>
<p>Entonces me preguntó si me importaba que se masturbara. Le contesté que mucho. Y le advertí que nunca le permitiría masturbarse si él me lo pedía. Debería esperar a que yo, graciosamente, le concediera el permiso para hacerlo. Él asintió, con sus ojos aún vendados. Su pene se movió también de arriba abajo, como siguiendo el movimiento de su cabeza.</p>
<p>Me acarició la espalda largamente. Luego le quité la venda y como tenía hambre le pedí que me hiciera un sandwich vegetal y me sirviera una tónica. Caminaba de un lado a otro de la casa con su pene erecto. De vez en cuando se lo agarraba y le prometía liberarle. Él se excitaba más si cabe. </p>
<p>La tarde transcurrió así, lánguidamente, casi aburrida si no fuera por la energía sexual que lo invadía todo. Parecía un juego infantil. Yo le pedía cosas (algunas absurdas, como que bajara a ver si había cartas en el buzón ataviado con un vestido mío) y él las hacía sin rechistar. Volvió a masturbarme con su boca dos veces más. En ambas ocasiones, al terminar, me pidió que le ordeñara o que al menos le permitiera hacerse una paja, peticiones a las que me negué visiblemente ofendida. </p>
<p>–Para eso tienes a tu mujer –le dije –ahora irás donde ella y le entregarás toda tu excitación. Y espero que le des el mismo placer que me has dado a mí.</p>
<p>Sé que cuando se marchó se encontraba algo frustrado. Incluso temía haberme excedido. J era muy consciente de que le había humillado, y le costaba asumirlo. Sin embargo, si era un verdadero sumiso, y yo estaba convencida de que lo era, volvería donde mí, obediente, necesitado, sediento de recibir muestras de poder femenino.</p>
<p>No tardó nada en hacerlo. Al mismo día siguiente recibí una llamada suya, me suplicó que le permitiera repetir la escena. Me negué, recordándole que no era él quien debía pedírmelo, sino yo quien tenía derecho a hacerlo.</p>
<p>–Cuando yo quiera, cuando a mí me apetezca, te llamaré. ¿Vendrás?</p>
<p>–Sí.</p>
<p>Sin embargo, por miedo a frustrarle en exceso, le llamé bien pronto. Y así lo hice varias veces más en las siguientes semanas. No fueron demasiadas sesiones. Nunca le permití eyacular, siempre le envié a su esposa para tal menester. La única razón para ello era mi amistad con Z. Nunca olvidé para quién estaba haciendo aquello. La verdad es que fue un trabajo extremadamente sencillo. Como la mayoría de los hombres con estudios y educación, resultó muy fácil de someter. Él mismo aceleró el proceso con ideas y una disposición poco habitual. La experiencia me dice que, aunque los trabajadores manuales acostumbrados al esfuerzo físico son más fogosos, cuanto más cultivado esté un hombre más predispuesto se siente a obedecer a una mujer. Es como si el trabajo manual consumiera las energías que los trabajadores intelectuales necesitan descargar en el servicio a tiempo completo.</p>
<p>Un día, mientras me cepillaba el pelo después de un reconfortante baño, J se sinceró conmigo:</p>
<p>–Siempre había deseado que me trataran como tú lo haces.</p>
<p>–¿Y por qué no se lo pediste a tu mujer?</p>
<p>–¿Cómo voy a obligar a nadie a someterme? Es una contradicción. Es ella la que debería haberme dominado. Ahora es demasiado tarde.</p>
<p>–No. Nunca es tarde.</p>
<p>Pasados los primeros días, de novedad y extrañeza, volvimos a nuestras bromas y nuestra relación de amistad. Gracias a Dios, porque en el fondo eso era lo que yo más valoraba de él. Sin embargo nunca le conté que en el origen de nuestra peculiar experiencia estaba su propia mujer, ni que en el fondo él no me interesaba sino que sólo trataba de iniciarle en un nuevo estilo de vida de pareja.</p>
<p>La propia Z se hizo consciente del cambio. Un día, durante una reunión de amigas en la cafetería que frecuentábamos, se aproximó a mí y me dijo:</p>
<p>–Carlota, no sabes lo que me pasó ayer. J me rogó que le tratara como a un esclavo. ¡Lo que tú siempre decías! ¡Estoy alucinada! ¡Hizo todo lo que le pedí, hasta auténticas chorradas!</p>
<p>Me invadió un sentimiento contradictorio. Por un lado, de lógica satisfacción. Por otro lado, de ser una asquerosa traidora a mi amiga.  Estuve a punto de contarle lo que había estado haciendo con su marido, pero decidí que antes tenía que terminar mi pequeña aventura, de la que ya había obtenido todo lo que podía darme. Aunque J había sin duda descubierto que el mundo oculto de sus anhelos podía convertirse en realidad, para mí no había sido mucho más que un trabajo por encargo que yo ni siquiera tenía la impresión de haber cumplido a la altura de mis expectativas. La mayoría de mis intentos de encauzar la sumisión hacia otras facetas aparte de la sexual cayeron en saco roto, y nunca conseguí que dejara de pedirme que le satisfaciera y le proporcionara placer. A fin de cuentas estaba rodeada de trabas provocadas por el hecho de que J no fuera mío sino de una amiga, así como por el secretismo que nos rodeaba. Debería haber cobrado por aquello. Quizás en ese caso todo habría sido aún más intenso.</p>
<p>Aquella tarde fue la última vez que nos vimos en mi casa, y la única en la que yo le llamé. Le até a mi cama, aunque esta vez no le vendé los ojos. Me senté, desnuda, sobre su pecho.</p>
<p>–Seguramente eres feliz así.</p>
<p>–Sí.</p>
<p>–Quiero decirte que todo esto ha sido una especie de entrenamiento. Ha sido un encargo de tu mujer.</p>
<p>Le expliqué cómo debería tratar a partir de ahora a Z, a la que debería tratar como a una diosa. Debería tratar de adivinar sus deseos y satisfacerlos antes de que ella misma se los planteara. Debería estar completamente a su servicio, así como confiarle sus apetencias de una entrega absoluta. Si lo hacía bien, ella comenzaría a sentirse poco a poco segura y en no mucho tiempo ella le dominaría, eso sí, a su manera.</p>
<p>–A mí me gusta cómo lo haces tú.</p>
<p>En esos momentos me encontraba moviéndome sobre él, rozando mis labios y mi clítoris sobre su cuerpo. Comencé a actuar de un modo más brusco. Me senté sobre su cara, restregué mi vulva sobre su boca y su nariz. En fin, me desahogué tanto como pude, guiada por una mezcla de frustración y cansancio. Él, en cambio, estaba viviendo una experiencia inolvidable. Su excitación llegaba casi hasta el límite de su capacidad. Me di la vuelta, sin dejar de sentarme sobre su rostro. Le golpeé una y otra vez en su pene, que se sacudía desaforado de un lado a otro. Podía escuchar sus gemidos ahogados bajo mis piernas. De vez en cuando me levantaba un poco para dejarle respirar, luego volvía a colocarme sobre él.</p>
<p>El único descubrimiento importante de mi relación con J fue el del extraño efecto que tiene golpear un pene erecto. Genera una separación visceral entre el hombre y la mujer, indica una superioridad tan evidente, tan enorme, que anula cualquier igualdad entre los sexos. Es sorprendente cómo el hombre llega a disfrutar realmente de su dolor, de su humillación, mientras la mujer ve cómo el hombre se ha convertido en su juguete.</p>
<p>Tuve la prudencia de detenerme antes de que él se corriera. Eso sí, yo tuve un largo orgasmo apoyada contra su barbilla. Después me vestí, mientras él me suplicaba, confusamente, que le masturbara, le liberara, le sometiera, le convirtiera en su esclavo, que no le abandonara, que nos siguiéramos viendo. Pero si él no tenía claros sus deseos, aparte de unas ganas locas de sexo, yo sabía muy bien cuál era el siguiente paso que tenía que dar. Llamé por teléfono a Z y le propuse que viniera a mi casa para charlar. Ni me esforcé en buscar una excusa. Luego salí a la calle y compré una fusta en un sex shop cercano. Regresé cuanto antes junto a J, que continuaba suplicando, ahora en un volumen más bajo.</p>
<p>–Cállate. Vas a esperar aquí un rato.</p>
<p>Le puse en los oídos unos cascos con música clásica para que no pudiera escuchar mi conversación con Z en la sala de al lado. Ella no tardó en llegar. Venía con la mayor naturalidad, en absoluto extrañada por mi repentina necesidad de hablar con ella. Tampoco era raro, entre amigas esas cosas son normales.</p>
<p>Sin embargo lo que yo iba a decirle no era tan normal. Le hice sentarse y le expuse la situación sin rodeos. En primer lugar le pedí perdón.</p>
<p>–Para mí la amistad entre mujeres es algo sagrado. Por eso quiero pedirte perdón por lo que he hecho, a pesar de que me diste permiso para ello y de que en ningún momento quise abusar. Fue algo así como un deber.</p>
<p>–¿De qué hablas?</p>
<p>–Ahora lo verás.</p>
<p>Le entregué la fusta, que sujetó en su mano sin demasiada convicción. La manipuló brevemente y estuvo a punto de depositarla sobre la mesa. Le dije que no, iba a necesitarla. Ella frunció las cejas, creo que adivinaba lo que estaba ocurriendo. Entonces entré en la habitación de al lado. Al verme, el pene de J se puso tenso. Era como un perrito que saludara a su dueña. Le solté del cabecero de la cama y le puse una bata.</p>
<p>–Cierra los ojos y dame la mano.</p>
<p>Obedeció. Le conduje hasta la habitación de al lado. Z soltó una exclamación de sorpresa. Traté de sosegarla, pero al escucharla, J abrió los ojos. Pude percibir claramente su vergüenza. No sabía qué hacer. Los dos me miraban como si les hubiera traicionado.</p>
<p>–Creo que le debes una explicación a tu mujer. A tu ama. ¿No es verdad?</p>
<p>Ahora J me miraba aterrorizado. Su erección había desaparecido. Yo me dirigí a Z:</p>
<p>–No dudes en utilizar la fusta, no tengas miedo. Por una vez se lo merece, él te explicará por qué. Seguro que te pedirá perdón. Y creo que a partir de ahora vuestras relaciones serán bastante mejores. Por mi parte, yo os pido a los dos excusas por todo lo que pueda haber hecho mal.</p>
<p>Después de eso me despedí con un deseo sincero.</p>
<p>–Espero que sigamos siendo buenos amigos. Lo que he hecho, lo he hecho por vosotros.</p>
<p>Me marché de casa y no regresé hasta mucho más tarde, horas después, cuando supuse que mis amigos ya se habrían marchado. Así era. La noche había caído. La casa estaba vacía e inusualmente tranquila. Se respiraba una enorme paz.</p>
<p>Sobre la mesa del comedor encontré un <em>post-it</em> donde leí, un “gracias” con letra de mujer y suscrito por dos firmas. La fusta había desaparecido, Z se la había llevado como regalo.</p>
<p>Esa noche dormí estupendamente.</p>
<p>Me consta que hice un enorme servicio a J y Z. Después de aquello nunca hablamos del periodo de aprendizaje al que sometí a J, ni tampoco de la relación entre ambos que pertenece, como todas las relaciones de pareja, a su más estricta intimidad. No sé mucho de los métodos que Z ha utilizado desde entonces para mantener a su marido sujeto a su legítimo dominio, pero sí sé que ese dominio es férreo e inquebrantable. J sigue dedicándose a la jardinería y a sus miles de aficiones, pero basta una indicación de Z para que deje lo que está haciendo en ese momento y acuda adonde ella, sin titubear. Basta una señal para que él se ponga a su más solícita disposición, bien sexual o de cualquier otra índole.</p>
<p>Pero a lo que iba cuando comencé este breve artículo, desde entonces ninguna de mis amigas duda de que las relaciones de d/s son reales y positivas. Ese tema, sin más, ha dejado de ser motivo de burla e incluso de conversación. A lo sumo, de vez en cuando, alguna me hace una pregunta sobre cómo lograr que un desconocido se someta desde el primer momento o sobre las virtudes de la feminización forzosa.</p>
<p>Claro que, la mayoría de las veces, no sé responder a esas preguntas. Siempre les digo lo mismo:</p>
<p>–Improvisad, que a ellos les gusta veros desenvueltas e imaginativas. Siempre, improvisad. Si nunca olvidáis quién manda ellos tampoco lo olvidarán.</p>
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		<title>Consideraciones sobre el uso del látigo en una relación de D/s</title>
		<link>http://anaserantes.com/2008/consideraciones-sobre-el-uso-del-latigo/</link>
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		<pubDate>Thu, 08 May 2008 05:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Silvia López Puenzo escribe sobre la utilización del látigo, entre otras cosas, porque considera que se le ha prestado escasa atención en estas páginas. Pero es que no son mayoría las mujeres que muestran esa experiencia en el uso del látigo, un instrumento que conviene manejar con ciertas precauciones.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Silvia López Puenzo </strong></p>
<p>Queridas Amigas (virtuales): aunque no tenemos el gusto de conocernos, las considero como tales. Vengo leyendo vuestras notas desde hace bastante tiempo, y las de Elise Sutton y Ms Rika también, y creo que son fantásticas; me encantan la racionalidad y la emoción que traslucen.</p>
<p>Como habéis visto, mi sumiso ha tenido un importante progreso en estos meses, y en gran parte gracias a vosotras, por lo que les estoy reconocida [ver la experiencia publicada este mes titulada “<a href="http://anaserantes.com/2008/las-tablas-de-la-ley-ii/">Las Tablas de la Ley II</a>”]. A pesar de algunos “pequeños contratiempos”, nuestra relación ha crecido y se ha consolidado cada vez más, y ambos estamos muy felices. Yo no tenia ninguna duda de que seria así, porque ya había experimentado esto en alguna relación anterior; pero él sí, y sin duda vuestra aportación a este proceso ha sido sustancial.  </p>
<p>Ya que habéis pedido cierta colaboración en uno de vuestros últimos editoriales, y teniendo en cuenta los episodios relatados por Bernardo en esta y otras cartas, quisiera hacerles llegar algunas reflexiones sobre un tema que considero central en la Dominación/sumisión: el uso del látigo. Mi sumiso es muy inteligente y ha comprendido bastante bien mucho de lo que voy a exponer a continuación, y he visto lo bien que se lo ha transmitido en alguna carta anterior; pero hay algo que nunca podrá decir, y es lo que yo siento y experimento en esas ocasiones. También creo que mis experiencias, trasladadas a estas líneas (que no pretenden sentar cátedra), pueden ayudar a otras Dominantes a darle mayor importancia a este tema, darles nuevas ideas, aportarles puntos de vista ligeramente diferentes, etc., sabiendo siempre que cada relación es diferente, y se construye a partir de personalidades, deseos, necesidades y sentimientos distintos, y que no hay recetas especificas para ello. Aquí van esas reflexiones.</p>
<p>Leyendo muchas de las notas sobre el particular, relacionadas con el uso del látigo en una relación de Dominación/sumisión, he advertido que se le da un lugar secundario, casi como un “mal necesario”, una tarea que la mujer debe tomarse el trabajo de ejecutar con el propósito de mantener adiestrado a su sumiso. </p>
<p>En este punto, he visto con frecuencia que sólo se explicitan dos formas de usar el látigo con el sumiso: como castigo o como disciplina. Y por supuesto, se alerta sobre la posibilidad de que los requerimientos y deseos del sumiso sean, en realidad, los que van “obligando” a la Dominante a crear escenas, que son deseadas, en definitiva, por este último y no por la mujer, anteponiendo (paradójicamente) los deseos del sumiso a los de la Dominante. Vistas así las cosas, claro, parece un compendio de engorrosas “tareas” completamente alejadas de la esencia de una relación de este tipo, centrada en la satisfacción de la mujer.</p>
<p>Sin embargo, creo (por lo menos en mi caso ha sido así siempre) que existen muchísimas variantes, no suficientemente tratadas. Variantes que se hallan lejos del estereotipo castigo/disciplina, y que tienen objetivos y resultados diferentes, y aún efectos sobre la Dominante, y no sólo sobre el esclavo. Inclusive creo que hasta el tipo o modelo del látigo tiene su importancia&#8230; </p>
<p>Siguiendo un poco el estilo de razonamiento que he visto en diversos artículos relacionados con la dominación femenina, tratare de abordar estas variantes en forma ordenada. En principio, yo diría que podríamos ubicarlas en dos grandes grupos: fuera de un contexto sexual/erótico, y dentro de un contexto de esa naturaleza.</p>
<p><strong>1. Fuera del contexto sexual</strong></p>
<p><strong>Como instrumento y símbolo de dominación</strong></p>
<p>Seguramente coincidiremos todas en que la esencia de la relación de D/s es absolutamente psíquica, y no debería requerir de ningún agregado “físico” (de hecho, no estamos ante un esclavo, sino ante un sumiso). Sin embargo, toda objetivación de una relación desigual tiene sus atributos simbólicos (la corona de la Reina, la fusta de la Amazona), que recuerdan permanentemente el estatus de quien posee el poder y lo ejerce; como también los tiene en el sujeto dominado (el collar del esclavo, las riendas del caballo).</p>
<p>En mi opinión, el látigo cumple bien esa función, recordando con frecuencia al sumiso que está frente a su Ama; por eso, yo lo uso también permanentemente frente a él, ya sea en mi mano o a mi alcance inmediato. Forma parte del protocolo de iniciación de cualquier encuentro, es el primer contacto que mi sumiso tiene conmigo: nada empieza sin recibir el látigo de mi mano previamente. Resulta interesante ver que vosotras mismas, en vuestra página de Internet, mostráis la figura femenina siempre con algo de eso en la mano, al inicio de cada sección.</p>
<p>A pesar de su automaticidad y previsibilidad (siempre ocurre y él lo sabe), esta acción no es “obligatoria” para el Ama, como no lo es el uso de la corona para gobernar, y tampoco el de la fusta para que el montado obedezca si esta bien adiestrado, pero en mi opinión es altamente positiva para crear una suerte de reflejo condicionado inmediato, que lo prepara para lo que vendrá después, y refuerza permanentemente en su mente la disposición a servirme.</p>
<p>En mi caso, lo utilizo además agregando alguna orden simple pero caprichosa, con cierto contenido de dominación y humillación explícitos, como besar mis pies o el suelo frente a mi (o una combinación de ambos, comenzando por los pies y retirándose hacia atrás: funciona muy bien ordenarle que lama los tacones de mis sandalias, y luego rodee la suela con su lengua tratando de no tocar mis pies; inevitablemente su lengua termina lamiendo el piso). También puede ser que bese el propio látigo con que le azoto. </p>
<p>Tampoco es necesario descargar un golpe; con la simple amenaza puede ser suficiente, aunque haya que concretarla cada tanto, inclusive sin relación directa con la obediencia. Esta escena debe ser muy corta pero muy explicita, y siempre debe incluir la demanda de algún esfuerzo adicional por su parte, como inclinarse aún más, lamer los tacos hasta dejarlos relucientes, o algo así. Y sobre todo quiero ver su disposición a adorarme, servirme y obedecerme inmediatamente. En ese sentido, funciona como un medio de diagnostico, para percibir como está mi sumiso hoy y, por lo tanto, qué necesitará para retomar su adiestramiento continuo.</p>
<p>En definitiva, tiene un fuerte significado simbólico. Quiere decir: no importa qué ha pasado desde la ultima vez que estuviste frente a mi, qué imaginaste o pensaste, con qué cosas fantaseaste; todavía eres mi esclavo&#8230;. Lo primero que debes recordar es que eres mi esclavo. Es mas, puede ser que esto sea todo. Quizás esta vez no habrá sexo ni nada. Tal vez, sólo leeré mi libro preferido mientras él permanece echado a mis pies, o me preparará algo de beber o algún bocadillo mientras veo la televisión. Pero siempre tendré mi látigo en la mano o a mi lado.</p>
<p>En alguna ocasiones he acrecentado este simbolismo paseándome desnuda, sólo con botas altas o sandalias de tacón, con estudiada actitud distraída y distante, mientras él está “encadenado” por sus testículos a un punto fijo que no le permite grandes movimientos, con mi látigo en la mano derecha, casi como si estuviera listo para azotarle, pero no lo hago. Ni siquiera le presto la menor atención.</p>
<p>El atributo simbólico de la dominación tiene su contrapartida en otro, de sumisión, que mi sumiso utiliza SIEMPRE que está conmigo, y que recuerda y refuerza simbólicamente su condición. Tenemos varios: un grueso anillo que le coloco en la base de su pene (soy joyera artesana aficionada, y he hecho uno que dice “propiedad de&#8230;.”), una cadena que le coloco en la base de los testículos y cierro con un pequeño candado, un simple collar de perro, etc. No me gusta hacerle usar ninguna prenda femenina; apaga mi deseo por él, me hace verle ridículo&#8230; prefiero algo que realce sus atributos masculinos. La cadena en los testículos es, a mi modo de ver, perfecta: me encanta ver como le luce, puedo engancharle otra mas larga para tirar de ella fuertemente y hacerle SENTIR la dominación, y tiene para todos los hombres un significado simbólico adicional muy intenso: me estás entregando lo que más valoras, tu masculinidad, para que yo haga lo que quiera con ella. Como veréis más adelante, esto también funcionará así cuando haya que USAR VERDADERAMENTE el látigo: el mejor lugar donde azotarle es, sin duda, los testículos (hay que tener cierto dominio y experiencia, lo reconozco).</p>
<p>El modelo de látigo a usar no deja de tener importancia. No me gusta la fusta; es fría, impersonal, el golpe cae en un solo punto demasiado pequeño&#8230; es mejor algo mas envolvente y abarcador. Mi preferido es un látigo negro con un mango de goma que imita un grueso pene, dotado de varias largas tiras de látex bastante gruesas. Totalmente extendido tiene como unos 60 cm. Es fácil de manejar, te permite cubrir una amplia superficie si lo deseas, o bien concentrarte en un punto. Al ser totalmente flexible (a diferencia de los más rígidos) te permite llegar a lugares difíciles o poco expuestos. Una vez mas, ¡excelente para los testículos! Adicionalmente, la forma de pene del mango multiplica las opciones (puedo hacérselo chupar, puedo masturbarme con él, o ambas cosas) y acrecienta el simbolismo: detento el símbolo fálico. </p>
<p>Una sola excepción podría comentar: en los casos en que camino desnuda por la casa sin dejar que se me acerque, suelo tener enrollado en mi mano un largo látigo de cuero trenzado. Acrecienta su sensación de temor, adoración y deseo. Ya hablaremos de el mas adelante.</p>
<p><strong>Como instrumento de disciplina</strong></p>
<p>Entiendo, como todas sabemos, que mi sumiso desea ser adiestrado y entrenado para mejorar su aptitud de servicio, y que no debería necesitar de ayudas externas para ello. Lamentablemente, eso es la teoría; en la practica, esta disposición se logra después de mucho tiempo de relación, trabajosamente cincelada. Normalmente, las dominantes sabemos que la disciplina es una necesidad de nuestro sumiso que debemos atender; después de todo, nos veremos beneficiadas por ella a largo plazo. Coincido en que debe ser rutinaria y sistemática, y por ello también resulta tediosa. A muchas de nosotras nos aburre, así como tantas otras tareas que diariamente nos impone la vida laboral o social, y lamentablemente no podemos delegarla –como sí es posible hacerlo con el castigo (lo comentare luego)–, ya que resulta de la mayor importancia que durante estas sesiones se explicite claramente qué es lo que el Ama quiere lograr de su esclavo, y eso es insustituible. Así que, amigas, tomémonos unos minutos a la semana para adiestrar a nuestro sumiso, como lo haríamos con nuestro pony; con cariño, pero con rigor y firmeza: su necesidad de hoy es nuestra satisfacción de mañana.</p>
<p>La fusta esta bien: se trata de puntualizar ordenes explicitas y precisas para situaciones futuras, traer a su mente el deseo de hacer cosas bien definidas  cada vez mejor. No debe causarle placer sexual, ni remitir su memoria a situaciones de ese tipo. Tampoco a ti.</p>
<p><strong>Como instrumento de castigo </strong></p>
<p>Si adiestrarle me aburre, castigarle me desagrada. Aborrezco tener que hacerlo premeditadamente y, por suerte, su inteligencia y dedicación me lo evitan frecuentemente. Prefiero enojarme (como habéis visto por su propia carta) y hacerlo espontáneamente; casi, diría yo, dejarme llevar por la furia cuando la falta me parece intolerable. En ese caso, uso lo que tenga a mano; generalmente un cinturón. Creo que es el mejor elemento, te lo quitas en el momento y listo; además, si te parece, alguno de los azotes pueden ser por el lado de la hebilla, y esos hacen que te recuerde. Hay que tener cuidado con la cara, los recomiendo por debajo de la cintura. Atención a los testículos: uno o dos azotes pueden estar bien; pero nunca con la hebilla, puede dañarlo seriamente.</p>
<p>Sin embargo, insisto: este es el tipo de cosas que me gustaría delegar; y creo que se puede. Yo tengo una amiga lesbiana que se ha ofrecido a hacerlo cuando sea necesario: estoy pensando seriamente en aceptarlo, tal vez estando yo presente, o no; en algunos casos, dependiendo de la falta cometida.</p>
<p><strong>Como ejercicio de relajación</strong></p>
<p>Cuántas veces habéis vuelto del trabajo, después de un día agotador, irritadas y malhumoradas, con los pelos de punta por el tránsito o cualquier otra cosa, a punto de estallar ante el menor problema. No te digo cuando, además, estás con la menstruación&#8230; Muchas hacemos yoga o meditación, practicamos danzas o ejercicios de respiración, nos damos un buen baño de inmersión con sales perfumadas mientras escuchamos nuestra música preferida, etc. Prueben a azotar a su sumiso&#8230; antes de todo eso.</p>
<p>Todas las actividades que he mencionado, en cierta manera, tienen algo en común: a través de movimientos, sonidos, palabras repetitivas, automáticas, vamos llevando nuestra mente a un estado de mayor relajación, sacando fuera nuestras tensiones, aflojando nuestros músculos, tranquilizando nuestros corazones.</p>
<p>Yo he podido comprobar que el uso del látigo sobre mi sumiso, de forma repetitiva, automática, casi gimnástica, va creando esa misma sensación mucho más rápidamente. Con una diferencia sustancial: se acompaña de la percepción de su adoración y sometimiento, lo que representa un invalorable agregado psicológico al relajante movimiento físico.</p>
<p>Es muy importante que se explicite claramente esto ante el esclavo: debe saber que va a ser azotado para que su Ama recupere el buen humor y el bienestar físico y espiritual. Esta contribución a mi bienestar es lo que voy a permitirle que haga por mí, su satisfacción consistirá en ver que lo logro. Después, puede prepararme un baño, ponerme la música, encenderme las candelas y todo eso, y seguramente le premiare por ello. Yo suelo avisarle mientras voy camino a casa: que se vaya preparando, y preparando lo que necesito. Le doy tiempo para pensar en su misión, le ayudo a preparase psicológicamente; y además no pierdo tiempo en buscar mi látigo. Alguna vez lo he decidido en el momento, y no funciona tan bien. Hay como un “tiempo muerto” mientras él se desnuda, yo busco el látigo, lo ubico frente a mi y comienzo, que me irrita aún más y  transforma el acto en ridículo. Estar esperando con el látigo en la mano mientras se saca la ropa es casi patético&#8230;</p>
<p>Alguna interjecciones mientras lo haces son muy estimulantes (como “¡toma!”, “¡ahí tienes!”, o simplemente “¡ah!”), y ayudan mucho a la respiración y a mantener el ritmo. Hablando de ritmo, éste es muy importante. Realmente, el “ejercicio” debe ser lo mas repetitivo, automático y rítmico posible. Debes concentrarte sólo en eso: soltar el látigo hacia delante y abajo (la posición más conveniente es arrodillado frente a ti). No debes pensar en llegar a lugares determinados ni dar órdenes. No dejes que tu sumiso haga nada, ni que hable. No le ates, no le pongas cadenas. No te vistas de manera especial. Hazlo con la ropa con la que vienes de la calle. No lo confundas con la disciplina, ni con el castigo, ni (como veremos mas adelante) con algo erótico o sexual. Simplemente, le azotas rítmicamente (yo uso uno de 9 colas, muy liviano y “blando”) y con toda la fuerza que tengas (por eso es importante que sea muy liviano), hasta que notes que comienzas a cansarte, que el brazo te pesa, que se te pone la mente en blanco. Solo azótale. No pienses en nada más. Repite y repite el golpe. Concéntrate en azotarle siempre en el mismo lugar y con el mismo ritmo. Llegara un momento en que ambos sabrán exactamente cuando caerá el próximo latigazo. Y sigue sin temor. Él lo aceptara porque sabe que después tú estarás mejor. Mientras lo haces te mirara a los ojos con adoración y sumisión. Y no le quedaran marcas de tu gimnasia de relajación. </p>
<p>Prueba de hacer esto con un cojín o en el aire, y verás que no es lo mismo. Falta este último componente: la entrega de su cuerpo para que tu logres esta paz. También tiene su contrapartida para él: estarás mejor dispuesta para concederle algún deseo. Prémiale si te place (quizás alguna vez puede limpiar tu menstruación con la lengua).</p>
<p>Un comentario final : esta actividad me fue sugerida tiempo atrás por otro sumiso que tuve, una vez que volví a casa muy malhumorada e irritable. Él me propuso que dispusiera de su cuerpo para eso. Inicialmente, sospeché que en realidad él lo deseaba, pero me arriesgué a hacerlo, y no me arrepiento. Después, perfeccioné un poco más la técnica, y ahora es para mi una alternativa interesante.  </p>
<p><strong>2. Dentro de un contexto sexual</strong></p>
<p><strong>Como juguete o accesorio en el acto sexual</strong></p>
<p>Así como usamos consoladores, esposas, vendas, cuerdas, etc., todo en la medida y el gusto de cada una, yo creo que el látigo es insustituible durante dos momentos de la relación sexual con tu sumiso: cuando te estimula oralmente la vagina, el clítoris o el ano (y muy especialmente si le haces el Trono de la Reina), y cuando te penetra (si se lo permites a tu esclavo). Estando él arriba tuyo, indispensable. Veamos el primer caso:</p>
<p>Todas sabemos con cuanta facilidad se distraen los sumisos cuando les pones a trabajar en tu sexo. Al principio les gusta, se calientan fácilmente, se les pone bien dura, y a veces hasta hay que detenerlos porque pueden eyacular rápidamente y&#8230; ahí se terminó todo. Pero también sabemos que después de un rato, y al cabo de un par de orgasmos tuyos, se cansan y pierden el ritmo, se vuelven rutinarios, se “desenfocan” del objetivo (tu placer), y se vuelven robóticos. Hay que evitar esto, seguramente excitándolos de vez en cuando, con tu mano, tu boca, tus palabras, y&#8230;.. ahí viene: acompañando con tu látigo. Hazle saber que lo quieres caliente, pero sin eyacular; sumiso, pero no pasivo; subordinado, pero no inactivo. Muéstrale que con tu sexualidad puedes llevarlo hasta el borde y, después, azótale en los testículos (¡una vez mas, ese es el lugar!) para tranquilizarle. </p>
<p>Ordénale de vez en cuando que mejore la actuación, que sea más creativo. Cámbiale el ritmo si te place. Dile ¡basta! antes de que te haga llegar, déjalo con las ganas de disfrutar de tu orgasmo por un momento y, en lugar de ello, dale unos buenos trallazos, mientras con tu mano libre lo empujas hacia abajo para que te lama los pies. Es excitante saber que no solamente eres dueña de su orgasmo, sino que también lo eres del tuyo. No estás a merced de su lengua.</p>
<p>Si vas a hacerle el Trono de la Reina, que se acueste de tal manera que queden sus testículos y su miembro frente a ti, y azótale. Que se concentre en tu clítoris, o que meta la lengua más y más adentro en tu vagina. “Ayúdale” a esforzarse con tu látigo. Yo he logrado de mi sumiso que llegue con su lengua ¡hasta el cuello de mi útero! Que se masturbe mientras le azotas, pero que no eyacule ni por error. Prohíbeselo explícitamente, dile que en ese mismo momento saldría de tu cama por un largo tiempo.</p>
<p>El segundo caso: yo sé que muchas Dominantes no permiten a su sumiso la penetración, y mucho menos estando él arriba. En general, entiendo el razonamiento subyacente en esta practica. Sin embargo, muchachas, en mi caso, no estoy dispuesta a perdérmelo, por atarme a ninguna ideología. Y no lo digo peyorativamente, porque respeto mucho a quienes preconizan este comportamiento, y hasta me parece más que razonable. Pero es que el mío tiene un miembro fenomenal, que hasta me ha provocado el orgasmo mas de una vez, y no veo por qué privarme del placer de recibirlo. Y yo siempre arriba, marcando el ritmo y los tiempos como yo desee. Pero alguna vez ha ocurrido que, por cansancio o distracción, se me ha montado encima. Entonces, no le he quitado, sino que le he hecho abrir bien las piernas y le he azotado (y bien fuerte, hasta dejarle marcas), adivinen dónde&#8230;</p>
<p>Esta practica no se ha transformado en frecuente, ni mucho menos; existe una suerte de orden tácita: no debes hacerlo. Si lo haces, lo toleraré, pero te azotaré mientras estés ahí hasta dejarte los testículos marchitos. A ver cuánto tiempo lo aguantas. Generalmente, se baja apenas me corro. Y ahí lo mando a lamerme bien. Adicionalmente, las marcas que le dejo sirven de “titulo de propiedad”, de “cinturón de castidad” grabado en su piel por unos cuantos días, visible para cualquier otra que eventualmente pudiera verle desnudo. </p>
<p>En ambos casos uso un látigo “casero” (el primero que usamos juntos) hecho con una correa de cuero corta y gruesa, de las que se usan para los perros bravos, desprovista del gancho que suelen tener en el extremo, y a la cual he “destrenzado” hasta formar en la punta un abanico de 6 tiras de cuero separadas. Mi sumiso me lo mantiene siempre flexible y blando (aunque es muy duro de recibir) con crema para las manos.</p>
<p><strong>Como instrumento de placer personal </strong></p>
<p>He dejado esto para lo último, pero no precisamente por considerarlo lo menos importante. Está claro que, además de todo lo que he comentado, ME ENCANTA AZOTARLE. Me excita sexualmente verle arrodillado frente a mi, con su miembro tieso a más no poder (mejor si se masturba un poco de vez en cuando), con sus testículos encadenados, o con su anillo “propiedad de&#8230;” ajustando su pene hasta ponérselo morado, recibiendo mi látigo mientras yo me excito cada vez más, hasta llegar al orgasmo en más de una oportunidad.</p>
<p>Experimento una excitante sensación de superioridad, me siento poderosa y plena viendo caer el látigo sobre su espalda, sus nalgas, sus testículos, su miembro erecto. Adoro sentir (verdaderamente lo SIENTO físicamente) como el látigo trabaja sobre su cuerpo, como chasquea, como se tensa en mi mano al alcanzarle&#8230; </p>
<p>No quisiera que me consideren una sádica. No me gusta causarle dolor; pero me da un intenso placer percibir FÍSICAMENTE la dominación que ejerzo sobre él&#8230; y a mi sumiso le excita verme sexualmente excitada y no poder hacer nada más que recibir mis azotes. Como esta escena se produce en un claro contexto sexual, me visto de alguna manera especial (pido perdón a todas las que odian esto), con látex o lencería. O a veces con un vestido de fiesta, muy escotado en la espalda y con un tajo al costado, y una copa de champagne en la mano izquierda. También me gusta mucho (es lo que hago más frecuentemente) estar completamente desnuda, llena de anillos, pulseras y collares, con altísimas sandalias de tacón, que me dan un aspecto muy sexy y excitante para él, que por otra parte no puede tocarme. Practico danzas, y tengo un cuerpo que considero hermoso, y también lo uso para la dominación.</p>
<p>Y esto es fundamental: uso un largo látigo de cuero negro trenzado de casi 2 metros y medio, de los de verdad, de los que se usan en el campo para arrear a los animales, que me permite estar bien alejada de mi sumiso. Establece cierta “distancia” necesaria con él. Le queda claro que no puede ni tocarme, ni participar de ninguna manera de mi placer. Después ya se verá; pero de momento, debe estar allí, recibiendo sus latigazos hasta que yo quiera, normalmente hasta que me corra frente a el.</p>
<p>Como no existe ningún contacto entre ambos, y estamos unidos solo por la correa de cuero que, por un corto instante, toca nuestros dos cuerpos, para mantenerlo excitado (para mi placer, no para el de él, está claro), además de permitirle la masturbación momentánea, e interrumpida cada vez que se lo ordeno, uso mi vestimenta, pero también mis palabras: le digo lo que vamos a hacer después, lo que le permitiré hacer y lo que le negaré, le prometo placeres que le concederé en momentos futuros pero indeterminados&#8230; Y por supuesto, casi nunca cumplo.</p>
<p>Es muy importante que el sumiso también participe de la escena, pero no pasivamente. Si bien normalmente está encadenado por sus testículos, puede moverse, cambiar de posición a requerimiento mío o en función de su imaginación. También puede pedir, suplicar, rogar, agradecer. Con la única intención de mostrar cuán importantes son los pequeños detalles, describiré una escena típica: comienzo de pie frente a él, que permanece arrodillado, con la cadena en sus testículos, mirándome a los ojos (esto es importante, quiero ver su mirada de adoración y sumisión). Tengo el largo látigo enrollado, empuñado con fuerza en mi mano derecha; la izquierda acaricia lentamente la correa. He aprendido a soltarlo hacia delante con un solo movimiento, y a dejarlo caer sobre el piso, frente a su miembro. Este movimiento, a veces, ya es suficiente para provocarle una erección. Es una cuestión de adiestramiento por reflejo condicionado; se ha acostumbrado a ello, por haberle hecho asociar el látigo a la masturbación en sesiones anteriores. A veces, intenta lamerlo; se lo impido, retirándolo rápidamente hacia atrás. La “coreografía” de los movimientos es esencial. Debe sugerir la distancia, el poder, la dominación, pero también la seducción de tu cuerpo. Esa es nuestra arma más poderosa; el sumiso responderá increíblemente a esta combinación: desea ser azotado para provocar tu placer, pero también es un placer para él verte. Y está bien, así colaborara más, hará cosas por sí mismo, te agradecerá tus orgasmos. </p>
<p>Y no creo que debamos preocuparnos por su placer, que es un efecto secundario. Al contrario, refuerza su deseo de servirte, adorarte y complacerte.</p>
<p>Le he enseñado a pedir los primeros latigazos. Después del primero, vuelvo a enrollar el látigo estudiadamente, y espero que me pida el segundo. Si no lo hace, se lo ordeno. A veces se lo hago pedir varias veces. Le dejo desearlo entre uno y otro, o le doy varios seguidos hasta que me suplique que le dé descanso. En los intervalos, sigo usando el látigo simbólicamente, lo enrollo y desenrollo cerca de mi cuerpo, lo acaricio con mi mano izquierda, lo pongo delante de mi vulva, lo oculto tras mi espalda, lo dejo por un momento a mi alcance mientras tomo un sorbo de mi bebida&#8230;.</p>
<p>Le he adiestrado para pedir más, y él lo hace; frecuentemente, se lo niego.</p>
<p>Después, sigo según mis ganas, sin planes, improvisando. A veces, hasta lograr mi orgasmo. Una vez lo tuve mientras él se corría en el suelo frente a mi, y fue estupendo. Y cuando me pide que ya no le dé más, no le respondo y sigo; o bien le pregunto “si no quiere solo uno más, bien fuerte, en sus testículos” y, después de su obvia respuesta afirmativa, le doy dos&#8230; o tres. Y cuando cree que ya terminé&#8230; un cuarto. O le azoto preguntándole continuamente: “¿Quieres más?” Y sigo sin esperar su respuesta ni guiarme por ella.</p>
<p>Como veis, es muy importante que no sea él quien defina el argumento, aunque participe de la obra. Se le puede conceder alguna pequeña libertad, dentro del marco impuesto por ti; por ejemplo, que sea él quien te ofrezca la parte de su cuerpo donde le azotarás, cambiando de posición frente a ti. Alguna vez le he permitido eyacular, pero no debe ser nunca la regla. Y en ese caso, debe proporcionarme algún placer adicional: cuando le dejo, le permito acabar sobre mis pies, y después debe tomárselo todo, y continuar lamiendo mis pies hasta que yo se lo ordene.</p>
<p>Sin que yo se lo haya ordenado nunca, siempre me agradece que le brinde mi orgasmo. Y después, cuando lo libero, me acompaña a mi dormitorio, me abraza, me acaricia y me besa las manos mientras descanso. Cuando no lo logro, me consuela, y me promete que la próxima vez intentará aguantar más latigazos o que sean más fuertes, para que yo lo alcance. </p>
<p>Desde ya, todo esto requerirá de alguna practica de tu parte, y de algún adiestramiento para tu sumiso. Pero yo lo encuentro divertido y excitante, también el proceso de enseñárselo.</p>
<p>Espero no haber dado la impresión de que el uso del látigo es lo único que me importa en la relación que tengo con mi sumiso; lejos estoy de pensar así. Me complace sobremanera cómo me cuida, se anticipa a mis deseos, y entiende mi manera de pensar y de sentir. Admiro su inteligencia y sensibilidad para aportar a la relación. Valoro cuánto me ama y desea servirme, y cómo me lo demuestra permanentemente.</p>
<p>Tampoco hay que ser esquemática; a veces las diferentes formas que he relatado, se mezclan en mi experiencia, se intercalan o se sobreponen. Me ha ocurrido, por ejemplo, que una escena erótica inicialmente pensada para mi placer sexual, haya terminado en una sesión de disciplina o entrenamiento. Raramente, también en un castigo.</p>
<p>Espero no haber sido demasiado extensa, y excesivamente centrada en aspectos muy particulares; pero es que yo soy así: muy cuidadosa con los más pequeños detalles que construyen una relación. Y me ha ido muy bien de esa manera, con ésta y con otras relaciones en el pasado.</p>
<p>Y me encantaría ver publicadas estas reflexiones. Fraternalmente, Silvia L.</p>
<p><strong>DominacionFemenina.net</strong> (Ana Serantes):</p>
<p>Silvia, lo primero es agradecerte tus “Consideraciones” y las cariñosas palabras dirigidas a quienes hacemos esta revista, y darte la enhorabuena por el buen trabajo que estás haciendo con Bernardo, como comprobamos por sus cartas. Se ve que eres una mujer con experiencia y buenos criterios en el terreno de la dominación femenina.</p>
<p>Y en esa experiencia reside probablemente algunos de los matices o diferencias que echas en falta en la revista a la hora de abordar lo que denominas “el uso del látigo”. Tus consideraciones revelan una sabiduría en las artes de la dominación que sólo puede proporcionar una experiencia que te sitúa en un nivel de la dominación femenina que resulta obligado calificar de avanzado. Quizá por eso te parecen incompletas las cosas que sobre el uso del látigo hayas podido leer en este sitio web. ¿Por qué? Pues porque en esta revista procuramos tener especialmente presentes a las mujeres que se inician, o se plantean tan sólo la posibilidad de iniciarse, en la dominación femenina. Y pensando en esas mujeres principiantes, procuramos, dentro de lo posible, no cargar las tintas con las actividades de la dominación que más chocantes les pueden resultar.</p>
<p>Por otra parte, los artículos y experiencias que hemos publicado en los que se tratan asuntos como la disciplina y el castigo son los que nos han parecido mejores entre los que hemos encontrado o nos han enviado. Es decir, que no tienen por qué reflejar exactamente nuestra posición. De todas formas, y una vez tenido en cuenta lo dicho, sí podemos afirmar que estamos de acuerdo en parte con lo que escribes en tu artículo, aunque insistamos en que muchos de tus criterios corresponden a un nivel avanzado de dominación femenina. </p>
<p>De hecho, y como tu misma reconoces, se requiere una buena experiencia para azotar a un sumiso en los genitales y, desde luego, una dómina principiante carece de esa práctica, lo que justifica que haya que mostrar cautela a la hora de recomendar algunas prácticas. Cautela aún mayor debe prescribirse para el uso de un “largo látigo de cuero trenzado de casi 2 metros y medio de los que se usan en el campo para arrear a los animales”. Estarás de acuerdo, Silvia, en que se trata de una herramienta que hay que manejar con mucho cuidado; lo que no niega desde luego su gran contenido simbólico.</p>
<p>Ahora bien, es cierto que las lectoras con más experiencia, como es tu caso, pueden convenir en que la visión que se trasluce en la revista del uso del látigo hasta la fecha resulta algo limitada. Estamos de acuerdo contigo en que hay otras actitudes o criterios que justifican o aconsejan su uso más allá de las dos más comunes: la disciplina y el castigo. Y la primera que comentas, su categoría simbólica es, desde luego, una de ellas, que no debe despreciarse, ni mucho menos: porque los símbolos son muy importantes en las relaciones de dominación femenina –como en otros muchos aspectos de la vida de las personas–. El látigo u otras herramientas similares de la dominación constituyen un potente símbolo que contribuye a disparar el gatillo de la sumisión del varón y a colabora, por tanto, a reforzar la sensación de dominio y poder de la mujer. Esto es especialmente cierto en los hombres, mucho más visuales que las mujeres en su sexualidad, y que en tantas ocasiones son prisioneros de sus propios fetiches. Y una mujer empuñando un látigo es, por supuesto, uno de los más extendidos y potentes fetiches masculinos, así que esa mujer ha facilitado, por el mero hecho de exhibir ese látigo, el sometimiento de su sumiso a su voluntad de manera ciertamente importante.</p>
<p>Sobre el uso como instrumento de disciplina se han publicado más cosas en esta revista. Y también convenimos con lo que sostienes, con el criterio de que en teoría un sumiso no debería requerir más que de su propio deseo de sumisión para ir incrementando su devoción y su capacidad de servir a su dominante, pero que en la realidad la disciplina es a veces una necesidad si queremos mejorar las capacidades de servicio y la devoción del varón. Nos parece que tienes razón, y que está además bien dicho: la conveniencia de tomarse “unos minutos a la semana para adiestrar a nuestro sumiso; con cariño, pero con rigor y firmeza: su necesidad de hoy es nuestra satisfacción de mañana”.</p>
<p>La necesidad de que el sumiso sea disciplinado físicamente es compartida, cuando no solicitada, por muchos hombres –la mayoría de los sumisos lo piensan–. Y esa creencia de los hombres debería colaborar a suavizar la extrañeza que algunas mujeres principiantes muestran a la cierta generalización de la disciplina física que caracteriza el mundo de la dominación femenina. La experiencia nos indica que la mayoría de las dominantes expertas disciplinan físicamente a sus hombres, básicamente por dos razones: porque los hombres se lo piden, y porque con el tiempo han llegado a la conclusión de que esa práctica colabora a la buena marcha de la relación y a mejorar la forma en sus hombres las sirven y a incrementar su devoción y amor por ellas. </p>
<p>Ahora bien, esto no significa que no haya excepciones, que las hay, y no pocas, y que la disciplina física aparezca como una obligación para las dominantes si quieren que resulte viable una relación de dominación femenina. Hay mujeres dominantes con experiencia que no gustan de la disciplina o el castigo físico, y que construyen sus relaciones de dominación y someten a sus hombres con gran eficacia sin necesidad de que la disciplina y el castigo que utilizan para adiestrarles incluyan ese componente físico. Una dominante experta sabe también cómo atar corto a su sumiso con muchas otras armas, cuya efectividad depende sobre todo de la explicitación de la voluntad de dominio de la mujer, que es, al fin y al cabo, su herramienta más poderosa, y a la que es más receptivo el varón sumiso.</p>
<p>La utilización del látigo, o herramientas similares, como instrumento de castigo es algo más conocido. Por eso le dedicas menos espacio. Sí decir que entendemos tu preferencia por hacerlo lo más espontáneamente posible: “dejarme llevar por la furia cuando la falta me parece intolerable”. Tampoco es la primera vez que una mujer cuenta en estas páginas su pretensión de delegar ese castigo, o la disciplina física en general, en alguna amiga. Se entiende porque parezca tedioso, como es tu caso, o porque se considere que esa posibilidad añade un componente de “humillación” a la disciplina o castigo que resulta apropiada para educar al sumiso. Si estas pensando en probarlo, como nos dices, te recomendamos que comiences a hacerlo estando siempre presente. Lo que no significa que más adelante, una vez que hayas comprobado que la actividad funciona a tu entera satisfacción, no puedas contemplar la posibilidad de que tu presencia no sea imprescindible. Pero insistimos, controla bien el asunto en sus primeros momentos, para que no haya sorpresas desagradables o dudas innecesarias.</p>
<p>Donde más pueden sorprenderse las mujeres que se inician en la dominación con tu artículo es en la doble reivindicación que realizas de los azotes como mecanismo para dar salida al mal humor o, más aún, con el placer que te proporcionan. Especialmente, porque como bien dices eso nada tiene que ver con el sadismo. Sobre el primer asunto, bien podríamos decirles a las mujeres primerizas que son absoluta mayoría los sumisos que consideran que, si su dominante está de mal humor, con quién mejor pagarlo que con ellos. Estamos de acuerdo, como lo estarán la mayoría de los sumisos también, con tu criterio de que el hombre “debe saber que va a ser azotado para que su ama recupere el buen humor y el bienestar físico y espiritual”, porque de esa manera el sumiso, además de la azotaina, recibe un privilegio que ansía: contribuir a ese bienestar. Es decir, forma parte de la solución al problema que afecta a su dueña. Como también nos parece acertado el criterio que planteas de la bondad de la anticipación que supone el habérselo anunciado con antelación.</p>
<p>La otra reivindicación es clara: “Me encanta azotarle”. Insistimos: no es una cuestión de sadismo. Ese disfrute está muy relacionado con las consecuencias, y tú lo describes bien: “Experimento una excitante sensación de superioridad, me siento poderosa y plena&#8230; me da un inmenso placer percibir físicamente la dominación que ejerzo sobre él”. Pero además conviene decir que esas sensaciones se ven muy reforzadas en la mujer por el incremento de la devoción y el sometimiento que perciben en su hombre. </p>
<p>En este punto hay una afirmación equívoca en tu artículo: “Y no creo que debamos preocuparnos por su placer, que es en efecto secundario. Al contrario, refuerza su deseo de servirte, adorarte y complacerte”. En realidad, una de las razones para azotar a un sumiso es precisamente porque se produce ese reforzamiento del deseo de servir, adorar y complacer; por lo tanto, bien que sea indirectamente, estamos teniendo en cuenta también el placer del hombre, que está deseoso por reforzar ese deseo de servir, adorar y complacer a su dominante. Dicho de otra forma, el placer del hombre puede ser indirecto o muy distinto, desde luego, al de la mujer, pero no por eso deja de ser potente.</p>
<p>Como bien dices, Silvia, en otro lugar de tu artículo, la esencia de la relación de dominación es absolutamente psíquica. Y al ser azotado, además del dolor, el hombre ve cómo se explicita en alto grado el deseo de someterse absolutamente a su dominante, psíquica y físicamente. Y ese deseo es su mayor deseo, por lo que por esta vía, al ser azotado, encuentra el hombre uno de los placeres que más anhela. También por esa razón resulta tan acertado tu comportamiento cuando nos cuentas: “Le he adiestrado para pedir más, y él lo hace; frecuentemente, se lo niego”. Porque, aunque no lo hayas explicitado en el artículo, eres consciente de que existe ese placer al que nos referimos. </p>
<p>Por motivos parecidos se explica que “sin que se lo hayas ordenado nunca, siempre te agradezca que le brindes tu orgasmo”. Porque el varón sumiso, pese a que pudiera parecer lo contrario, encuentra un auténtico placer en colaborar a la consecución del placer de la mujer a la que se ha entregado. Quizá haya personas a las que les extrañe hablar de placer cuando un hombre ha asistido al orgasmo de su mujer sin haber alcanzado el suyo, porque esta imagen parece contradecir la imagen tradicional del varón obsesionado por su eyaculación. Pero no hay contradicción: pese a sus ganas de eyacular, el varón sumiso encuentra un auténtico placer cuando se ha sentido útil colaborando al placer de la mujer que le domina. En esto no conocemos excepciones, y es una de las grandes posibilidades que la dominación femenina brinda a la sexualidad de las mujeres: pensar en su placer, y primarlo absolutamente subordinando el de su hombre, facilita un incremento de su placer, pero también, aunque pueda resultar paradójico, del placer del que disfruta su sumiso.</p>
<p>Bueno, Silvia, hemos procurado contestar a lo que nos ha parecido más relevante de tu artículo para quienes leen esta revista, porque así nos lo pediste. Pero quedan, claro, otras muchas cosas en el tintero; casi todas nos parecen interesantes, y esperamos que lo serán también para quienes lo lean. Como creemos que tampoco les parecerá que hayas sido “demasiado extensa”. Seguro que la gran mayoría de las personas que lean tu artículo estarán encantadas de que te hayas extendido y de que te hayas centrado también en “aspectos muy particulares”. Pensamos que tus “Consideraciones” añaden puntos de vista y criterios sobre este asunto que, de seguro, resultarán útiles a quienes visitan estas páginas, porque complementan y profundizan las aportaciones publicadas hasta ahora. Por ello nuestro agradecimiento por tu colaboración. Y terminamos expresándote nuestra más sincera complicidad y cercanía, y el deseo de que tu experiencia y buen hacer puedan volver a tener reflejo en las páginas de la revista. Un fuerte abrazo, Silvia, y que todo continúe yéndote, al menos, tan bien como te va.</p>
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		<title>Regalos prácticos</title>
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		<pubDate>Fri, 02 May 2008 05:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Nos dice Ms Rika: “Como he escrito en otros artículos, si me siento bien con un sumiso, me gusta hacerle obsequios. Algunas veces, esto supone ‘escenas’ prolongadas con cierta complicación. Sin embargo, los obsequios pueden ser también rápidos, regalos simples que son fáciles de conceder y dejan una impresión duradera”. Y nos proporciona unos cuantos ejemplos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Ms Rika</strong></p>
<p>Como he escrito en otros artículos, si me siento bien con un sumiso, me gusta hacerle obsequios (a menudo algunas de sus fantasías o ‘escenas’ basadas en ciertas actividades). Algunas veces, esto supone ‘escenas’ prolongadas con cierta complicación. Sin embargo, los obsequios pueden ser también rápidos, regalos simples que son fáciles de conceder y dejan una impresión duradera.</p>
<p>Los mensajes subliminales que conllevan para el sumiso todos los obsequios son:</p>
<ul>
<li>Reconozco y aprecio tu duro trabajo para complacerme.</li>
<li>Voy a darte algo que sé que te gusta pero que no estás esperando o demandando.</li>
<li>Yo soy quien controla y puedo darte o quitarte. Estoy pensando en nuestros papeles en la relación en este mismo momento*.</li>
</ul>
<p>* Las dominantes –yo incluida– olvidamos a veces la importancia que tiene para el sumiso el último significado del mensaje. En tanto que esperamos que el sumiso este centrado en nuestras necesidades, también sabemos que no es sumisión si sus esfuerzos no se reciben desde una posición de dominación. Mientras esperamos que el sumiso demuestre la autodisciplina requerida para acometer sus actividades sumisas sin necesitar actos dirigidos a él por nuestra parte, una pequeña demostración de poder facilita el mantenimiento de su trabajo.</p>
<p>A continuación transcribo unos cuantos obsequios que no requieren premeditación y se conceden con un esfuerzo mínimo. Notarás que la clave de la efectividad de estos regalos es aparentemente su concesión arbitraria. Cuanto menos sentido tiene el obsequio, más efectivo resultará. No son actos de dominación (ver mis otros artículos), son actividades centradas en el sumiso. Son simples regalos.</p>
<p><strong>1. Dejarle dar gracias</strong></p>
<p>Cuando asignamos al sumiso una cierta cantidad de cosas que hacer&#8230; o si está simplemente realizando sus trabajos habituales, es un obsequio hacer que se tome un tiempo para detenerse y agradecerte la oportunidad de servirte. Por ejemplo, el otro día mi sumiso acudió a mí para que aprobara la lista que había preparado para la cocina y la limpieza, y la agenda que deberían seguir los otros sumisos para dejar mi casa preparada para invitados. Aprobé la relación y, cuando retornaba a la ejecución de sus tareas, le detuve y le dije que podía besar mis pies en agradecimiento antes de empezar. Yo sabía que eso era un obsequio para el&#8230; simple, pequeño, pero un obsequio en cualquier caso. La sonrisa que se deslizó por su cara cuando se puso de rodillas no tenía precio. En mitad del caos del trabajo que debe realizarse, este simple regalo le hizo saber que apreciaba sus esfuerzos, le proporcionó un cierto disfrute, afirmó claramente mi dominación y le demostró mi asunción de nuestros papeles. Todo en 10 segundos.</p>
<p><strong>2. Apropiarse del control de su cuerpo</strong></p>
<p>Aplicaciones caprichosas del poder de otro sobre las funciones naturales de su cuerpo –sin otra razón aparente que el capricho y concedidas de forma inesperada– son muy efectivas y constituyen un método sencillo de proporcionarle un obsequio. Decirle a un sumiso que contenga la respiración sin ningún motivo&#8230; entonces, hacerle respirar rápidamente, o lentamente. Acercarse al sumiso cuando está orinando y decirle que detenga la orina&#8230; y luego que continúe. Tener a un sumiso erecto y hacerle mantener su erección durante el tiempo que tú quieras&#8230; incluso cuando está haciendo otras cosas. Decirle que empiece a hacer flexiones o abdominales. Detener la realización de sus tareas en la casa y hacerle contar la revés de 100 a 7, y entonces retornar a sus obligaciones. Tenerle de pié sobre una sola pierna, cantar como un pájaro, ladrar como un perro&#8230; cualquier cosa. Cuanto más tonto y menos significado, mejor. Esas ‘simples’ acciones serán percibidas como obsequios que demuestran un control absoluto. Carece de poder para oponerse a tus aparentemente arbitrarios caprichos.</p>
<p><strong>3. Utilizar su boca</strong></p>
<p>El dicho “el camino hacia el corazón de un hombre pasa por su estómago” olvida una localización de la ruta aún más poderosa. Normalmente controlamos lo que nos introducimos en nuestras bocas. Tener a otro que determina qué meter en ella es una violación de espacio personal&#8230; es un acto reservado aquellos que quieren demostrar un control total. Son innumerables las cosas inocuas que puedes hacer que el sumiso pruebe, chupe, masque, trague o simplemente sostenga en su boca. Cuanto más desagradable, más sensación de poder. Cuanto más sensación de poder, mejor el regalo. El equilibrio está en tus manos.</p>
<p>Además, si el asunto es de naturaleza personal, el obsequio incrementa la tensión sexual. Escupir un chicle (o simplemente escupir) en la boca de un sumiso será percibido como un contacto íntimo. Obligarle a tragarse los recortes de tus uñas o beber del baño de tus pies después de haberte hecho la pedicura son obsequios que no requieren esfuerzo pero comportan un contacto íntimo. Hacerle besar tus manos, dedos, pies, culo, pechos, axilas, etc., son obviamente regalos con una carga sexual.</p>
<p>La idea es proporcionar un regalo apreciado y efectivo de forma rápida y sencilla.</p>
<p><strong>4. Poniéndole obstáculos</strong></p>
<p>Otra forma sencilla de obsequiar a un sumiso es dificultarle las tareas que tiene que realizar. Si la faena es alguna en la que el tiempo no es esencial, podrías querer proporcionarle un desafío para servirte apropiadamente. Otra vez: es un regalo para él –aunque está tratando de servirte y hacer los encargos lo más eficientemente posible–. Puedes obligarle a seguir una batería de instrucciones que dificulten la tarea a tu capricho. Como en todos estos mecanismos, la clave para este tipo de obsequio es requerirlos de una forma aparentemente arbitraria.</p>
<p>Si está planchando, oblígale a que lo haga con su mano menos hábil o sobre una sola pierna. Fregar el lavabo con los ojos vendados. Sacar la basura&#8230; en pequeñas bolsas de papel. Hacerle recoger las hojas&#8230; con un rastrillo de juguete&#8230; o con unas pinzas.</p>
<p>Nota: tienes que ser cuidadosa con esta clase de obsequios. No pierdas de vista que la razón de la actividad que está realizando es servirte a ti. No sacrifiques el servicio sólo por concederle un regalo. Podrías utilizar este tipo de obsequios si no te importa el tiempo que le lleve la actividad. Tampoco reduzcas tus expectativas de perfección y pulcritud sólo porque le has puesto un obstáculo. Recuerda: los obstáculos son cosas que ves cuando levantas la vista del camino.</p>
<p><strong>5. Rápido pero doloroso</strong></p>
<p>La última categoría es una de las que realmente adora el sumiso. Puede unirse a cualquiera de los mecanismos anteriores o utilizarse en solitario. El objetivo es una rápida y sencilla, aunque dolorosa, situación concedida como un obsequio. Puede ser tan simple como una bofetada (o para un auténtico regalo, 10 bofetadas seguidas). Quizás golpear su nariz, doblar sus dedos, retorcer sus pezones, un medio rodillazo en las pelotas&#8230; El asunto es hacerlo de forma inesperada y arbitraria. No hay otro motivo para ese dolor que tu capricho.</p>
<p>Sería completamente apropiado que, después de hacer que mi sumiso que agradeciera el haber aprobado su lista mientras me besaba los pies, le hubiera hecho levantarse, colocar las manos a la espalda, y entonces haber abofeteado su cara con fuerza una cuantas veces, enviándole de nuevo a sus tareas. Lo habría percibido claramente como un valioso regalo.</p>
<p>Hay muchas, muchas más formas de proporcionarle sencillos regalos a un sumiso. Mientras evitemos que recibirlos se convierta en un hábito predecible (la imprevisibilidad es la clave), resultan maneras muy efectivas de hacerle saber que le amas y le entiendes. Úsalos acertadamente, mantendrán viva vuestra relación y, además, son divertidos.</p>
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		<title>El trono de la reina es lo mío</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Apr 2008 05:00:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Parece que Ambrosia y Elise Sutton comparten afición por el trono de la reina –o facesitting, en inglés–, y en el texto se nos cuenta sobre distintas formas de practicarlo y diferentes muebles que facilitan esa práctica, y sobre el poder que tiene la herramienta con los hombres sumisos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Ambrosia</strong></p>
<p>La actividad de dominación femenina que practico es el trono de la reina (<em>facesitting</em>). Soy una mujer muy sensual y me encanta que me chupen la vulva y el culo durante prolongados periodos de tiempo. Antes de casarnos, cuando mi marido era mi novio, me contó cómo proporcionarme sexo oral le hacía sentirse sumiso. Yo nunca presté mucha atención a lo que quería decir con eso, lo que me interesaba era el placer que recibía del sexo oral.</p>
<p>Me considero una mujer tranquila y bastante pasiva, pero tengo mi lado egoísta y agresivo en lo que se refiere al sexo. Mi marido quiso introducirme al estilo de vida de la dominación femenina, pero se cuidaba mucho de no forzarme con el sadomasoquismo. Mi personalidad no se habría adaptado a eso y estoy segura que habría rechazado el estilo de vida entero. Mi marido fue inteligente y supo venderme los beneficios de una vida basada en la dominación femenina sometiéndose a mí a través de la adoración del cuerpo femenino y el trono de la reina en particular.</p>
<p>Disfruto manteniéndole atado y sentándome en su cara durante largos periodos de tiempo, mientras me proporciona sexo oral en mi entrepierna y en mi culo. En uno de tus anteriores foros de preguntas y respuestas, tú hablaste sobre ésta práctica y sobre un dispositivo conocido como “taburete de la reina”. Quedé muy excitada cuando lo leí, y le dije a mi marido que me hiciera uno. El primer modelo era muy básico pues consistía simplemente en una pequeña caja de madera acolchada sin respaldo y con una abertura en el asiento. El se sentaba en el suelo, descansaba su cabeza boca arriba en un sillón o en una silla. Yo situaba el “taburete de la reina” sobre su cara y me sentaba en la superficie acolchada el asiento hueco. Entonces él me chupaba y me lamía el culo. Funcionó, pero no era muy confortable ni para mí ni para él.</p>
<p>Mi marido siguió con ello y desde entonces ha construido algunos maravillosos muebles para la práctica del “trono de la reina”. Tomó uno de nuestros taburetes de bar y le quitó el asiento y lo reemplazó con un asiento hueco y acolchado muy cómodo, completándolo con un respaldo para mí. Añadió fuertes tiras elásticas de goma como de unos 15 cm bajo el agujero en el asiento y se hizo un fornido y confortable cabecero. Tiene además ganchos en lo alto de las patas del taburete de forma que pueda encadenar su collar a los ganchos y mantenerle atado, su cabeza descansando en el arnés de goma, justo bajo la abertura en el asiento del taburete. </p>
<p>Una vez que le aseguro en el cabecero, ya puedo tomar asiento en el taburete y tener mi culo estimulado durante horas. Si me siento con mi cara hacia el respaldo, puedo hacer que me estimule la entrepierna durante tanto tiempo como quiera. Ambas posiciones son muy confortables para mí. Mi marido se sofoca por falta de aire a veces y tenemos señales que el usa si necesita que me alce un poco para permitirle coger aliento.</p>
<p>Otro mueble que hizo fue el que llamamos “el sofá de la reina”. Cogió un sofá que consiguió en una subasta y reemplazó las patas cortas por otras de algo más de medio metro e hizo un agujero en el centro del sofá, lo suficientemente largo para su cabeza. Ahora puedo tumbarme en nuestro “sofá de la reina” y ver la tele o leer y mi marido se tumba bajo el sofá, con su cabeza sobresaliendo por el agujero. Si me tumbo sobre mi espalda, puedo abarcar su cara con mi entrepierna. Esta es una maravillosa forma de recibir sexo oral prolongado. Si quiero estimulación en mi ano, puedo sentarme directamente en su cara o tumbarme boca abajo y separar mis piernas de manera que su cara pueda acurrucarse en mi culo y estimular mi ano.</p>
<p>Tenemos ambos muebles en nuestra habitación familiar en el sótano. Tenemos un cojín extra para el “sofá de la reina” (sin el agujero) y siempre reemplazamos el cojín de la mitad inferior cuando hay visita. Pero la mayor parte del tiempo, nadie visita nuestro sótano, así que me gusta mantener mis “muebles de la reina” listos para su uso.</p>
<p>Mi próximo proyecto para él es crear una “cama de la reina”. Una vez vi una imagen en Internet de una mujer tumbada en una gran cama y estaba la cara de un hombre atrapada en la mitad de su cama. Solo se podía ver su cara, pues el resto de su cuerpo debía estar atado bajo la cama. En la siguiente imagen del sitio web, la mujer montaba su cara a horcajadas con una expresión de éxtasis en su rostro. He desafiado a mi marido a que haga una cama como esa. Le provoco diciéndole que realmente lo único que necesito para el sexo es su cara, así que ¿por qué voy a permitir el resto de su cuerpo en mi cama? </p>
<p><strong>Elise Sutton:</strong></p>
<p>El trono de la reina es también una de mis actividades preferidas. Me encanta practicarlo con mi marido. Nosotros tenemos una silla muy buena con una abertura en el asiento similar a tu taburete. Yo le llamo “mi taburete de la reina” y a veces me refiero a él como “mi trono”. Una silla así, con abertura en el asiento, es también ideal para administrar una lluvia dorada a un hombre. La nuestra es portátil y se puede mover fácilmente de habitación a habitación.</p>
<p>Una mujer puede también practicar el “trono de la reina” con un hombre sumiso de forma no sexual: puede jugar con otros hombres a los que no desee permitir intimar con ella; por ejemplo, sentándose en la cara de un hombre llevando un par de pantalones ajustados de cuero. El hombre sumiso y además fetichista del cuero y del culo disfrutará siendo montado en su cara por una mujer de esta manera. Si la mujer quiere sentir algo de placer pero sin permitir al varón sumiso mantener contacto directo con sus partes íntimas, puede montarle llevando puesto un par de medias-panties. De esa forma, la mujer puede sentir las sensaciones placenteras de la lengua del sumiso pero la fibra de nylon evita el contacto directo con el sumiso mientras está siendo montado.</p>
<p>Ambrosia, no a todas las mujeres les gustan las prácticas más fuertes. Pero no toda la dominación femenina tiene porqué ser extrema. El trono de la reina es una actividad de dominación femenina muy poderosa. Montar a un hombre en la cara tiene elementos de bondage, dominación, superioridad femenina, juego con la respiración, juegos de humillación y sexo oral. El trono de la reina hace que muchos hombres se derritan en sumisión y es conocido por llevar al hombre al espacio de la sumisión de forma muy rápida. Yo le digo constantemente a las esposas que la próxima vez que su marido tenga una actitud negativa o contraproducente, y no tengan tiempo de corregirlo por la vía de la disciplina, simplemente se sienten en su cara y le ordenen estimular su ano con la lengua. Te sorprenderías de lo rápido que el marido se derretirá en sumisión hacia ella y adoptará una actitud dócil. Ese es el poder del trono de la reina. Simplemente, asegúrate de jugar siempre utilizando esas señales de seguridad. Tu quieres montar en su cara, pero no sofocarle durante demasiado tiempo. Cuídate.</p>
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		<title>Concurso de ideas</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2008 05:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana Serantes</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dominación]]></category>
		<category><![CDATA[REVISTA DE DOMINACIÓN]]></category>

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		<description><![CDATA[Carlota Hill nos habla de la conveniencia de avanzar, de forma realista y cautelosa, en la dirección de que la dominación femenina pueda hacerse patente en público por aquellos que la plantean. Y nos propone para ello un concurso de ideas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Carlota Hill</strong></p>
<p>Ante todo, he de decir que creo firmemente en la dominación femenina, una dominación efectiva y real que se ejerza tanto en el ámbito privado como el público. Creo en un mundo en el que la imagen primordial del ser humano sea la figura femenina, con sus virtudes, defectos y contradicciones; un mundo que piense en sí mismo en femenino, y en el que lo masculino no sea la norma dominante sino un toque de color. Y creo en ello, en primer lugar, porque soy mujer, pero también porque a través de mis contactos con los hombres he comprendido que ese mundo es posible. Más aún, es deseado por ambos sexos de forma generalizada. Por doquier se ven parejas o matrimonios en los que él adopta una postura sumisa ante las exigencias de ella, a menudo planteadas de un modo que casi se diría inconsciente. No sería aventurado suponer que los siglos de dominación masculina no han sido sino un breve lapso en la primacía secular de la hembra sobre el macho de nuestra especie. Quizás pueda verse la historia como un largo camino hacia la eclosión de una nueva mujer como guía de la misma.</p>
<p>Pero también creo que la dominación femenina, tal y como yo la concibo, sólo podrá materializarse si se cumplen dos condiciones: su generalización y la creación de costumbres que permitan a las personas concretas llevar a cabo su vida dentro de unos márgenes conocidos, previsibles y seguros. </p>
<p>En cuanto a la generalización de la dominación femenina, falta mucho por hacer. Hasta ahora es algo que algunas hemos practicado en nuestra vida íntima, ahora hay que extender estas nuevas ideas sin vergüenzas ni complejos, predicando con el ejemplo, pero también aportando razones. Y para ello considero que es muy poco conveniente la parafernalia violenta, despectiva hacia los hombres, y vulgar en sus formas, contra la que ya me manifesté en mi anterior artículo. Me parece más bien que los hombres estarán predispuestos a seguirnos siempre que les conduzcamos con mano firme, sí, pero cariñosa y respetuosa. Lo demás son juegos de alcoba, picantes y divertidos, poco más.</p>
<p>El segundo aspecto hacía referencia a la creación de rituales, costumbres y formas de comportamiento que permitan a las mujeres realizar sin demasiado esfuerzo su papel dominante y a los hombres adaptarse a su posición. Son cosas que la propia sociedad irá creando por sí misma en la medida en la que la dominación femenina gane adeptos, pero a la que se puede dar un empujón desde los grupos de mujeres y, por qué no, desde estas mismas páginas. Me permito proponer un pequeño concurso de ideas al respecto. El propósito de ese “concurso” sería que cada una (en este asunto considero preferible excluir a los hombres, al menos por el momento) propusiera a las demás un ejemplo sencillo y no violento de cómo hacer patente la dominación sobre su(s) hombre(s).</p>
<p>Tal y como yo la veo, la dominación femenina tiene una vertiente política que creo que no debe soslayarse. Una cosa es que denunciemos el igualitarismo imperante, amuermador, tedioso. Otra, bien distinta, es renunciar a los ideales humanistas, de los que creo que podríamos ser valientes defensoras sin dejar por ello de erigirnos en las auténticas reinas y señoras de nuestras relaciones íntimas, así como de cualquier círculo social en el que estén presentes los dos sexos.</p>
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